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‘Memorias cruzadas’, una charla necesaria entre Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón

Una serie de conversaciones entre los periodistas Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón dieron como resultado el libro ‘Memorias cruzadas’, que tiene un prólogo del escritor Juan Esteban Constaín. Además de mostrar cómo se ha desarrollado en más de 60 años de actividad periodística la amistad y el colegaje entre ambos, ellos reflexionan acerca de sucesos que marcaron la historia de Colombia y el mundo. CAMBIO reproduce el prólogo de Costaín, la introducción del editor Gabriel Iriarte y

Por: Redacción Cambio

Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón, dos de los periodistas más destacados e importantes de la historia de Colombia, se conocen desde que tenían cinco años de edad. Se hicieron amigos de verdad en salas de redacción, donde le dieron un impulso definitivo al periodismo de investigación. Fueron colegas y compañeros tanto en medios consolidados como el diario El Tiempo como en aventuras editoriales que lograron mantener a pulso a punta de tenacidad. Estuvieron en orillas opuestas en la segunda mitad de los años 90 a raíz del Proceso 8.000 y volvieron a saludarse y a frecuentarse con la llegada de un nuevo siglo.

Gracias a una iniciativa de Gabriel Iriarte, quien en 2020 era editor del grupo Penguin Random House, una serie de conversaciones entre ambos periodistas que él coordinó dio origen a Memorias cruzadas, un libro en el cual estas dos voces no sólo recuerdan anécdotas personales sino que también dan cuenta de sucesos de gran importancia que han marcado al mundo en los últimos 60 años, y hacen agudas reflexiones críticas sobre el oficio del periodismo y los retos cada vez mayores que este enfrenta para mantener su independencia.

Como dice Gabriel Iriarte, “la importancia de este libro consiste en que dos grandes figuras del periodismo colombiano nos revelan por primera vez detalles desconocidos y trascendentales de lo que han sido la vida política y el manejo de la prensa en la Colombia de las últimas seis décadas. Una animada conversación en la que el lector no puede evitar involucrarse desde las primeras páginas”. A lo anterior habría que agregar que Iriarte es uno de los mejores y más importantes editores de Amétrica Latina, y que el prólogo corrió por cuenta de Juan Esteban Constaín, uno de los escritores colombianos más destacados de estos tiempos.

CAMBIO ofrecerá, a quienes se suscriban, la posibilidad de recibir un ejemplar de Memorias cruzadas (si está interesado, haga clic aquí), del cual reproducimos a continuación la presentación titulada Un libro necesario, escrita por Gabriel Iriarte, donde él explica cómo nació esta iniciativa y cómo una conversación casual en un restaurante se transformó en este libro. Además, publicamos el prólogo que escribió Juan Esteban Constaín, en el cual analiza en profundidad el contexto en que se han movido los dos protagonistas;  y el capítulo titulado ‘Hermanos de presidentes’, en el cual Samper y Santos rememoran los conflictos de intereses que entorpecieron su trabajo como periodistas al tener hermanos involucrados en la política, y el profundo impacto que provocó el Proceso 8.000 en su relación personal y profesional.

