
No todo es político
Más allá del ámbito político existe lo esencialmente humano, lo fundamental. Y mientras más fuerte es este espacio, más posibilidades hay de contener los desafueros de la política.
Hay un viejo debate entre iusnaturalistas y iuspositivistas que se enseña (o se enseñaba) en el primer semestre de los estudios de derecho y que yo, como estudiante de esa carrera, seguí con fervor. Los iusnaturalistas defendían la idea de que toda legislación debe respetar unos valores esenciales que están por fuera del derecho y sin los cuales este no es válido. Los iuspositivistas, en cambio, sostenían que basta con seguir los procedimientos establecidos en las normas para que una ley sea válida, diga lo que diga.
Especial Imaginar la Democracia
1.
En el último medio siglo han surgido teorías que sostienen que el poder está en todas partes y que, por lo tanto, como ocurre en el iuspositivismo, todo es debatible, opinable y partidista. En Vigilar y castigar Michel Foucault muestra que el poder no solo pasa por el Estado, por los debates políticos o por los palacios presidenciales, sino también por la escuela, el hospital, la cárcel y la familia. Leer, en mis años mozos, ese libro fue un descubrimiento tan importante como entender el debate en torno al Derecho natural. Durante mucho tiempo me sentí atraído por la idea foucaultiana de una microfísica del poder que recorre toda la vida social y que, por lo tanto, no hay rincón de la vida humana que escape al poder y a la dominación. Y, por supuesto, no fui el único, fuimos una muchedumbre. A finales de los sesenta las feministas, siguiendo esa idea, acuñaron la consigna de que «lo personal es político». Lo que ocurre puertas adentro del hogar, el reparto del trabajo doméstico, las relaciones sexuales, la autoridad del marido, no es un asunto privado, como se pretendía, sino una relación de poder sostenida por leyes, costumbres e instituciones que debían ser cuestionadas. Sacar eso a la luz fue una de las grandes conquistas políticas y morales de nuestro tiempo.
En el último medio siglo han surgido teorías que sostienen que el poder está en todas partes y que, por lo tanto, todo es debatible, opinable y partidista
Pero las ideas que tienen mucho éxito, por revelar algo cierto e importante, tienden a radicalizarse, a no ver matices y a absolutizar sus postulados. Desde hace unas tres décadas existe una vertiente posmoderna estadounidense que ha convertido las ideas de Foucault en un sistema de pensamiento cerrado que, sospecho, si su autor estuviese vivo, lo habría descalificado. Algo parecido, creo, ocurre con el feminismo, en donde se pasó de decir que el poder también habita la vida íntima a sostener que la vida íntima no es otra cosa que poder. Del hecho cierto de que la dominación es invasiva y adquiere formas sutiles, a veces invisibles, no se sigue que no haya espacios sociales ajenos a las relaciones de poder y en los que, más aún, esa ajenidad deba preservarse.
En el feminismo se pasó de decir que el poder también habita la vida íntima a sostener que la vida íntima no es otra cosa que poder
Arropar toda la vida con los colores de lo político es una actitud que ilumina y enceguece al mismo tiempo (binds and blinds, como se dice en inglés): ayuda a ver el poder allí donde parece ausente, pero oculta los consensos, la comunalidad de lo humano, la indisoluble condición de una naturaleza compartida.
Arropar toda la vida con los colores de lo político es una actitud que ilumina y enceguece al mismo tiempo: ayuda a ver el poder allí donde parece ausente, pero oculta los consensos
2.
Dos fenómenos contemporáneos han contribuido a exacerbar la colonización de la vida por parte de lo político. El primero es la tecnología digital que, al estar menos fundada en el intercambio de argumentos que en la búsqueda de impacto, ha hecho que todo sea más emocional que antes. Los algoritmos no premian la mejor razón sino la emoción más intensa y rentable, que suele ser la indignación. Por su causa las sociedades están siendo capturadas por agitadores de emociones. En el ambiente pasional y volátil de la tecnología digital, acompañado por una sociedad de consumo hedonista y ligera, la gente se ha vuelto melindrosa, porque, como dicen Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, solo cree en lo que siente y, además, cree que todo lo que siente es bueno por el simple hecho de sentirlo.(1)
El segundo fenómeno, emparentado con el anterior, es el de las políticas identitarias, que florecen hoy en todo el espectro político, desde la izquierda hasta la derecha. Su premisa es que cada individuo se debe ante todo a su grupo (a su raza, su género, su nación, su credo) y que nadie por fuera de ese grupo puede conocer su experiencia, sus sentimientos, sus anhelos, sus verdades. Cada cual está encerrado en una identidad única, blindada e incomunicable, reforzada por algoritmos que encierran a los grupos en sí mismos. El resultado es una sociedad fragmentada en tribus que no discuten entre sí porque no tienen nada que discutir: solo tienen verdades por defender. Pero lo cierto es que todos tenemos múltiples identidades, familiares, políticas, religiosas, profesionales, deportivas, y ninguna de ellas agota lo que somos; todas son parciales; por encima de ellas, en todo caso, está nuestra humana identidad. (2)
Con independencia de lo que pensemos, del lugar donde hayamos nacido o del dios al que recemos, todos somos seres vivientes que necesitan de alimento, abrigo, seguridad y afecto; todos estamos dotados de cerebros alucinados que nos inclinan a opacar la sensatez y la racionalidad; y todos, en fin, necesitamos de reglas, autoridades y cultura para evitar que las pasiones nos destruyan. Los humanos, dice Robert Wright, hacemos parte de una especie espléndida por su equipamiento moral y trágica por la manera como lo usa.
