
En defensa del ‘voto inútil’ y su relevancia para el fortalecimiento de la democracia
Más que una suerte de recipiente vacío o resultado del comportamiento de un elector que no tiene preferencias políticas alineadas de alguna forma con los candidatos dominantes, este tipo de sufragios resulta necesario para afianzar el sistema político de la sociedad.
Por: Sandra Borda Guzmán
A grandes rasgos y en la discusión política general, el voto inútil es entendido como aquel que no tiene consecuencias particulares ni impacto real; simplemente “no cuenta” a la hora de ejercer el poder político o, por el contrario, de limitarlo y contrabalancearlo.
Especial Imaginar la Democracia
En buena parte, los votos inútiles dependen de las reglas del juego de cada sistema electoral. Sin embargo, por ejemplo, es fácil escuchar voces que arguyen que votar por candidatos que no puntean en las encuestas, o votar en blanco, constituye una instancia de voto inútil. Para evaluar este argumento, es preciso desagregar las premisas sobre las que está basado.
Es fácil escuchar voces que arguyen que votar por candidatos que no puntean en las encuestas, o votar en blanco, constituye una instancia de voto inútil
La primera de ellas es que se cuenta con información suficientemente rigurosa para llegar a la conclusión de quiénes son los punteros en una contienda electoral y por quiénes, definitivamente, “no vale la pena votar”.
Primer gran problema. El argumento del voto inútil descansa única y exclusivamente sobre las tendencias que supuestamente nos ilustran las encuestas; es allí en donde reside su poder y es justamente allí en donde generan el efecto más perjudicial de todos. Supongo que no necesito entrar en detalle sobre el pésimo trabajo que han hecho las encuestas al tratar de identificar tendencias en materia de comportamiento electoral alrededor del mundo. Así las cosas, cuando el elector piensa que está tomando una decisión sobre el voto útil o inútil basado en información completa y fidedigna, está frente a un absoluto espejismo.
Cuando el elector piensa que está tomando una decisión sobre el voto útil o inútil basado en información completa y fidedigna, está frente a un absoluto espejismo
La segunda premisa consiste en la idea de que cualquier voto que no le apunte a un posible ganador es un voto perdido y no sirve para absolutamente nada. Esta lógica es más propia de los apostadores que de los electores, y se fundamenta en un entendimiento de la política que se parece más al de los deportes de competencia que al funcionamiento real del sistema político.
Cuando un fan de un equipo de fútbol decide apostar por un equipo, su decisión no tiene una consecuencia que vaya un minuto más allá del momento en el que se acabó el partido. Es cierto que hacer parte del equipo ganador y vanagloriarse por haber “apostado bien” es un buen masaje para el ego, nos puede dar un halo de conocedores y astutos, e incluso nos puede hacer sentir dominantes y poderosos. El problema es que en política, a diferencia de los deportes, las consecuencias de esa elección van mucho más allá del partido mismo —la elección— y del viaje de ego que nos produzca ser los ganadores por una noche de domingo. Lo clave es que quien esté en el poder represente nuestras preferencias políticas, nuestra forma de concebir al país, la relación entre el Estado y la sociedad, y nuestro futuro colectivo.
En política, a diferencia de lo que ocurre en los deportes, votar por un candidato que considero ganador solo por el hecho de serlo, pero que no representa mi visión y mis preferencias, no solo es cortoplacista y un tanto miope, sino que además puede ser absolutamente contraproducente para mí como votante, para el o los grupos a los que pertenezco y para el proyecto colectivo tal como lo concibo. Puede que el domingo en la noche celebre como cuando gana la Selección Colombia, puede que ‘saque pecho’ porque me creo astuto por haberme subido al barco a tiempo e incluso puede que llegue a sentirme orgulloso; pero es muy posible que, si no incorporo la representatividad en mi criterio para votar, no pase mucho tiempo antes de que empiece a arrepentirme.
En política, a diferencia de lo que ocurre en los deportes, votar por un candidato que considero ganador solo por el hecho de serlo, pero que no representa mi visión y mis preferencias, es cortoplacista y un tanto miope
La otra lógica es que es preferible usar el voto para evitar que un candidato “muy malo” o muy adverso a mis intereses y preferencias gane, votando por su contendiente, un candidato considerado “menos malo”. Este es el caso del “voto con tapabocas” o “voto con la nariz tapada”: voto por un candidato que, aunque está lejos de ser el que yo prefiero, es “menos malo” que el otro y, de paso, privo de mi apoyo al candidato que realmente me gusta y por el que me siento representado.
