
Movilidad social y democracia: una conexión clave
Si la primera es baja, menoscaba el apoyo no solo a la segunda, sino a las instituciones y la economía de mercado. Por lo que aumentarla es fundamental para el fortalecimiento de la democracia colombiana. ¿Qué ha pasado con la movilidad social durante las últimas dos décadas?
Por: Alejandro Gaviria
Una sociedad democrática y libre, que respete las instituciones y permita variados experimentos de vida, necesita un cierto nivel de movilidad social. Si los resultados socioeconómicos de una persona están determinados por los de sus padres, si la distribución de las oportunidades es injusta y si, además, el nacimiento explica o define buena parte de las posibilidades de vida, será más difícil prevenir las derivas autoritarias y preservar el apoyo a la democracia.
Especial Imaginar la Democracia
Este artículo tiene dos objetivos. Primero, hace una evaluación de los niveles de movilidad intergeneracional en Colombia. Segundo, argumenta, con base en la evidencia disponible, que los bajos niveles de movilidad social menoscaban el apoyo a la democracia, las instituciones y la economía de mercado. Con todo, este artículo sugiere que las políticas dirigidas a aumentar la movilidad (educativas, laborales y económicas en general) son fundamentales para el fortalecimiento de la democracia colombiana. Los resultados presentados están basados en mis investigaciones sobre movilidad social durante las últimas dos décadas.
Movilidad social en Colombia
El primer debate académico sobre la movilidad social en Colombia, que tuvo lugar a comienzos de los años cincuenta, enfrentó a dos científicos sociales extranjeros, T. Lynn Smith y Gerardo Reichel-Dolmatoff. El primero consideraba que las posibilidades de ascenso social en Colombia eran muy limitadas. Las clases medias, decía sin ironía, estaban conformadas por miembros de las clases altas caídos en desgracia como consecuencia del desbordamiento demográfico: los ricos tenían muchos hijos, demasiados, y el ímpetu reproductor les jugaba, con el tiempo, una mala pasada.
El antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff difería radicalmente. En su opinión, Colombia tenía una clase media en ascenso, conformada por propietarios rurales acomodados, cafeteros en su mayoría:
Colombia no es un país dominado por un sistema feudal manejado por unas cuantas familias de sangre azul que dominan una mayoría de mestizos analfabetos. Esto pudo haber sido cierto hace doscientos años. Pero, en el presente, Colombia es un país cuya estabilidad política y social descansa sobre una firme fundación de miembros de la clase media que tienen sus raíces principalmente en la población rural y que constituyen la principal fuerza de la Nación en el mantenimiento de sus ideales democráticos.
Estos primeros estudios estaban sustentados más en opiniones que en estimaciones creíbles. Reflejaban los sesgos ideológicos y etnográficos de los investigadores. Las mediciones de movilidad social son difíciles. Necesitan encuestas longitudinales que midan el ingreso, la educación o algún indicador de desempeño socioeconómico para al menos dos generaciones de una misma familia. Al respecto, menciono, en lo que sigue, los resultados de dos estudios representativos de una literatura científica creciente.
El primero compara la asociación estadística (la correlación) entre los años de educación de padres e hijos para tres países (Colombia, Chile y México) y, dentro de cada país, para tres grupos de edad (55-65 años, 40-54 y 25-39). El gráfico resume los resultados. En Colombia, la movilidad educativa es menor (la correlación es mayor) que en Chile y en México para cada grupo de edad. En los tres países, la movilidad ha aumentado con el tiempo (la correlación ha disminuido), probablemente como resultado del mayor acceso a la educación y el crecimiento económico. Con todo, los resultados sugieren una mayor concentración de las oportunidades en Colombia que ha persistido de una cohorte a la siguiente a pesar del progreso social (que no puede negarse).

Un estudio reciente, realizado por el Banco Mundial, presenta indicadores comparables de movilidad social para una muestra de 87 países. El estudio compara la correlación entre los ingresos observados y estimados a la edad de cuarenta años para padres e hijos. El gráfico resume los resultados para los países de América Latina incluidos en la muestra. Colombia, junto con México y Guatemala, tiene una menor movilidad (una mayor correlación) en comparación con otros países de la región. Este resultado reitera los resultados del estudio previo, esto es, los bajos niveles de movilidad social de Colombia.
