18 Noviembre 2022

Un llamado solidario que no puede ser desoído

"Nuestro progresismo latinoamericano, caracterizado por un extremo antiliberalismo, se ha históricamente caracterizado por la complacencia cuando no con la complicidad a la hora de criticar las violencias ejercidas por regímenes de izquierda"

Por Rubén Chababo

El mapa político de la región latinoamericana cambia, y eso es saludable porque ese cambio tiene que ver con la voluntad de las sociedades expresada a través de las urnas, es decir, es la expresión más acabada de la consolidación del régimen democrático en una región que en el pasado reciente fue duramente castigada por regímenes autoritarios que limitaron al extremo la mínima posibilidad de intervención pública.

Este cambio al que asistimos está encarnado por administraciones lideradas por figuras políticas que lograron, todas ellas, llegar al poder haciendo “pleno uso” del ejercicio democrático, es decir, enfrentándose a sus adversarios políticos sobre la base del debate y la discusión pública pero también de la activa movilización en las calles. En este sentido, todos quienes han llegado al poder, en un amplio arco que va de la izquierda a la derecha, lo han hecho ejerciendo su derecho a manifestar democráticamente su desacuerdo con las administraciones que se propusieron reemplazar. En el caso de los llamados progresismos, tanto Gabriel Boric en Chile como Gustavo Petro en Colombia encarnan en sus figuras y trayectorias políticas tanto el triunfo de la protesta social como la arrasadora fuerza de la movilización popular como estrategia para llegar al poder.

No es descabellado entonces que la Coalición por la Libertad de Asociación se haya dirigido a ellos con un pedido clave exigiéndoles el apoyo y el acompañamiento a la sociedad civil cubana que en estos días es violentamente represaliada por el régimen de Díaz Canel. ¿Por qué motivo exigirle esto de manera especial a Gustavo Petro y a Gabriel Boric? Simplemente porque sus prédicas, su razones de ser en el campo de sus respectivos campo políticos nacionales se fundamentan en el valor y por extensión en la legitimidad de la rebeldía como herramienta para el cambio social, algo que no es necesariamente un valor a destacar por parte de los gobiernos de corte conservador para quienes la calle y la protesta social son sinónimo de alteración del orden democrático y por lo tanto, de justificada represión por parte de los agentes estatales.

Lo cierto es que nuestro progresismo latinoamericano, caracterizado por un extremo antiliberalismo, se ha históricamente caracterizado por la complacencia cuando no con la complicidad a la hora de criticar las violencias ejercidas por regímenes de izquierda. Al menos esa ha sido la línea seguida por Argentina, Bolivia, México, Brasil y Uruguay, países que, liderados en diferentes momentos del breve siglo XXI por representantes del campo de la izquierda, han sido, con pequeños matices, condescendientes o extremadamente tibios a la hora de enunciar el necesario juicio crítico para con las dictaduras venezolana, cubana o nicaragüense. Para estas izquierdas, como sostiene Pablo Stefanoni, la «gente común» de esos países, puede ser sacrificada sin problemas en el altar de la causa antiimperialista y por ende, su sufrimiento termina explicándose y hasta justificándose.

De allí la importancia de este llamado de la Coalición por la Libertad de Asociación, el cual debe ser leído como una exhortación al ejercicio de un acto de memoria por parte de estas dos nuevas administraciones, a las que se les pide que recuerden sus orígenes, que no olviden cómo forjaron sus identidades políticas y cómo también fueron duramente violentados por el poder cuando pretendieron, en un pasado no tan lejano, expresar su pensamiento disidente frente al orden establecido.

No sabemos si Boric y Petro han leído este llamado. No sabemos tampoco en cuánto serán fieles a su linaje de rebeldía acompañando a los rebeldes del presente en su resistencia a lo injusto. Lo que sí sabemos o podemos imaginar es que no serán pocos quienes mañana, cuando la historia juzgue el verdadero y sincero compromiso con la causa de los Derechos humanos en América latina, habrán de recordar la debida lealtad o traición de estos dos líderes, al siempre luminoso mandato que nos obliga a ser solidarios, siempre, sin distinción alguna, con todos los humillados y con todos los perseguidos.

Rubén Chababo es consejero académico de CADAL, fundación privada que promueve los derechos humanos y la solidaridad democrática internacional.