
Los silencios de la democracia
En una época saturada de ruido digital y palabras, la profesora Viridiana Molinares Hassan propone pensar la democracia desde una condición a menudo olvidada: la escucha que precede a la palabra y que nace del silencio. Este texto explora los silencios democráticos y plantea la urgencia de reaprender una nueva forma de silencio, capaz de abrir espacio a la deliberación y al reconocimiento del otro en medio del estruendo contemporáneo.
Palabra, silencio y escucha en tiempos de ruido digital
¿Es posible que uno de los principales problemas de las democracias contemporáneas no sea la imposibilidad de hablar, sino la incapacidad de escuchar?
Sin pausa en la producción de palabras
Nunca habíamos hablado tanto. Nunca habíamos tenido tantas oportunidades para opinar, comentar, reaccionar y participar en conversaciones públicas. Sin embargo, en medio de esta abundancia de palabras, surge una pregunta inquietante: ¿nos estamos escuchando?
Estamos acostumbrados a pensar la democracia desde la palabra. La deliberación, el debate público, la libertad de expresión, la participación ciudadana y el intercambio de argumentos constituyen algunos de sus pilares fundamentales. Pero existe una condición que rara vez ocupa el centro de la reflexión democrática: la escucha. Y para escuchar hace falta silencio.
No me refiero al silencio de la censura, la exclusión o el miedo. Hablo de un silencio cargado de significado, un silencio que crea el espacio necesario para comprender al otro, reflexionar antes de reaccionar y transformar la información en juicio. Sin ese silencio, la palabra pierde su capacidad democrática.
Especial Imaginar la Democracia
La situación no se limita a las redes sociales. Las plataformas digitales compiten por cada segundo de nuestra atención; el mercado disputa incluso nuestro tiempo para el descanso y el sueño; las estrategias de comunicación, con sus exitosas narrativas de manipulación, buscan ocupar cada espacio de silencio para evitar la pausa, la reflexión, la posibilidad de pensar, la escucha. Así, parece que nos hemos convertido en una sociedad que teme al silencio. Por esto resulta inevitable preguntarse: ¿puede sobrevivir la democracia allí donde todos hablan y nadie escucha?, ¿cómo aprendemos a escucharnos en una sociedad llena de ruido?
Parece que nos hemos convertido en una sociedad que teme al silencio
En Historia del silencio, el historiador francés Alain Corbin plantea que el silencio no es solo ausencia de ruido; es también una experiencia positiva y una condición para la percepción y la escucha. Recuerda que, durante siglos, el silencio, fue considerado “la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía y de la creación”. Afirma, además, que, en otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad, los lugares, las tácticas y los sabores del silencio. Citando a Henry David Thoreau, describe la experiencia de caminar por un bosque y descubrir que los sonidos de los pájaros, de las hojas o de las ranas no destruyen el silencio. Por el contrario, parecen emerger de él como pequeñas burbujas que estallan en su superficie. El silencio no desaparece: permanece como el fondo que hace posible escuchar.
El historiador francés Alain Corbin plantea que el silencio no es solo ausencia de ruido; es también una experiencia positiva y una condición para la percepción y la escucha
El ruido y la crisis contemporánea de la democracia
La reflexión de Corbin adquiere una relevancia particular en el ecosistema digital. El aumento de las voces no siempre implica un aumento de la escucha. La acumulación de discursos y de información no garantiza comprensión. A veces ocurre precisamente lo contrario: cuanto más ruido existe, más difícil resulta distinguir aquello que merece ser escuchado. Como advierte Byung-Chul Han, la saturación informativa no fortalece necesariamente la deliberación democrática; en ocasiones produce exactamente lo contrario. En Infocracia señala que “la información corre más que la verdad” y añade una observación aún más perturbadora: “En una comunicación afectiva, no son los mejores argumentos los que prevalecen, sino la información con mayor potencial de excitación”.
La democracia contemporánea enfrenta así una paradoja inquietante: muchas personas experimentan hoy una extraña sensación de invisibilidad: hablan, participan y opinan, pero sienten que nadie las escucha.
