
Afganistán, una tragedia olvidada
“¿Y qué pueden esperar estas gentes de Joe Biden, quien hoy pregona a los cuatro vientos su preocupación por los ciudadanos ucranianos sometidos a la barbarie rusa pero que en repetidas ocasiones ha expresado sin matices su desprecio por los afganos?”.
La invasión rusa a Ucrania y la subsiguiente guerra no declarada entre Moscú y la OTAN, con todos los horrores que han acarreado a la población civil de la antigua república soviética, han opacado e incluso enviado a una especie de cuarto de San Alejo las grandes tragedias humanitarias que desde hace tiempo se viven en otras latitudes. Tales son, por ejemplo, los casos de Siria, Irak, Yemen, Libia y Afganistán, en donde innumerables civiles son víctimas de conflictos que han causado la muerte o heridas a centenares de miles de personas indefensas, obligado a millones a buscar refugio fuera de sus países y sumido en la peor miseria a cantidades ingentes de seres inocentes, para no hablar de la destrucción de la infraestructura esencial de dichas naciones. Los Estados Unidos invadieron Afganistán en 2001 y libraron una guerra que duraría 20 años, en nombre de la lucha contra el terrorismo y con el propósito de derrocar el gobierno talibán e implantar un sistema democrático de corte occidental en esas remotas tierras.
Durante dos décadas Washington gastó en su aventura afgana casi dos billones y medio de dólares (aproximadamente 300.000 dólares diarios) y sacrificó a 2.500 soldados y 3.900 contratistas, mientras que sus aliados europeos sufrieron 1.200 bajas mortales. Sin embargo, estas cifras resultan pequeñas cuando se las compara con el costo que tuvo que pagar Afganistán que, cuando llegaron las tropas estadounidenses, no acababa de recuperarse de diez años de agresión soviética, siete de guerra civil y cinco de la tiranía asesina de los talibanes. Solamente durante la intervención norteamericana, entre 2001 y 2021, murieron más de 50.000 civiles afganos (algunas fuentes hablan hasta de 70.000), 69.000 efectivos de las fuerzas militares de Kabul patrocinadas por el Pentágono y 53.000 rebeldes talibanes. De una población de 40 millones de habitantes, casi igual a la de Ucrania, el conflicto generó una terrible crisis de refugiados de más de cinco millones de personas, similar a la Ucrania. Pero con una diferencia fundamental: mientras que los ucranianos han sido recibidos con los brazos abiertos y en las mejores condiciones posibles en toda Europa, las mujeres y los niños afganos a duras penas encuentran un mísero refugio en Pakistán e Irán puesto que ya se demostró hasta la saciedad que en los países del primer mundo no son bienvenidos.
Si bien es cierto que la invasión gringa logró asestar golpes demoledores a Al Qaeda en Afganistán, no pudo derrotar definitivamente a los talibanes ni mucho menos implantar un sistema de gobierno democrático viable, a imagen y semejanza del de Occidente. El terrorismo resurgiría con nuevos bríos en Irak y luego en Siria bajo la siniestra forma de ISIS. Las millonadas invertidas en organizar, adiestrar y equipar un ejército afgano y en estructurar un gobierno central se perdieron en buena medida por la corrupción generalizada y la desconfianza de la población en los burócratas de Kabul y sus patrocinadores, los ocupantes estadounidenses. Situación que fue aprovechada por los talibanes, quienes poco a poco fueron recuperando su influencia en todas las provincias distintas de la capital.
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