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El fin de la excepcionalidad: causas y consecuencias del populismo en Colombia
Crédito foto: Colprensa

El fin de la excepcionalidad: causas y consecuencias del populismo en Colombia

¿Cómo se forjó esa nueva realidad en el país y con cuáles consecuencias, políticas y fiscales, tendrá que lidiar la democracia colombiana, al menos por un tiempo?

Por: Alejandro Gaviria

Este artículo está dividido en dos partes. Propone, primero, una explicación parcial al surgimiento (y consolidación durante la última década) del populismo en Colombia. Examina, después, las consecuencias del populismo económico con un énfasis en la situación fiscal, esto es, en la ampliación del déficit y el crecimiento de la deuda. Los argumentos son en general descriptivos, aunque ponen de presente algunas conexiones causales compatibles con los hechos políticos y económicos.

El populismo y la competencia política

En un breve artículo teórico publicado hace ya casi 20 años, en 2007, el economista y premio Nobel de economía James A. Robinson presentó un argumento que puede explicar parcialmente los cambios en la política colombiana durante la última década. El argumento de Robinson, que es sin duda especulativo —las ciencias sociales son difíciles—, puede dividirse en tres partes.

Especial Imaginar la Democracia

En la primera, Robinson plantea una dicotomía o clasificación general de los sistemas políticos latinoamericanos. Los países suelen ser —escribió— clientelistas o populistas. En los primeros, las distorsiones afectan sobre todo el funcionamiento del Estado en el ámbito local; en los segundos, las distorsiones afectan más el funcionamiento de la macroeconomía. Colombia, en su opinión, era excepcional, pues, a diferencia de la mayoría, no había tenido episodios de populismo: había mantenido una gran estabilidad macroeconómica que contrastaba con la norma o patrón repetido de la región. No hiperinflaciones. Un crecimiento estable y unas finanzas públicas equilibradas.

Los países suelen ser clientelistas o populistas. En los primeros, las distorsiones afectan sobre todo el funcionamiento del Estado en el ámbito local; en los segundos, las distorsiones afectan más el funcionamiento de la macroeconomía

En la segunda parte del argumento, Robinson señala que la excepcionalidad colombiana (de nuevo, la ausencia de populismo) tenía origen en un equilibrio político que podría explicarse, a su vez, por una democracia más cerrada, con poca competencia entre los partidos tradicionales y una alianza oportunista entre élites centralistas y regionales. Muchos políticos fungían como estadistas en la capital y clientelistas en las regiones. Defendían la estabilidad macro, pero eran copartícipes del clientelismo regional.

La tercera parte del argumento (la más interesante, en mi opinión) sugería que una mayor apertura política (el declive de los partidos tradicionales, por ejemplo) llevaría al fin de la excepcionalidad o anomalía colombiana, a la irrupción del populismo. En otras palabras, postulaba que la pérdida de control de las élites y la aparición de nuevos movimientos (ya evidentes hace veinte años) ocasionaría una transición política acompañada de tendencias populistas. 

La predicción de Robinson parece haberse cumplido estrictamente. Como consecuencia de la Constitución de 1991, del aumento de la cobertura de la educación superior y del advenimiento de las redes sociales, entre otros factores, los partidos tradicionales perdieron fuerza y la intensidad y la naturaleza de la competencia política cambiaron de manera drástica. La excepcionalidad colombiana quedó atrás y el populismo de izquierda y de derecha, si nos atenemos a la realidad actual, llegaron para quedarse.

La excepcionalidad colombiana quedó atrás y el populismo de izquierda y de derecha, si nos atenemos a la realidad actual, llegaron para quedarse

Por supuesto, el argumento expuesto no agota las explicaciones posibles. Hay otros factores que pueden haber contribuido complementariamente a explicar la transición política colombiana del clientelismo al populismo. Los bajos niveles de movilidad social, por ejemplo, pueden explicar la prevalencia de actitudes populistas o al menos cierta predisposición a las mismas. Para el caso colombiano, varios estudios muestran que la correlación intergeneracional entre años de educación o estatus socioeconómico es muy alta —es decir, la movilidad social es menor que en otros países de la región—. La menor movilidad estructural estaría asociada, según artículos recientes, con una mayor aceptación de los discursos populistas, de aquellos que circunscriben los problemas de la sociedad a un conflicto entre élites y pueblo.

