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Jaime Honorio González
Puntos de vista

Día de la Madre

Cierro los ojos y llego a tu casa grande, entro a tu cocina que huele a café y —sin que nadie lo espere— escucho retumbar tu poderosa e inconfundible voz:

—Tintoooooooo.

Tres segundos después: 

—Tintoooooooo.

Así empezaban tus días.

Subo las escaleras (son 13pasos y un descanso) y entonces te encuentro sentada sobre la cama, con las piernas puestas en flor de loto. A mí siempre me pareció muy incómoda esa posición, pero a ti te encantaba.

Veo tu cama, que es grande, estás en el costado derecho (el mismo que yo uso), tienes puesta la piyama de pantalón y camisa de terciopelo, de bolitas blancas, moradas y azules, me pierdo en tus innumerables pecas mientras avanzo decidido por ese beso que me das y que yo te devuelvo, y aprovecho que estamos solos y meto mi cabeza en tu regazo, y siento tu pesada mano puesta de forma tan suave sobre mi inocultable calva que me quedo paralizado, totalmente paralizado, como suspendido, y cierro los ojos y me convierto en el niño chiquito de la mamá que está en el lugar más seguro posible de este peligroso mundo y donde sabe que nada le pasará, que nadie lo tocará, y me quedo quietico, y le pido a Dios que este momento se vuelva eterno y no se acabe jamás, y cuando creo que Él me ha escuchado, tu voz me saca de mi plenitud y me devuelve a la realidad:

—Tintoooooooo. Mijo, ¿qué habrá pasado con el tinto?

A los pocos segundos, la humeante taza llega. La trae un hermano, o una de esas adoradas mujeres que siempre te acompañaron y te cuidaron como si también fueras la mamá de ellas. Así que, de forma inconsciente, y en algún momento del día, yo me encargaré de recordarles que tú eres mi mamá, sólo mía, que yo soy tu hijo favorito, tu preferido, tu amor en esta tierra, tu principio y fin. En fin.

Yo me inventaré frases para justificarme, yo les mentiré en la cara para vanagloriarme de la dicha de tenerte a ti para mí, para mí solito, aunque tenga que compartirte. Como en esa bellísima canción que tantas veces grité ebrio de la dicha y que hoy tarareo triste, profundamente triste; es algo como “la prefiero compartida, antes que vaciar mi vida”.

Bueno, mi vida contigo se vació hace 1.267 días. Los conté anoche.

Mamita mía, te extraño a cada segundo. Y te repetiré las quejas que ya te he dicho, y no me importa porque para eso son las mamás, para escuchar las quejas de sus insoportables hijos:

Ya nadie me llama a las seis de la mañana el día de mi cumple, o el día del periodista, o el día del hombre, o el día de mi aniversario. O cualquier día, sin fecha especial, sin marca en el calendario.

Ya nadie toma tinto conmigo sólo para oír mis cuitas. Ahora, el que escucha soy yo.

Ya nadie resuelve mis problemas en un abrir y cerrar de ojos. Ahora, yo soy el mago.

Vivo en tu casa, me baño en tu baño, te mando besos cada mañana, te nombro cada tarde, te hablo en las infinitas horas mientras conduzco por la ciudad, la nuestra, hasta resolvemos problemas juntos, siento tu mano en mi muslo, siento tu aliento en mi pómulo, debo parar, llorar, maldecir, fumar, respirar hondo. Seguir.

Y en las noches, sentado en la silla que me regalaste, frente a donde quedaba el sofá a cuadros, te despido como me enseñaste: agradeciendo por el día que va quedando atrás.

Y la noche que llega.

Entonces, apagaré las luces, miraré arriba y te buscaré en el infinito. Yo sé cuál lucero eres. Y cuando te encuentre, te enviaré un beso mientras te leo estas palabras que escribo para ti. O para cualquiera que sienta algo parecido.

Feliz Día de la Madre, Mamita Mía. Por favor, abrázame esta noche, así esté dormido. Estoy en tu cuarto, esperando que pidas un tinto.

@Jaime Honorio.

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