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El poder de los símbolos, el concepto del pueblo durante la posesión de Gustavo Petro

La ceremonia de posesión del nuevo presidente de Colombia marcó un hito sin precedentes y será, durante mucho tiempo, motivo de análisis e interpretaciones.

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Por Santiago Vargas Acebedo

Fotos: Colprensa
Durante casi medio milenio, la Plaza de Bolívar ha sido el escenario por excelencia por el que han desfilado los más representativos símbolos de la coyuntura política de turno en Colombia. En sus orígenes descansaba sobre la entonces llamada Plaza Mayor una temible columna de piedra, conocida como picota, la cual se usaba para amarrar, y hasta fusilar, a quienes fueran descubiertos desafiando la ley de la despiadada corona española. Muchos años después, cuando comenzaba a asomarse el siglo XX, el entonces ministro de instrucción pública ordenó poblar la plaza con un jardín de corte inglés, el cual, en realidad, escondía el turbio objetivo de dispersar las masas e impedir las protestas del pueblo frente a los edificios institucionales. No fue sino hasta 1960 que, con el diseño del genial arquitecto Fernando Martínez Sanabria, se le dio a la Plaza de Bolívar el carácter que aún conserva: fue, por fin, despojada de jardines, rosas, fuentes, rejas y demás ornamentos para ser convertida en una verdadera plaza cívica, permitiendo la libre asociación de ciudadanos para que estos ejerzan control político sobre el poder estatal. Con ello, Martínez Sanabria nos dejó la obra de arte más política que tiene el país: un lienzo en blanco, adornado únicamente con la estatua del libertador, para que sea el mismo pueblo quien llegue a dibujarlo con sus propios símbolos. Y este potencial de la Plaza de Bolívar se vivió con mayor contundencia que nunca durante la reciente posesión del presidente Gustavo Petro.
El pasado domingo, entre maracas, flautas, tambores, bailes y hasta besos, desfilaron por la Plaza de Bolívar un número incuantificable de banderas, entre las que se destacaban la whiphala de los pueblos originarios de los Andes; la de la comunidad LGBTI, ¡por fin despojada de sus funciones comerciales y de vuelta a sus raíces de resistencia política!; la del orgullo trans; la de colectivos feministas; la de la Organización de los Pueblos Indígenas de la Amazonía Colombiana; la de la Minga; la del Consejo Regional Indígena del Cauca; la de la comunidad misak; la de la Guardia Cimarrona del Cauca; la Panafricana; el puño de las Panteras Negras; la de la Guardia Campesina del Catatumbo; las de numerosos sindicatos; y la de los Guardianes del Territorio, así como la de muchos otro colectivos ambientales. Como era de esperarse, tampoco faltaron las banderas de movimientos y partidos políticos como la Colombia Humana, el M-19, el MAIS, la ASI, Comunes, el Partido Comunista y, por supuesto, la de la Unión Patriótica, bandera que años atrás llevó a muchos de sus miembros a ser asesinados con el cruel consentimiento del Estado. Las banderas de la izquierda de antaño se entremezclaron, en una sola fiesta, con las de los nuevos partidos de esta vertiente. Nostalgia y modernidad bailando juntas al ritmo de la victoria.
Me atrevería, en todo caso, a afirmar que la estatua del Libertador que hoy decora la Plaza de Bolívar jamás había sido testigo de tantas colectividades sociales, y a la vez tan dispares, reunidas alrededor de una misma causa. Tampoco, supongo yo, había presenciado el Libertador, quien lo ha visto casi todo, tanto orgullo reunido en un solo espacio a la hora de exhibir las diferentes identidades colectivas de los presentes. Al oriente de la plaza, los faroles frente a la Catedral Primada fueron adornados con puñados de banderas. Y al costado opuesto, frente al Palacio Liévano, un par de personas se treparon sobre tres de las cuatro astas que había disponibles—la otra estaba ocupada por la bandera de Colombia—para izar las banderas de la Minga y de la comunidad LGBTI. Así fue como el domingo se dibujó el lienzo en blanco que nos dejó Martínez Sanabria.

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