8 Mayo 2022

Del relámpago al desangramiento: un recuento de la ya poco viable invasión de Ucrania

Crédito: Colprensa

Tras casi 75 días de ataques ininterrumpidos en los que los ejércitos rusos no han obtenido más que éxitos simbólicos e incipientes; el Kremlin se prepara para reformular la narrativa de su invasión de cara a la icónica fiesta nacional del Día de la Victoria.

Por: Matías Afanador Laverde

Cuatro días después de iniciarse formalmente lo que el Kremlin aún insiste en denominar como “operación militar especial de Ucrania”, el general ruso Yakov Resantzev, comandante del 49 ejército combinado del distrito militar sur de la Federación Rusa; se dirigió a algunos de los oficiales bajo su mando, y anunció laxamente que la guerra terminaría en cuestión de “unas horas”, mientras desestimaba al mismo tiempo las preocupaciones de  un grupo de soldados que le aseguraron no disponer de suficientes chalecos antibalas al momento de partir hacia las primeras líneas del frente.


Menos de un mes después de aquel incidente, y según confirmaron fuentes ucranianas (las rusas aún no ofrecen una verificación oficial) citadas por agencias de noticias occidentales como Reuters y BBC, Resantzev murió sin ver cumplidos sus pronósticos sobre el devenir de la guerra, durante un bombardeo contra instalaciones militares de las fuerzas de ocupación en la localidad de Chornobaivka. Fue el séptimo de los generales de Putin caídos en combate.

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El ejército ruso, que según el londinense International Institute for Strategic Studies cuenta con el quinto mayor presupuesto militar del mundo -alcanzando los 70.000 millones de dólares a finales de 2021- por debajo de Estados Unidos, China, Reino Unido y la India, había convertido su operación militar relámpago en un conflicto de larga duración.


¿Qué ocurrió para que Vladimir Putin, quien anteriormente había sido capaz de organizar acciones bélicas rápidas y precisas en defensa de sus intereses geopolíticos allende las fronteras rusas involucrara a su país en una guerra de desgaste para la que ni su organigrama logístico, ni la dotación de su personal y cadena de mando estaban plenamente preparados

En primer lugar, ha enfrentado a una población ampliamente hostil que en ningún momento ha dado la bienvenida a los rusos como libertadores, y a una Ucrania que tiene el factor tiempo de su lado, combatiendo con líneas de suministro relativamente cortas (e internas) que en gran medida corren por cuenta de la Unión Europea y Estados Unidos. A estas últimas debe sumarse un competente cuerpo de oficiales bajo el liderazgo del general Valerii Zaluzhnyi, que, a pesar de la no pertenencia de su país a la OTAN, se ha embarcado desde hace ocho años en un complejo proceso de reforma y reestructuración para deshacerse de toda herencia soviética y equiparar la doctrina táctica y estratégica de su defensa nacional con la de aquellos ejércitos que sí pertenecen al bloque militar norteamericano.

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Zaluzhnyi es el primer oficial del estado mayor ucraniano que no recibió una educación en las instituciones castrenses de la antigua URSS, y lo ha manifestado al dotar a sus fuerzas de una cadena de mando basada en el concepto de Auftragstaktik; defendido desde mediados del siglo XIX por los teóricos de la ciencia militar alemana. Este consiste en sustituir las órdenes inflexibles por parámetros o directrices generales para la ejecución de operaciones bélicas, mientras se cede la iniciativa de sus detalles concretos a la tropa y los oficiales sobre el terreno, en función tanto de las circunstancias cambiantes en el transcurso de una campaña, como de los recursos disponibles para llevar a buen término sus objetivos originales.


Con esto en mente, se limita la interferencia de los altos mandos en la retaguardia, y se estimula la creatividad e inventiva de quienes deben tomar decisiones de alto riesgo en tiempo real durante los combates.


Por su parte, Rusia mantiene los viejos organigramas militares soviéticos, altamente dependientes de la supervisión del mando central para ejecutar tareas simples y complejas  sobre el campo de batalla, y que, como se ha visto en el transcurso de la invasión, conducen a una altísima tasa de bajas entre los oficiales de alta graduación, que bajo este sistema deben exponerse de una forma constante en las posiciones más avanzadas y riesgosas del frente, mientras verifican de manera presencial e inflexible el cumplimiento de las órdenes vigentes.
Adicionalmente, el estadounidense Institute for the Study of War, con sede en la capital del país del norte, indica que existe una enorme disparidad en la distribución del presupuesto de defensa ruso, a la hora de impulsar en términos prácticos el proceso de modernización militar que la administración de Putin ha promovido, a partir de algunas falencias observadas en el ejército durante su intervención de 2008 en la República de Georgia.


