16 Septiembre 2022

Cadáveres exquisitos

Las redes sociales y la velocidad de la información han creado una suerte de vértigo ante las noticias de la muerte de las celebridades. Poco a poco, ha surgido una necesidad de escribir sobre los seres que han sido determinantes en nuestras vidas. Pero esta pulsión expresiva ha derivado en la tendencia a sucumbir frente al desconcierto. Pareciera que la guadaña está más activa que antes. Y, por supuesto, no es así. El verdadero temor es el de encontrar que, en la muerte de cantantes, actores, escritores, políticos o deportistas de cualquier generación se están dando campanazos que anuncian los pasos de nuestro propio sepelio. “Están cayendo las bombas cerca”, bromeaba el (desaparecido) director de cine chileno Raúl Ruiz cuando le llegaba la noticia de la muerte de algún conocido. En las líneas que siguen, algunos ejemplos de las bombas más recientes.

Por: Sandro Romero

Marías, Godard e Irene Papas.
Jean Luc Godard, Javier Marías e Irene Papas. 

Por Sandro Romero Rey
Tengo un tío que me envía con certera regularidad las noticias de los muertos de la temporada. En promedio, una vez por semana: murió Sidney Poitier, murió Monica Vitti, murió Freddy Rincón. Yo he tratado de explicarle que por favor no siga, que no quiero cursos de necrofilia en un país en el que el reporte de muertos se ha convertido en el síntoma de una enfermedad social, en apariencia, sin solución inmediata. Mi tío lo entiende, pero no le importa. Él es puntual con su reporte: se murió Vangelis, se murió James Caan, se murió Darío Gómez. Yo me he resignado y, como tantas veces sucede con lo inevitable, la única medicina posible que encuentro es la del humor. Tengo varios ejemplos que me ayudan a sopesar la ausencia de los que se van para siempre. El escritor Fernando Vallejo tiene un cuaderno en el que anota, desde hace años (primero en su apartamento mexicano, ahora en su casa de Medellín) todos los que se han muerto y que él ha conocido al menos una vez en su vida. Lo cuento porque él lo ha narrado, con su ferocidad desopilante, en dos de sus novelas. El cuaderno se llama, creo, “El libro de los muertos”, como el texto sagrado del antiguo Egipto, como la colección de versos del poeta barranquillero Jaime Manrique. Cada cual hace su listado y, en el fondo termina escribiendo una suerte de autobiografía. Los que se van nos recuerdan los momentos en los que estuvieron con nosotros y cómo dichos momentos han desaparecido para siempre. Una pavorosa resignación nos indica que la vida ya no puede echarse para atrás.
En mi muro de Facebook, por ejemplo, me siento tentado a escribir sobre lo que veo, leo o vivo y que me impacta positivamente (nunca escribo mal de nadie: para qué. De eso se encargan los otros). Pero cada vez más aparecen los fantasmas, los que se van de súbito, que han sido determinantes por alguna razón y resulta imperdonable no dedicarles al menos media hora de la existencia. Es una suerte de tímido agradecimiento. Incluso a Olivia Newton-John, incluso a Marciano Cantero. Los músicos, así no hayan formado parte de la discoteca de tu existencia, tienen la virtud de haberse colado por la puerta de atrás de tus recuerdos y ellos han estado allí, con su Xanadu o su Sumar tiempo no es sumar amor y nos dejan suspendida la nostalgia para siempre. Esa nostalgia que los jóvenes no soportan porque no la viven y que los creadores no aceptan porque les impide avanzar. Pero existe, qué le vamos a hacer. Así que en nuestros muros espirituales consignamos una canción, una foto, un pequeño texto, un acróstico de adolescente, una lágrima que no entendemos sino las víctimas del recuerdo.

Sandro Romero Rey  y Juan Gustavo Cobo Borda.
Sandro Romero Rey (izquierda, autor de estas líneas)  y el poeta y ensayista Juan Gustavo Cobo Borda, quien murió el pasado 5 de septiembre


El 5 de septiembre murió mi vecino y amigo Juan Gustavo Cobo Borda y no pude evitar escribirle algunas líneas. Él, que se merecía un volumen tan grande como su cuerpo o su biblioteca. Pero dejé que el espíritu fluyera y busqué como un desquiciado la última foto que nos tomamos juntos, donde él se parece tanto a Seymour Hoffman y aparece con una pijamita rosada de bebé sonriente y resignado. No terminaba de recordar a Juan Gustavo y a su generoso cinismo, cuando me llegó la noticia de la muerte del escritor Javier Marías. Allí el golpe fue duro. Y fue más duro porque nunca lo conocí. Tuve la primera referencia de su oficio, gracias a su hermano Miguel, quien se escribió vorazmente con Andrés Caicedo e identifico sus cartas cinéfilas como la palma de mi mano izquierda. A Javier lo leí en desorden, empezando por su novela juvenil, Los dominios del lobo, que me abrumó por su desaforada inteligencia. Volví a él muchos años después, en el azar de un viaje. Y la lectura de Mañana en la batalla piensa en mí me dejó ad portas de la novela perfecta. Corrí detrás de Corazón tan blanco y el efecto se mantuvo con creces. No tanto con Todas las almas, a pesar de Oxford, pero sí con Negra espalda del tiempo, donde explica, con sus títulos shakesperianos, las dudas que sus libros provocan y que no tienen respuestas. Pronto me di cuenta de que, sin saberlo, me había instalado en su obra, sobre todo tras la lectura de sus tres inmensos libros que conforman la danza verbal titulada Tu rostro mañana. Y así, de allí en adelante, siguieron como mapa de ruta del esfuerzo supremo, sus otras cuatro novelas. Pero también están sus artículos y sus colecciones de ensayos y sus pataletas y sus principios.

