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El Abelardo de la Espriella adolescente: la palabra y el escenario
De la Espriella “era histriónico, bastante histriónico al hablar, y definitivamente no pasaba desapercibido. Siempre tuvo esa personalidad fuerte, de no tratar de tragarse las cosas enteras y de cuestionar las reglas. Seguirlas porque sí se le dificultaba. Sin embargo, era dicharachero y compañero de sus compañeros”, según lo recuerda un excompañero | Foto: Colprensa
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El Abelardo de la Espriella adolescente: la palabra y el escenario

Todo presidente fue antes otra cosa. Mucho antes de la Presidencia y de las controversias que hoy acompañan su nombre, Abelardo de la Espriella fue un adolescente de Montería en quien ya asomaban algunos de los rasgos que hoy ayudan a explicar al personaje público.

Por: Carlos Marín Calderín

Nadie que haya conocido a Abelardo de la Espriella en la adolescencia lo recuerda como una figura neutra. A todos les resulta difícil recordarlo en silencio. Es fácil pensar en él como un muchacho obstinado que soñaba en grande, que discutía y se resistía a aceptar el fracaso. Mientras algunos admiraban su seguridad, otros encontraban excesivo su protagonismo. Era elocuente, histriónico y le gustaba ser escuchado. Entender cómo llegó a convertirse en presidente de Colombia exige regresar al principio y ver, antes que la carrera política, la formación de una personalidad.

Abelardo de la Espriella creció en Montería en las décadas del ochenta y del noventa. Mucho antes de convertirse en abogado, empresario, figura mediática, candidato presidencial y presidente de la República, fue simplemente un muchacho monteriano; uno más entre los miles de jóvenes que crecieron en una ciudad que todavía conserva algo de pueblo grande, y donde el béisbol, el boxeo, la política y la mamadera de gallo —incluso el sano ‘perrateo’ y una que otra palabrota que en ese entorno cultural no suena a vulgar— forman parte de la vida cotidiana. La tierra del excampeón mundial Miguel ‘Happy’ Lora, quien, con sus movimientos de cintura, jabs y uppercuts hizo llorar de felicidad al país, y de Salvatore Mancuso, quien con sus ejércitos lo hizo llorar de terror; pero la tierra, también, de comerciantes que conocen por su nombre a sus clientes y de gente que se detiene a hablar sin conocerse. La ciudad atravesada por el río Sinú, que nace en el Nudo de Paramillo, en lo alto del Sinú, y ‘muere’ donde nació Juan Gossaín, en San Bernardo del Viento, en el mar Caribe.

Algunas personas que compartieron con él durante aquellos años lo recuerdan como un muchacho que parecía sentirse cómodo cuando todas las miradas estaban puestas sobre él. Hablan de un orador, de alguien que muy temprano descubrió que la palabra podía abrir puertas.

“Compartí con Abelardo seis años, desde sexto hasta grado once, cuando nos graduamos del colegio. En el salón de clases era principalmente inquieto. Siempre llamaba la atención con historias y con sus ocurrencias. Era una persona muy cuidada por sus padres. Lo llevaban al colegio y lo recogían al salir. Tenía un grupo de amigos específico; casi todos vivían cerca de su casa, en La Castellana. Participaba en la mayoría de las iniciativas, especialmente en teatro. En el grupo de teatro, con la profesora Olga Núñez —si mal no recuerdo, Núñez era su apellido—, era el mejor actor. Era realmente muy bueno, extremadamente bueno. En algún momento pensé que se iba a dedicar a eso”, recuerda Julio Villalobos.

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Muchos años después, cuando el país comenzó a conocer su nombre, varios de quienes lo habían visto crecer reconocieron en el personaje público rasgos que ya estaban presentes en aquel adolescente que se fascinaba con los discursos y rara vez pasaba inadvertido.

Rara vez no, nunca.

En los años noventa, el Colegio La Salle de Montería reunía a hijos de comerciantes, ganaderos, profesionales, empleados públicos y trabajadores comunes y corrientes de una ciudad caracterizada por el ritmo pausado de las provincias. Allí, entre uniformes, partidos de recreo, actos culturales y jornadas académicas, transcurrió su adolescencia.

Otras personas que compartieron esos años con él coinciden en que, mientras algunos compañeros encontraban su lugar en las matemáticas, la física o las ciencias naturales, Abelardo de la Espriella parecía sentirse más cómodo en escenarios donde la palabra tenía protagonismo. Le interesaban, recuerdan, la historia, las ciencias sociales, las lenguas y los debates; afirman que le atraían los espacios donde podía interpretar y convencer. A través del teatro, disfrutaba estar sobre el escenario, la posibilidad de transformarse en otro y captar la atención.

