
La pobreza también se mide en horas: el costo invisible del cuidado no remunerado
La pobreza puede explicarse en la falta de tiempo. En Colombia, millones de mujeres no pueden estudiar, trabajar o acceder a un empleo formal porque dedican buena parte de su vida al cuidado no remunerado. Expertas consultadas por CAMBIO durante la Conferencia Anual de la Asociación Internacional de Economía Feminista (IAFFE) explican por qué redistribuir esas tareas debería convertirse en una prioridad de la política social.
Por: Lina Cuitiva
Durante décadas, Colombia ha intentado reducir la pobreza con subsidios, transferencias monetarias y generación de empleo. Sin embargo, millones de mujeres siguen atrapadas en un círculo del que pocas políticas hablan: dedican tanto tiempo al cuidado de hijos, personas mayores o familiares con discapacidad que simplemente no pueden estudiar, trabajar o acceder a un empleo formal para intentar salir de los círculos de la informalidad y la pobreza.
Expertas consultadas por CAMBIO durante la Conferencia Anual de la Asociación Internacional de Economía Feminista (IAFFE), que se lleva a cabo este 9, 10 y 11 de julio en la Universidad Icesi de Cali, explican por qué la economía del cuidado no es una agenda exclusiva de las mujeres y, además, podría convertirse en una estrategia para combatir la pobreza.
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En Colombia, casi nueve de cada diez mujeres realizan labores de cuidado no remunerado y cerca de 3,3 millones no reciben ni un peso por esas tareas. La alta demanda de tiempo para estas tareas hace que muchas no puedan acceder a un empleo remunerado. Sin ingresos propios, sus posibilidades de alcanzar autonomía económica o salir de la pobreza se reducen considerablemente.
Durante años la pobreza se ha medido casi exclusivamente por los ingresos de los hogares, pero esa forma de entenderla deja por fuera un recurso igual de valioso: el tiempo.
Para la abogada y académica Lina Buchely, directora del Observatorio para la Equidad de las Mujeres – de la Universidad Icesi y Fundación WWB Colombia-, uno de los grandes errores de la economía tradicional ha sido invisibilizar el trabajo no remunerado que millones de mujeres realizan todos los días dentro de sus hogares. Cocinar, limpiar, cuidar niños, acompañar a personas mayores o atender familiares con discapacidad sostienen la vida cotidiana, pero no aparecen como riqueza en las cuentas nacionales.
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"La economía feminista ha insistido durante décadas en que primero hay que reconocer ese trabajo para poder redistribuirlo", explicó a CAMBIO la experta durante el evento de talla internacional que mezcla en Cali la economía global con las políticas con enfoque de género.
En Colombia, ese trabajo invisible comenzó a medirse hace más de una década. Desde 2013 el DANE realiza la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo y calcula la Cuenta Satélite de Economía del Cuidado, un ejercicio que estima cuánto aportaría a la economía ese trabajo si fuera remunerado. El resultado sorprende: equivale a cerca del 20 o 21 por ciento del Producto Interno Bruto, un resultado comparable con el de sectores tradicionales como la industria o el comercio.
La pobreza no solo se mide por la falta de dinero, sino de tiempo
"Hay una relación absolutamente directa entre las sobrecargas de cuidado y la feminización de la pobreza", aseguró a CAMBIO Natalia Moreno, exdirectora de Cuidado del extinto Ministerio de Igualdad. La idea se argumenta en que cuando una mujer dedica toda su jornada -o la mayoría de ella- a cuidar, deja de tener tiempo para generar ingresos.

Moreno pone como ejemplo a las cuidadoras de personas con discapacidad severa, que deben dedicar prácticamente todo el día a esa labor, sin espacio para nada más. "No es que no quieran trabajar y generar ingresos a su familia; es que no pueden", afirma.
A ese fenómeno se le conoce como pobreza de tiempo. Se trata de una forma de pobreza que no depende únicamente del dinero disponible, sino del tiempo libre que tiene una persona para trabajar, estudiar, descansar o desarrollar un proyecto de vida.
Por ejemplo, en Colombia, las mujeres destinan en promedio 7 horas y 35 minutos diarios a actividades domésticas y de cuidado, mientras que los hombres 3 horas y 15 minutos, según datos de la Encuesta Nacional de Uso de Tiempo del DANE. Es decir, las colombianas trabajan casi el doble de tiempo en estas tareas que los hombres y, por ende, la mayoría de ellas tienen menos tiempo para generar dinero. Eso se traduce en que son también las mujeres quienes tienen menos tiempo para dormir, hacer ejercicio, cuidar su salud mental o simplemente descansar.