Los bajos niveles de movilidad social, por ejemplo, pueden explicar la prevalencia de actitudes populistas o al menos cierta predisposición a las mismas

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Adicionalmente, en el año 2016, con el plebiscito por la paz, el establecimiento político se dividió y la política asumió desde entonces un énfasis distinto. Ya no era una disputa por los espacios de poder regionales o por el control de una porción del Estado, sino por el relato, por los marcos morales. En el caso particular del plebiscito, una disputa entre “los enemigos de la paz” y “los que van a entregarle el país a la guerrilla”. No es una casualidad que la geografía municipal de la votación por el ‘SI’ en 2016 sea similar a la votación por los candidatos presidenciales de izquierda en las elecciones subsiguientes, 2018, 2022 y 2026. Las nuevas identidades políticas comenzaron a consolidarse hace al menos una década. 

En el año 2016, con el plebiscito por la paz, el establecimiento político se dividió y la política asumió desde entonces un énfasis distinto

En materia económica y social, el 2016 constituyó también un punto de inflexión. La tasa de crecimiento económico, que fue de 4 por ciento durante la segunda mitad del siglo XX y las dos primeras décadas del siglo XXI, cayó por debajo de 3 por ciento. La tasa de homicidios, que también había caído rápidamente, dejó de hacerlo a partir de este mismo año. Incluso la desigualdad comenzó a subir desde entonces y solo repuntó levemente en 2025. Con todo, el estancamiento en la economía y en las condiciones de seguridad le dieron fuerza a los discursos reivindicatorios que enfatizaban el cambio de modelo económico y la renovación de las élites.

Uno puede, en este punto del análisis, juntar los argumentos anteriores y esbozar una hipótesis especulativa, a saber: la transición de la política colombiana hacia una competencia entre populismos de izquierda y derecha está asociada con (i) la apertura de la competencia política que desplazó el modelo clientelista, (ii) los menores niveles de movilidad social (históricos) que predispusieron la opinión pública y (iii) la división del establecimiento político en torno a los acuerdos de paz con las FARC y el estancamiento posterior que alimentaron, con la ayuda de las redes sociales, el reduccionismo populista.

Por supuesto, existen factores globales que deben ser tenidos en cuenta. La irrupción de movimientos populistas de derecha ha sido generalizada en Europa y en América. La importancia de las redes sociales tiene mucho que ver, como ya se dijo. Asimismo, la ampliación de algunas desigualdades regionales y la perpetuación de otras han creado unas condiciones propicias para la irrupción de movimientos populistas.

Un nuevo equilibrio político

En Colombia está consolidándose un nuevo bipartidismo: dos fuerzas políticas predominantes, una de izquierda y otra de derecha. Ambas tienen un énfasis nacionalista. Ambas dividen la sociedad entre una élite (política y económica) y un pueblo (‘los nadies’, ‘los nunca’, en la retórica de campaña) que solo ellos representan. De un lado, el discurso es más reivindicatorio; del otro, apela más a los valores tradicionales, incluso religiosos. Ambos tienen o esbozan tendencias autoritarias.

Cada una tiene, además, una relevancia o influencia geográfica distinta. La izquierda en la periferia del país, sobre todo en el suroccidente de Colombia. La derecha en el centro y en los Santanderes. En Bogotá, que de muchas formas resume el país, la diferencia es menos clara y las adhesiones políticas tienden a ser más variables. Con todo, esta geografía política, como ya se dijo, se ha venido consolidando durante la última década.

Además, en las grandes ciudades del país el voto se ha ido segregando socioeconómicamente: los estratos bajos votan mayoritariamente por la izquierda y los medios y altos por la derecha. En 2014, esta tendencia no era clara. Desde 2018, resulta cada vez más evidente y ha venido acentuándose en Bogotá, Barranquilla, Cali y, en menor grado, en Medellín. Las clases medias urbanas se han convertido, de esta manera, en decisorias, en el principal campo de batalla político. La situación de Engativá, Fontibón y Kennedy en Bogotá, enfatizada recientemente por los medios de comunicación, es ilustrativa de una nueva realidad electoral en la que las clases medias urbanas son definitorias.

Consecuencias económicas

La primera parte de este artículo examinó las causas políticas de algunos resultados económicos. Resulta importante ahora invertir el orden de la argumentación y estudiar las consecuencias económicas del nuevo equilibrio político, del surgimiento del populismo en Colombia. El debate no es simple, pues la economía colombiana viene transformándose estructuralmente de manera rápida. El sector servicios, por ejemplo, viene creciendo rápidamente, y la industria, la construcción y la minería han perdido participación. Esta transformación ha tenido dos efectos: ha permitido un crecimiento rápido del empleo urbano y ha afectado adversamente la productividad laboral.

