8 Junio 2022

Ciénaga de oro: la accidentada cuna de Petro

La polémica desatada por el senador Jorge Robledo, quien dijo en Twitter que Gustavo Petro Urrego, no había nacido en la costeña Ciénaga de Oro sino en la andina Zipaquirá, inspira este viaje al caluroso municipio cordobés de donde proviene la zaga de los Petro.

Por: Eccehomo Cetina

La tormenta, con sus estampidos retumbando en el confín de la serranía de San Jerónimo, arreció a la una de la madrugada del 12 de mayo.

Sobre Ciénaga de Oro, un municipio cordobés del litoral atlántico colombiano, caía uno de los tantos diluvios que han nutrido el río Sinú y decenas de quebradas que desembocan en el Caño de Aguas Prietas, sobre el que se recuesta la población dormida de setenta mil habitantes.

Sin embargo, no había sido una tempestad cualquiera. La mañana descubrió que uno de los rayos había destrozado las cabezas de una estatua de la Virgen María y su niño Jesús, ubicada en uno de los cerros tutelares del pueblo.

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Alrededor del monumento se levanta Bogotá, un barrio de gente humilde que no pudo dormir aquella noche tempestuosa. “Se fue la luz, mi nieto se desmayó con el mismo estruendo, todos quedamos aturdidos”, cuenta Elsa Regino. El mototaxista, Juan Elkin Rafael, no se ha bajado del vehículo, presto a dar su opinión: “es un mensaje de ella (la Virgen), para que la arreglen; la tienen descuidada, es una imagen muy antigua”.

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Tan antigua como la mayoría de las edificaciones del pueblo, formado por manzanas de casas variadas: algunas son de paredes de bahareque y techo de palma, otras son recientes y de materiales comunes y unas pocas son mansiones blancas y altas, habitadas por descendientes de los originarios latifundistas del ganado y las plantaciones de caña de azúcar.

Es innegable el parecido de estas casaquintas de estilo colonial francés—de columnas coronadas por capiteles de acanto—con las mansiones que levantaron los terratenientes del algodón y los ingenios azucareros en las riberas del Misisipi (Luisiana), en el sur profundo de los Estados Unidos.

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Cuna por accidente

Pese a la duda sembrada por el senador, Jorge Robledo, con la publicación en Twitter de un registro civil de nacimiento que indica que Petro nació en Zipaquirá (Cund.) y no en Ciénaga de Oro (Cord.), el padre del candidato presidencial, Gustavo Ramiro Petro Sierra, se ratifica en que su hijo nació en Ciénaga de Oro por accidente en una casa de bahareque y palma de la calle quinta con carrera novena.
Los padres del candidato, Gustavo Ramiro Petro Sierra y Clara Nubia Urrego Duarte, oriunda de Gachetá (Cund.), se habían casado en Bogotá el 19 de abril de 1959, cuando Gustavo Ramiro era profesor de la Normal Superior de Cundinamarca, en Zipaquirá.

Los dolores de parto tomaron por sorpresa a Clara Nubia Urrego un año exacto después, el 19 de abril de 1960, cuando en compañía de su marido se encontraba de visita en Ciénaga de Oro. Una matrona asistió el parto. “No recuerdo su nombre pero vivía en la casa de mis padres”, afirma Gustavo Ramiro Petro Sierra, disgustado de que el senador Robledo ponga en duda el lugar de nacimiento de su hijo. “Esas son insidias de los contrarios de Gustavo.  El registro es verdad, pero hay que ver las circunstancias en que se dio eso. Yo trabajaba en Bogotá y vine a pasar unas vacaciones con mi señora y el niño nació acá (Ciénaga de Oro)”, concluye Gustavo Ramiro Petro.

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Desde entonces, y siempre que llegaban las vacaciones, el pequeño Gustavo Petro comenzaría un periplo de visitas entre Zipaquirá—donde estudió su primaria y secundaria—y Ciénaga de Oro, Laguneta y El Corozo, las poblaciones cordobesas por donde se dispersaron las diversas ramas de los Petro, los Sierra, los Soto y los Ruiz que conformaban aquella intrincada enredadera familiar.

Jorge Luis Petro Arrieta, es tal vez uno de los primos con quien Gustavo Petro compartió los recuerdos más entrañables de sus esporádicas visitas. Los dos se sentaban en el andén escalonado de la vieja casa de barro y palma—que terminó heredando la tía Carmen Petro Sierra—para conversar hasta el amanecer, botella en mano, no de temas sociales o políticos, sino de las ocasiones para disfrutar de los fandangos y las primeras derrotas de amor.