3.
Hay asuntos en los que todos, sea cual sea nuestra ideología, deberíamos estar de acuerdo. Todos sabemos que una sociedad que limita el uso indiscriminado de la violencia es mejor que otra que no lo logra, y que un país en el que la gente tiene satisfechas sus necesidades materiales básicas es mejor que uno en el que eso no ocurre. Todos estamos de acuerdo en rechazar la esclavitud, el trabajo forzado, la tortura, los tratos crueles, inhumanos o degradantes, la subordinación de las mujeres a los hombres, el abuso sexual, la humillación deliberada, el hambre infligida a propósito, el canibalismo y el sacrificio humano, la crueldad gratuita, por placer o por desprecio.(3)
George Orwell apuntaba a esto con la expresión, la common decency, la decencia común de la gente corriente: una brújula moral elemental, anterior a las teorías, que le permite a cualquiera reconocer una crueldad cuando la ve.
Entre estos consensos inamovibles, que podríamos denominar sagrados (no en un sentido religioso sino humanista) y los disensos políticos, hay un ámbito intermedio que es el de las constituciones, concebidas para encauzar una sociedad en el largo plazo (a través de las generaciones) pero que, eventualmente, en tiempos de crisis extrema, pueden ser modificadas o incluso reemplazadas por otras. Una constitución no es un programa de gobierno ni el botín del que gana las elecciones; es el conjunto de reglas de juego que todos aceptamos. El filósofo Ernesto Garzón Valdés lo llamó el «coto vedado»: ese territorio de derechos y bienes fundamentales que queda sustraído a la negociación cotidiana, que ninguna mayoría, por amplia que sea, puede invadir sin destruir las bases de la convivencia. En una sociedad plural, dice John Rawls, donde cada quien tiene su propia concepción del bien, es posible que todos converjan en unos principios básicos de justicia, aunque los justifiquen desde doctrinas distintas. Esos principios no son de izquierda ni de derecha: son la condición misma para que la izquierda y la derecha puedan después discutir civilizadamente todo lo demás.
El ámbito de lo no politizable no siempre tiene fronteras nítidas. Muchas de las grandes luchas de la historia consistieron, justamente, en mostrar que algo que se daba por «natural» era en realidad una injusticia política que debía corregirse; la esclavitud y la subordinación de las mujeres fueron durante siglos vistas de esa manera. En la humanidad ha habido progreso moral, así no parezca o esté en entredicho en un momento determinado, y el ámbito de lo no-político protege ese progreso.
Muchas de las grandes luchas de la historia consistieron, justamente, en mostrar que algo que se daba por 'natural' era en realidad una injusticia política que debía corregirse
Los ciudadanos deberíamos no solo luchar por nuestras ideas en el ámbito político sino también luchar por defender lo común, lo esencialmente humano, lo indisponible políticamente; mientras más fuerte es este espacio más posibilidades hay de contener los desafueros de la política, que hoy, no sobra decirlo, vemos por doquier. Preservar ese espacio es, además, mantener una guía para el futuro social, con una mirada intergeneracional, de largo plazo, la misma que la coyuntura política, sobre todo en estos tiempos del “yo y del ya”, como dice Irene Vallejo, es incapaz de ver.
Los ciudadanos deberíamos no solo luchar por nuestras ideas en el ámbito político sino también luchar por defender lo común, lo esencialmente humano, lo indisponible políticamente
Notas:
(1) Otras dos malas ideas que prevalecen, según estos autores son estas: los seres humanos son frágiles y hay que protegerlos y el mundo es una lucha de los buenos contra los malos. Haidt, Jonathan and Greg Lukianoff, The coddling of the American mind, Penguin, 2018.
(2) Amartya Sen en Identidad y violencia.
(3) En Núremberg, la defensa de que los jerarcas nazis “solo cumplían órdenes” o “respetaban las leyes vigentes” no fue admitida: se reconoció que hay una moral que está por encima de cualquier ley y de cualquier mayoría. El iuspositivismo más estricto naufraga, justamente, en ese punto.
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