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Abelardo de la Espriella (arriba, primero de izquierda a derecha), en una fotografía escolar de su época como estudiante del Colegio La Salle de Montería. | Foto: Archivo particular.

Así lo recuerda un ex compañero: “Era histriónico, bastante histriónico al hablar, y definitivamente no pasaba desapercibido. Siempre tuvo esa personalidad fuerte, de no tratar de tragarse las cosas enteras y de cuestionar las reglas. Seguirlas porque sí se le dificultaba. Sin embargo, era dicharachero y compañero de sus compañeros”.

También estaba la emisora escolar. Participó en su creación y en su funcionamiento. Le gustaba hablar por el micrófono. “Era mamador de gallo y tenía mucha elocuencia”, recuerda Julio Villalobos. “Si mal no recuerdo, en ese momento fue elegido personero o presidente del gobierno estudiantil. Eso era lo que más lo destacaba: su capacidad de discurso y las novedades que llevaba al colegio, cosas a las que generalmente los demás no teníamos acceso”. Juguetes. Tecnología.

Mientras muchos jóvenes apenas intentaban descubrir qué harían con sus vidas, él ya mostraba una fascinación poco común entre adolescentes de su edad: escuchaba grabaciones con discursos de Jorge Eliécer Gaitán y de Álvaro Gómez Hurtado. Aquello llamaba la atención de quienes lo rodeaban. “No sé dónde conseguía las grabaciones; imagino que de pronto su papá se las facilitaba o las conseguía para él. El papá de Abelardo fue político, y él tenía interés en esos temas desde muy joven”, recuerda Julio Villalobos. Pero, por lo que recuerdan otros, en realidad la política todavía no ocupaba el centro de su vida.

Pero la palabra sí.

La palabra no solo le servía para actuar o hablar por un micrófono, también comenzó a convertirse en una herramienta de liderazgo. “Fue líder estudiantil”, recuerda un ex compañero. Otro, quien pidió reservar su identidad, dice que, a diferencia de otros jóvenes que aceptaban las órdenes sin demasiadas preguntas, Abelardo de la Espriella tendía a discutirlas, quería entenderlas, cuestionarlas. La observación aparece en los testimonios como una descripción de carácter, como una forma de estar en el mundo que años después también sería visible en su vida pública. Generó entonces, como ahora, adhesiones y resistencias.

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Entre Abelardo de la Espriella y Gustavo Petro caben casi todas las diferencias ideológicas de la Colombia contemporánea. Sin embargo, ambos parecen venir de una misma escuela invisible: la oralidad cordobesa. Córdoba es una tierra de narradores. En sus sabanas han sobrevivido los decimeros de Sabananueva que improvisan versos en plazas, patios y festivales; los cantos de vaquería con que los arrieros conducían el ganado entre fincas y hasta Medellín; las rezanderas que encuentran palabras para despedir a los muertos en los velorios de pueblo. Sus discursos apuntan hacia horizontes distintos, pero ambos supieron hace tiempo que la palabra dicha, y dicha con fuerza, belleza y seducción, congrega, conmueve y conduce. Uno, el de Ciénaga de Oro, parece un poeta romántico; el otro, el de Montería, un cuentista de finales contundentes.

La palabra conserva prestigio. Por generaciones, en los pueblos de esta región del Caribe colombiano, bastó un apretón de manos para cerrar un negocio, resolver una disputa o comprometer una cosecha a la que le faltaban meses. Los hombres conversaban —aún conversan— a la sombra de los árboles mientras tomaban café y comían galletas de limón. Las mujeres compartían historias en los patios y en las cocinas, donde la vida es y pasa y se narra, donde se interpretan los sueños de la madrugada reciente, casi siempre trágicos o premonitorios. Por estos parajes descritos en canciones de Pablito Flórez, los abuelos enseñaban que la reputación valía más que cualquier documento firmado por un notario. Aquí, principalmente en la zona rural, donde casi nunca ha habido Estado, la gente suele preguntar cómo está alguien y quedarse a escuchar la respuesta. Aquí una conversación rara vez dura lo que estaba previsto porque un cuento lleva al otro, porque, como en la literatura, es muy importante cómo se dice aquello que se dice, pues se es a partir de los relatos.