Un libro necesario

Una noche, a finales de enero de 2020, semanas antes de la declaratoria de la pandemia del covid, me reuní con Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón en un restaurante de Cartagena. Habíamos coincidido en el Hay Festival y les propuse organizar una cena para conversar sobre tantos temas que nos interesaban pues nos conocíamos desde hacía mucho tiempo —desde los lejanos años setenta— y había editado algunas de sus obras. Aunque por entonces yo ocupaba la dirección editorial de Penguin Random House, en esa ocasión no teníamos en mente tratar temas de futuros libros. Sin embargo, en medio de la velada y de manera espontánea mis dos contertulios comenzaron a recordar una anécdota tras otra de sus casi sesenta años de amistad y de trabajo periodístico conjunto. El Tiempo_, las épocas de la rebeldía juvenil, las columnas de opinión, la revista_ Alternativa_, el auge de las guerrillas y el narcotráfico… Pero también personajes inolvidables como Eduardo Santos, Luis Carlos Galán, Álvaro Cepeda Samudio, Rafael Escalona, Camilo Torres Restrepo… Ante semejante desfile de sucesos y figuras del acontecer nacional en sus diferentes ámbitos, pensé que sería maravilloso poder convertir ese coloquio en un libro, iniciativa que Daniel y Enrique acogieron de inmediato. A partir de ese momento me propuse contribuir a sacar adelante el proyecto. Pero primero la pandemia y luego mi jubilación abrieron un compás de espera en este propósito. Finalmente, a comienzos de 2025 nos reunimos con los directivos de Penguin Random House y decidimos empezar a trabajar en el libro. Pronto surgieron dos inquietudes: cómo se podía armar la obra y cuál era la mejor forma de trabajar la abundante y variada información que aportarían los autores. Desde un principio consideré que debía conservarse el formato original, o sea, la conversación entre los dos protagonistas, y que el contenido de las charlas debía organizarse en orden cronológico. Un requisito importante del diseño del proyecto fue que las únicas voces que se escucharan fueran las de Daniel y Enrique. También acordamos que yo actuara como una especie de “moderador” o “coordinador”, pues no solamente tenía información de varios de los temas tratados, sino que podía ayudar a elaborar un plan de los mismos y a organizar el desarrollo de las tertulias. De esta manera, con el apoyo del equipo de la editorial, realizamos a lo largo de 2025 doce sesiones de varias horas cada una hasta que se cubrieron los temas que se habían acordado. Cuando los textos fueron desgrabados, nos dedicamos a revisarlos y editarlos con el fin de que pudieran adaptarse al formato de libro. Por su parte, los autores añadieron detalles, precisaron datos, aportaron documentos y fotografías y enriquecieron el contenido. Aunque se abordaron otros temas como recuerdos de las respectivas familias, el paso por la universidad, el vallenato y el fútbol, esta memoria conversada, cruzada, se centró fundamentalmente en el trabajo de investigación y de opinión que han llevado a cabo Daniel y Enrique durante seis décadas. Con esta perspectiva se logró un singular y valioso recorrido por el acontecer nacional desde los años sesenta hasta hoy por parte de dos excepcionales testigos y a la vez protagonistas de la convulsionada historia reciente del país. Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón. Ambos bogotanos, ambos nacidos en 1945, ambos autores de numerosos libros y ambos felices abuelos. Magíster en Periodismo el primero y licenciado en Filosofía el segundo, siguen siendo activos periodistas y columnistas. Su perspectiva, como bien observa en el prólogo Juan Esteban Constaín, tiene el formidable valor de quienes se rebelan contra sus privilegios y se convierten en “críticos implacables e insobornables” del poder del que han sido “herederos y beneficiarios”. Un libro necesario para el oficio y la ética del periodismo en Colombia y en cualquier parte del mundo libre._

-Gabriel Iriarte Núñez

Prólogo

En estas páginas se encuentran de nuevo, como lo hicieron desde 1964, el año en que ambos entraron a trabajar en El Tiempo_, las_
voces de Enrique Santos Calderón y Daniel Samper Pizano, dos de los más grandes periodistas y columnistas de la historia de Colombia, verdaderos maestros del oficio y referentes inobjetables para varias generaciones de lectores que muy pronto admiraron, en ambos, la lucidez y la honestidad intelectual, la valentía para enfrentarse al poder (un poder en cuyo seno nacieron, sí, y del que han sido herederos y beneficiarios pero también críticos implacables e insobornables), su lucha denodada contra la corrupción y la mediocridad, su manera tan particular y aguda de leer y entender la realidad colombiana. Hoy sabemos, porque lo cuentan aquí, que ya habían estado juntos antes de 1964, a los cinco años cuando compartieron salón de clases en segundo de Montessori en el Gimnasio Moderno, aunque muy pronto la vida los separó: Enrique se fue para el Colegio Nueva Granada, otro de los bastiones de la élite bogotana, tanto que allí todo ocurre en inglés, y se entregó de lleno, inspirado en Elvis Presley y James Dean, al Rock & Roll y las peleas callejeras; Daniel se quedó en el emblemático colegio de hombres que había fundado en 1914 don Agustín Nieto Caballero, en el que llegó a ser el director del periódico de los estudiantes, El Aguilucho_, una creación, nada menos y nada más, de Eduardo Caballero Calderón._

