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La pelota de trapo: el cambio de juego de Dairon y cómo transformar el Sistema Penal Adolescente desde adentro
Dairon junto a su hija en Cazucá, el barrio en el que creció. Créditos: Fabio Cuttica
Deportes

La pelota de trapo: el cambio de juego de Dairon y cómo transformar el Sistema Penal Adolescente desde adentro

Esta crónica hace parte de la nueva edición de la 'Pelota de Trapo', el libro de la Fundación Tiempo de Juego que comprueba que el fútbol y el arte pueden más que la violencia. Dairon, su protagonista, pasó de el encierro a los 17 años por hurto a ser uno de los líderes más importantes del Sistema de Responsabilida Penal en Colombia.

Por: Juan Francisco García

Doña Evelia llegó a los Altos de Cazucá en 1981 junto a su esposo José Arturo. Venían del centro de Bogotá y llegaron a invadir, como hacían entonces los habitantes de esa montaña incrustada en Soacha, al sur de la capital, que para esos años todavía lucía despoblada y verde. Y sin el barullo, los amoríos, verdulerías, los niños que corretean por sus trochas, las gallinas, las canchas de micro, las ollas, las peluquerías, y el r uido de las motos de la loma que con los años se convirtió en el barrio de invasión que más desplazados ha recibido en la historia de Colombia. Más de 17.000 según estimaciones oficiales.

Escogieron su potrero y construyeron la pieza de lata que doña Evelia, viuda desde hace 40 años, a punta de vender arepas, rellena, empanadas, supo convertir en una casona de dos pisos y de siete habitaciones. En 'El Rancho', como la bautizó –que hoy hace parte del barrio Julio Rincón–, vive junto a sus tres hijas. Por temporadas vienen los nietos que ya dejaron Cazucá, y también una bisnieta. Además, estos sí como inquilinos permanentes, hay gatos, pericos y loros. Y cristos en las paredes.
En El Rancho se crio y creció Dairon, el nieto que más ha hecho sufrir a doña Evelia. Y del que más orgullosa se siente.

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Dairon me recibe en el cuarto que era el suyo mientras vivió en la casa de su abuela. Nos sentamos en la cama doble, yo hacia los pies, él recostado en el espaldar. Hay un televisor pequeño, un clóset grande, un Cristo de madera y, en la única pared, varias fotos de distintos tamaños de su hermana menor. El cuarto está ordenado y fresco. Es uno de esos lugares en los que, por algún misterio, uno se siente a salvo.

"Mi mamá era tan inocente –dice Dairon– que pensaba que con solo darse un beso iba a quedar embarazada". Luego me aclara que no cree que su papá (que nunca respondió por él) hubiera abusado de ella, aunque sí de su inocencia. Lo tuvo a los 20 años, pocos días después de que su abuela diera a luz a uno de sus cuatro hijos. El suyo fue un embarazo precoz, no deseado y oculto, como tantos y tantos en esta montaña.

Dairon con su hija en Cazucá.
Dairon con su hija en Cazucá, el barrio en el que nació y el lugar de Colombia que más desplazados ha recibido. Créditos: Fabio Cuttica. 

 

A la casa empezó a llevar problemas a los 14 años, cuando lo echaron del Instituto Educativo Cazucá "por cagalera… y porque me cogieron con marihuana y entonces un profesor hizo una carta diciendo que ya no me aguantaban más". Su abuela, me cuenta, era quien recibía las malas noticias, lo castigaba y le pegaba, "pues mi mamá tenía que trabajar hasta muy tarde y entonces ella prefería no contarle, para no angustiarla".
Además de la marihuana, cuando lo echaron del colegio, Dairon ya se le medía a "hacer vueltas" por la zona junto a sus amigos de la escuela. Y empezó a meter perico, primero, y después a inhalar pegante, que fue la droga que más lo enganchó.

Para tener el pretexto justo para estar por fuera de El Rancho sin que su abuela y su mamá "le dieran cantaleta", Dairon ingresó como voluntario a la Fundación Tiempo de Juego. Que entonces era un sueño todavía en ciernes del periodista Andrés Wiesner con el que, con el fútbol como bandera y las pelotas de trapo como arsenal, buscaba cambiarle la cara a esa montaña estigmatizada y violenta que más hacia el norte de Bogotá (y también en todos los periódicos y noticieros) era descrita como un infierno en el que confluyen todos los males que un lugar puede tener: pandillas, guerrilla, paras, jóvenes desocupados, drogadicción, niñas embarazadas, desempleo, ausencia de servicios básicos. Y, cada semana, por años, por décadas, más y más desplazados y migrantes que llegaban como doña Evelia a buscar fortuna. Un techo de lata. Una tregua.

La primera función que tuvo en la fundación, con un par de amigos y un tío, fue recoger los refrigerios en la sede principal a primera hora y llevarlos en el lomo hasta el potrero donde se jugaban los primeros partidos de Tiempo de Juego. "Lo hacíamos porque así teníamos desde las seis de la mañana hasta las nueve y media, cuando se daba el primer refrigerio, para consumir".

