21 Agosto 2022

Gustavo Petro: el comandante supremo

Crédito: Andrés Torres

El detrás de cámaras del accidentado – y aplazado– encuentro entre el presidente de la república y las Fuerzas Armadas.

Para nadie es un secreto que esta es una relación marcada por la desconfianza. Buena parte de los miembros de las Fuerzas Armadas no pueden olvidar que el presidente Gustavo Petro fue guerrillero y estuvo alzado en armas contra ellos. Por su parte, Petro tiene vivos los recuerdos de 1985 cuando fue capturado por militares en Zipaquirá y torturado en la Escuela de Caballería del Ejército en Bogotá. Las mutuas cautelas y tensiones se dejaron sentir en la campaña presidencial. El momento más álgido fue cuando Petro habló de generales en la nómina del Clan del Golfo y el entonces comandante del Ejército, general Eduardo Enrique Zapateiro, le contestó con trinos destemplados que, para muchos, fueron una ruptura del mandato constitucional de no deliberancia de las Fuerzas Armadas.

De ahí en adelante las aprensiones siguieron creciendo, más por omisión que por acción. La noche del triunfo electoral, Petro no dedicó una sola mención a las fuerzas militares y la única que hizo de la Policía, fue para reprochar la detención de los miembros de la primera línea, como se bautizaron los más beligerantes manifestantes del paro nacional. Al otro día se anunció que el general Zapateiro se retiraría antes de la posesión presidencial y él aseguró, que en las filas quedarían muchos zapateiritos. En su primera entrevista como presidente electo, concedida a CAMBIO, Petro insistió en su deseo de fortalecer su relación con los soldados y los patrulleros de la Policía. Poco habló de la cúpula. El día de la posesión, la única vez que mencionó la palabra “militar” fue para ordenarle a la Casa Militar que trajera la espada de Bolívar a las gradas del Capitolio.

Como si faltaran ingredientes en esta receta, la ceremonia de reconocimiento del presidente como comandante supremo de las Fuerzas Armadas había sido preparada cuidando cada detalle en el emblemático campo de paradas de la Escuela Militar de Cadetes José María Córdova. En la tradición militar ese es, quizás, el rito más importante de cada cuatrienio. La solemnidad es máxima, se desplazan unidades de la Armada Nacional desde la Escuela Naval de Cartagena y también, miembros de la Fuerza Aérea Colombiana desde la Base de Palanquero y la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez en Cali. Todo estaba previsto para el martes pasado, pero 45 minutos antes de la hora programada para el inicio, la Casa de Nariño canceló a través de un mensaje de texto, en el que decía que “el presidente se mantiene atendiendo reuniones urgentes privadas de gobierno”.

Desde luego, todos los presidentes deben atender reuniones urgentes y privadas, pero es difícil imaginar un compromiso más importante que asistir a la ceremonia de reconocimiento de mando, donde lo esperan cientos de miembros de las Fuerzas Armadas y sus comandantes. Al día siguiente, el presidente Petro voló hacia la base militar de Apiay, en Meta, en donde cambió la versión sobre su ausencia. Explicó que no había podido ir porque había tenido un fuerte dolor de estómago. La declaración fue entregada antes de un almuerzo con soldados.

Con todos estos antecedentes, el suspenso estaba al tope este sábado. La ceremonia pospuesta se había citado inicialmente para las 3 p.m. y el viernes, fue reprogramada para las 5 p.m. La parada se ensayó tres veces desde el mediodía. Un capitán ocupó, en el simulacro, el lugar que le correspondía al mandatario. El general Álvaro Pérez, quien será nombrado segundo comandante del Ejército, dirigió cada detalle.

El presidente había viajado a San Pablo, Bolívar, para adelantar un consejo de seguridad. Llegó con una hora de retraso a su penúltima escala en Barrancabermeja. Como estaba acompañado por la cúpula, los uniformados que lo esperaban en la Escuela Militar estaban advertidos de que la agenda corría tarde. Militares e invitados aceptaron la demora como algo natural. Para la pompa castrense no es indiferente el horario. Varios de los altos mandos comentaron en la tribuna que la revista, como es llamado el desfile, no se vería igual de noche.

Para entender la percepción diferencial del presidente Petro, entre los soldados y los oficiales, es útil recordar la narración que hace en el libro Una vida, muchas vidas. Allí, relata su captura en el barrio Bolívar 83 de Zipaquirá en 1985. Narra que se escondió en un túnel cuando sintió que el Ejército llegaba, pero que un niño lo delató cuando los militares golpearon a varias personas y amenazaron con matar a su mamá:

“Comencé a escuchar encima nuestro las pisadas, las conversaciones, y me di cuenta de que habían empezado a remover la tierra. Habíamos aguantado todo el día, pero en la tarde era inminente que nos capturarían. Se abrió el techo del túnel y sentí que me jalaban del pelo y me arrastraban. La gente, subida sobre los techos de las casas, comenzó a gritar. Había caído (...) Mucho tiempo después, cuando era senador, entrando a una universidad, un celador fornido me pidió un momento para hablar conmigo. “Yo fui el soldado que lo capturó en Bolívar 83, la orden que yo tenía era tirarle una granada y yo lo cogí del pelo, fue para salvarlo. Ese día me echaron del Ejército”. Casi me pongo a llorar en ese momento. Había pensado todo ese tiempo en otra versión de la historia. Ese soldado salvó mi vida, mientras un mayor de apellido Fúquene tenía mucha rabia porque no me habían matado, entonces decidió golpearme fuertemente mientras me arrastraba fuera del túnel”.