Así es este libro que el lector tiene entre sus manos: una sucesión abrumadora de nombres rutilantes y definitivos de la historia de nuestro país, pero diluidos y humanizados en la experiencia compartida de dos vidas que podríamos considerar paralelas, como en las biografías de Plutarco, y que sirven, desde el relato y la evocación de la infancia, la juventud y la más que fecunda y polémica madurez, para darle a esa historia un tinte familiar y personal, la cercanía que sólo llegan a cultivar y transmitir quienes han estado en el centro mismo de los grandes acontecimientos de su sociedad o quienes han tenido un trato íntimo y cotidiano con sus protagonistas. Claro: ese es un privilegio —eso es lo que se llama “el privilegio”, en eso consiste— del cual no sólo no reniegan los dos interlocutores de este libro sino que lo asumen como un hecho ineluctable y no pedido ni buscado, el destino insoslayable que les tocó en suerte y en desgracia. Pero en ambos casos, el de Daniel y el de Enrique, el costo de ese privilegio, el precio altísimo de sus cómodas prerrogativas y sus voraces exigencias y mezquinas leyes, se libró y se pagó, se expió, digamos, con talento y rebeldía, con inteligencia, con un desparpajo y un rigor que fueron una bocanada de aire fresco en el periodismo colombiano, justo en el momento en el que más lo necesitaba, cuando el Frente Nacional y su cultura adocenada y contemporizadora había hecho de la prensa escrita un erial de conformismo, grandilocuencia y devoción partidista. Como exponentes inmejorables de su generación, y sin estar obligados a ello, más bien lo contrario, los dos protagonistas de este libro jalonaron una verdadera revolución en la forma en que aquí se hacen los periódicos y se escriben las columnas de opinión, se investiga, se habla de las cosas que de verdad son importantes.

El lector va a ver aquí, desde el primer momento, porque además ya lo sabe después de haberlos leído a ambos hace tantos años, que las personalidades de Enrique Santos Calderón y Daniel Samper Pizano son muy distintas, casi contrapuestas. El primero es explosivo y provocador, siempre en ristre, siempre engatillado, como si conservara —y sí— mucho de ese ímpetu juvenil que lo hizo desafiar todas las convenciones de su sociedad y de su mundo, lo que lo llevó a la filosofía, el izquierdismo y la bohemia; el segundo es festivo y disciplinado, aunque parezca una contradicción, austero, histriónico, un amante de la poesía, el fútbol y el vallenato que sólo se pone corbata cuando va a alguna sesión solemne de la Academia Colombiana de la Lengua, de la cual es uno de sus más consagrados y diligentes miembros de número. Como columnista, por ejemplo, Enrique es analítico e incisivo, clarísimo y profundo en sus conceptos, con un apabullante rigor intelectual y una obvia inclinación por el análisis político y el desplante, aunque muchos de sus mejores textos, en los que no es raro encontrar resonancias a la prosa eficaz y concisa de su abuelo Calibán, son los que tienen que ver con la parranda, la literatura, el cine o sus amigos; Daniel, en cambio, es quizás más versátil, más ecuménico en sus temas y sus enfoques, que van desde el amor abnegado y ciego por el Santa Fe hasta la zarzuela o la historia, el porro (el estilo musical, porque se dice que es un abstemio irredento, aunque lo disimula muy bien con su generosidad proverbial) o los aforismos de Millôr Fernandes, sin olvidar su condición de magnífico humorista, que fue la que lo consagró en los años ochenta del siglo pasado como el único heredero aquí de Klim y Alfonso Castillo Gómez, sus maestros y amigos. Ambos cargan con el lastre de tener un hermano menor presidente de la República, un hecho que terminaría por inundar, como ellos mismos se lo temieron siempre, y era inevitable que eso pasara, su vínculo con el periodismo, su carrera misma. 

Ese es otro rasgo de su destino cruzado y compartido: los dos periodistas más agudos y radicales, quizá, en su crítica a los peores vicios de nuestra clase política, terminaron arrastrados por el afecto familiar, cómo no, en la defensa de sus respectivos hermanos que tenían la obsesión, desde niños, de gobernar esta corraleja infernal que es Colombia. Ese es un tema esencial de este libro, por supuesto, que llega a su momento de mayor tensión narrativa con el Proceso 8000, el escándalo por la financiación de la campaña presidencial de Ernesto Samper en 1994, que dividió al país en dos y que acabó con varias amistades, entre ellas la más importante de todas, la de Daniel y Enrique, quienes dejaron de hablarse por varios años. El primero sostenía, y sostiene, que ese fue un entramado criminal de unos agentes corruptos de la campaña que la infiltraron para robarse la plata de los aportantes limpios y remplazarla con la de los narcos, porque además nunca apareció la “prueba reina” que demostrara que el candidato, y futuro presidente, sabía lo que estaba pasando; el segundo, en cambio, fue en ese momento no sólo uno de los más feroces opositores al Gobierno, al cual fustigaba todas las semanas en su columna 'Contraescape', la más leída del país, sino que incluso hizo parte del grupo de los llamados “conspis”, los periodistas, políticos e industriales que se empeñaron en que Samper renunciara, y estuvieron a punto de conseguirlo, aunque Daniel cuenta aquí que su hermano sí le dijo que de Palacio salía muerto, e incluso le mostró unas pastillas que tenía listas para tal efecto. Esas son las historias que van salpicando e irrigando este libro, este diálogo que es una magnífica oportunidad para volver sobre la vida colombiana de los últimos sesenta o setenta años, contada aquí por dos testigos de excepción que en muchos casos son también protagonistas, al menos partícipes directos de lo que narran y evocan, la historia vivida y recordada, la memoria individual que se entrelaza con la de una sociedad llena de traumas y conflictos, inequidades, desgarramientos y constantes sobresaltos. 