Pero en Córdoba, sin embargo, no ha sido fácil vivir. Durante las décadas de los ochenta y los noventa, el departamento conoció el miedo por las guerrillas y los paramilitares que marcaron la vida —y la quitaron— de habitantes y municipios. Aún hoy, con el negocio del narcotráfico en poder del Clan del Golfo. Pero sería injusto resumir la región en esa herida, pues Córdoba también es la tierra de campesinos que madrugan a trabajar el arroz, el maíz, la yuca, el plátano y el algodón; de cantadoras de bullerengue y músicos de porro; de poetas como Raúl Gómez Jattin; de narradores como David Sánchez Juliao, brujo de la oralidad; de maestros como Manuel Zapata Olivella y Delia Zapata Olivella; de artistas que convierten el diario vivir en música, en relatos montunos, en literatura. “Somos de una tierra donde las penas se alivian cantando”, dijo Adriana Lucía.

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Hay una anécdota que sobrevive en la memoria de quienes compartieron con Abelardo de la Espriella aquellos años, y que ayuda a entender algo de su manera de relacionarse con los obstáculos. En una ocasión, fascinado por los inventos de Leonardo da Vinci, decidió construir un biciplano. La idea era sencilla y desmesurada al mismo tiempo. Así la recuerda Julio Villalobos: “Quería elevar una bicicleta, por lo menos, unos 30 centímetros del piso. Algunos amigos míos, muy buenos para la física, le demostraban que eso era imposible. Sin embargo, él insistía y persistía. Armó el biciplano con otros amigos y, ¿adivina qué pasó? Intentó hacerlo volar durante toda una tarde, de dos a seis, y el biciplano no voló”. Un excompañero recuerda: “A pesar de eso, discutía con el profesor diciendo que se había elevado unos cuantos centímetros”.

El episodio del biciplano parece contener una versión temprana de rasgos que más tarde se harían visibles en el Abelardo de la Espriella de hoy. Allí está un muchacho empeñado en demostrar que lo improbable puede ocurrir y reacio a aceptar que una idea propia ha sido derrotada del todo; el muchacho que parecía ver en las barreras una invitación a insistir.

Quienes estuvieron allí recuerdan algo más que el fracaso del experimento: la obstinación de alguien que estaba convencido de que podía hacerlo. Años después, Julio Villalobos seguiría viendo en esa escena una clave para entenderlo: “Es un soñador. Creo que esa es otra cosa que Abelardo nunca se ha quitado de la cabeza y que probablemente le ha ayudado a llegar donde está. Sueña algo y persigue ese sueño hasta imaginarse que lo puede lograr o hasta lograrlo. Esa es una virtud que muchos no tienen y que hoy se entiende un poco mejor”.

Quizás por eso, mucho antes de que el país discutiera sus posiciones políticas o sus apariciones en televisión, quienes lo conocieron en la adolescencia ya habían identificado una característica: la persistencia; en su caso, entendida como una mezcla de convicción, terquedad y confianza en sí mismo que puede abrir caminos o generar enfrentamientos.

“Su manera de ver las cosas y de soñar en grande desde muy joven podía hacerlo parecer una persona altiva. Creo que esa percepción no era bien recibida por todo el mundo. Había personas con las que conectaba muy bien y otras con las que no tanto”, recuerda Julio Villalobos.

Al preguntarle a Villalobos si considera que a su ex compañero De la Espriella le ha ido bien en la vida, responde: “No sé qué tan bien le ha ido, porque también depende de qué se entienda por ‘bien’. La última vez que lo vi tenía alrededor de 16 guardaespaldas a su lado y ni siquiera había aspirado a la Presidencia. Si mal no recuerdo, me dijo: ‘Esa es la vida que yo elegí’. De alguna manera me daba a entender que le gustaría poder caminar por la calle sin necesidad de todo eso, pero que esa era la vida que había escogido. Entonces, si para él eso es estar bien, siento que quiso decirme que estaba conforme con ello. Sin embargo, no es mi ideal de vida”.

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El escritor José Luis Garcés González, también heredero de la tradición oral cordobesa y quien se ubica en la otra orilla ideológica de Abelardo de la Espriella, considera que el momento que vive Colombia es difícil, pero que el país no está ante el fin del mundo. “La vía legal es nuestra vía. Y a todos nos toca esperar. A propósito, el escritor Onelio Jorge Cardoso, maestro del cuento latinoamericano, tiene una frase educadora y lapidaria: ‘Saber esperar hace parte de la victoria’”.

Y agrega: “Debemos educarnos en la contradicción, no solo como postulado filosófico sino como práctica para la vida. Esta carencia nos ha hecho mucha falta. Pues la costumbre histórica de este país es absurda: resolver todas nuestras contradicciones a bala, sangre y muerte. Lo cual es un verdadero atraso. Es nuestra entrega a la barbarie. La filosofía y la biología y todos los seres o formaciones sociales existentes están hechos o estructurados con base en las contradicciones. No alarmarse. Saber resolverlas o superarlas de manera civilizada debe ser la tarea inteligente del pueblo y de los dirigentes políticos colombianos”.