La democracia contemporánea enfrenta así una paradoja inquietante: muchas personas experimentan hoy una extraña sensación de invisibilidad: hablan, participan y opinan, pero sienten que nadie las escucha
Las formas de los silencios democráticos
Para escuchar se hace necesario el silencio. Los silencios que tal vez más reconocemos son los de las relaciones afectivas. Frente a ellos no existen reglas seguras de interpretación. Pueden ser silencios que intentan mostrar amor o, por el contrario, silencios desde los cuales se dice adiós. Existen también silencios inútiles que distancian y útiles que después de un tiempo acercan. Si en este terreno los silencios son difíciles de leer, en las democracias encontramos otros que pueden apreciarse con mayor claridad y que, sin embargo, suelen ser más difíciles de romper.
El primero es el silencio de la escucha. Es el silencio que Alain Corbin reivindica cuando recuerda que constituye “el lugar interior del que surge la palabra”. No se trata de ausencia de comunicación, sino de la condición que permite comprender, reflexionar y escuchar. Este silencio crea las condiciones para la deliberación, favorece la reflexión crítica y modera la inmediatez emocional de la discusión pública. Cuando desaparece, proliferan el ruido, la polarización y la incapacidad de atención. Sin este silencio, la democracia conserva palabras, pero pierde escucha.
Existen también los silencios de exclusión. No todos los silencios son elegidos. Algunos son producidos por relaciones de poder que determinan quién puede participar en la conversación pública y quién permanece en sus márgenes. Por ello conviene distinguir entre tener voz y ser escuchado. Una persona puede hablar, expresar sus necesidades, denunciar una injusticia o formular una demanda política y, aun así, permanecer atrapada en una forma de silencio social. Así, el problema no radica en la ausencia de palabra, sino en la incapacidad de esa palabra para ser reconocida, atendida o considerada significativa.
Las democracias no siempre silencian mediante la censura. Con frecuencia producen formas más sutiles de silenciamiento al distribuir de manera desigual la capacidad de ser escuchado. Como advirtió Gayatri Chakravorty Spivak en su ensayo ¿Pueden hablar los subalternos?, el problema no consiste en la inexistencia de la palabra, sino en las dificultades para que determinadas voces sean reconocidas como políticamente relevantes. Se puede hablar sin ser oído. Se puede participar sin ser reconocido. Se puede formar parte de la comunidad política y, sin embargo, permanecer invisible dentro de ella.
Las democracias no siempre silencian mediante la censura. Con frecuencia producen formas más sutiles de silenciamiento al distribuir de manera desigual la capacidad de ser escuchado
La historia de las mujeres en las democracias modernas constituye un ejemplo elocuente de esta forma de silencio. Durante siglos, instituciones que afirmaban representar a la totalidad de los ciudadanos excluyeron a la mitad de la población de la esfera política. Incluso tras la conquista de derechos fundamentales, experiencias como la violencia doméstica, el trabajo de cuidados o las desigualdades de género permanecieron durante largo tiempo fuera de la conversación pública. No se trataba de que las mujeres no hablaran, sino de que no eran escuchadas.
La historia de las mujeres en las democracias modernas constituye un ejemplo elocuente de esta forma de silencio. Durante siglos, instituciones que afirmaban representar a la totalidad de los ciudadanos excluyeron a la mitad de la población de la esfera política
Este tipo de silencio no afecta únicamente a las mujeres. También ha acompañado la experiencia de minorías raciales, pueblos indígenas, poblaciones migrantes y otros grupos históricamente marginados cuyas demandas han sido consideradas secundarias o irrelevantes. Desde esta perspectiva, los silencios democráticos no son únicamente el resultado de la censura directa. Son también el resultado de estructuras sociales e institucionales que determinan quién merece ser escuchado y quién permanece fuera del foco de atención colectiva.
Pero no todo silencio es sometimiento. Existe también el silencio estratégico. Albert Hirschman, en Salida, voz y lealtad, explica que los ciudadanos suelen responder al deterioro de las instituciones de dos maneras: abandonándolas (exit) o haciendo oír su voz (voice) para transformarlas desde dentro. La historia democrática muestra, sin embargo, una tercera posibilidad: el silencio como forma de acción política.
La Silent Parade organizada en Nueva York en 1917 constituye uno de los ejemplos más conocidos: miles de afroamericanos marcharon en absoluto silencio para denunciar la violencia racial. También lo es la Marcha del Silencio en Colombia en 1948, hecha para exigir el cese de la violencia partidista. Algo semejante ocurrió con las Madres de Plaza de Mayo, cuya sola presencia en el espacio público se convirtió en una forma de denuncia. También Gandhi practicó jornadas de silencio como ejercicio de autodisciplina, resistencia y afirmación política. En todos estos casos, el silencio dejó de ser una ausencia para convertirse en un lenguaje.