En estas páginas nos encontramos, así, con la figura de Eduardo Santos, quizás el hombre más poderoso que haya habido en Colombia, un liberal de verdad, un periodista y un político, y un hombre de negocios, que no obstante eso vivía obsesionado con trazar los linderos entre el periodismo, la política y los negocios, y se lo dijo siempre, como una advertencia, a sus tres “arcángeles”, sus tres ahijados y herederos en El Tiempo_: Daniel Samper, Enrique Santos y Luis Carlos Galán, quien también aparece aquí con toda su inteligencia y su nobleza, su irrefrenable vocación política que le valió ser sacrificado como un seguro director de ese periódico que en aquel tiempo era casi más poderoso que el Estado colombiano, más importante que el_ Osservatore Romano en el Vaticano. El asesinato de Galán es uno de los momentos más tristes y desgarradores de esta narración a dos voces: la víctima propiciatoria del terror de Pablo Escobar, otro de los nombres que atraviesan esta historia junto con el de Gabriel García Márquez, Salvador Allende, Alberto Lleras, Rafael Escalona, Álvaro ‘el Nene’ Cepeda Samudio y muchos más.

Pero hay un elemento adicional en esta historia que quizás trascienda a quienes la protagonizan, la narran, la van desovillando al calor de sus recuerdos, esa hoguera que ambos atizan para dejarnos entrar, con deslumbramiento y maravilla, a sus vidas paralelas, sus memorias cruzadas. Me refiero a un hecho casi sociológico y es que Enrique y Daniel, que hoy tienen ochenta años, pertenecen a una generación que fue la primera que supo, en la historia de la humanidad, lo que es la juventud, ese fue su gran invento. Antes del siglo XX ser joven significaba sólo un rito de paso entre la infancia y la adultez, un tránsito gris y veloz entre esas dos etapas de la vida que presumían una continuidad inmediata, un relato en el que los niños se hacían mayores casi sin darse cuenta. Pero algo pasó en la década de los cincuenta y quienes nacieron bajo el signo de la Segunda Guerra Mundial —tal vez la explicación esté allí— encontraron o crearon todo un universo de gustos e intereses, valores, principios, estilos musicales, lecturas, películas, símbolos, en fin, que empezaron a definir su identidad, su manera de estar en el mundo. La juventud se volvió entonces un fenómeno cultural arrollador, con tal capacidad de consumo y de acción que el mundo se rindió a sus pies, y eso no ha cambiado en las últimas siete u ocho décadas. Pero los precursores son ellos: los nacidos entre 1940 y 1948, digamos, los que oyeron por primera vez a los Beatles y vivieron, de cerca o de lejos, las manifestaciones contra la guerra en Vietnam o el furor de las barricadas de Mayo del 68. Durante mucho tiempo el gran enigma consistió en saber cómo iban a hacerse adultos esos jóvenes arquetípicos de la primera juventud de la historia, qué iba a pasar cuando asumieran el mando y tuvieran que encarnar, en muchos casos, los valores de ese establecimiento contra el que tanto habían protestado, al que se habían opuesto con el alma mientras sonaban sus canciones. Hoy estamos ante una etapa más de ese relato, porque esa generación ya no es la de los padres sino la de los abuelos.

