
¿Hasta dónde son capaces los padres de llegar para obligar a sus hijos a hacer lo que ellos nunca pudieron? | Cambio de Libros
Padres abusadores y manipuladores los ha habido siempre, en todos los ámbitos. Eso es precisamente lo que cuenta la actriz estadounidense Jenette McCurdy en 'Me alegro de que mi madre haya muerto'.
Por: Martín Franco Velez
Mi hijo se obsesionó con el fútbol luego de que Argentina ganara el Mundial de Qatar. En nuestra casa —como en muchas en las que hay niños de seis años para arriba— Messi es una religión. Una secta. Un culto. Desde diciembre pasado, mi hijo no solo tiene un montón de afiches del argentino desperdigados por su cuarto, sino que todos los días me sorprende con un dato suyo que no conocía. La obsesión lo llevó también a meterse en un entrenamiento de fútbol, lo que me ha permitido constatar un rasgo común en la gran mayoría de padres que acompañan allí a sus hijos: la obsesión por ser ellos los entrenadores, sin importar que haya ya una persona encargada. Todos los que estén en mi situación los habrán visto alguna vez: son padres que se hacen al borde de la línea de juego, que les gritan y regañan a sus hijos indicándoles lo que deben hacer, que pasan sin pudor por encima del entrenador. Yo los veo ser duros con los pequeños y no puedo evitar pensar en lo triste que resulta constatar el simple hecho de que estén proyectando en ellos sus propias frustraciones.
No es un tema exclusivo de los deportes, por supuesto, aunque florezca más allí. Pero padres abusadores y manipuladores ha habido siempre, en todos los ámbitos. Eso es precisamente lo que cuenta la actriz estadounidense Jenette McCurdy en Me alegro de que mi madre haya muerto, editado por Urano, donde narra su propia historia como estrella en un popular programa de televisión infantil y el lado oscuro de esa fama que muchos desean. McCurdy no fue actriz porque ella quisiera o lo hubiera buscado, sino porque su madre se obsesionó con que lo lograra. Por cuenta de esa ciega obstinación, esa madre controladora la obligó a someterse a tortuosos castings y papeles que le impidieron vivir una niñez corriente, con juegos y amigos y tiempo libre, y la llevó a obsesionarse tanto con su peso que terminó desarrollando trastornos de anorexia y bulimia.
Aunque está narrado con destellos de humor e ironía, lo que cuenta McCurdy en esta biografía es una realidad que debería preocuparnos. ¿Hasta dónde puede llegar un padre por ver reflejadas en sus hijos sus frustraciones? ¿Cómo puede eso afectar a los futuros adultos en que acabarán convertidos? Este libro es una muestra de las profundas huellas que quedan por culpa de esos comportamientos malsanos. Y, al final, ¿qué más da si el niño no mete ese gol o su equipo acaba goleado? La frustración es algo que también se aprende, y que tanta falta a veces les hace.
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