Los muertos nos dejan suspendida la nostalgia para siempre. Esa nostalgia que los jóvenes no soportan porque no la viven y que los creadores no aceptan porque les impide avanzar. Pero existe, qué le vamos a hacer.

Mañana en la batalla piensa en mí
'Mañana en la batalla piensa en mí', novela de Javier Marías.


Fumaba y escribía en máquina eléctrica, demostrando sin contemplaciones que la terquedad es un signo de rebelión y no acomodarse a las obligaciones del presente es una manera de instalarse en la originalidad. Marías amaba los clásicos del cine (sus portadas nos lo recuerdan) y, con la misma pasión, odiaba el teatro. A pesar de que sus títulos nos remitían al dramaturgo perfecto, no soportaba las puestas en escena donde los directores pretendían ser más inteligentes que los textos que los provocaban. Y, en el fondo, bien escondido, yo le daba la razón. Aunque me siento tentado a huir de los seres que admiro, guardaba una secreta esperanza en conocerlo. Ya había roto la pulsión de la distancia, gracias a la generosa amistad que me ha brindado Enrique Vila-Matas, otro de los escritores perfectos de nuestro tiempo al que prefería imaginar como un personaje de ficción. Pero la muerte se llevó a Javier Marías y, con él, me queda el silencio de una biblioteca que me aplasta.

Javier Marías fumaba y escribía en máquina eléctrica, demostrando sin contemplaciones que la terquedad es un signo de rebelión y no acomodarse a las obligaciones del presente es una manera de instalarse en la originalidad.


Cuando trataba de ponerme de pie en la lona, el puñetazo en el cerebro recibido con la noticia de la muerte del realizador Jean-Luc Godard, a los noventa y un años, fue la gota de sangre que rebosó la copa. No me sorprendió su partida, porque la esperaba desde hacía mucho tiempo. Y desde su desprecio a la directora Agnès Varda al no cumplirle la cita para aparecer en el documental Rostros y lugares de 2017, uno ya confirmaba que llevar la contraria se había convertido en el espíritu de Godard. Compañero de generación de un grupo extraordinario de críticos de cine que se convirtieron en realizadores, el mito Godard ha trascendido a sus películas y dudo que de los 130 títulos que se le adjudican haya muy pocos que los reseñistas conozcan. Recuerdo muy bien la admiración sobre su obra de los años 60, donde se encuentran sus títulos esenciales. Pero luego, en su violenta polémica con su amigo Truffaut de 1973 (una pelea solo comparable a la de Sartre y Camus en el plano de la filosofía), el segundo terminaría ganando la polémica, cuando al supuesto maoísmo de Godard lo desinfló la historia.

En Godard, está todo: la desintegración de los géneros, la intelectualización de la Belleza, la politización del rock , la metafísica de la ciencia ficción, la destrucción de la paciencia, la abstracción de la política, la cinefilia como ética, la abstracción como antesala del vacío.


Sin embargo, el tiempo, ese bufón arbitrario, ha puesto en el pedestal de los clásicos al director de Sin aliento, mientras que las películas del hombre de Los 400 golpes parecen desaparecer en la inundación audiovisual del siglo XXI. No obstante Godard, filmando experiencias insoportables y desbaratando el andamiaje sobre el que él mismo se ha levantado, terminó forjando una teoría fascinante, donde sus boutades son tan inteligentes como la abstracción de sus películas. Porque allí, en Godard, está todo: la desintegración de los géneros (Pierrot le fou, Band à Part), la intelectualización de la Belleza (Le mépris, Vivre sa vie), la politización del rock (Sympathy for the devil), la metafísica de la ciencia ficción (Alphaville), la destrucción de la paciencia (King Lear), la abstracción de la política (La chinoise, sus películas con el grupo Dziga Vertov), la cinefilia como ética (Pasión, Histoire[s] du cinéma), la abstracción como antesala del vacío (Film socialism, Adiós al lenguaje, El libro de imagen). “Toda película tiene un planteamiento, un conflicto y un desenlace, pero no necesariamente en ese orden”, dijo, alguna vez, cuando le pidieron explicación hacia una obra que, como la de él, no la necesita. “Hago siempre una película en contra de la anterior”, complementó. Y con ello, saldó cuentas con todos aquellos que necesitan un por qué.

​  Alphaville', película de Jean Luc Godard. ​
'Alphaville', película de Jean Luc Godard. ​


El 9 de mayo de 1985, el anarquista Noël Godin le estampó un pastelazo en la cara a Godard, como “crítica” a su película Detective. La imagen le dio la vuelta al mundo y luego desapareció de la memoria de los medios. La muerte de los protagonistas de nuestros recuerdos es así, como un pastelazo en la cara de Godard. 37 años después, cansado de sí mismo, Godard desaparece del mundo, apoyado en un suicidio asistido, quizás realizando el más respetable de sus happenings: el que nos recuerda que la vida, en última instancia, es una película de payasos muy serios que se empeñan en fumar, en escribir a máquina, en “calcetear” a las amigas, en escribir listas de muertos donde, para terminar, el único nombre que no podremos leer será el de nuestro propio deceso. Punto. Mi tío me acaba de escribir: ha muerto Irene Papas.