En otras palabras: por primera vez en la historia, y de la mano de la generación de Enrique y de Daniel, hemos visto y vamos
a ver a la humanidad envejecer de verdad, si pensamos en la vejez como lo que es, un concepto cultural y no sólo cronológico. Antes había habido viejos, sí, gente mayor, pero esa gente nunca fue joven; ahora es distinto porque quienes tienen ochenta u ochenta y cinco años, valga el ejemplo de los autores de este libro, son los fundadores y herederos de un mundo que todavía los habita y determina, un mundo marcado por la rebeldía, la fascinación con lo nuevo —eso que un día encarnaron, eso que un día fueron—, los gustos que aún perviven en su corazón. Por eso estamos asistiendo a un hecho inédito en la historia, y es que en una edad en la que antes la gente estaba por completo retirada y marginada de la sociedad, hoy hay allí, en cambio, estrellas de rock, políticos infatigables, emprendedores exitosísimos, grandes artistas. Y claro, periodistas míticos como quienes firman estas evocaciones compartidas. Yo no lo puedo creer: de niño los leía a ambos, lo juro, metido a grande como siempre fui. Aún recuerdo lo que era abrir El Tiempo el miércoles o el domingo para leer a Enrique, o buscar en la biblioteca de mi papá alguno de los libros de Daniel con los que era imposible no carcajearse desde la primera línea hasta el final. Luego tuve la dicha y el privilegio en la vida de hacerme su amigo, con un afecto que la admiración ha hecho cada día más grande. Por eso me honra tanto, hasta lo más profundo, sumarme con estas palabras a un libro que recoge las memorias cruzadas de dos maestros sin igual: aquí está su voz, intacta, oigámosla desde esa primera vez en 1964 cuando empieza esta historia que, por suerte para todos, aún no termina.

- Juan Esteban Constaín

Los hermanos de presidentes

Daniel Samper (D.S.) Hablando de premios, ¿qué tal cuando nos dieron en 1988 el Simón Bolívar a vida y obra compartido…? La verdad es que era bastante prematuro: teníamos cuarenta y tres años y veintidós en el periodismo. Desde entonces hemos acumulado tiempo para dos premios más.

Enrique Santos (E.S.) Ambos estábamos fuera del país y decidimos delegar en Juan Manuel Santos y Ernesto Samper nuestra representación en la ceremonia de entrega. Ja, ja, ja, … nuestros hermanos menores nos despojaron…

D.S. Fue un error. Hemos debido delegar en los hijos. Y allá se encontraron muy sonrientes los dos políticos y se abrazaron cariñosamente, no sé si por última vez.

E.S. Pronunciaron discursitos, se tomaron fotos y daban declaraciones como si ellos se lo hubieran ganado. Llegaron a decir que a nuestros queridos hermanos que están lejos les enviamos un saludo y luego les mandaremos el dinero que acompaña al premio. Yo no sé si a usted le llegó la plata. A mí no.

D.S. Yo es la primera noticia que tengo de que además de la medalla y el diploma había una recompensa en metálico… Los hermanitos mostraban ya su vocación política. Nos esperaba un espinoso camino hasta la Casa de Nariño. Ja, ja, ja… Hay que ver cuánta culpabilidad nos cabe en tres periodos presidenciales por esa delegación del premio.

E.S. En El Tiempo nos dimos cuenta desde el comienzo de que Juan Manuel tenía ambiciones políticas muy concretas, y pese a que le dimos todas las advertencias o consejos de que no se metiera en eso porque era incompatible con el periodismo, no paró bolas. Pero mi viejo, que tenía una debilidad especial por él, logró que lo nombraran subdirector.

D.S. Confieso que, cuando Juan Manuel era un estudiante de posgrado sobresaliente, yo le hablé muchas veces de que se vinculara al periódico. Es más, hice campaña para que lo nombraran subdirector. Hernando Santos, director y tío del candidato, me advirtió: “Ten cuidado. Juan Manuel nos va a meter en un lío, él lo que quiere es hacer política”. Pero Juan Manuel me había jurado que no le interesaba hacer política, que quería dedicarse al periódico y morir siendo director. Así se lo transmití ingenuamente a Hernando. Y, claro, apenas entró a El Tiempo empezó a montar un grupo político con unos tipos de La Dorada poco recomendables.

E.S. Para mí, fue un golpe que mi hermano menor llegara en paracaídas como subdirector, pues yo llevaba casi veinte años en El Tiempo y lo normal es que pensara en ocupar ese puesto. Juan Manuel me brincó y además alimentó desde la subdirección sus inquietudes políticas, lo que preocupaba enormemente a Hernando Santos. Esta situación motivó muchas tensiones, hasta que se disparó la crisis cuando César Gaviria lo nombró ministro de Comercio Exterior, y él aceptó casi de inmediato. Hernando montó en cólera y publicó un editorial diciendo que estaba en total desacuerdo con el nombramiento, que el Gobierno creía hacernos un favor designando ministro a Juan Manuel, cuando lo que hacía era ocasionarle un grave perjuicio al periódico. A mí también me molestó la actitud de Juan Manuel y la critiqué. Él protestó y mi viejo lo apoyó, lo que agudizó aún más la situación. Fue un encontronazo fuerte.