A veces callar es una manera de obligar a la sociedad a escuchar. Los minutos de silencio, las vigilias silenciosas y otros actos de memoria responden a una lógica similar. La fuerza del silencio estratégico reside precisamente en su capacidad de interrumpir la normalidad y obligar a escuchar aquello que el ruido suele ocultar.
A veces callar es una manera de obligar a la sociedad a escuchar. Los minutos de silencio, las vigilias silenciosas y otros actos de memoria responden a una lógica similar
Existe, finalmente, el silencio institucional, quizá el más peligroso de todos. Se produce cuando gobiernos e instituciones guardan silencio frente a desapariciones, pobreza, discriminación o corrupción. Aquí el silencio deja de ser una ausencia accidental para convertirse en una decisión política. Cuando las instituciones no responden, ignoran reclamos o mantienen determinados problemas fuera de la agenda pública, el silencio se transforma en una forma de poder. Su efecto es profundo: erosiona la confianza, alimenta la exclusión y convierte la indiferencia en una práctica política.
Cuando las instituciones no responden, ignoran reclamos o mantienen determinados problemas fuera de la agenda pública, el silencio se transforma en una forma de poder
Esta diversidad de silencios muestra que el silencio no posee un único significado en la vida democrática. Puede crear las condiciones para la escucha, revelar exclusiones, convertirse en una forma de acción política o expresar la indiferencia de las instituciones. Comprender esta pluralidad resulta fundamental porque la democracia no depende únicamente de la libertad de hablar. Depende también de la capacidad de escuchar. Y es precisamente allí donde se encuentra uno de los desafíos democráticos más importantes de nuestro tiempo.
La democracia como escucha
Hannah Arendt mostró que la política surge cuando los seres humanos aparecen unos ante otros mediante la palabra y la acción. En La condición humana escribió que “sólo pueden experimentar sentido porque pueden hablar unos con otros y comprenderse mutuamente”. Esta afirmación no solo defiende el diálogo: también exige la escucha. Hablar implica reconocer al otro como interlocutor y permitir que su voz nos afecte; sin esa apertura, el debate se reduce a monólogos.
La democracia, más allá de sus instituciones, es una forma de comunicación. Desde la modernidad se ha concebido como un espacio de intercambio de argumentos, y Jürgen Habermas subraya que su legitimidad depende de la calidad de la discusión pública y de la posibilidad de justificar las decisiones colectivas con razones accesibles a todos. Libertad de prensa, expresión, reunión y asociación son conquistas destinadas a impedir que la conversación pública quede monopolizada por una sola voz.
Libertad de prensa, expresión, reunión y asociación son conquistas destinadas a impedir que la conversación pública quede monopolizada por una sola voz
Sin embargo, esta centralidad de la palabra ha relegado al silencio, identificado casi siempre con censura, exclusión o apatía. Pero la pregunta decisiva es qué condiciones hacen posible la palabra misma. La teoría democrática ha atendido a la libertad de expresión, pero mucho menos a las disposiciones culturales y sensibles que sostienen la capacidad de escuchar. Una sociedad puede multiplicar voces y canales, pero si pierde la escucha, la deliberación se debilita y la conversación democrática se convierte en un espacio donde todos hablan y nadie comprende.
Una sociedad puede multiplicar voces y canales, pero si pierde la escucha, la deliberación se debilita y la conversación democrática se convierte en un espacio donde todos hablan y nadie comprende
Aprender un nuevo silencio
Quizá ha llegado el momento de preguntarse por aquello que precede y sostiene la palabra, Vuelvo a Alain Corbin porque, repito: el silencio, es sobre todo “el lugar interior del que surge la palabra”.
La observación obliga a reconocer que tal vez la palabra no sea el punto de partida, tal vez sea el resultado. Antes del discurso existe la escucha; antes de la deliberación, la atención; antes de la intervención pública, un espacio de silencio desde el cual la palabra adquiere sentido.
Referencias
Arendt, H. (1993). La condición humana. Barcelona: Paidós.
Corbin, A. (2016). Historia del silencio. Barcelona: Acantilado.
Habermas, J. (1998). Teoría de la acción comunicativa (Vols. I–II). Madrid: Trotta.
Hirschman, A. O. (1977). Salida, voz y lealtad. México: Fondo de Cultura Económica.
Spivak, G. C. (2010). ¿Pueden hablar los subalternos? Buenos Aires: El cuenco de plata.
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