Este es justamente el argumento que invita a abandonar a los candidatos que van de terceros o más abajo en la lista (según las encuestas), pero también es el que invita a abandonar el voto en blanco como práctica en las segundas vueltas. En el caso de las primeras vueltas, este argumento no solo se basa en la muy débil y poco confiable información que nos entregan las encuestas, sino que además nos sume en una discusión que no está formulada desde lo positivo, sino desde lo negativo. La pregunta a la que se invita a responder al votante no es ¿cuál es su candidato predilecto?, sino ¿cuál de las opciones ganadoras le parece menos mala?.
Así las cosas, las campañas tienden a enfocarse menos en estrategias que inspiren y motiven por la positiva, y mucho más en estrategias sucias que buscan destruir al otro para presentar la opción propia como la que menos concesiones necesita de parte del votante para ser escogida. Y, por si esto fuera poco, el gran engaño reside en que quienes ponen a andar estos argumentos son justamente las campañas de los candidatos punteros. En un ejercicio que es casi extorsivo, se trata de convencer al votante de que optar únicamente por quienes lideran las encuestas es lo responsable con el país, lo estratégico y lo útil. Cualquier otra cosa es catalogada como un indicador de una decisión ligera, alimentada por el ego o por complejos de superioridad moral y, en el peor de los casos, como el resultado de una infinita estupidez.
Las campañas tienden a enfocarse menos en estrategias que inspiren y motiven por la positiva, y mucho más en estrategias sucias que buscan destruir al otro
Bajo esta narrativa, es responsabilidad del supuesto “votante inútil” que “el otro gane”, que el triunfo no sea apabullante y que, por lo tanto, no haya márgenes de gobernabilidad suficientes. En un giro argumentativo de locura, el dueño del “voto inútil” —que, como en el caso colombiano, no apoya a ninguna de las dos alternativas ubicadas a lado y lado del continuo político— termina siendo tachado como el responsable de la polarización y de que el país esté dividido en dos.
En un giro argumentativo de locura, el dueño del 'voto inútil'—que, como en el caso colombiano, no apoya a ninguna de las dos alternativas ubicadas a lado y lado del continuo político— termina siendo tachado como el responsable de la polarización y de que el país esté dividido en dos
Un voto inútil está pensado, en realidad, para enviar un mensaje claro: las preferencias electorales de un votante de este tipo no se encuentran representadas por ninguno de los candidatos dominantes. Y si bien algunos de estos votantes están dispuestos a flexibilizar esas preferencias en dirección a uno de los candidatos dominantes y optar por ellos, también es necesario reconocer que, por una razón u otra, hay quienes no están dispuestos a hacerlo. Esa decisión no solo es respetable, sino que además es necesaria en democracia.
Un voto inútil está pensado, en realidad, para enviar un mensaje claro: las preferencias electorales de un votante de este tipo no se encuentran representadas por ninguno de los candidatos dominantes
La gran equivocación reside en pensar que el voto inútil es una suerte de recipiente vacío, o el comportamiento de alguien que no tiene preferencias políticas, cuando lo que realmente ocurre es que esas preferencias no se encuentran representadas o alineadas de alguna forma con los candidatos dominantes. Esta lectura es infinitamente arrogante porque asume que solo la identificación con el ideario de los candidatos que lideran las encuestas es válida, y que no existe razón alguna para no transitar de un candidato perdedor a uno ganador.
Tampoco se trata de falsas equivalencias: el votante inútil no necesariamente tiene que pensar que los candidatos dominantes son igual de malos; puede perfectamente creer que uno es menos malo que el otro pero que, incluso en ese caso, el menos malo no lo representa.
Con motivo del resultado electoral reciente en Colombia, algunos incluso aventuraron el argumento más absurdo de todos: que es culpa del voto inútil en segunda vuelta que el margen de diferencia haya sido tan pequeño y que el país esté completamente dividido en dos por partes iguales. La realidad es que el voto inútil es más bien un reflejo de una gran incomodidad con un escenario como el de la segunda vuelta colombiana, de tener muy poco interés en jugar el juego de la polarización.
El voto inútil es más bien un reflejo de una gran incomodidad con un escenario como el de la segunda vuelta colombiana, de tener muy poco interés en jugar el juego de la polarización’
Más importante aún, esa pequeña diferencia se traducirá en un margen de gobernabilidad restringido, en limitaciones grandes al ejercicio del poder por parte del candidato ganador y en un espacio para el ejercicio de una oposición distinta a la del perdedor principal, con motivaciones e incentivos diferentes y, por lo tanto, una oposición tal vez más selectiva, constructiva y reflexiva.
Tal vez el “voto inútil” es simplemente una forma de descalificar al que no vota por los ganadores anticipados por las encuestas. Por eso, es el tipo de voto que no les gusta a las campañas dominantes, menos aun cuando la diferencia entre ellos es tan cerrada. Si tanto les incomoda, será porque es todo, menos inútil.
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