26 Julio 2022

La revolución femenina de Linda Caicedo

Crédito: Reuters

El pasado 25 de julio, en una noche mágica y paradigmática, la Selección Colombia femenina le ganó a Argentina y se clasificó a la final de la Copa América, el Mundial de Australia y Nueva Zelanda y a los Juegos Olímpicos. Como no podía ser de otra forma, el gol histórico fue obra de Linda Caicedo, la gran artista y el gran milagro de esta Copa.

Por Juan Francisco García. 

Tw: @jfgarcia2809 

Bruno Gelber, el mejor pianista clásico que ha sabido parir Argentina, y uno de los más importantes del siglo XX y XXI, ha repetido, en varias entrevistas, que aquellos a los que Dios les otorgó arbitrariamente un talento divino, para ser dignos de él, necesitan entregarlo al público. Y que el sacrificio del cuerpo, de la cabeza, del espíritu, la entrega total, es el precio que deben pagar por ser los elegidos. 

Y entonces: Linda Caicedo. Se entiende, pues, por qué la mujer que anoche le dio a Colombia una de las la mayores alegrías en la historia del fútbol femenino, cuando tenía 5 años, por pedido del cuerpo, de la cabeza, del alma, en vez de una muñeca les pidió a sus padres unos guayos y un balón de fútbol. Así debe ser cuando uno siente que alberga en el cuerpo un talento desmedido que, como un corrientazo, como un trueno, exige salir, reverberar, iluminar el mundo. 

Por eso, presa y dueña de su vocación, poco le importó a la niña, tan baja, tan flaca, el entorno machista de su país en suerte. Poco le importó que sus primeros compañeros y rivales, por tradición, por inercia, por status quo, fueran hombres. Le resbaló que a su madre, presa también de “lo que está bien”, en un principio reprobara que su hija se llenara de barro y de raspones y de ansias compitiendo entre varones en el club Real Juanchito. No: desde temprano, leve y turbulenta, Linda dejó ser el arte de esquivar patadas, forjarse los espacios y encontrar los caminos más sinuosos hacia el gol. 

Disciplinada, humilde y tímida fuera de las canchas, en el camino formativo brilló en todas las competencias, siempre contra rivales tres o cuatro años mayores. Hasta que en el reconocido torneo Pony Fútbol, con el club Atlas de Cali, su gracia salió definitivamente del anonimato y tanto para aficionados como para conocedores fue evidente lo que ella ya sabía desde mucho tiempo atrás: que era mejor que todas para esconder la pelota e idear soluciones, gambetas, juegos con el cuerpo, en el más difícil oficio que hay en una cancha de fútbol: desequilibrar. 

Bruno Gelber le dijo a la periodista Leila Guerriero que gracias a honrar su talento atípico y hacer de este una vocación, ha logrado vivir, sin darse cuenta, como montado en un trineo que se desliza armónica e ininterrumpidamente por una hermosa montaña de nieve. 

Y entonces: Linda Caicedo. Con 14 años, en su debut como futbolista profesional, en el mítico Pascual Guerrero, entró al segundo tiempo y firmó un gol maradoniano que mezcla regate, arrojo, potencia y pasmosa serenidad. Si uno ve el video con atención plena, puede notar que Caicedo, como Gelber, va montada en un trineo: y el cuerpo se le mueve solo y bañada en gracia, leve como un colibrí, avanza hacia adelante, sinuosa, intocable, imperial. Después sería campeona y goleadora del torneo. Como lo fue también con el Deportivo Cali. Después jugaría la Copa Libertadores. Entraría en el radar de los clubes pesados en Europa. 

Y una noche ansiosa, inolvidable, paradigmática, con el país entero entregado al televisor, alerta al despliegue de la artista -la mejor que ha sabido parir este país rabiosamente machote-, nada menos que contra Argentina, cuando los nervios por la despiadada definición por penales flotaban en el aire, volvería a honrar su don. Con una facilidad apabullante, después de un rebote, entrando al área engancharía hacia afuera para distanciarse de su marcadora y, con la izquierda, sutil y punzante, mordaz, le ordenaría al balón descansar en la red del palo más lejano de la vencida arquera Argentina. 

La Selección Colombia, iluminada por su luz, clasificaría al Mundial, a los Juegos Olímpicos y a la final de la Copa América. Y el sacrificio de Linda, la ofrenda de su don, sería también una sublevación y una lección de lo que a estas alturas ya todos debíamos saber: que es mejor que todas y que con ella en nuestras filas se vale ilusionarse grandilocuentemente. Que ella, como todas las demás, no merecen a los impresentables, machistas, ineptos y vulgares dirigentes que no hacen otra cosa que torpedearles el camino y ningunear sus exigencias básicas como profesionales. Y que si este fuera un país más digno sería impensable que Ramón Jesurún, ese que se ha negado sistemáticamente a atender sus exigencias y a actuar ante sus denuncios de acoso, el negligente que no ha sido capaz de consolidar una liga femenina digna y consistente, fuera el más alto dirigente de nuestro fútbol maltrecho y nauseabundamente macho.