Exclusivo suscriptores: primer capítulo del libro de Daniel Coronell sobre los niños perdidos en el Amazonas

Crédito: Jorge Restrepo

8 Octubre 2023

Exclusivo suscriptores: primer capítulo del libro de Daniel Coronell sobre los niños perdidos en el Amazonas

CAMBIO publica el primer capítulo de Los niños del Amazonas, el nuevo libro de Daniel Coronell. El periodista reconstruye la asombrosa historia de los hermanos que sobrevivieron 40 días en la selva. Estará en librerías a partir del próximo 18 de octubre.

Por: Daniel Coronell

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A veces el miedo llegaba de noche, envuelto en gritos, groserías y olores de alcohol. Lesly, de trece años, ya se había familiarizado con la pesadilla que se había vuelto recurrente. Cuando sentía la voz alterada de su padrastro, Miller Manuel Ranoque, alistaba a sus hermanitos para el escape. Cada segundo contaba. Soleiny, de nueve años, sabía que debía despertar a Tien Noriel, de cuatro, el único niño del grupo, mientras Lesly apretaba contra su pecho a la bebé Cristin Nerimán. Luego las tres y el niño, con sigilo, se descolgaban desde su casa, que es una especie de palafito elevado dos metros sobre la tierra firme y en medio de la selva amazónica.

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La rústica vivienda cuenta con una sola habitación construida con tablas verticales y cubierta con un techo de hojas de palma amarradas con bejucos. Tiene escasos nueve metros cuadrados y un fogón. Allí vivían los niños y pasaron muchos momentos duros y algunos felices con su mamá, Magdalena Mucutuy, que mientras preparaba el casabe —la gigantesca tortilla de yuca brava— les enseñaba secretos de la selva y les cantaba, en la lengua de sus mayores, la canción que ella había aprendido cuando niña y que dice que nada malo dura para siempre, que aun en los momentos más oscuros el sol sale y la madre viene a consolar:

Jitoma, Jitoma, biiyii

Buinaima, Buinaima, biiyi

Anana eiño Buinaiño ari

Biya yezika kaifona Jitoma biiyii

Otras veces los reprendía con rudeza, como si los quisiera poco.


Los tres niños más grandes tienen personalidades diferentes. Lesly Jacobombaire Mucutuy es introvertida —como su mamá— pero muy observadora, no deja escapar detalle. Dicen en el resguardo que nunca necesitó que le explicaran algo por segunda vez. Su hermana Soleiny Jacobombaire Mucutuy es conversadora y alegre, la recuerdan por su sonrisa y por la agilidad para saltar, bailar y trepar a los árboles. Tien Noriel Ranoque Mucutuy es un niño cariñoso y dulce, apegado a su mamá y muy querendón de la bebé Cristin, su hermana de padre y madre, de quien nunca tuvo celos. El resguardo de Puerto Sábalo-Los Monos es un caserío
de 20 familias donde todos se conocen y muchos están emparentados. Se hablan por igual la lengua ancestral de los huitotos murui y el castellano. La comunidad indígena tradicionalmente ha vivido de la agricultura de la yuca, el ají, la piña y el plátano; de la pesca que se hace con arpón, con cestas o con la mano y de la recolección de frutos silvestres.

Los huitotos se definen a sí mismos como la gente del mambe y el ambil. Dos costumbres que están enraizadas en su cosmogonía basada en la lucha perpetua entre la medicina y la enfermedad. Mambear significa masticar un polvo hecho con hojas de coca y yarumo que, según ellos, los mantiene sanos física y espiritualmente. El ambil es otra sustancia sagrada que se logra después de la cocción de hojas de tabaco y sales naturales. Es laxante e inhalante, capaz de sanar las vías digestivas y las respiratorias y de determinar si alguien que ha cometido un delito merece seguir viviendo.

Meses atrás, Miller Manuel Ranoque, a quien conocían con el sobrenombre de Carramán, había sido escogido como gobernador, es decir, como máxima autoridad civil del pequeño resguardo. En esa condición viajó a Bogotá a principios de abril de 2023. Se llevó 6.000.000 de pesos colombianos, unos 1.500 dólares, que pertenecían a la comunidad y que debían usarse para gestiones en la capital de Colombia. En Puerto Sábalo aseguran que volvió sin resultados, sin un centavo y con la historia de que unos ladrones lo habían asaltado en la ciudad. Lo que más les sorprendió fue que trajera una mujer a pesar de que tenía una familia establecida.

