28 Mayo 2022

Relocos, papi, relocos

Hace dos semanas nadie podía calcular que un septuagenario tiktokero sería la fuerza definitiva en la primera vuelta presidencial. Rodolfo Hernández puede convertirse en la pesadilla de Gustavo Petro en la segunda vuelta como su competidor o como el fiel de la balanza.

Gustavo Petro como líder de las encuestas, dueño de la bancada más grande en el Congreso, con un cupo asegurado en la segunda vuelta y una posibilidad remota de ganar en primera; Fico Gutiérrez, antes posicionado como el hombre anti-Petro, terminando la carrera con un improbable rival que le respira en la nuca y que, en el último minuto, puede arrebatarle su discurso y su puesto en el balotaje; Rodolfo Hernández, un ingeniero mal hablado, casi octogenario, que de la nada empezó a crecer y logró, sin salir de su casa y a punta de madrazos en las redes sociales, conectarse con la gente y convertirse en el único candidato que podría derrotar a Petro en una contienda uno a uno; Sergio Fajardo descolgado en las encuestas, peleando en intención de voto con el margen de error, preocupado por no alcanzar el umbral de reposición, y dueño de una campaña en la que sus alfiles se mantienen por mera obligación jurídica cuando en realidad, por debajo de cuerda, ya se acomodaron en las toldas de otros candidatos.

Hasta hace algunos meses hubiera sido imposible, incluso para el más arriesgado analista político, predecir que la anterior sería la foto final del día de las elecciones presidenciales. Estos fueron los cuatro caballos que quedaron en el partidor al término de una campaña que, aunque floja en debates profundos y nutrida en espectáculo, ha sido una de las más interesantes del último tiempo. 

La cancha quedó marcada el día del triunfo de Iván Duque hace cuatro años. Si bien Gustavo Petro había perdido la contienda, su derrota tenía un sabor a victoria. Era la primera vez que un aspirante de izquierda lograba colarse en la segunda vuelta de las presidenciales y, como si fuera poco, hacerse a un respaldo popular de más de ocho millones de votos. Petro aceptó a regañadientes la curul en el Senado a la que tenía derecho por la puesta en marcha del Estatuto de Oposición. Pero su ojos, más que en legislar y hacer control político, estaban puestos en la Casa de Nariño. La derrota frente al candidato del uribismo le dejó a Gustavo Petro más de una lección aprendida. Ese hombre, que siempre había combatido al establecimiento, entendió que era imposible ganar sin echarse al bolsillo a un sector de la clase política.

Así las cosas, para poder competir en franca lid, Petro se dio a la tarea de armar los cimientos de un movimiento electoral con una sombrilla en la que no solo cupiera la Colombia Humana. Pero las lecciones de la contienda de 2018 no solo calaron en la izquierda. El llamado centro político y las fuerzas de derecha también tomaron atenta nota e hicieron lo propio. La contundencia de las consultas celebradas hace cuatro años llevó a todos a pensar que, en la nueva realidad electoral colombiana, había que cumplir tres condiciones para poder conquistar la presidencia: 1) hacer consultas interpartidistas, 2) presentar a los políticos como antipolíticos 3) vender un discurso de cambio y no de continuismo. 

Mientras Gustavo Petro era un antipolítico que trataba de conquistar al establecimiento, el establecimiento trataba de distanciarse de su mayor personero y de asumir como propio el discurso del cambio. Un malabar imposible en el que pretendían ser al mismo tiempo gobierno y oposición.

Gustavo Petro no tenía problema con las últimas dos de esas tres condiciones. Sin embargo, para concretar la primera, el líder de la izquierda puso en marcha una jugada de ajedrecista. En lugar de armar una “coalición”, que supone una unión de partidos que piensan parecido, instaló la figura del “Pacto Histórico”. Con ese discreto giro retórico, Petro pudo justificar la llegada a sus filas de personas que nada tenían que ver con su ideario. Recibió movimientos cristianos, líderes de centro, de derecha y de izquierda, algunos de ellos con cuestionamientos de fondo. Y así, con la explicación de que en un “pacto” cabe todo el mundo, fue seduciendo a políticos de tradición que llegaron a su campaña con cientos de miles de votos bajo la manga. Paralelo a ese proceso, el líder opositor consolidó sus listas al Congreso y se rodeó de viejos zorros expertos en manzanilla que, de la mano de su inmenso apoyo popular, lograron la histórica cifra de 20 curules en el Senado. Una cifra que tuvo que defender con abogados e ingenieros porque un error en el diseño del formulario de reporte E-14 estuvo a punto de embolatarle más de 500.000 votos y cuatro escaños en el Senado. 