D.S. Yo también tuve que soportar un regaño justificadísimo de Hernando. Con malicia y habilidad, Juan Manuel siempre buscó mantenerse en la política pero sin perder el vínculo con El Tiempo_._

E.S. Del Ministerio de Comercio con Gaviria pasa al Ministerio de Hacienda con Pastrana. Y luego de Defensa con Uribe. Eso le dio una cantidad de credenciales para apuntalar sus aspiraciones presidenciales. En el Congreso Juan Manuel se movía como pez en el agua en sus relaciones con los congresistas. Hizo acuerdos con William Jaramillo, que era su rival político, y logró el consenso de no sé qué. Él ya tenía clarísimo que necesitaría mucha habilidad y mucho muñequeo político para desbrozar su camino a la presidencia.

D.S. Es decir, hacia el éxito personal y la desgracia de sus hermanitos…

E.S. Ja, ja. Tampoco tanto. Usted y yo siempre coincidimos en considerar que el ejercicio del periodismo es incompatible con actividades paralelas como la política activa, los cargos diplomáticos, las asesorías gubernamentales, los directorios… Partimos de la base de que no puede haber puertas giratorias entre el Gobierno y la prensa, esa modalidad de que un reportero sale de un medio de comunicación para entrar en la burocracia y luego vuelve al periodismo. Al margen de eso, hay algo que toda la vida me ha fascinado, y es la política internacional… Durante un momento de delicada crisis internacional, Colombia era miembro del Consejo de Seguridad de la ONU y el presidente César Gaviria me preguntó si aceptaba ser el delegado de Colombia ante ese organismo. La tentación era muy grande… Y casi, casi caigo. Pero dije que no.

D.S. Déjeme decir una lagartada en su beneficio, y es que esa oferta no estaba motivada en regalos ni favores; usted habría sido un muy buen funcionario preparado, con títulos de varias universidades y experiencia como analista y políglota. Porque vemos casos frecuentes que son vergonzosos…

E.S. Muchas gracias, joven. Primó la concepción de que el periodismo es incompatible con cargos públicos: zapatero a tus zapatos. De todos modos, tuve experiencias internacionales apasionantes. Como ya conté, estaba a pocas cuadras del Palacio de la Moneda cuando los militares chilenos lo bombardearon, estaba en Manhattan cuando ocurrió el ataque a las Torres Gemelas, cubrí elecciones en muchos países…

D.S. Yo estaba mucho menos cotizado que Enrique. Solo me ofrecieron ser parte de la delegación colombiana que cada diciembre viaja a Nueva York a la Asamblea de la ONU y se dedica a comprar regalos de Navidad. También me propuso el ministro Luis Fernando Jaramillo como embajador en Suecia a principios de los noventa. Lo de la ONU lo rechacé porque esa delegación navideña es un paseo innecesario; y respecto a la embajada le dije al canciller que, con mi pinta escandinava, corríamos el riesgo de que me confundieran con un subsecretario sueco.

E.S. La mejor manera de pelear con todo el mundo es un hermano presidente, pues se crean situaciones difíciles de manejar. Cualquier cosa que diga criticando o apoyando alguna medida oficial lo tildan a uno de sapo o, si no, de insolidario. Es un pierde-pierde constante. Para empezar, aparecen cantidades de nuevos amigos, y de lagartos que pretenden que uno les consiga un puestico. A riesgo de pasar por un ogro, yo hice saber que no iba a recomendar a nadie, que no ejercería ninguna influencia en el Gobierno para nombrar o para conseguir favores. La gente no creía, pero tocaba.

D.S. Claro, es que el periodismo se ocupa, entre otras, de cuestionar y de vigilar el poder, de criticar los nexos del poder con familias y con la prensa. Que han sido siempre muy cercanos, empezando por Antonio Nariño. Poder y periodismo siempre han mantenido relaciones íntimas. La única solución para manejar la situación es la franqueza despiadada: lo lamento, no soy palanca. Y punto. Nada de carameleo, que es más cruel. Apliqué una fórmula simple y dura: “No doy recomendaciones. Si usted me muestra un solo caso en que yo haya servido para saltar los procedimientos de rigor, yo le coloco a tres primos, incluso bobos o analfabetas.” La excepción, que confirma la regla, fue mi amigo Guillermo ‘la Chiva’ Cortés, un ejecutivo muy conocido, cabal a toda prueba y expresidente de Santa Fe. Él fue mi única cuota en el Gobierno de mi hermano, que lo nombró cónsul en Sevilla. Allí cumplió un papel de liderazgo y promoción de Colombia que todavía se recuerda.