La transformación estructural de la economía, que comenzó al menos hace una década, tiene una dinámica propia, casi independiente de las decisiones políticas. La economía colombiana, podría decirse, se está insertando al mundo de una manera más eficaz, en parte como consecuencia de las nuevas tecnologías, de manera endógena, espontánea, no como resultado de decisiones deliberadas de política pública.

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Sin embargo, el nuevo equilibrio político ya está teniendo consecuencias visibles. La más evidente tiene que ver con la realidad fiscal, al aumento del déficit y de la deuda pública. Este problema, que ha venido creciendo año tras año, se explica no solo por las decisiones del Gobierno Petro, sino también por la desconexión del mundo político (de todos los partidos) con una realidad problemática y acuciante.

Bastan algunos ejemplos para ilustra la tendencia política hacia la irresponsabilidad fiscal. Hace unos meses, la gran mayoría del Congreso votó a favor de la creación de una universidad de la Procuraduría, un proyecto costoso e innecesario. La condonación del Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito (SOAT) para motocicletas de alta cilindrada tiene un respaldo casi unánime. El Acto Legislativo de las transferencias contó también con respaldo casi absoluto a pesar de los inmensos riesgos fiscales que ocasiona. Ningún partido se opuso. Saben que la nueva realidad política les exige apoyarlo o guardar silencio.

La nueva realidad fiscal, que implica unas tasas de endeudamiento muy altas y un efecto adverso sobre la inversión privada, puede interpretarse de manera razonable como una consecuencia económica del nuevo populismo colombiano. Esta nueva realidad tiene una consecuencia gravosa: al Estado colombiano le cuesta cada vez más conseguir un peso adicional de endeudamiento, el cual financia un gasto cada vez más ineficiente económica y socialmente. Una situación insostenible, un contrato social inconveniente que, tarde o temprano, afectará el bienestar general. Las consecuencias del populismo no siempre son evidentes de manera inmediata.

La nueva realidad fiscal, que implica unas tasas de endeudamiento muy altas y un efecto adverso sobre la inversión privada, puede interpretarse de manera razonable como una consecuencia económica del nuevo populismo colombiano

En algunos sectores —la salud y los servicios públicos, por ejemplo—, las decisiones han dejado de lado la búsqueda de consensos, han combatido la participación del sector privado y están basadas en diagnósticos simplistas que, como corresponde a la nueva realidad política, buscan más posicionar un relato moral eficaz que abordar los problemas. Por treinta años, los consensos reformistas (los avances parciales) fueron posibles. Ahora, en medio de la nueva realidad política, parecen improbables. 

En el debate político colombiano, la nueva realidad política ha tendido a asociarse con la figura del presidente Petro. Pero la situación es más compleja. La figura de Petro es también un síntoma o manifestación de una nueva realidad menos contingente, menos azarosa, más duradera. Petro no es un paréntesis. Todo lo contrario.

En suma, el populismo en Colombia tiene explicaciones políticas y económicas conocidas, y consecuencias preocupantes. La democracia colombiana deberá lidiar, al menos por un tiempo, con esta nueva realidad: la polarización creciente, la irresponsabilidad fiscal y la dificultad de los acuerdos reformistas representan el desafío central de los próximos años.

Referencias

Propias

Gaviria, Alejandro y Carolina Soto. La economía colombiana en cinco gráficos. Fundación Colombia Tiene Futuro, Documento No. 4.

Gaviria, Alejandro y Carolina Soto. La recuperación del empleo urbano. Fundación Colombia Tiene Futuro, Documento No. 2.

Académicas

Behrman, J. R., Gaviria, A., & Székely, M. (2001). “Intergenerational mobility in Latin America”. Economía, 1(1), 1–44.

Robinson, James A. (2007). “Colombia: ¿un típico país latinoamericano? Una perspectiva de desarrollo”. En M. Urrutia (ed.), Economía colombiana del siglo XX. Fondo de Cultura Económica.

Angulo, R., Azevedo, J. P., Gaviria, A., & Páez, G. N. (2012). Movilidad social en Colombia. Departamento Nacional de Planeación.

Santamarina, Bautista, Matías Ciaschi y Mariana Marchionni. Intergenerational Mobility and Populist Attitudes in Latin AmericaCEDLAS / Universidad Nacional de La Plata. 2026.

Martínez, Eduard et al. (2025). ¿Cómo votan los colombianos? ICESI.

 

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