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Hoy la vieja casa de barro y palma es una robusta sede política de campaña en obra gris, transformada de este modo años después de que la tía Carmen Petro Sierra—la mujer que agasajaba con sancochos y ensaladas de aguacate las bienvenidas del estudiante del liceo zipaquireño—falleciera a la edad de 93 años, dejando tras su ausencia las puertas clausuradas y la esquina desierta.

De italianos a turcos

Los familiares entrevistados para esta crónica, y quienes llevan nombres repetidos y combinados como Francisco, Gustavo, Francisca, Álvaro, Benjamín y Miguel, no tienen certeza de los apelativos de los primeros Petro, ni de la provincia italiana de la que al parecer llegaron a esta sabana cordobesa de calores densos.

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El patriarca Gustavo Ramiro Petro Sierra no le da vueltas al asunto y dice no tener memoria. Francisco Miguel Petro Durango, primo del candidato presidencial, afirma sin dudarlo, cuando se le pregunta, que la descendencia se dio a partir de “un par de italianos que llegaron y se quedaron en Colombia. De allí que no somos Petro sino Pietro”. Tatiana del Carmen Petro Falón, una de las primas menores, confiesa de modo risueño que de tal descendencia apenas sabe lo que ya se ha repetido.

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Por su parte, Jorge Luis Petro Arrieta, afirma de modo categórico que ha escuchado a su pariente Gustavo decir que ellos son descendientes de Garibaldi, el líder de la resistencia italiana, y que llegaron a principio del siglo XX al bajo Sinú. Lo cierto es que, si acaso hubo certeza sobre tales orígenes, la oportunidad de confirmarlo de viva voz se perdió con la muerte en los años sesenta del abuelo Osvaldo Francisco Petro Soto y en los noventa de la abuela Francisca Sierra Ruiz, cuyas tumbas lucen siempre flores frescas en el cementerio de la población.

En cambio, la migración que si abunda en cada esquina de Ciénaga de Oro es la de los llamados turcos, que en verdad son descendientes de sirios y libaneses. Llegaron a la población a principio del siglo XX para ostentar no solo el poder económico sino además manejar los asuntos políticos, como ha ocurrido con estos clanes en el litoral atlántico, desde Lorica (a la que llaman con jocosidad “Lorica Saudita”) hasta Barranquilla.

Una de estas casas es la del liberal, Oscar Namán Louis Lakah. Tiene 73 años y dos alcaldías de Ciénaga de Oro en su currículo. Habla con orgullo se sus abuelos, quienes, según él, trajeron el crédito como la gran invención comercial para vender entre los campesinos desde herramientas de labranza y cocuyos de colores hasta ropa interior.

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Asentados en el parque central de Ciénaga de Oro, los comerciantes árabes convirtieron los alrededores de la iglesia en una escena bíblica de mercaderes e imágenes sagradas, que muy pronto derivó en sedes políticas afiliadas a los dos partidos dominantes: liberal y conservador. Tararea canciones de Pablo Flórez, habla de reivindicaciones sociales y de corralejas memorables en las que ricos y pobres, sin diferencia de clases, vitoreaban al mismo toro en la arena, y suelta una frase para que lo recuerden: “este pueblo ha sido música, trabajo y lucha”.

Tal vez aquellos turcos tampoco supieron en verdad donde nacieron. Si donde vinieron al mundo o donde lucharon y se abrieron camino en la vida. Tal vez el candidato, Gustavo Petro, cargue con el mismo destino de los migrantes y colonos del bajo Sinú para quienes una cuna accidentada no debe ser más importante que el origen de su zaga. Total, como lo resumió de forma modesta Gustavo Ramiro Petro Sierra: “una señora puede tener un hijo en un avión o un barco, donde sea, así que yo pregunto: ¿de dónde son los Petro?, del bajo Sinú”.


Historia no oficial

Esta historia se refleja en el estado de ánimo de sus habitantes, en las fachadas de sus mansiones o se desliza en las paredes inclinadas de los ranchos de bahareque, auténticas máquinas del tiempo o espejos de un pasado próspero y empobrecido a la vez, que parece quieto ante la mirada desprevenida.

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El lodo que cubre las calles que rodean los palacetes blanquísimos de las esquinas, son los escombros del mundo de ayer, cuando Ciénaga de Oro y las tierras del Sinú portaban un nombre cutre de encomienda, Zapalería de Bugre, y que el rey de España regaló en 1734 al criollo Tomás Gómez y Barragán.