E.S. Pero lo más doloroso de la condición de “Primer Hermano de la Nación” era la decisión de no escribir. Ese silencio obligado es duro para una persona que ha sido periodista toda la vida. Solo rompí el silencio a raíz del proceso de paz del Gobierno, porque me parecía importantísimo apoyar tal medida.

D.S. Ernesto y yo hemos sido buenos amigos, pero no necesariamente copartidarios. Cada uno mantiene su independencia, y nunca me ha reprochado que yo estuviera con quienes no votaban por él. Cuando se enfrentaron electoralmente López Michelsen, Belisario Betancur y Luis Carlos Galán en 1982, Ernesto era uno de los más cercanos discípulos de López y yo un galanista convencido desde la universidad. Yo, por supuesto, voté por Galán. Perdieron López y Galán, los dos liberales, y triunfó Belisario, el conservador. Hay una anécdota muy simpática. Ernesto había sido gran amigo de Belisario y trabajó con él muchos años, pero, como liberal, se vinculó activamente a la campaña de López. Cuando Belisario celebró su victoria y destapó su gabinete, Ernesto le comentó a López: “Si yo hubiera seguido con Belisario, ahora mismo sería ministro”. Y López le respondió: “Si usted hubiera seguido con Belisario, ahora mismo yo sería presidente”.

E.S. Mi participación en esa primera comisión de diálogo con la guerrilla que nombró Belisario fue una experiencia clave que me sirvió mucho para colaborar luego en otros procesos con las FARC y el M-19, antes del proceso de paz que impulsó Juan Manuel.

D.S. Cuando Ernesto lanza su candidatura a la presidencia para el periodo 1994-1998, yo vivía en España, pero escribía en El Tiempo crónicas, mi columna y algunos editoriales. Dije entonces a mis jefes (García-Peña y los Santos Castillo) que no podía seguir escribiendo la columna y editoriales porque iba contra mis principios ser columnista y hermano de un candidato presidencial. Solo mantuve algunas crónicas, principalmente taurinas o deportivas, y mi vieja columna de humor costumbrista en la revista Carrusel_. Alguna vez, el periódico publicó una carta personal mía a Hernando donde criticaba los pactos del jefe de Redacción que, a cambio de una chiva, daba amplio espacio a un texto de Santiago Medina, extesorero de la campaña liberal, sin derecho a contradecir datos falsos. Esto, porque Medina afirmaba que yo había sido secuestrado por Pablo Escobar y rescatado por el cartel de Cali. En_ El Tiempo sabían que nunca estuve secuestrado, pero, increíblemente, renunciaron a su deber de corregir la calumnia. Cuatro o cinco años después, Rafael Santos, a la sazón codirector, me pidió que volviera a las páginas de opinión. Así nació ‘Cambalache’, columna que escribí hasta cuando me retiré en 2014.

E.S. Se dijo en esa época que usted le aconsejó a Ernesto que renunciara.

D.S. No fue así. En el libro de Robert Kennedy sobre la crisis de los misiles (Thirteen Days) este aconsejó a John, su hermano, que considerara todas las opciones. Yo hice lo mismo. En una de las crisis le aconsejé que sopesara todas las salidas, desde renunciar hasta declararse dictador. Y Ernesto me comentó: “Ya las consideré, e incluso tengo unas pastillas en el escritorio y a mí de aquí me sacan como a Allende”. Ahí nació aquello de “aquí estoy y aquí me quedo”. Y se quedó. 

E.S. Usted alguna vez me dijo que le escribía los discursos…

D.S. Yo le revisaba algunos textos para que tuvieran buena ortografía, algo de humor y gerundios correctos. Fui ocasional escritor fantasma “del régimen” y también de Pacheco, mi recordado amigo y animador de televisión. Él publicaba en alguna parte una columna y me indicaba por teléfono lo que quería decir en su artículo de la semana. Entonces yo lo redactaba y se lo mandaba. Mi doble condición de negro de Pacheco y de Ernesto me puso una vez en inmejorable situación, pues el presidente iba a condecorar a Pacheco y este iba a decir unas palabras de agradecimiento. Ninguno sabía que yo me ocuparía de los dos discursos y me propuse mamarles gallo a ambos, pues el texto anunciaba, para sorpresa de todos, lo que se proponía decir el otro.