"La pobreza de tiempo termina afectando incluso la salud física y mental de las mujeres", sostiene la también docente universitaria Buchely. En muchas zonas rurales, explica, la ausencia del Estado termina siendo compensada por el trabajo de las mujeres. Son ellas quienes recorren largas distancias para conseguir agua, buscan leña para cocinar o asumen tareas derivadas de la falta de infraestructura y servicios públicos. En sus palabras, el trabajo de cuidado también subsidia las deficiencias estatales.
Por eso, insiste, la discusión no puede limitarse a reconocer que las mujeres cuidan más. El siguiente paso debe ser redistribuir esa responsabilidad entre el Estado, las familias, el mercado y la comunidad.
¿Y si el Estado pagara por las labores de cuidado?
Si el trabajo de cuidado equivale a una quinta parte del PIB, ¿por qué no remunerarlo? Las dos expertas coinciden en que esa no es una solución viable.
"No hay ningún país del mundo que remunere todo el trabajo de cuidado", explica Moreno. Hacerlo supondría un costo fiscal imposible de asumir y por eso, las políticas públicas han tomado otros caminos: entregarles beneficios pensionales a modo de compensación por el tiempo dedicado al cuidado, focalización de asignaciones económicas para cuidadoras de tiempo completo que no pueden ingresar al mercado laboral, o la construcción de sistemas de cuidado que permitan liberar tiempo para las mujeres, como el que está activo en Bogotá.

En la práctica, eso significa ampliar la oferta pública de jardines infantiles, incluir a las Cajas de Compensación en este rubro, fortalecer los servicios de atención para personas mayores y garantizar apoyos para quienes cuidan personas con discapacidad. El objetivo es que el cuidado deje de recaer casi exclusivamente sobre las familias, y particularmente sobre las mujeres, y pase a ser una responsabilidad compartida entre el Estado, el mercado y la comunidad.
"El cuidado no solo es un trabajo; también es un derecho", señala Moreno.
Del reconocimiento a la redistribución de las tareas de cuidado
Colombia ya superó la etapa de reconocer que hyay una distribución desigual del cuidado. Ahora el reto consiste en evitar que las políticas se queden en el reconocimiento simbólico.
Buchely advierte que los sistemas de cuidado no pueden limitarse a ofrecer cursos de emprendimiento o espacios de bienestar para las mujeres mientras la responsabilidad de cuidar sigue siendo exclusivamente suya.
"El objetivo no es solo reconocer que las mujeres hacen más trabajo. Necesitamos dejar de hacerlo solas o, cuando ese trabajo siga existiendo, que tenga una compensación real", sostiene.
Para Moreno, ese círculo explica por qué la pobreza y las cargas de cuidado suelen concentrarse en los mismos hogares. Para ella, la alta informalidad laboral femenina no puede entenderse sin mirar la distribución del cuidado.
Las mujeres con mayores cargas de cuidado suelen tener trayectorias educativas interrumpidas y disponen de menos tiempo para acceder a un empleo formal, por lo que terminan vinculándose a actividades informales o de medio tiempo para compatibilizar la generación de ingresos con las responsabilidades del hogar. "Es un círculo vicioso: muchas no terminaron la primaria o el bachillerato porque desde muy jóvenes asumieron tareas de cuidado y, años después, esa misma carga les impide acceder a empleos formales", afirma la experta.
Por eso, insiste en que fortalecer el Sistema Nacional de Cuidado aportaría en gran medida a la reducción de la pobreza la pobreza monetaria (28%) y extrema (9%).
"Si un gobierno quiere reducir la pobreza, necesariamente tiene que garantizar los servicios de cuidado para que las mujeres puedan tener tiempo para generar ingresos. Es una relación absolutamente directa", concluye.
En el fondo, la discusión ya no consiste únicamente en reconocer que las mujeres cuidan más. El desafío es entender que cada hora que una mujer deja de dedicar obligatoriamente al cuidado puede convertirse en una hora para estudiar, trabajar, descansar o generar ingresos. Y esa, coinciden las expertas, también es una política encaminada a la reducción de la pobreza.
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