–¿Por qué empezó a meter? –le pregunto.
–El pegante lo probé después de que en una pelea me rompieron una ceja y un parcero me ofreció. Lo probé de puro ofendido… Y me quedó gustando.

Al principio, además de apoyar con los refrigerios, Dairon no trabó amistad con ninguno de los líderes de la fundación. "Los monitores me parecían agrandados y lámparas, unas locas", dice hoy con risa. Hasta que llegó el primer paseo de monitores, "por allá en Pradilla, antecitos de Mesitas". Se acuerda de que invitaron a Diani y a Jessica, las dos primeras mujeres en vincularse a la fundación. También fueron el paisa, el Mono, Yeye; toda la pesada de los primeros años de la Fundación que hoy impacta a más de 4.000 jóvenes en Soacha y en Santa Marta.

Dairon fue al paseo porque no tenía nada más que hacer. "Y pille que terminé siendo el parche de todos, el de las risas, los chistes, y empezamos a llevarnos por la buena. Allá fue que me pusieron Enan', el apodo con el que hoy me conocen todos".

Al regresar, cambió el porro y el pegante de los sábados a primera hora por ayudar como monitor de campo en los entrenamientos de la categoría más grande, que entonces ya recibía 50 o 60 niñas y niños por jornada. Y se enamoró de la metodología de Tiempo de Juego, en la que los goles son excusas para enseñar valores, liderazgo, trabajo en equipo y resolución de conflictos. Por su desempeño, entró a hacer parte de un programa financiado por la Comunidad de Madrid, se empezó a ganar sus pesos, volvió a estudiar.

Cancha de fútbol Cazucá.
Tiempo de Juego empezó llevando el fútbol a Cazucá. Hoy sus plataformas incluyen el atletismo, la música, el baile, el arte y las comunicaciones. Créditos: cortesía Tiempo de Juego 

Y la cagó. Como nunca antes, la cagó.

"Por ese tiempo lo que nos daba mi abuelita era poco y uno ya tenía gastos que por la novia, los cigarrillos, el moñito, los tenis nuevos… yo quería más plata para chimbear", responde Dairon cuando le pregunto por qué volvió a robar.

De esa tarde en la que se involucró en un ajuste de cuentas en una zapatería, con pistola en mano, no sólo no volvió a El Rancho con más plata para chimbear. Ocho días de incapacidad y 14 días sin poder masticar fueron los daños de la golpiza, a mansalva, que le dieron los vecinos de la zapatería cuando la moto que contrataron para que los sacara de "la vuelta" lo dejó tirado.

El monitor por el que ya empezaban a preguntar los jóvenes de Cazucá; el Enano que se puso a ganar la amistad de las cabezas de la fundación –que en la montaña ya era sinónimo de arte, deporte, música y porvenir–, uno de los jóvenes más queridos por el director, fue sancionado a 14 meses de encierro por hurto. Noventa días durmió en un Centro Transitorio de Soacha, sin casi ver el sol ni recibir visitas. Volvió a la cocaína y al tedio. Y a ese pensamiento envenenado, repetitivo, de estar negándose el futuro y de sabotear el ejemplo que en él tenía su hermanita.

De la claustrofobia del Centro Transitorio pasó al Centro de Atención Especializada El Redentor. Más de 300 días estuvo encerrado, junto a otros jóvenes que, como él, habían caído en uno u otro atajo entrampado. "En El Redentor me tocó pelearme para que me dejaran sano, pero luego el encierro fue mucho mejor, salíamos al sol, hice amigos, y sagradamente recibía la visita de mi cucha, mi hermana y mi abuela". Se acuerda, con brillo en los ojos, del mecato que le llevaban los días de visita y que todavía hoy lo hace salivar.

Los meses de encierro, me dice recostado en la cama de su infancia, fueron una pena mucho más larga de la indicada por la ley. Hoy tiene la certeza de que, en su caso, desde la captura y la golpiza que los agentes de policía permitieron, se le vulneraron derechos fundamentales. Dice, además, sin poder desmarcarse del todo del rencor, que la defensora de oficio que el Estado le designó, como les pasa a la inmensa mayoría de adolescentes vinculados al sistema, asumió su caso con desdén y siguió al pie de la letra lo que la desidia indica: "Allanarse a los cargos, no hacer preguntas, a todo decir que sí". De justicia restaurativa, de su proyecto de vida al cumplir su sanción, de nuevas oportunidades y porvenir, nunca nadie le habló.


Cuando se enteró de que había ganado la beca para viajar a Sudáfrica a contar sobre su proceso de liderazgo y su historia de vida, le entraron unas ganas tremendas de llorar. Dice que tuvo que prender un cigarrillo para asimilar la noticia. "Gonorrea qué chimba que, lo que empezó yendo a jugar y a parchar, me haya terminado llevando a más de 13 ciudades y a tantos países", detalla al contarme que al salir del encierro se entregó en cuerpo y alma a hacer talleres en diferentes centros del Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente para que los jóvenes que compartieron sanción con él, sus parceros, también se creyeran el cuento de que afuera el partido podría jugarse de otras formas. "Por la buena".