Frente a Magdalena y a varios vecinos aseguró que su plan era vivir con dos esposas al tiempo. Nunca llegó a hacerlo. Cada una de ellas habitaba en una casa, pero los malos tratos a Magdalena se volvieron pan de cada día. En medio de sus borracheras iba hasta la choza a insultarla y golpearla.

Los niños, con Lesly a la cabeza, invariablemente escapaban hacia la selva.

La espesura no era una amenaza para ellos, sino un refugio que los amparaba de la violencia. Lesly llevaba un poquito de fariña por si alguno tenía hambre, un biberón para la bebé y a veces una linterna. La fariña es un ejemplo de transformación de lo malo en bueno, como lo era la obligada fuga de los niños. La yuca brava contiene ácido cianhídrico, un tipo letal de cianuro. Por eso antes de consumirla hay que cocinarla por tres días, partirla en delgadas astillas y exprimirla hasta sacarle el veneno, después molerla y tostarla; de ahí sale la fariña, que es la base de la alimentación y a la vez una golosina.

Durante esas noches, abrazados por la selva, los niños acostumbraron sus ojos a la oscuridad, sus pupilas se dilataban hasta ver detalles como si estuvieran a plena luz. Aprendieron a caminar en fila pisando la huella de la más grande. Así no corrían el riesgo de resbalarse, ni de tocar una planta urticante o un animal agresivo. La selva suena diferente de noche. Unos pájaros que se esconden cuando hay sol hacen sentir sus gorjeos en la oscuridad. Al comienzo ese ruido suena como una mezcla anárquica, pero a medida que pasan los minutos el oído empieza a diferenciar al minero gritón, cuyo canto se puede escuchar medio kilómetro a la redonda, del sutil uirapuru que trina solamente dos semanas al año. También pueden distinguirse el canto de un grillo y el sonido de un manantial en la distancia. Mientras, el firmamento muestra las constelaciones que lucen con esplendor cuando no hay luz artificial que las oculte.

El trauma de las ofensas y golpizas derivó en una aventura reiterada que se fue volviendo grata. Soleiny y Tien Noriel lo tomaban como un juego divertido, pero la tensión menoscababa el ánimo de Lesly. Alexander Olarte, rector del Colegio Rural Indígena Coemani Fortunato Reaín, donde la niña estudiaba el primer año de secundaria, comentó que se había vuelto más tímida, que a veces no quería entrar a clase y se veía triste. .

—Lesly desde muy pequeñita ha estado encargada de los hermanos —asegura su padrastro, Miller Manuel Ranoque—. Ella madrugaba a lavar la ropa, mantenía pendiente de la comida, y nosotros con la mamá traíamos la comida y pues la niña siempre ha estado en ese espacio, y nosotros encargados de buscar la yuca para hacer la fariña, el casabe, y yo encargado en la noche de buscar el pescado, el borugo. De acuerdo con su versión de los hechos, la niña era permanentemente golpeada pero no por él.

—Magdalena le enseñaba muy bien los quehaceres, pero cuando no se entendían era a los juetazos.

Todos están de acuerdo en que desde muy temprano la niña tuvo responsabilidades de adulta y que tal vez por eso maduró pronto. Sus hermanos le reconocían autoridad de madre y le obedecían casi siempre.

Un buen día de ese mes de abril, Ranoque llegó nuevamente ebrio y furioso. Los niños alcanzaron a salir de la casa y tomaron rumbo a la jungla. Ninguno vio que el padrastro de los dos mayores y padre de los dos más chicos llevaba un machete. La peinilla, como se llama en muchas regiones de Colombia al cuchillo gigantesco que sirve de herramienta y arma, tiene una parte con filo que corta y otra plana que golpea.

El hombre la emprendió a planazos contra Magdalena, los gritos se escucharon en todo el resguardo e incluso los niños, desde la selva, oían que algo muy malo estaba pasando. Uno de los golpes que le asentó Ranoque a su esposa fue en las vértebras cervicales. Los indígenas dicen “en la tabla del pescuezo” para referirse a uno de los impactos más dolorosos que puede sufrir una persona. La contusión en esa parte de la columna vertebral puede causar una parálisis permanente.

Al día siguiente, como pudo, Magdalena Mucutuy fue a buscar a los ancianos del resguardo y a mostrarles cómo la había dejado su marido. En su espalda quedaron marcados cinco hematomas púrpuras con la forma del machete. Los curanderos le dieron medicina y le frotaron suavecito la espalda con un ungüento anestésico preparado con raíces. Le aliviaron el dolor del cuerpo pero había uno más grande: aseguran que, entre lágrimas, Magdalena les contó que en el pasado Miller Manuel Ranoque había intentado algo que la llenaba de tristeza y vergüenza.