E.S. Bueno, compañero, abordemos el tema del Proceso 8000, la presidencia de su hermano Ernesto y el ingreso de dineros calientes a la campaña liberal que lo eligió.

D.S. Una de cuyas consecuencias, la que más tiene que ver con estas charlas, fue que interrumpió durante años una vieja amistad entre dos escolares, dos colegas de oficio y dos antiguos compañeros de oficina. Ya sabe de quiénes hablo.

E. S. Repasemos brevemente los hechos. El Proceso 8000, que llevó a la cárcel a muchos parlamentarios, investigó y sancionó a movimientos políticos y personajes que recibieron financiación de la mafia para sus campañas. Entre los acusados estaba el Partido Liberal, cuyo candidato era en 1994 Ernesto Samper, el ganador. El presidente negó todo conocimiento de la siniestra operación y dijo que se había perpetrado a sus espaldas. Yo siempre dudé de esta afirmación y sostuve en mi columna que era difícil aceptar la explicación de Samper.

D.S. En realidad, había un sector de la prensa, encabezado aquí por el compañero Enrique, que se mostraba convencido de que el presidente conocía el origen de los dineros. Los apoyaba la embajada de Estados Unidos, que supuestamente atesoraba una demoledora “prueba reina” contra Ernesto: prueba reina que no apareció entonces ni nunca. Una pesquisa que adelantaron los abogados de Ernesto y mi hermano Juan Francisco, ya fallecido, mostraba, en cambio, que Ernesto era ajeno al asunto y que la financiación ilegal era obra del jefe de la campaña, Fernando Botero Zea, y del tesorero Medina. Este último confesó su actuación y Botero terminó encarcelado por la justicia.

E.S. Lo cierto es que el Gobierno tambaleó y la opinión pública se dividió en dos corrientes. También marcó una brusca ruptura en la amistad entre ambos, acentuada por la circunstancia de que vivíamos en dos países y, de hecho, dos continentes distintos. Durante más de cinco años no hubo entre nosotros encuentros, mensajes, diálogos, cartas, llamadas ni palabra alguna.

D.S. Finalmente, un día de 2001 recibí en mi correo un escueto mensaje de Enrique: “Voy a Madrid la semana entrante”. Le respondí con dos palabras: “¿Carne o pescado?”. Santos escogió pescado y yo reservé una mesa en el restaurante El Pescador, uno de los mejores de comida de mar en Madrid.

E.S. Fue así como, en la fecha señalada, igual a las películas del oeste, nos volvimos a ver en El Pescador. Allá, estimulados por el vino Alvarinho, hablamos con sinceridad durante más de dos horas lo que teníamos que hablar.

D.S. Ya habíamos terminado de almorzar cuando le dije a Enrique: “Ahora viene la parte difícil: voy a llevarlo a saludar a Pilar, para que las paces queden en firme”. Hasta la ruptura, Pilar, mi mujer, había tenido gran aprecio y simpatía por Enrique, pero por culpa del 8000 había pasado del amor al odio. No sospechaba que la cita para almorzar podría terminar, como terminó, con una visita inesperada a mi apartamento en plan de pacificación.

E.S. Confieso que estaba nervioso cuando Daniel abrió la puerta de su apartamento y allí estaba Pilar, más sorprendida que yo. Una afortunada circunstancia alivió el difícil momento, y fue que en casa de Daniel se encontraba Camilo, alias Tintín, uno de sus nietos españoles, que a los cuatro años solía vestir el uniforme del Barcelona para salir a jugar con el abuelo. Yo aproveché la situación, cogí la pelota, la tiré sobre la alfombra de la sala y le propuse a Tintín: “Echemos un partido, pelao”.

D.S. El pelao goleó a Enrique sobre la improvisada cancha de la sala y entonces supimos que los años de distanciamiento habían terminado.

E.S. Sí, eso fue una época muy complicada, fue un divorcio bastante drástico. Yo escribí la módica suma de sesenta y cinco columnas sobre el Proceso 8000, todas contra Ernesto. Después reconocí que había estado un poquito monotemático y tal vez obsesivo, pero es que fue una crisis muy de fondo, todo lo que pasó ahí, la imagen de Colombia, el problema con los gringos y la retirada de la visa…

D.S. ¡Sesenta y cinco columnas! ¡Y yo invitándolo a El Pescador!

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