Al preguntarle sobre su coterráneo Abelardo de la Espriella, responde: “Sabe cómo captar la atención de cierto público que le gusta la acción, el gesto fuerte, la palabra amenazante, no el proceso del pensamiento. Pues pensar es un proceso cultural diferente. Y esa es aún una falencia de cierta franja de la sociedad colombiana: es muy impresionista. Se deja conmover. Ya al respecto lo escribieron Gramsci, Pavese y Camus, entre muchos otros. Pero creo que a la franja mayoritaria de nuestra población no le simpatiza el grito, la amenaza, los anuncios de destrucción y acabose. Ese proceder debe revisarlo el presidente De la Espriella”.

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Abelardo de la Espriella (en el centro) en una reunión con antiguos compañeros de Montería. | Foto: Archivo particular.

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Alguien recuerda las dificultades que el estudiante Abelardo de la Espriella tenía con asignaturas como física, química o biología. “No era un mal estudiante”, recuerda una persona que compartió con él durante aquellos años. “Pero había materias que simplemente no le interesaban”. Y aquello que percibía lejano a sus intereses, lo superaba rodeándose de compañeros con más facilidad para los números y las fórmulas. “Destacaría que siempre ha sabido construir equipos alrededor de los objetivos que persigue. Cuando quiere lograr algo, busca rodearse de personas que considera valiosas para alcanzarlo. Esa es una característica que ya tenía desde el colegio”, recuerda Julio Villalobos.

Julio Villalobos también recuerda que, en una ocasión, su ex compañero le contó lo mucho que le afectó la dura situación que vivió su padre durante el Covid-19, pero, mucho más, y también en pandemia, la muerte de su tía Beatriz Gracia, “a quien quería muchísimo y consideraba casi como una hermana. Vivía muy cerca de ella y su muerte lo impactó profundamente. Esa fue una de las pocas ocasiones en que lo vi mostrarse vulnerable. Normalmente no exteriorizaba ese tipo de sentimientos en público, pero en esa conversación sí percibí un grado de vulnerabilidad relacionado con su familia y con las pérdidas que enfrentó durante ese período”.

Villalobos, ciudadano en el país que gobernará su ex compañero de colegio, considera que Abelardo de la Espriella tiene un gran reto: entender las necesidades de la población vulnerable y las razones de esa vulnerabilidad. “Pienso que eso le ayudaría no solamente a tener una buena gestión presidencial, sino también a afrontar mejor las dificultades de un país tan dividido. (…) He trabajado durante mucho tiempo en el sector público y he conocido muchísimos municipios. Las lógicas de Colombia son sumamente distintas y hay que entender de dónde vienen las cosas. Creo que Abelardo ha estado relativamente alejado de algunas de esas realidades y ojalá se asesore muy bien sobre esos temas”.

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Cuando terminó el colegio y dejó Montería para instalarse en Bogotá, Abelardo de la Espriella hizo el mismo viaje que han hecho miles de jóvenes de provincia durante generaciones. Cambió la cercanía de una ciudad donde casi todos terminan conociéndose, por el anonimato de una capital inmensa. Cambió los patios conocidos por una ciudad que parecía no terminar nunca. Cambió el mundo que había aprendido a recorrer por otro donde tendría que empezar de nuevo. Una persona que lo conoció en este periodo considera que fue en la Universidad Sergio Arboleda donde empezó a consolidar una versión más definida de sí mismo.

Esto recuerda Villalobos: “En Bogotá yo vi cómo se fue convirtiendo en una figura pública. Andaba con artistas, con personas reconocidas, y decía que los iba a defender incluso antes de haberse graduado. Tenía muy claro cuál era su modelo de negocio. Creo que esa disposición a acercarse a personas a las que otros no querían acercarse le ha servido. En un país tan dividido, esa capacidad de abrirse a quienes otros rechazan por razones éticas o políticas puede convertirse en una ventaja”.

La observación resulta interesante porque aparece repetidamente en distintas conversaciones. No se trata de que hubiera dejado atrás su personalidad. Muchos de los rasgos que lo distinguían en Montería seguían presentes. La diferencia era otra. Ahora estaba en una ciudad donde la competencia era mayor, donde el escenario era más amplio, donde la ambición de destacar no bastaba por sí sola. Había que construir una trayectoria, había que abrirse paso, había que hacerse visible.