Esa labor, que empezó desde la intuición del juego como paréntesis para el encierro, se tradujo en la conformación de Cambio de Juego, uno de los programas insignias y con más incidencia de la fundación. Como Dairon estuvo ahí, en las entrañas del Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente, días enteros sin ver el sol, sin que nadie lo enterara de sus derechos y mucho menos le hablara del ámbito restaurativo que exige la ley; como sabía cómo hablarles a los jóvenes sin eufemismos ni clichés, y tenía bien claro qué actividades los aburrían hasta el tuétano y cuáles les abrían el corazón, con sus talleres se convirtió en un promotor insuperable de la esperanza. Y en un divulgador de los derechos fundamentales que a esos miles de jóvenes que el sistema margina se les han violado de forma sistemática e histórica.

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Al terminar los ciclos de ocho talleres de Cambio de Juego, los jóvenes se saben menos solos, menos malos, menos desesperanzados. Créditos: Fabio Cuttica. 
 

 

Jugando, hablando, compartiendo tiempo de forma segura y genuina, pero sobre todo escuchando lo que los adolescentes sancionados tienen por decir, el juego intuitivo se fue transformando en una metodología inédita que se sirve de él para hacer pedagogía sobre liderazgo, convivencia, derechos, justicia restaurativa, habilidades para la vida: sobre el grueso de lo que un adolescente que cayó en la trampa debe conocer y trabajar para rearmar su vida y enunciar, desde otra perspectiva, el futuro.

El programa, que empezó en El Redentor en el año 2016 con el parche de encierro de Dairon, trascendió Bogotá y en una década ha impactado a 1.740 jóvenes en Medellín, Turbaco, Barranquilla, Florencia, Cúcuta, Mosquera, Cali, y Madrid, Cundinamarca. Jóvenes que, al terminar los ciclos de ocho talleres de Cambio de Juego, se saben menos solos, menos malos, menos desesperanzados y reconocen que, más allá de sus errores, son sujetos de derechos a quienes la vida les debe un segundo tiempo.

La incidencia, me explica la gerente del programa Cambio de Juego, María Camila Cuéllar, es pedagógica, existencial y, sobre todo, práctica. Cambio de Juego pone en marcha brigadas jurídicas para que los jóvenes no solo entiendan sus derechos, sino que los hagan cumplir. La consecuencia de sus diez años de implementación es que la justicia restaurativa, la reparación, la sustitución de medida, el derecho de petición, la tutela, se han convertido en conceptos naturales del glosario de miles de jóvenes que ahora se empoderan para rearmarse. Y va más allá: Cambio de Juego involucra a abogados defensores, jueces, trabajadores sociales, familias, bajo la consigna de que, para que los jóvenes cambien su juego, el sistema al que pertenecen también tiene que cambiar. "Nuestro diferencial es que, siguiendo el ejemplo de Dairon, el fundador de este programa, ponemos en el centro la voz, las vivencias y las necesidades de los jóvenes, atendiendo las particularidades de cada centro al que vamos", explica Cuéllar.

Dairon y su hija. Del error, al ejemplo.
Con sus talleres, Dairon se convirtió en un promotor insuperable de la esperanza. Y en un divulgador de los derechos fundamentales. Créditos: Fabio Cuttica. 
 

 

Recostado sobre la cama en la que soñó de niño, Dairon me cuenta en detalle sobre su viaje a Sudáfrica en donde habló, ante cientos de personas, sobre su experiencia y liderazgo en el Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente. Veinte días estuvo en Ciudad del Cabo enseñando y aprendiendo, como antes ya lo había hecho en España y en Brasil. Hoy hace parte de un programa de Global Consulting Group, una de las organizaciones líderes en el mundo en justicia y reforma penal.

Me cuenta sobre la mirada orgullosa de su abuela, su mamá, sus tías, su hermana, sus amigos. Se le abren los ojos. Y luego me dice, como acordándose de algo imprescindible, que aunque viajar y ser reconocido es una chimba, desde hace años se dio cuenta de que hace lo que hace porque hubiera querido que lo hicieran por él. Y porque es el legado que quiere dejarle a su hija Emily, hoy de 11 años.
Y porque "no hay palabras" para describir lo que siente cuando se encuentra con alguno de los jóvenes, en especial con las mujeres que fueron a sus talleres, en los que el Cambio de Juego empezó, y que, afuera, de nuevo en la vida, le agradecen. Le dicen profe. Le tiran la buena.

Cómo ser parte del poder transformador del fútbol y del arte

El lanzamiento de la Pelota de Trapo será el próximo 19 de junio en Ciudad de México, en la Avenida Homero 664, Polanco. En este link pueden inscribirse. Además, el 25 de junio, en Miami, tendrá lugar una exposición gestada por Tiempo de Juego y una experiencia con el libro como protagonista. Acá pueden inscribirse. 

En este link pueden comprar la Pelota de Trapo, con las nueve crónicas que prueban que el fútbol puede más que la violencia. 

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