En sus memorias, el presidente Petro prosigue contando que fue llevado a la Escuela de Caballería, adscrita a la Brigada XIII del Ejército. Allí, según su relato, fue salvajemente golpeado y torturado. Asegura que lo recibieron a culatazos, sufrió choques eléctricos y fue sometido a un tormento conocido como la “tortura china”, consistente en la caída constante de una gota de agua sobre la cabeza. Por casualidad o no, este sábado, en la ceremonia de reconocimiento del mando, le correspondió a seis oficiales de la Caballería un papel central en el desfile: portar el estandarte de guerra, el símbolo más emblemático de la parada, que empezó, con la voz de mando del general David Leonardo Gómez, hoy comandante de la misma Brigada XIII.

– Destacamento, atención, firr. Al hombro, arr. Honores a la bandera de guerra. Atención, presenten, arr.

Es difícil saber lo que pasaba por la cabeza de Petro mientras sonaba “Gloria al soldado”, el himno del Ejército, pero en su biografía es obvio que no tiene un recuerdo grato de la Caballería: “otra práctica era hacerlo a uno dormir debajo de los caballos, sin comida o mantas, esposado a las cercas donde tenían los animales. Eso fue en la Escuela de Caballería (...) El general de la Brigada XIII se llamaba Jesús Armando Arias Cabrales y fue quien firmó mi arresto. Él tenía, bajo el decreto de estado de sitio, la posibilidad de condenarme cínicamente por una razón que simplemente pronunció: yo era un guerrillero, a sus ojos”.

Han pasado 37 años desde esos eventos pero a juzgar por el libro, publicado apenas en octubre del año pasado, siguen frescos en la memoria del jefe de Estado.

militares

Gustavo Petro marchó sin perder el paso y luego, se sentó en la silla principal, donde escuchó la petición de permiso del general Helder Fernán Giraldo para asumir el comando general de las fuerzas militares. En posición de firmes y con el sable sobre el hombro derecho, en gesto de obediencia, el militar con mayor rango de Colombia le ofreció su subordinación al hombre que hace 32 años se desmovilizó y firmó un acuerdo de paz, que ha cumplido estrictamente.

A la izquierda de la silla presidencial estaba la nueva cúpula militar. A su derecha, el ministro de Defensa, Iván Velásquez, y al lado de él, los cuatro comandantes de la cúpula saliente que vestían por última vez el uniforme. El discurso de Gustavo Petro fue, sin duda, distinto al de todos los presidentes que lo han antecedido. No hubo elogios para la oficialidad, ni una palabra disculpándose por haberlos dejado plantados el martes. La palabra héroe, que usualmente ha estado en los discursos de los presidentes ante los militares, no apareció esta vez.

– Condenar a Colombia a la guerra no merece una medalla– fue una de las primeras frases de la intervención presidencial.

La recepción fue más bien fría en la tarima. Solo hubo dos aplausos y no muy entusiastas, durante el discurso. El primero surgió cuando el mandatario subrayó la necesidad de abrirle campo al ascenso de los soldados para que puedan llegar al más alto rango de la institución:

–Si quitamos la barrera económica, el hijo de un campesino se puede volver general y eso se llama paz.

Los militares sostienen que eso ya ha pasado y que algunos de los más altos mandos han empezado sus carreras como soldados, incluyendo al recién salido general Zapateiro. Todos ven con simpatía esa posibilidad, lo que causa incertidumbre y desconcierto es que el presidente Petro proponga que empezar como soldado se vuelva un requisito para ser oficial.

– Que todo general pase por ser soldado.

La frase fue recibida como una muestra de desconocimiento de la formación militar. Las distintas fuerzas se precian de la formación que reciben los cadetes y no consideran que el comienzo como soldado regular deba ser una condición obligante para graduarse como oficial. 

Para profundizar

El segundo aplauso lo arrancó una frase del presidente en la que mostró su visión sobre las razones por las cuales el Ejército debe prepararse para la paz:

-El presidente de la república no es solo su comandante en jefe sino su hermano, que ojalá pueda conducirlos a un país en paz. 

La cúpula saliente se sustrajo al aplauso. Un excomandante del Ejército, ya retirado, le dijo a CAMBIO que consideraba utópico el discurso y que, mientras la paz siga pendiente, es necesario que las fuerzas militares sigan velando por la seguridad y la soberanía del país. “No todo se puede resolver con menciones a Bolívar”, comentó el oficial.

Lo claro es que el presidente Petro percibe la soberanía de otra manera. En el reconocimiento de mando señaló que el mayor reto para la soberanía nacional estaba hoy encarnado por lo que llamó el crimen multinacional y le pidió a las fuerzas militares, prestar especial atención a la presencia de mafias extranjeras en Colombia.

La ceremonia estuvo marcada por la cortesía y la disciplina. El presidente y el ministro de Defensa fueron reconocidos de forma clara, pero no hubo grandes manifestaciones de entusiasmo. Tampoco de rechazo. Este esperado momento salió bien en términos institucionales, pero todos los analistas vaticinan que, de tiempo en tiempo, se sentirán los callos históricos de la relación entre el estamento militar y el comandante supremo.