La dinámica en la derecha se movió distinto. Mientras Gustavo Petro era un antipolítico que trataba de conquistar al establecimiento, el establecimiento trataba de distanciarse de su mayor personero y de asumir como propio el discurso del cambio. Un malabar imposible en el que pretendían ser al mismo tiempo gobierno y oposición. Ese puñado de partidos tradicionales, entre los que se cuentan el Conservador, el Liberal, Cambio Radical, La U y desde luego el Centro Democrático, sabían muy bien que la ecuación no les favorecía. El uribismo ya no era el de antes. La gestión mediocre e impopular del presidente Duque, mezclada con el declive de la imagen del expresidente Álvaro Uribe por cuenta de la imputación por soborno a testigos y fraude procesal, sumada a las maniobras de su defensa, hacían imposible repetir la hazaña de 2018. Si en ese entonces pararse en una tarima con Uribe era garantía de éxito electoral, cuatro años después, una foto con él le restaba puntos a cualquier candidato. 

La victoria de Fico en la consulta, el impulso de la chequera del gobierno en una orgía de recursos ocasionados por la burla a la Ley de Garantías, y la tímida adhesión del Centro Democrático, lo fueron posicionando como un candidato viable.

Así, con una máscara de renovación e independencia, nació la que primero se llamó Coalición de la Experiencia y que terminó rebautizada Equipo por Colombia. La tripulación de ese barco era una mezcla de maquinaria, políticos cuestionados, partidos tradicionales, continuismo y una dosis de experiencia en cargos públicos. En la misma colada convivían Alex Char, David Barguil, Enrique Peñalosa, Juan Carlos Echeverry y Federico Gutiérrez. Si bien algunos de los miembros de la coalición tenían cuestionamientos, los resultados respetables de los otros en los cargos públicos que ocuparon daban la impresión de que ese bloque estaba compuesto por candidatos probados en el manejo del Estado. A Óscar Iván Zuluaga no lo quisieron recibir para no cargar con el lastre de Uribe. Pero para nadie era un secreto que mientras Fico se hacía el difícil en público era y es el candidato de Uribe. Por eso, pocas horas habían transcurrido desde el triunfo de Gutiérrez cuando Zuluaga, solito, dio un paso al costado y retiró su aspiración para entregarle, con el mayor disimulo posible, las banderas del uribismo al recién ungido candidato. 

La victoria de Fico en la consulta, el impulso de la chequera del gobierno en una orgía de recursos ocasionados por la burla a la Ley de Garantías, y la tímida adhesión del Centro Democrático, lo fueron posicionando como un candidato viable. En cuestión de días, Gutiérrez pasó del 3 o 4 por ciento que marcaba en las encuestas y se hizo a un segundo lugar que, hasta hace unas semanas, parecía indiscutible. 

Para profundizar

La situación del centro, hoy ad portas del que podría ser recordado como el gran fracaso político de la jornada, se ve difícil de solucionar. Aunque ese sector tenía todo para consolidarse como una fuerza electoral importante, una interminable cadena de errores y el hecho de ser el blanco de los ataques tanto de la izquierda como de la derecha, lo llevó a sufrir el lánguido final que probablemente mostrarán las urnas. En esas filas también se siguió el libreto que, en teoría, auguraba éxito electoral. Los diferentes candidatos que afloraban buscaron armar una coalición, que denominaron Esperanza, pero las cosas no pudieron haber salido peor. Los líderes del centro casi nunca fueron noticia por sus propuestas. Jorge Robledo, Alejandro Gaviria, Juan Manuel Galán, Sergio Fajardo, Carlos Amaya e Íngrid Betancourt, llegaban a las emisiones de los noticieros o a las páginas de los periódicos por sus peleas que parecían no tener fin. 

Fajardo, por su parte, trató de imponer la narrativa de “ni más de lo mismo, ni un salto al vacío”. Es decir, su apuesta iba encaminada a decir que él no es Fico ni es Petro, pero nunca a explicar quién era él. 

