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 El fútbol es Toy Story: razones para amar el Mundial-juguete de Donald Trump
Locura de hinchas mexicanos en su Mundial. Créditos: Reuters
Deportes

El fútbol es Toy Story: razones para amar el Mundial-juguete de Donald Trump

Hay muchas razones para querer este Mundial, aun en medio del lodo y las dificultades. El periodista Óscar Esteban Ramírez las enumera.

Por: Óscar Esteban Ramírez

El Mundial me ha hecho pensar en Sid, ese personaje maquiavélico de Toy Story que desahoga su ira de niño tirano con los juguetes que viven en la penumbra de su habitación. El fútbol, al parecer, es el nuevo juguete de este otro niño villano, que vive en nuestro mundo, Donald Trump.

Él se ha encargado de marcarlos y marcarlo todo con su firma, estética gringa estridente y bullosa. Los árbitros, desterrados del anonimato de cuando el fútbol era juego y no juguete, y ellos eran el árbitro -la justicia-, ahora llevan en las camisetas sus nombres de hombres -Sampallo, Tello, Gallo- y colgada de la oreja una camarita, para que todos vean lo que ellos ven, como si fuesen eso que hoy todos parecen condenados a ser: creadores de contenido.

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Se ha encargado de que los nombres de los países se vean muy bien, para que todos entiendan que aquellos otros, africanos, sudacas, orientales, no son bienvenidos, y por tanto han de padecer el trato mezquino e inhumano de los controles migratorios, para hacer parte del juego de jueguetes.

Como Sid con los suyos, Trump ha desarmado y vuelto armar su nuevo juguete. Juega a ser Dios para doblar el tiempo a su antojo, que es un antojo con sabor a Coca-Cola y McDonalds, partiendo en dos cada uno de los dos tiempos en los que antes se ordenaba el juego: duplicó los segundos de publicidad en las pantallas con la implementación del “Cooling Break”.

Y sin embargo, igual que pasa en Toy Story, hay un momento en el que los juguetes se animan -en una película hecha a partir de animaciones-, es decir, cobran vida. Trump, como si se hubiese aburrido de su juguete antes de jugar con él, no ha aparecido en ningún estadio del Mundial y los juguetes, que son los futbolistas y los árbitros y los hinchas, animados por el misterio de la magia, vuelven a levantarse con vida.

Misterio es la palabra precisa para describir pero, sobre todo, para entender lo que ocurre y por qué, a pesar de tanto, aún, ocurre.

Está, por ejemplo, en el llanto de Vozinha, el arquero de Cabo Verde, luego de hacer real lo improbable, -que en la vida y en el juego es no perder- o sea, empatar contra la Selección de España, ese territorio mínimo en donde lo improbable -en la vida y en el juego- es no ganar.

También está en otras lágrimas, las de los directores técnicos de Japón y Curazao. Unas son pequeñas esferas de agua salada en las que se refleja ese otro mundo, que queda al otro lado del mundo, al que cada cuatro años, los ojos del mundo, observan fascinados. Otras, las de un padre que hace cuatro meses renunció para cuidar a su hija enferma y que, entonces, grita un gol que no es un gol sino la celebración del amor.

El misterio está en la danza de los futbolistas africanos que con orgullo y alegría, le avisan a todo el mundo que, mucho antes y mucho más que futbolistas, ellos son, exactamente, orgullo y alegría.

En las calles de las ciudades, a millones de kilometros de los estadios donde se juega el Mundial, también habita el misterio. Recorre las escuelas en donde los niños saltan y corren, poseídos por algo que ocurre al otro lado de su mundo y transcurre por detrás de su reloj, a doce horas de distancia en el pasado.

Está, también, dentro de todos los demás que ven el Mundial en las pantallas, la audiencia, y para ello ordenan su propio tiempo, lo ajustan a un tiempo que durante unas cuantas semanas se levanta como ordenador superior de todos los tiempos. El misterio es que tantas -millones- de personas, en todo el planeta, sin ponerse de acuerdo acuerden habitar el mismo tiempo al mismo tiempo.

Es un lugar común, que inunda lo que se dice sobre lo que pasa en el Mundial, aquella frase de “esto es fútbol”, para referirse a todo lo anterior, al misterio de lo que no es, necesariamente, fútbol, y al mismo tiempo, sin lugar a dudas, lo es. Parece que la respuesta a los dueños del juguete, está en que los dueños del juego se entreguen, sin freno, al delirio del misterio.  

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