Colombia, junto con México y Guatemala, tiene una menor movilidad (una mayor correlación) en comparación con otros países de la región
Los resultados mencionados, basados en indicadores objetivos, coinciden con las opiniones subjetivas recogidas en las encuestas de opinión. La mayoría de los colombianos considera que las oportunidades están distribuidas de manera desigual, que las conexiones son determinantes en la vida y que la distribución del ingreso es injusta. Según el Latinobarómetro, una encuesta de percepciones y opiniones que se realiza cada año en la región, los colombianos son más pesimistas al respecto que el promedio de los latinoamericanos. Por ejemplo, en Colombia, 80 por ciento opina que el éxito depende de las conexiones, frente a 70 por ciento de los encuestados en los otros países. En suma, mediciones y opiniones resaltan la baja movilidad relativa y la desigual distribución de las oportunidades en Colombia.
La mayoría de los colombianos considera que las oportunidades están distribuidas de manera desigual, que las conexiones son determinantes en la vida y que la distribución del ingreso es injusta
Estos resultados no capturan por supuesto la complejidad de un fenómeno social con muchas dimensiones y múltiples determinantes. Los estudios citados son deliberadamente reduccionistas. Ponen el énfasis en lo comparable. Dos estudios de caso para el caso colombiano sugieren que los obstáculos a la movilidad social pueden ser sutiles, trascienden las políticas sociales y los canales más evidentes como el acceso a la educación superior y la migración a las ciudades. Un primer estudio muestra que las personas con nombres atípicos tienen un peor desempeño en los mercados laborales (en comparación con personas de la misma educación propia, educación de los padres y lugar de residencia), lo que sugiere, a su vez, formas sutiles de discriminación por clase social. En el mismo sentido, otro estudio (más reciente) muestra que los acentos asociados con las clases altas facilitan la inserción laboral.
Las personas con nombres atípicos tienen un peor desempeño en los mercados laborales (en comparación con personas de la misma educación propia, educación de los padres y lugar de residencia), lo que sugiere, a su vez, formas sutiles de discriminación por clase social
Cabe finalmente una aclaración metodológica. Un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), publicado en 2018 y citado de manera copiosa, menciona que, en Colombia (“al ritmo actual de movilidad de ingresos”) pasarían 11 generaciones para que una persona nacida en el decil más bajo alcance siquiera el ingreso medio. Esta estimación, claramente escandalosa, está basada en una extrapolación inapropiada de una estimación puntual de la elasticidad de ingresos entre padres e hijos (que, para el caso de Colombia, es de 0,7). El dato de 11 generaciones es una distorsión matemática de una fórmula aproximada. No refleja ningún trabajo empírico riguroso, mucho menos un análisis histórico detallado, y no debería ser tomado en serio. Colombia tiene unos niveles relativamente bajos de movilidad social. Pero el ascenso social no es inexistente como sugiere el dato mencionado.
Movilidad social y democracia
Al menos desde los escritos de Alexis de Tocqueville, las ciencias sociales han puesto de presente la importancia de la movilidad social en la estabilidad de la democracia y las instituciones políticas. Si los votantes esperan ascender socialmente —se dice—, apoyarán políticas más incluyentes que beneficien no solamente su grupo o clase social, sino también aquellos grupos a los que aspiran pertenecer. Aunque esta conexión ha sido puesta en cuestión recientemente por algunos análisis puntuales (los ciudadanos, en presencia de alta movilidad, pueden también votar en contra de opciones autoritarias e inmovilistas), la idea inicial no ha perdido importancia y reclama un análisis empírico.
Un estudio reciente, que usa los datos de la encuesta Latinobarómetro, ya mencionada, examina la conexión entre una baja movilidad social y el apoyo a la democracia. Con este fin, usa la mejor información disponible: una muestra de más de 300.000 observaciones, correspondiente a 18 años (de 1998 a 2023) y 18 países de la región.