Según los analistas de esta institución, ampliamente vinculada al departamento de defensa y a personalidades como los exgenerales David Petraeus y Jack Keane, la mayor parte de la asignación presupuestaria que la Federación Rusa dispone para dicho rubro, ha ido a parar a las fuerzas nucleares, submarinas (que recientemente, y a un costo de casi 30 millones de dólares por unidad, anunciaron la entrada en servicio de los nuevos Sukhoi Su-75 Checkmate de quinta generación) y aeroespaciales del país, en serio detrimento de las unidades terrestres y blindadas, cuya adecuada coordinación con los pilotos rusos resulta esencial para la culminación exitosa de una ofensiva como la que adelanta el Kremlin contra su vecino del sur.

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En este sentido, cabe mencionar que las divisiones blindadas de Putin constan en gran medida de versiones modificadas de los viejos tanques T-72, 80 y 90, producidos en las últimas décadas de la URSS y altamente cuestionados tras su mal desempeño al servicio de los ejércitos de Sadam Hussein durante la guerra del Golfo. En Ucrania, la mayoría de ellos ha resultado presa fácil del misil antitanque, FGM-148 Javelin, suministrado por los gobiernos occidentales a Kiev, o bien de los simples pero efectivos drones Bayraktar de fabricación turca; que han infligido grandes pérdidas a los rusos ante la falta de una cobertura aérea eficaz para sus vehículos. La situación se ha agravado cuando estos se han visto atrapados en medio del salvaje combate urbano que se libra en las ruinas de ciudades como Mariupol, donde paradójicamente los escombros dejados por el incesante ataque aéreo ruso, crean importantes barreras físicas para su propio avance, que ni siquiera los temidos veteranos del líder checheno Ramzan Kadyrov (considerados expertos en tácticas de guerrilla urbana por el mando central de las fuerzas armadas) han bastado para superar.


Tan pobre parece ser la coordinación entre estas dos ramas de las fuerzas armadas de Putin, que según comunicaciones interceptadas por el servicio de seguridad ucraniano, han tenido lugar numerosos incidentes de fuego amigo donde las fuerzas de ocupación son bombardeadas en posiciones terrestres por sus propias aeronaves; ralentizando aún más, si cabe, el “avance relámpago” sobre  la capital ucraniana y otros puntos estratégicos en el centro del país, que según los estrategas del Kremlin debían ser capturados durante los primeros compases del operativo.


Ante tal panorama, se ha puesto sobre la mesa el envío de los ultramodernos T-14 Armata a territorio enemigo. Sin embargo, aún no se dispone de información fidedigna sobre si Moscú ya ha desplegado esta nueva línea de tanques (develada por primera vez durante las celebraciones del 70 aniversario de la victoria soviética sobre la Alemania Nazi en 2015) que dado lo escaso de su número en relación al total de los vehículos rusos que operan en Ucrania, tendrá ante sí una tarea de proporciones cada vez más hercúleas para revertir las tendencias desfavorables al invasor.


La misma infantería rusa no se queda atrás, ya que hasta el momento no se ha completado la transición a una soldadesca enteramente profesional que se planteó durante el mandato del ministro de defensa Anatoli Serdiukov en 2012, y cada año se sigue movilizando a un número variable de conscriptos (determinado directamente por decreto presidencial) entre los 18 y 27 años de edad quienes deben cumplir con el servicio obligatorio durante al menos 12 meses, bajo unas condiciones que no parecen haber cambiado mucho desde el escándalo interno desatado hace casi 16 años, a raíz de la golpiza sufrida por el  recluta Andrei Sichov a manos de sus camaradas en la academia de tanques de Cheliábinsk, que entre otras cosas acabó con la amputación de sus dos piernas por encima de la rodilla.


Este año, el portavoz del Kremlin Dmitri Peskov, anunció que el número de conscriptos movilizados rondaría los 134.000, aclarando que por decisión del presidente se les excluiría de participar en la invasión del país vecino; cosa bastante difícil de creer en un ejército que cada día tendrá mayores dificultades para reponer sus pérdidas materiales y humanas sobre el terreno.
La moral en el frente es baja, y si bien es cierto que la información sobre un conflicto armado en desarrollo siempre es cuestionable (al menos hasta que no llega a su fin), se han reportado incidentes que van desde soldados disparándose con su propia munición para ser devueltos a la retaguardia, hasta un supuesto motín de 60 paracaidistas de élite destacados en territorio bielorruso, que al negarse a partir hacia Ucrania a comienzos del mes pasado, se exponen a las sanciones personales del ministro de defensa, y a penas de prisión de entre 8 y 15 años. Para este contexto particular, resulta ilustrativo el caso del teniente de la guardia nacional rusa Astakhov Dmitry Mikhailovich. Capturado a inicios de la segunda semana de marzo por las fuerzas ucranianas, Mikhailovich afirmó en una rueda de prensa que él y los hombres bajo su mando fueron víctimas de una “profunda desmoralización”, al descubrir que habían sido engañados por su gobierno respecto  a las realidades de una Ucrania a la que debían “liberar” de supuestos dirigentes nazis. De forma simultánea, el ahora exmilitar instó a sus compañeros de armas a rendirse y someterse a la misericordia y buena voluntad de sus captores “dejando de tomar parte en la miseria que Rusia ha traído a esta tierra”.  