Desde entonces fue enclave de conquistadores que hicieron famosa la exclamación cínica de que “los españoles padecemos una enfermedad del corazón, la cual solo la cura el oro”.

Pero ni el oro que bajaba en piedritas en aluviones de los cerros y que terminó en las mollejas de las gallinas memorables de Cien años de Soledad, ni la descomunal hacienda ganadera del Packing House—que exportó miles de cabezas de ganado en pie a España y Alemania—, ni el inabarcable ingenio azucarero Berástegui, fundado en 1897 por Manuel Burgos, y que al parecer prolongó en sus campos la esclavitud que ya había sido abolida en el resto del mundo, nada fue suficiente para saciar la ambición histórica de una región que muestra un evidente desgaste. 

Hoy, este municipio de sexta categoría (es decir, con un presupuesto anual de 78 mil millones de pesos) está embargado, por lo que parte de sus recursos se van en pagar deudas, de acuerdo con la Ley 550 de 1999.

Cada año, según la alcaldesa, Ana Luz Bedoya Usta (Partido de la U), los orenses pagan de sus precarios bolsillos 3 mil millones de pesos por las innumerables obligaciones y embargos que la corrupción les dejó. “De esos 78 mil millones de pesos, la mitad va para salud y nosotros no la vemos sino pasar; esa plata entra y sale enseguida”, concluye desconsolada la alcaldesa.

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El historiador orense, Luis Martínez Aleán, es un defensor de la historia no oficial del municipio. “A Ciénaga de Oro le ha entrado muy poco; las riquezas se fueron. Los que se hicieron ricos se prepararon y partieron a Cartagena o Bogotá”, afirma con desprecio por el patriarcado imperante en el valle del Sinú y cuyas tierras ubérrimas han permitido a sus habitantes subsistir, cada año, de las 14 mil toneladas de un tubérculo modesto: yuca.

Los mismos y los otros

Otro turco, este sí originario de Turquía, el escritor y Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, hace una sentencia que aplica a esta región: “las repeticiones son el origen, la garantía y la muerte de la felicidad”.

Aquí se han repetido los apellidos en el poder local: Burgos, Brum, García, Puche y Sotomayor. Después han llegado otros apoyados por aquellos, pero son los mismos. “Puro statu quo municipal”, como lo califica el exalcalde conservador, Gabriel Oviedo Mesa, sentado en su sede política de la Calle Larga con carrera dieciocho. Después, suelta una frase categórica: “todos los que quieren ser alcaldes en Ciénaga de Oro pasan por esta casa a pedirme el concepto. En los últimos veinticuatro años todos han sido triunfadores”.

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Los perdedores, sin embargo, son los otros. Esos que habitan barrios como Bogotá, donde la Virgen perdió la cabeza; Julio Manzur, donde decenas de niños deben caminar por pantanos para llegar a su colegio; Alfonso López, en cuyas calles las aguas negras se mezclan con la potable; o, finalmente, El Carmelo y La Victoria, donde lo que se ve es pura derrota.

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La misma derrota que simboliza el carro de bomberos que—desde que fue donado al municipio por el propio Gustavo Petro en 2014 cuando era alcalde de Bogotá—permanece inmóvil en una esquina cualquiera de Ciénaga de Oro, mientras los incendios son apagados por los habitantes con baldes de agua y peligrosas e improvisadas maromas sobre los techos.

La Calle del Medio

El 12 de mayo sepultaron a Rina Cordero, el mismo día de la tormenta que guillotinó a la Virgen. Una larga enfermedad venció a la octogenaria Rina. El cortejo de sus familiares y amigos avanza por la Calle del Medio, a la que la sabiduría popular alude con un humor tétrico: “el que coge la Calle del Medio ya no tiene regreso”.

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Tal vez sean sentencias como estas las que han llevado a que en Ciénaga de Oro al medio se le tenga tanto temor. Aquí todo alude a los límites, a las fronteras opuestas, sin equilibrios que tercien.

Del medio no hablan ni siquiera sus dos fiestas emblemáticas: Las Corralejas de enero y la Semana Santa de abril. Dos encuentros masivos muy contrarios, uno bárbaro y otro piadoso, que sirven para lo mismo: sacudirse la impotencia, revigorizar la existencia y olvidar.

Olvidar como olvidan las esquinas de este pueblo en los atardeceres, cuando llegan las lluvias torrenciales y truenos y rayos sacuden e iluminan el antiguo imperio de los Berástegui, que despunta en la mañana siguiente, otra vez, con el sofoco del aire pegajoso y el fango del pasado en sus calles.