El estudio encuentra que la menor movilidad educativa está asociada con posturas antidemocráticas. Por ejemplo, un año más de educación de los hijos con respecto a la educación de los padres reduce de manera notable la probabilidad de que una persona apoye ciertas opciones autoritarias. El efecto se mantiene aún después de controlar por el nivel de desigualdad y de desarrollo de cada país. Existe, además, una complementariedad. El efecto es mayor en aquellos países con mayor desigualdad.
Según estudios, en Colombia un año más de educación de los hijos con respecto a la educación de los padres reduce de manera notable la probabilidad de que una persona apoye ciertas opciones autoritarias
Más allá de este estudio particular, quisiera insistir en la intuición clave de este artículo. La presento como un encadenamiento de tres premisas: (i) los ciudadanos tienen, en general, una “aversión a la injusticia”, (ii) la baja movilidad social alimenta un sentido general o percepción de injusticia y (iii) esta percepción incrementa la indignación y puede generar un rechazo a las instituciones y la democracia.
Para el caso colombiano, hay dos elementos que incrementan la pertinencia del argumento anterior. Primero, la alta y persistente desigualdad. Colombia es uno de los pocos países latinoamericanos en los cuales la desigualdad no ha caído de manera continua y sustancial durante las últimas dos décadas. Esta realidad problemática refuerza la conexión citada.
Colombia es uno de los pocos países latinoamericanos en los cuales la desigualdad no ha caído de manera continua y sustancial durante las últimas dos décadas
Segundo, de manera paradójica, como lo mencionó el mismo Alexis de Tocqueville, la conexión citada suele ser más fuerte en épocas de expansión y progreso. Si unas personas comienzan a moverse, el resentimiento y la frustración del resto por el estancamiento suelen ser mayores. El progreso, que puede empujar a unos pocos, puede asimismo detonar movimientos de protesta y alimentar, paralelamente, los discursos antisistema.
Si unas personas comienzan a moverse, el resentimiento y la frustración del resto por el estancamiento suelen ser mayores. El progreso, que puede empujar a unos pocos, puede asimismo detonar movimientos de protesta y alimentar, paralelamente, los discursos antisistema
En síntesis, este artículo muestra que la agenda de fortalecimiento a la democracia está asociada con la agenda de equidad, y que esta asociación es particularmente importante en un país como Colombia habida cuenta de tres factores: los bajos niveles de movilidad social, la alta desigualdad y la celeridad, al menos en algunas regiones, de los procesos de transformación económica.
Artículos citados
Daron Acemoglu, Georgy Egorov y Konstantin Sonin, "Social Mobility and Stability of Democracy: Reevaluating De Tocqueville", The Quarterly Journal of Economics, 2018.
Roberto Angulo, João Pedro Azevedo, Alejandro Gaviria y Gustavo N. Páez, Movilidad social en Colombia, Departamento Nacional de Planeación, 2012.
Leopoldo Fergusson, Natalia Garbiras-Díaz y Michael Weintraub, "Accents as Capital", Documentos CEDE 2026-1, Universidad de los Andes, Facultad de Economía, CEDE, 2026.
Alejandro Gaviria, "Social Mobility and Preferences for Redistribution in Latin America", Economía, vol. 8, no. 1, 2007, pp. 55–96.
Alejandro Gaviria, Carlos Medina y María del Mar Palau, "Las consecuencias económicas de un nombre atípico. El caso colombiano", El Trimestre Económico, vol. 77, no. 307, 2010, pp. 535–556.
Ercio Muñoz y Roy van der Weide, Intergenerational Income Mobility around the World: A New Database, World Bank Policy Research Working Paper 11166, 2025.
OCDE, A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility, OECD Publishing, 2018.
Bautista Santamarina, Matías Ciaschi y Mariana Marchionni, Intergenerational Mobility and Populist Attitudes in Latin America, Documento de Trabajo CEDLAS Nº 374, Universidad Nacional de La Plata, 2026.
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