Una debacle de tal magnitud ciertamente no ocurre de la noche a la mañana, y menos en un país que cada 9 de mayo intentaba deslumbrar al mundo con los desfiles de su disciplinada infantería de la mano de tanques, aviones, misiles y demás armas de último modelo para glorificar tanto la eterna memoria de su triunfo sobre Alemania en 1945, como el “resurgimiento” del orgullo militar propiciado por Putin tras la “humillante” década de los 90.


Algunos de los analistas vinculados a las dos instituciones mencionadas anteriormente, sitúan el punto de inflexión en el año del despido de Serdiukov del ministerio de defensa, cuando uno de sus empleados fue acusado de utilizar a ingenieros del ejército para la construcción de una carretera en dirección a su casa de campo, llevando al presidente a prescindir de sus servicios para otorgar la cartera al actual ministro Serguéi Shoigú.


A diferencia de Serdiukov, quien llegó a promover reformas similares a las adelantadas por Zaluzhnyi en el ejército ucraniano, Shoigú es descrito como un superviviente de la antigua burocracia militar soviética, incapaz de contener la corrupción rampante en el manejo de los dineros destinados a la modernización del equipo de combate, los abusos hacia los nuevos reclutas y el nepotismo imperante en promociones que casi siempre obedecen más a las conexiones en los altos mandos que al mérito personal. 

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Hace ya más de un mes que el Kremlin anunció un “cambio de rumbo” en su estrategia de guerra, que ya no tendrá como prioridad la captura de Kiev y otras grandes urbes en el centro y el occidente del país sino más bien la preparación de ofensivas mucho menos ambiciosas, que finalmente aseguren la ocupación completa de los antiguos territorios separatistas de Donetsk y Lugansk, donde aún sobreviven pequeños núcleos de resistencia ucraniana en un aislamiento cada vez más angustiante.


Esta medida acortó enormemente la extensión de las líneas del frente, y posiblemente alivió hasta cierto punto la presión sobre la deficiente logística de las fuerzas armadas del Kremlin, que ahora cubren territorios de menor extensión y directamente adyacentes a sus propias fronteras. Sin embargo, el tiempo apremia, y no cabe duda de que, en caso de obtener el más mínimo éxito en esta nueva empresa, Vladimir Putin intentará matizar su amarga derrota en el asalto frontal a Kiev, e insistirá una vez más en presentar su guerra como una cruzada en pro de la liberación de las poblaciones rusófonas en el este ucraniano


Una cruzada que si ayuda a cumplir lo vaticinado por el político separatista Leonid Pasechnik (que a mediados de marzo anunció su intención de organizar un referéndum para decidir sobre la anexión directa de ambas provincias a la Federación Rusa) permitirá al Kremlin convertir el fracaso en éxito, atizar al sector más nacionalista de su población e intentar (quizá en vano) que se olviden los sendos fracasos diplomáticos que han golpeado al país desde el 24 de febrero de este año. Más allá de las sanciones y el aislamiento económico, puede que el más grave de ellos termine siendo el inminente ingreso de Suecia y Finlandia en la OTAN, movida que situará las fronteras de dicha alianza a escasos kilómetros de la emblemática ciudad de San Petersburgo, y pondrá a Putin en la incómoda posición de tener que explicar a los suyos el porqué sucedió exactamente lo que su operación militar buscaba evitar en primer lugar.


El desfile del 9 de mayo de este año será uno bastante diferente, con la ausencia casi total de grandes dignatarios extranjeros y un Putin que celebrará por todo lo alto una victoria minimalista si el final de la guerra en Ucrania coincide con su aniversario predilecto, o bien con un desgaste del ejército lo suficientemente grave como para poner en peligro la estabilidad interna del país. Situación que lógicamente implica nuevos niveles de represión, que eviten todo cuestionamiento público a un nuevo fracaso militar en el este.


Sin importar cuál sea el desenlace, es claro que el mandatario ruso sigue estando lejos de ceder a la presión externa (ya que únicamente los estados bálticos han cesado por completo su comercio de gas y petróleo con el gigante euroasiático), y tal como pudo constatar el canciller austríaco Karl Nehammer al visitarlo a inicios de abril en las afueras de Moscú, sigue inmerso en una lógica de guerra que le permite desdeñar las escabrosas imágenes de las atrocidades que Occidente atribuye a sus tropas como simples “escenificaciones del ejército ucraniano”.
Si ha de creerse en los estudios históricos y psicológicos que desde el final de la Segunda Guerra Mundial han intentado descifrar la lógica que se esconde tras las acciones, que actualmente son tipificadas como crímenes de guerra en los estatutos de La Haya y Ginebra, puede inferirse que estas barbaridades tienen cada día un mayor potencial de repetirse, a medida que aumenta el apremio de Rusia por poner fin a la guerra de una forma menos “humillante” que la retirada total. Esa, por supuesto, es historia para otro artículo.