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Cultura

De cómo nos calmaron el dolor pero nos volvieron adictos

Nos vendieron que no sufriríamos más, pero lo que nos hicieron fue volvernos dependientes de algo mucho peor. 'El imperio del dolor' narra, justamente, esta aberración inventada por la industria farmacológica.

Por: Martín Franco Velez

Quienes hayan visto la serie Dopesick, protagonizada por Michael Keaton, estarán familiarizados con Purdue Pharma. Los que no, quizás requieran un poco de contexto: Purdue es una de las farmacéuticas más grandes de los Estados Unidos, responsable de la crisis de los opioides desatada hace ya varias décadas gracias en buena parte al OxyContin, su producto estrella.

Escudándose en la lucha contra el dolor, y pasando por encima de las regulaciones estatales, Purdue lanzó al mercado a mediados de los años noventa una pastilla que se volvió popular por sus resultados milagrosos, pero que, casi de inmediato, reveló también su lado oscuro: la adicción —y muchas veces muerte— de quienes la usaban por prescripción médica.
Este libro, escrito por Patrick Radden Keefe —periodista de la revista The New Yorker, que sigue siendo la mejor exponente del periodismo narrativo—, es una inmersión profunda en las tres generaciones de la familia Sackler, dueña de Purdue: desde el patriarca y fundador, Arthur, y sus dos hermanos, pasando por sus hijos (entre ellos Richard, presidente y promotor del OxyContin), hasta los hijos de estos hijos, muchos de los cuales ya no quieren tener nada que ver con el negocio de la familia pero a quienes les resulta imposible escapar de su apellido.

El imperio del dolor es un reportaje extenso, minucioso, que se lee con el ritmo de una buena novela policiaca. El título no es deliberado: Radden Keefe nos muestra el auge, apogeo y declive de una de las familias gringas más poderosas, tal y como ha funcionado cualquier imperio a lo largo de la historia. Y aunque la narración revela que la justicia sigue siendo benévola con los poderosos y millonarios, el final es esperanzador: la presión de la ciudadanía y el escarnio sirven, aunque en principio no parezca.

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