
“Que la verdad no se someta a las prerrogativas del poder actual”: hijo de Julio Andrade, magistrado desaparecido en el Palacio de Justicia
Gabriel Eliécer Andrade hizo un homenaje solemne a su padre Julio César Andrade, quien en 1985 era magistrado auxiliar de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia. En 2017 descubrieron que el abogado de 36 años había salido con vida del edificio. Hoy, hace una dura crítica al M-19 y al presidente Gustavo Petro.
Justicia, Gabriel Eliécer Andrade hizo homenaje a su padre, el magistrado auxiliar Julio César Andrade, quien trabajaba en la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia. Su familia creyó por más de 30 años que Andrade había muerto en el cruento asalto y la desmesurada respuesta militar, pero en el 2017 se comprobó que los restos óseos que yacían en su tumba realmente correspondían a Héctor Jaime Beltrán, un trabajador de la cafetería del Palacio.
En 2018, Gabriel Andrade reconoció en un video a su padre que lo muestra saliendo, con vida del Palacio de Justicia, ese 6 de noviembre de 1985. A la fecha, se desconoce su paradero. CAMBIO publica textualmente el homenaje de Andrade al jurista desaparecido, expresado en evento conmemorativo realizado por las Altas Cortes por los 40 años del ataque al Palacio.
“Hoy asistimos a un evento cívico que trasciende la mera evocación para tornarse en una exigencia moral. Hace 40 años la Nación recibió quizás el golpe más letal que puede infligirse al estado de derecho. El sacrilegio perpetrado contra el Palacio de Justicia, el sancta sanctórum de la potestad jurisprudencial colombiana. Allí no existían burócratas jurisprudenciales ni se impartía justicia con activismo biológico o militancia de ningún tipo, solo se cumplía la promesa de probidad fundada en la constitución y la ley de manera incondicional.
Julio Cesar Andrade, con apenas 36 años, desplegaba frenéticamente su potencial profesional, alcanzando la dignidad de magistrado auxiliar de la Corte Suprema de justicia y esta posición nada más y nada menos era la vanguardia misma de la jurisprudencia nacional, el espacio donde la letra de la ley se decanta en justicia viva.
Al doctor Andrade le corría por las venas la sangre nueva del aparato judicial pero rota y derramada por la codicia y cobardía de quienes escogieron la más inerme de las instituciones, el papel y el lápiz eran sus armas más avanzadas. La vida de nuestros juristas fue brutalmente truncada el día 6 de noviembre de 1985, la nación presenció el asalto brutal y salvaje contra su orden constitucional, disfrazado burdamente de acto subversivo. La paz constitucional fue mortalmente herida por la despiadada empresa criminal del grupo terrorista M-19.
En aquel recinto se impuso el estrépito de la barbarie, ultraje a la majestad de la ley. El preámbulo de su acción fue la masacre inaugural de las vidas de custodios y servidores humildes, tronchadas para allanar el camino hacia la cúspide de la justicia. Acá reside la profunda herida. Su vida no fue simplemente perdida en el fragor de la batalla, la fe de su familia fue brevemente sostenida por una imagen que se ha tornado más enigmática que consoladora: el registro audiovisual que muestra al doctor Andrade saliendo vivo de las entrañas ardientes del palacio de justicia en una especie de corte de militares al lado y lado. Esa imagen, lejos de aliviar, agrava el misterio y convierte su destino en un interrogante pétreo. Su desaparición por lo tanto no fue un accidente, sino el desenlace silenciado que siguió la irrupción violenta y el subsecuente manejo inadecuado cuando menos de la crisis.
El acto miserable y cobarde de la guerrilla del M-19 fue la condición sine qua non para que la vida del magistrado auxiliar y todas las vidas que se perdieron y desaparecieron allí, se esfumara en el vacío de la impunidad. El jurista prometedor se convirtió en la encarnación de la justicia asediada, asaltada, virtualmente eliminada de los registros de la existencia.
Y es precisamente en ese hiato en donde la ironía histórica se torna insoportable. Mientras el cuerpo del magistrado auxiliar Andrade yace en el limbo de la incertidumbre o quizás anegado en el olvido oficial, la paradoja nos golpea con crudeza: el mismo movimiento terrorista que ejecutó el asalto sangriento a la sede de la ley, hoy ostenta en la persona de sus desmovilizados y no juzgados por este crimen, la dirección máxima del Estado.
El victimario, sin haber saldado la deuda con la justicia por las desapariciones forzadas que su acción generó, dirige los destinos de la Nación: una afrenta que grita impunidad, ascendida a la cúpula. Y el sacrificio de hombres justos como Julio Cesar Andrade se ha convertido en el telón de fondo de una amnesia política forzosa.
No es venganza: exigimos que la verdad no se someta a las prerrogativas del poder actual. Exigimos que la memoria de los desaparecidos no sea una nota a pie de página en el ascenso del excombatiente. De ninguna manera. Su desaparición doctor Andrade, es el espectro acusador que recorrerá por siempre los salones del poder, demandando que la justicia trascienda la amnistía y el tiempo.
Señores magistrados, ustedes son el dique que impide que nos inunde el caos y la anarquía. Dios y la patria los premien”.
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