Los mayores decidieron que el hombre debía pagar las consecuencias de sus acciones. La comunidad lo destituyó de su posición de gobernador y los viejos determinaron que sería castigado de acuerdo con las normas de los huitotos. El ambil se encargaría de hacer justicia. Ranoque debería tomar 200 mililitros de la combinación de tabaco y sal, una cantidad muy grande comparada con las dosis usuales. Si sobrevivía a esta prueba cambiaría para siempre. Sería una persona buena, pacífica y honesta. De lo contrario, pagaría con su vida las faltas que había cometido.

Miller Manuel Ranoque no esperó a que le comunicaran la sentencia. Saltó a una lancha y escapó. Cruzó el cañón del Diablo, formado por los inmensos tepuyes, como se llaman las imponentes mesetas amazónicas de las que se desprenden cascadas que asombran la vista pero que hacen peligrosa la navegación. Cuando llegó a Puerto Arturo, en Araracuara, le aseguró a la Policía que había dejado el resguardo por amenazas del Frente Carolina Ramírez, una guerrilla disidente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y entregada por completo al narcotráfico. Para evitarle el peligro, lo subieron en el siguiente vuelo a Bogotá.

Magdalena y los niños también se fueron de Puerto Sábalo. Partieron por río hasta un resguardo a unas horas de allí, donde vivía la abuela Fátima Valencia.

La abuela recuerda así la conversación con Magdalena:

—Tiene que apartar a Lesly del padrastro —le advirtió Fátima—. Las tías me dijeron que iban a pedir a Lesly para quedarse con ella porque estaban viendo algo raro, que como ese man, Miller, como que mete marihuana y de pronto no vaya y se meta con la niña.

Magdalena escuchó en silencio el comentario

La abuela prosiguió:

—Bueno, hija, yo quiero hablar con usted una cosa ya que no está su marido y está usted como responsable, ¿por qué no me deja la niña?

En ese momento intervino Fidencio, hermano de Fátima.

—Magda, tiene que dejar la niña, yo le voy a dar de todo, déjenla donde mi hermana.

—Tío —interrumpió Magdalena—, ¿usted no me cobra por tenerla?

—No —respondió Fidencio—. ¿Por qué cobrar si es para bien suyo? Hasta donde me alcance le vamos a ayudar. Déjela allí donde mi hermana. De aquí a mañana la niña puede ser doctorada…

La abuela intervino de nuevo:

—Magda, es su hija, este Miller es padrastro, ahí no tiene que ver nada.

Miller Manuel Ranoque asegura que las acusaciones no tienen fundamento:

—Hubo una mala información, que yo le estaba pegando a mi mujer y que yo iba a violar a la niña y por eso yo le estaba pegando a mi mujer, y cuando ella les dijo “es que no fue por eso, nosotros teníamos otro problema muy personal, muy interno que es de nosotros como hogar”. Los abuelos le hicieron preguntas y la pusieron contra la pared.

La noticia se movió por los resguardos a través del río Caquetá. No viajó por el tambor manguare, que es el método ancestral de transmisión, sino que llegó por el boca a boca de los viajeros y por los mensajes de texto y de WhatsApp en los lugares donde hay alguna cobertura de la telefonía celular. Algunos sentenciaron que Ranoque actuaba así porque estaba en malos pasos y que la ambición de plata lo llevaba por muy mal camino. Él, en cambio, asegura que solo quería lo mejor para su familia:

—Allá el trabajo no es constante y pues es ilegal y no quiero mencionarlo porque es algo con que pongo en riesgo a mucha gente.

En la cultura huitota no existe el sentido de la acumulación. Su sistema de conteo se basa en tres variables: menos que suficiente, suficiente y más que suficiente. Quizás por esa razón la codicia no es usual y nadie se considera individualmente dueño de la tierra. Las chagras, como se llaman las parcelas que usan para cultivar, son de todos y la selva no es una propiedad, los indígenas se consideran parte de ella, no la más importante, ni la menos, solo una parte más. De acuerdo con su cosmovisión, los minerales, el agua, la vegetación, los animales y las personas están hechas para cuidarse unos a otros y para usar solamente lo que necesiten.