Mientras sus contrincantes estaban dedicados a sumar adeptos, las discusiones en el centro se quedaron en las disputas de egos, los señalamientos mutuos y la imposibilidad de armar un equipo. La situación que hoy enfrenta Sergio Fajardo, un candidato que ganó la consulta con una votación menor a la que obtuvo Francia Márquez, segunda en las filas de Petro, es el resultado de un intento que, aunque noble, no pudo conectarse con el electorado. 

Para profundizar

Fico fortaleció su candidatura vendiéndose como el hombre anti-Petro. Petro, que ya había eliminado a Fajardo y tenía vuelo propio, se concentró en frenar el ascenso de Fico. Fajardo, por su parte, trató de imponer la narrativa de “ni más de lo mismo, ni un salto al vacío”. Es decir, su apuesta iba encaminada a decir que él no es Fico ni es Petro, pero nunca a explicar quién era él. 

Mientras los que por meses fueron los tres punteros se dedicaron a darse palo entre sí, en silencio fue creciendo el hombre que podría convertirse en la verdadera sorpresa de la carrera: el ingeniero Rodolfo Hernández. Se trata de un personaje que no tiene precedentes en la historia política colombiana. Nadie sabe a ciencia qué esperar de él. Buena parte de su discurso es de derecha, pero hasta hace unos días decía que prefería a Petro que a Fico o a Fajardo. Aunque hasta hace poco más de un mes la campaña de Hernández parecía estancada, las últimas encuestas lo muestran muy cerca de llegar a la segunda vuelta y, además, lo perfilan como el único que podría vencer a Petro. 

Su estrategia rompe con cualquier tradición electoral. No sale a plazas públicas, no hace alianzas, no recibe donaciones, financia su campaña con recursos propios, y se da el lujo de calificar de ladrón a todo aquel que se atraviesa en su camino. Rodolfo Hernández ha logrado meterse en la carrera con un discurso simplista y efectivo: voy a acabar con la robadera. En muchas de sus intervenciones el ingeniero ha mostrado un absoluto desconocimiento del Estado, no conoce muy bien el país ni parece entender de relaciones internacionales o de políticas públicas. Si le preguntan qué va a hacer con la cultura, él responde que va a sacar a los ladrones; si le piden que explique su modelo económico, dice que va a sacar a los ladrones; si lo increpan para entender sus planes de reforma a la justicia, dice que va a sacar a los ladrones. Lo mismo pasa con cualquiera de los temas de interés nacional. Rodolfo parece tener una misma solución para todos los problemas que aquejan a Colombia. 

Para profundizar

Sus detractores, con bastante razón, señalan que carece de autoridad moral para levantar las banderas de la transparencia cuando, de todos los candidatos, él es el único que está emproblemado con la justicia por cuestionamientos de corrupción. La Fiscalía lo tiene imputado por la presunta comisión del delito de interés indebido en la celebración de contratos. La Procuraduría, que lo ha sancionado ya con suspensión en varias ocasiones, estudia su responsabilidad disciplinaria en los mismos hechos de corrupción. No obstante, el crecimiento de Hernández en las últimas semanas parece imparable. Nadie sabe cuál va a ser el veredicto hoy a las cuatro de la tarde cuando cierren las urnas y empiece el conteo.

El Código Electoral prohíbe la publicación de encuestas siete días antes de las elecciones. Sin embargo, varios encuestadores siguen midiendo porque lo que está prohibido es publicar, no investigar. Horas antes de abrir las urnas se percibe mucho temor en la largamente triunfante campaña de Gustavo Petro y verdadero pánico en la de Federico Gutiérrez. En contraste hay cierta resignada paz en la de Fajardo y júbilo en la de Rodolfo Hernández. 

El eventual paso del exalcalde de Bucaramanga a la segunda vuelta significa la eliminación de todos los partidos tradicionales y de los expresidentes Uribe, Pastrana y Gaviria. Sin embargo, no es imposible imaginar que pronto estarán uniendo fuerzas alrededor de su verdugo. Para ninguno de ellos es relevante el futuro de Fico Gutiérrez, quien ha sido apenas una ficha de ocasión. En cambio tienen claro que su enemigo común es Gustavo Petro y que Hernández es la única carta que tienen para derrotarlo con una ventaja: a Petro le va a costar trabajo ponerle el sambenito del continuismo. 

Muchos se imaginaban que el 7 de agosto Gustavo Petro entraría triunfal a la Casa de Nariño mientras sus partidarios entonaban a gritos Bella Ciao. Hoy no se puede descartar que ese día Colombia termine cantando, como en el TikTok de Hernández, “Relocos, papi, relocos”.