
¿Qué tienen que ver las abejas con la guerra en Ucrania?
La novela 'Abejas grises', de Andréi Surkov, pone el foco en el dilema que toda guerra –en este caso, la que enfrenta a las fuerzas ucranianas y a los separatistas prorrusos– les propone a las víctimas: permanecer o huir. ¿Qué hacer cuando todo parece ya perdido?
Por: Martín Franco Velez
Serguéi Sergueich es un apicultor que vive en medio de la guerra. El pequeño pueblo en el que está, ubicado en la zona del Dombás, una tierra que desde hace años se pelean las fuerzas ucranianas y los separatistas prorrusos, se la pasa azotado por las explosiones. Todos sus habitantes se han ido y solo quedan él y Pashka, su vecino. Ambos sobreviven como pueden, sin electricidad ni comunicaciones, haciéndose una compañía triste.
Serguéi no ha abandonado el pueblo por cuenta de sus abejas, a las que cuida como si fueran sus propias hijas. Pero la llegada de la primavera lo obliga a partir en busca de un lugar apropiado donde ellas puedan recolectar el polen. Ese será el comienzo de una larga travesía por tierras rusas, en el que experimentará la desconfianza de las autoridades y conocerá a tanta gente que, como él, sufre las consecuencias de una guerra que no ha buscado.
Abejas grises pone el foco en las millones de víctimas que quedan atrapadas en medio de dos fuegos. Pero sobre todo en aquellas que, como Serguéi, se niegan a abandonar su lugar de origen porque lo que los ata a él es más fuerte que la guerra. Cuando no tiene otro remedio que huir, sin embargo, siempre queda la bondad. Eso es lo que hace Serguéi durante su viaje y ese es el telón de fondo de esta novela: esos pequeños actos de caridad que se realizan cuando todo parece perdido y que revelan, al final, la grandeza humana.
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