Un excompañero recuerda que, mientras otros alumnos intentaban simplemente terminar la carrera, Abelardo de la Espriella parecía tener una comprensión muy clara de la importancia de las relaciones, de la exposición pública y de la construcción de una identidad profesional. No hablaba únicamente como estudiante de Derecho, sino como alguien que imaginaba un lugar para sí mismo.

En retrospectiva, varios de quienes lo conocieron entonces creen que Bogotá le afinó la facilidad para conectar con personas, la intuición para identificar oportunidades y la comodidad frente a la atención.

Mientras tanto, Colombia atravesaba años de transformaciones profundas, discutía reformas, enfrentaba nuevas violencias y veía surgir liderazgos de distintas corrientes ideológicas. Para un estudiante interesado en el debate público, la realidad nacional ofrecía un laboratorio permanente. Dicen que Abelardo observaba, aprendía, escuchaba. Todavía faltaban años para que los medios nacionales aprendieran su nombre, para los mediáticos y polémicos procesos judiciales, para las controversias, los seguidores, los detractores, Miami, Italia y las campañas.

Pero algo comenzaba a hacerse visible.

El muchacho que en Montería había encontrado placer en el escenario estaba aprendiendo a moverse ahora en escenarios mucho más complejos. Quizás sin saberlo todavía, estaba empezando a construir la figura pública que terminaría ocupando una parte de la conversación nacional durante las décadas siguientes.

Abelardo de la Espriella, además de los expedientes, escogió las cámaras; además de los conceptos jurídicos, buscó los titulares; y además de las bibliotecas, eligió los micrófonos. Hay abogados que construyen una carrera en silencio. No fue ese su camino.

Pero no parece haber sido una estrategia diseñada desde el principio. Algunas personas vinculadas a empresas periodísticas consultadas intuyen que Abelardo de la Espriella entendió que, en una sociedad atravesada por los medios de comunicación, la exposición también es una forma de poder. La palabra, que antes había sido la palabra del estudiante y del actor, apareció de nuevo en su historia en la voz del litigante.

El país vio por años que mientras consolidaba su ejercicio profesional, comenzó a participar en debates, entrevistas y discusiones. Su nombre empezó a aparecer asociado a casos de alto perfil. Defendió clientes que despertaban admiración en algunos sectores y fuerte rechazo en otros. Sus intervenciones generaban apoyo y críticas con una intensidad similar. Era una exposición que muchos abogados habrían evitado. Él parecía sentirse cómodo en ella. Otra vez la comunicación no le resultaba ajena. Otra vez, como en La Salle de Montería, parecía sentirse atraído por ideas en tensión. Esa disposición comenzó a definir buena parte de su imagen pública. Su manera de hablar, de vestir, de cantar y de intervenir en los debates le ayudó a construir una identidad que generaba, y ahora genera más, reacciones intensas. Los admiradores veían determinación, los críticos veían provocación; los seguidores encontraban firmeza, los detractores encontraban exceso. Nunca faltaron los que se burlaban de él en público y en privado.

Poco a poco, el abogado comenzó a transformarse en algo más amplio. Abelardo de la Espriella, no hay que ser experto en marketing, se convirtió en una marca que ha estado siempre asociada a posiciones firmes, una estética reconocible y una presencia en el debate.

Muchos años antes de que decidiera dar el salto a la política electoral, buena parte del país ya sabía quién era él. Aquella visibilidad representaba la culminación de un recorrido que había comenzado mucho tiempo atrás. No era un político, no era un funcionario, tampoco había construido su carrera dentro de los partidos ni había recorrido el camino tradicional de quienes aspiran al poder. Claramente era otra cosa. Quien había dicho que no le interesaba aspirar a un cargo público, cambió de opinión y se lanzó, y terminó ganando aquello que, al parecer, no tenía como destino, al que llegó construyendo una audiencia y asumiendo posiciones impopulares.

Esa división lo sigue acompañando, porque el día en que fue elegido presidente de Colombia, millones de personas vieron el mismo acontecimiento y llegaron a conclusiones distintas: sus seguidores celebraron, sus contradictores se preocuparon; esperanza para unos, incertidumbre para otros. Es la democracia: una victoria puede ser interpretada de maneras opuestas.

La historia de Abelardo de la Espriella no es solo la de un costeño que llegó a la Presidencia, sino la historia de una personalidad. Ahora, cuando las celebraciones terminen y empiece el tiempo de gobernar, surgirá para Abelardo de la Espriella una pregunta que lo interpelará a él y, por ende, al país, una pregunta que enfrentan todos los líderes y que ya no tiene que ver tanto con quiénes fueron, sino con el reto de quiénes son capaces de llegar a ser. El resto pertenece al territorio incierto del futuro.

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