
Montes de María y Canal del Dique: mujeres que tejen paz desde su territorio
En los Montes de María, una red de mujeres, hombres y organizaciones comunitarias convirtió la escucha en una estrategia para enfrentar las violencias basadas en género. Durante dos años, más de 600 personas participaron en un proceso que dejó capacidades instaladas en comunidades que aún cargan las heridas del conflicto armado.
Por: Jesús Bovea
Durante décadas, muchas mujeres de los Montes de María aprendieron a convivir con la violencia en silencio. Algunas la normalizaron; otras nunca supieron que existían rutas institucionales para denunciarla o redes comunitarias capaces de acompañarlas. En una región atravesada por el conflicto armado, el desplazamiento y la pobreza, romper ese silencio sigue siendo uno de los desafíos más difíciles. Sin embargo, en municipios como María La Baja, Mahates y San Juan Nepomuceno, cientos de mujeres comenzaron a hacerlo alrededor de una conversación.
Ese fue el punto de partida del proyecto Promover el Ejercicio de los Derechos Humanos y la Cultura de Paz para la Prevención y Atención de las Violencias Basadas en Género en los Montes de María – Fase II, desarrollado entre 2024 y 2026 por Ayuda en Acción Colombia, la Corporación de Desarrollo Solidario y la Red de Mujeres Rurales del Norte de Bolívar. Más que una intervención institucional, la iniciativa apostó por fortalecer capacidades comunitarias para que las propias mujeres se convirtieran en las primeras acompañantes de otras mujeres.
Los resultados hablan de 641 participantes, 455 mujeres y 186 hombres, más de 200 mujeres vinculadas a Centros de Escucha y una participación masculina que superó ampliamente las metas previstas. Pero detrás de esas cifras hay historias de confianza recuperada, liderazgos fortalecidos y comunidades que empezaron a reconocer la violencia como un problema colectivo y no como un asunto privado.
"Yo siempre digo que las cifras demuestran que un proyecto se ejecutó, pero aquí ocurrió algo mucho más importante: hubo una transformación comunitaria", afirma Diana Quimbay Valencia, directora país de Ayuda en Acción Colombia. "Cuando escuchamos a las comunidades y trabajamos con ellas, es cuando realmente se generan cambios duraderos. Hoy muchas mujeres cuentan con espacios donde pueden hablar, sentirse acompañadas y recuperar la confianza en sí mismas", señala.
Desde el territorio
Para Julieth Ospino, lideresa de Mahates e integrante de la Red de Mujeres Rurales del Norte de Bolívar, el cambio comenzó incluso antes de que aparecieran los Centros de Escucha. Durante años, la organización había identificado, mediante diagnósticos comunitarios, que la violencia basada en género y la dependencia económica eran dos de las principales barreras para la autonomía de las mujeres.
"Lo primero que encontramos cuando llegamos a una comunidad es la resistencia. Muchas mujeres se preguntan para qué hablar, para qué contar su historia o qué va a cambiar. Esa desconfianza es consecuencia de muchos años de abandono", explica Ospino. "Pero cuando empiezan a participar descubren que no están solas y que sí existen herramientas para defender sus derechos", agrega.
Esas herramientas llegaron a través de diplomados en derechos humanos, primeros auxilios psicológicos, escuelas itinerantes de paz, procesos de acompañamiento psico jurídico y la creación de los Centros de Escucha 'Comadreando entre Mujeres'. Allí, las participantes no sólo recibieron orientación emocional, sino que aprendieron a identificar señales de violencia, activar rutas institucionales y acompañar a otras mujeres de sus comunidades.
El modelo apostó por algo poco frecuente en este tipo de intervenciones: incorporar a los hombres como parte de la solución. Los procesos sobre nuevas masculinidades, inicialmente diseñados para un número mucho menor de participantes, terminaron convocando a 186 hombres dispuestos a revisar los roles tradicionales de género y a cuestionar prácticas naturalizadas dentro de sus hogares.

"Las nuevas masculinidades también hacen parte del desarrollo. No podíamos hablar de transformación si los hombres seguían por fuera de la conversación", sostiene Quimbay. "Nos sorprendió que la participación superará las metas previstas, porque demuestra que también existe una necesidad de reflexionar sobre estas formas de relacionarnos".
Una apuesta por el desarrollo
Otra de las apuestas del proyecto fue fortalecer la autonomía económica de las mujeres, entendiendo que la independencia financiera también es una forma de prevenir las violencias. Muchas de las organizaciones que integran la Red de Mujeres Rurales ya desarrollan emprendimientos productivos, pero necesitaban herramientas para consolidarlos.
"A través de nuestros proyectos promovemos la autonomía económica porque allí también está una parte de la solución", explica Quimbay. "Cuando una mujer genera ingresos propios mejora la calidad de vida de su familia, fortalece su autoestima y puede tomar decisiones con mayor libertad sobre su proyecto de vida".
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En los Montes de María esa relación entre economía y derechos no es una teoría. Es una experiencia cotidiana. "Las mujeres ya no dependen únicamente de lo que lleve el hombre a la casa. Ahora también aportan desde sus emprendimientos y eso cambia la forma como se ven a sí mismas", afirma Ospino. "La autonomía económica les da seguridad para defender sus derechos y participar mucho más activamente en la comunidad".
Los cambios también alcanzaron a las instituciones locales. Durante la ejecución del proyecto se desarrollaron procesos de formación con funcionarios públicos, se fortalecieron mecanismos de atención a casos de violencia basada en género y se construyeron metodologías que podrán seguir siendo utilizadas por las administraciones municipales.
Reconciliación y paz
Sin embargo, para quienes viven en el territorio, el principal reto comienza ahora. La expectativa es que el conocimiento construido durante estos dos años no desaparezca cuando termine la financiación internacional, sino que sea incorporado a las políticas públicas locales. "Necesitamos que las instituciones reconozcan el trabajo que ya hacemos las organizaciones comunitarias", señala Ospino. "Llevamos años construyendo confianza en los territorios y sería muy importante que estas acciones quedarán incluidas en los planes de desarrollo para que puedan mantenerse en el tiempo".
Ayuda en Acción comparte esa visión. La organización, de origen español y con presencia en Colombia desde hace 17 años, trabaja actualmente en cinco regiones del país con proyectos relacionados con derechos humanos, desarrollo rural, cambio climático y construcción de paz. Su apuesta, explica Quimbay, es permanecer en los territorios y construir procesos de largo plazo junto a las comunidades.
"No somos una organización que llega, ejecuta un proyecto y se va", afirma la directora. "Nuestra apuesta es quedarnos, seguir generando confianza y construir nuevas iniciativas con las comunidades. Sabemos que las transformaciones profundas necesitan tiempo, continuidad y alianzas".
En los Montes de María esa continuidad hoy tiene rostro de mujeres que decidieron escuchar a otras mujeres. Porque, en un territorio donde durante años la violencia obligó a callar, la posibilidad de hablar, ser escuchada y encontrar una red de apoyo puede convertirse en el primer paso para transformar no solo una vida, sino toda una comunidad.
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