Ese desprendimiento volvió a los huitotos una presa fácil de la codicia de los forasteros. Por ejemplo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX surgió la industria automotriz y con ella la necesidad de crear llantas que se nutrían de los árboles de caucho del Amazonas. Las “caucherías”, como se llamaba a las explotaciones masivas del látex del árbol de la seringueira, terminaron esclavizando a los huitotos. El descubrimiento del proceso de vulcanización y el invento del neumático representaron un momento de expansión para el primer mundo, pero al Amazonas solo trajeron miseria, explotación y muerte.

Siete generaciones después, el nombre de la Casa Arana sigue causando dolor entre los huitotos. Miles de ellos fueron reclutados a la fuerza para sacar la 'leche' del árbol del caucho, obligados a trabajar en las peores condiciones hasta morir, o torturados y asesinados por negarse a la esclavitud y a la prostitución suya y de sus hijos. 

El antropólogo Wade Davis describe así lo que se vivía en esos años: “Los caucheros, a quienes se les permitía ‘civilizar’ a los indios, atacaban al alba, atrapando a sus víctimas en las malocas y ofreciéndoles regalos como excusa a su esclavitud. Una vez en garras de deudas que no podían comprender y a riesgo de la vida de sus familias, los huitotos trabajaban para producir una sustancia que no podían usar. Los que no cumplían con su cuota, los que veían que la aguja de la balanza no pasaba de la marca de los diez kilos, caían de bruces a la espera del castigo. A unos los golpeaban y azotaban, a otros les cortaban las manos o los dedos. Se sometían, porque si oponían resistencia sus esposas y sus hijos pagarían por ello”.

El amo de la empresa explotadora Peruvian Amazon Rubber Company se llamaba Julio César Arana y era peruano, aunque sus socios inversionistas eran británicos y celebraban en los clubes de Londres, al calor de un buen escocés, sus astronómicas utilidades sin importar el genocidio de los huitotos. La mansión Arana en la capital del Reino Unido competía en lujo con los palacios de la realeza. La riqueza del caucho permitió incluso que en Manaos, la mayor ciudad brasilera en el Amazonas, se construyera un teatro de ópera comparable con La Scala de Milán. Los muebles estilo Luis XV vinieron de París, los mármoles de Carrara, las lámparas fueron hechas de fino cristal de Murano, pero invariablemente la sangre la pusieron los indígenas. 

El diplomático irlandés Roger Casement documentó la crueldad de los caucheros. Uno de los testimonios de esta historia provino del ingeniero ferroviario estadounidense Walter Hardenburg, quien presenció las atrocidades en la zona del Putumayo: “Los torturaban con fuego, agua y la crucifixión con los pies para arriba. Los empleados de la compañía cortaban a los indios en pedazos con machetes y aplastaban los sesos de los niños pequeños al lanzarlos contra árboles y paredes. A los viejos los mataban cuando ya no podían trabajar, y para divertirse, los funcionarios de la compañía ejercitaban su pericia de tiradores utilizando a los indios como blanco. En ocasiones especiales como el sábado de Pascua, sábado de gloria, los mataban en grupos o, con preferencia, los rociaban con queroseno y les prendían fuego para disfrutar con su agonía”.

La huella de la Casa Arana quedó marcada como una cicatriz perpetua en los indígenas de Colombia, Perú, Ecuador y Brasil. La comunidad de Puerto Sábalo, como la mayoría de los huitotos que ocupan estas áreas del Araracuara, es descendiente directa de los sobrevivientes de este genocidio, omitido por los libros de historia.

Desde hace unas décadas el narcotráfico se ha hecho sentir y la hoja de coca, considerada sagrada para las tribus amazónicas, se volvió una mercancía codiciada que transformó a algunos indígenas en raspachines, recolectores de cosechas, o transportadores que mueven por entre la jungla —y sobre su espalda— cargamentos de hoja hacia los laboratorios, donde los intermediarios la procesan para convertirla en la base de la que los traficantes sacan la cocaína que venden a precios astronómicos en Estados Unidos y en Europa.

Una pesadilla que amenaza con repetirse y que ha tenido gente armada detrás. Los paramilitares arrancaron con el sanguinario Frente Caquetá, que después mutó a Frente Sur Andaquíes; el Ejército de Colombia —que tanto habría de hacer por el rescate de los niños— un año antes ejecutó una masacre en El Remanso, Putumayo, donde murieron once personas, entre ellas un gobernador indígena, a quienes acusaron de ser parte del Frente Carolina Ramírez, disidencia de las Farc, al que Miller Manuel Ranoque culpa de amenazas en contra suya y de su familia.

Aparentemente, por cuenta de esas amenazas —reales o no— empezó un viaje que para tres personas no tuvo retorno.

 

 

 

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