
Dos patologías de la democracia
Su crisis actual puede explicarse como un síntoma de la pérdida de equilibrio entre ella y el poder, el cual se agrava debido al impacto de los grandes emporios digitales en la vida de la gente y de los países.
Entre el Estado y la democracia existe una relación simbiótica: el primero, con su fuerza, garantiza la efectividad de los ideales de la democracia y esta, con sus principios, legitima el accionar del Estado. Algo de esto estaba en la célebre expresión inglesa “no es el rey el que hace la ley, es la ley la que hace al rey”. Esta simbiosis está en el centro de lo que hoy llamamos democracia constitucional: un complejo diseño que, de una parte, domestica el poder poniéndole límites, y de la otra, le da sentido a la democracia fijándole unos objetivos.
Especial Imaginar la Democracia
La crisis de la democracia actual puede explicarse como una patología de ese equilibrio entre democracia y poder. En lo que sigue me ocuparé de sus dos manifestaciones más notables: 1) democracia sin poder y 2) poder sin democracia.
Es verdad que nada de esto es nuevo. En este proyecto (Imaginar la Democracia) hemos hecho referencia a este tema y, en particular, lo ha hecho Rodrigo Uprimny; yo mismo, en el pasado, he escrito artículos de sociología del derecho y la democracia sobre el asunto. Pero últimamente, debido al impacto de los grandes emporios digitales en la vida de la gente y de los países, las patologías se han vuelto más nocivas.
- Democracia sin poder
Cuando la democracia deja de estar respaldada por un poder efectivo que garantice el alcance de sus postulados se marchita y muere. En el Leviatán, Thomas Hobbes sostiene que todo pacto no respaldado por una fuerza que lo haga cumplir es nulo. “Los pactos hechos con palabras”, dice Hobbes, “son demasiado débiles para contener la ambición, la codicia, la ira y las demás pasiones humanas”. Hoy, es frecuente ver constituciones democráticas reducidas a su capacidad para producir imágenes de orden y de justicia, pero sin un poder real, efectivo para convertir esas imágenes en hechos reales.
Cuando la democracia deja de estar respaldada por un poder efectivo que garantice el alcance de sus postulados se marchita y muere
Una vez más, esto no es algo nuevo. Como se sabe, el uso simbólico de los ideales democráticos funciona en dos direcciones: como herramienta de dominación en manos de políticos legisladores, o como herramienta de emancipación, usada por grupos subordinados y movimientos sociales. Dicho en otros términos, pueden servir para hacer creer que todo va bien, para normalizar y apaciguar, o para empoderar, organizar, luchar y cambiar. Es como el sentimiento de esperanza, que a veces sosiega y a veces espolea. Pero hoy, la dimensión dominadora (el apaciguamiento) parece pesar más que la emancipadora. Esta situación es aún más clara en el plano internacional. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso de la fuerza entre Estados (artículo 2-4) pero no hay autoridad global que haga cumplir esta orden que, por lo general, resulta bloqueada por el veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, justo en el momento en que más se necesita. La misma debilidad recorre el orden internacional ambiental o financiero, plagado de buenas intenciones, pero con muy pocas posibilidades de hacer efectivas sus intenciones.
Los usos simbólicos del derecho con fines opresivos son propios de las llamadas democracias iliberales que hoy vemos prosperar a lo largo del planeta debido, en buena medida, a la captura de las instituciones democráticas por parte de poderes económicos privados.
El uso simbólico de los ideales democráticos funciona en dos direcciones: como herramienta de dominación en manos de políticos legisladores, o como herramienta de emancipación, usada por grupos subordinados y movimientos sociales
La existencia del Estado supone, en principio, que ningún poder privado tenga la capacidad de cooptar, chantajear o someter al poder público del Estado. Esto se conoce como el principio de subordinación y fue particularmente importante durante la Revolución francesa cuando los jacobinos expidieron la ley Le Chapellier que prohibía (de manera excesiva) la existencia de organizaciones intermedias (sindicatos, corporaciones, organizaciones), con la idea de que ellas podían amenazar la supremacía estatal. El Estado también implica, en segundo lugar, capacidad para tomar decisiones autónomas en el ámbito internacional, lo cual se conoce como el principio de soberanía.
En síntesis, el ascenso de la plutocracia (gobierno de los ricos) en muchos países del mundo, empezando por los Estados Unidos, y el deterioro del orden internacional, amenazan, recíprocamente, estos dos principios, el de subordinación y el de soberanía.
El ascenso de la plutocracia (gobierno de los ricos) en muchos países del mundo, empezando por los Estados Unidos, y el deterioro del orden internacional, amenazan, recíprocamente, los principios de subordinación y de soberanía
Estos problemas se han acentuado con el arribo de la tecnología digital. Los países viven hoy en una situación de interdependencia tecnológica que ata su suerte a las grandes empresas digitales. No obstante, no existe un sistema unificado de regulación digital respaldado por instituciones que creen, interpreten y aplique dicha regulación de manera consistente. Lo que hay es una competencia entre tres modelos normativos del mundo digital. El modelo estadounidense, impulsado por el mercado; el modelo europeo, concebido a partir de la defensa de los derechos de los usuarios; y el modelo chino, impulsado por el Estado. Esta dispersión regulatoria no solo debilita la eficacia de la supervisión, sino que hace imposible resolver los conflictos e inconsistencias entre estos sistemas regulatorios. Existe una normatividad que, en principio, protege el derecho a la competencia, la protección de datos, la moderación de contenidos, pero carece de fuerza y por eso es incapaz de ponerle límites al poder de los grandes gigantes digitales. Los derechos humanos, las libertades individuales y la democracia misma están en riesgo por causa de esa incapacidad; su protección está escrita en normas nacionales e internacionales, pero los mecanismos, en particular los judiciales, para hacerla efectiva, o no existen o son inútiles.
Los países viven hoy en una situación de interdependencia tecnológica que ata su suerte a las grandes empresas digitales
A esto se agrega la correlación cada vez más evidente entre la tecnología digital y la erosión de la democracia. Los políticos han descubierto que, a través del algoritmo, pueden ganar elecciones no persuadiendo, sino exacerbando pasiones, sobre todo el miedo, el odio y el resentimiento. En muchos países la democracia ha dejado de ser el lugar donde se agitan las ideas para convertirse en un lugar de agitación de emociones. En 1967, Guy Debord dijo que la vida había dejado de vivirse para ser solamente representada. Lo mismo le está pasando a la democracia: ha dejado de ser una democracia real y objetiva para convertirse en una democracia representada (la democracia del algoritmo, de las redes sociales, del mundo digital) que se impone sobre la democracia de la gente común en el mundo real. El espectro político dentro de la sociedad imita cada vez más al espectro político virtual de las redes sociales, donde las voces más radicales están sistemáticamente sobrerrepresentadas.
Los políticos han descubierto que, a través del algoritmo, pueden ganar elecciones no persuadiendo, sino exacerbando pasiones, sobre todo el miedo, el odio y el resentimiento
2. Poder sin democracia
Aquí la fuerza abandona por completo las formas de la democracia constitucional. Este es el terreno del despotismo estatal y, en el ámbito internacional, es el mundo del diálogo de Melos, descrito por Tucídides, en donde el fuerte hace lo que puede, y el débil sufre lo que debe. Es el retorno de una política imperial entre las grandes potencias, que actúan cada vez más abiertamente por fuera de las reglas del derecho internacional y se justifican únicamente por la fuerza.
La tecnología digital agrava esta situación. Las grandes compañías digitales, que colonizaron el ciberespacio para convertirlo en un mercado libre y abierto a la competencia privada, acumulan hoy un poder muy superior al de la vasta mayoría de los Estados del planeta. Como dice Ian Bremmer, ya no vivimos en un mundo unipolar, bipolar o multipolar, sino ‘tecnopolar’; y en lugar de hablar de soberanías estatales, hoy nos vemos obligados a hablar de ‘soberanías digitales’. Individuos y Estados dependen cada vez más de la tecnología digital, de modo que nadie se atreve a ponerle límites a las grandes compañías digitales. Los Estados, por ejemplo, requieren cada vez más de esa tecnología, y de las empresas privadas que la poseen, para su desarrollo económico y para garantizar su seguridad interna; porque están atrapados en un problema de acción colectiva: temen que, en el futuro, la tecnología digital (en particular la Inteligencia Artificial) se desborde y cause una catástrofe, pero confían en que otros resuelvan el problema y entre tanto se concentran en los beneficios que, en el presente, les ofrece.
Las grandes compañías digitales, que colonizaron el ciberespacio para convertirlo en un mercado libre y abierto a la competencia privada, acumulan hoy un poder muy superior al de la vasta mayoría de los Estados del planeta
Termino con una aclaración y un comentario. Primero, la línea divisoria entre esta patología y la anterior no es nítida. Incluso los poderes más fuertes suelen buscar alguna cobertura legal y por eso el caso más común es una combinación de ambos, lo que da lugar a una tercera patología (híbrida) que podría denominar “poder disfrazado de democracia”. No solo eso, estas patologías aluden, en cierta medida, al contraste entre el régimen político chino y el régimen democrático Occidental; un contraste que podría permitir modelos intermedios, lo cual implica pasar, como dicen Acemoglu y Robinson, por un pasillo estrecho.
Y el comentario es este: en América Latina estamos muy acostumbrados, desde los primeros años de la República en el siglo XIX, a padecer los efectos de estas dos patologías, combinadas y vividas de distintas maneras según los países y las épocas. Lo sorprendente es que hoy estamos siendo testigos de cómo los países del Norte, empezando por los Estados Unidos, están padeciendo estas mismas patologías.
Cuando en el pasado escribí textos sobre sociología del derecho y de la democracia todo lo esperaba yo menos una latinoamericanización de la democracia constitucional del mundo desarrollado.
Notas
[1] Ver, por ejemplo, El orden de la libertad, FCE, 2017
2 Ver mi libro La eficacia simbólica del derecho, Ariel, 2024
3 Bajo estas condiciones se afianza una idea ingenua, muy estadounidense: que la competencia entre los gigantes resolverá los desafíos por venir y dará lugar a una regulación concertada y eficaz. Y para mantener viva esa ilusión, los gigantes cuentan con una capacidad de cabildeo cada vez mayor.
4 Acemoglu, D y Robinson, J., El pasillo estrecho, Ariel, 2024
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