
El abelardismo iza la bandera blanca en su pulso con el uribismo
El expresidente Álvaro Uribe Vélez y el presidente electo Abelardo de la Espriella. Fotos: CAMBIO – Colprensa.
Aunque en los últimos días aparecieron gestos de calma, la pelea por el control de la derecha está lejos de resolverse. Las declaraciones del senador Rafael Nieto Loaiza a CAMBIO destaparon una pugna que ya venía cocinándose: Centro Democrático vs. Defensores de la Patria.
Por: Armando Neira
Faltan días para que Abelardo de la Espriella se posesione como presidente, este viernes 7 de agosto en la Arena USC de Cali, y el balance que hace su equipo antes de llegar al poder es, en general, positivo. El Congreso avaló que la investidura se cumpla en la capital vallecaucana, la coalición de gobierno quedó bien parada en el reparto de comisiones clave, y —lo más llamativo— empezó a notarse un intento de bajarle el volumen al pleito con el Centro Democrático, una grieta que venía inquietando a más de uno dentro del entorno presidencial.
Esa inquietud no era gratuita. En los círculos cercanos al mandatario electo, agrupados bajo la naciente marca Defensores de la Patria, se había encendido una alarma por el deterioro de la relación con el partido de Álvaro Uribe.
La chispa: una entrevista en CAMBIO que se sintió como declaración de guerra. El momento más álgido llegó con las respuestas que el senador Rafael Nieto Loaiza, del Centro Democrático, donde dejó ver sin mucho rodeo que la pugna entre las dos corrientes no era un simple roce, sino una disputa de fondo por quién manda en la derecha colombiana.
El eco de esas palabras todavía se siente. Nieto defendió la idea de que el uribismo tiene, a la larga, las de ganar, porque —según su lectura— esto no es un capricho pasajero ligado al cambio de gobierno sino una competencia que se juega a largo plazo. Para sustentarlo, recordó que ni Santos, ni Duque, ni el propio Petro consiguieron meterle mano al Centro Democrático pese a intentarlo.
También salió al paso de quienes comparan la carrera política de De la Espriella con la de Uribe, a quien le atribuyó cerca de veinticinco años de peso nacional y dos períodos completos en la Casa de Nariño.
El senador fue todavía más lejos: advirtió que si el Gobierno entrante se desgasta antes de tiempo, eso podría terminar allanándole el camino a la izquierda para 2030. Con ese diagnóstico, Nieto puso sobre la mesa el verdadero nudo del asunto: cómo hacen convivir a un partido que llevó más de veinte años timoneando la derecha con un presidente que llegó sin partido propio, montado en un movimiento personal, y con la intención expresa de no depender del uribismo.

Días después, ya con la polémica desatada, el propio Nieto explicó sus palabras. Sin cambiar el fondo de su diagnóstico sobre la disputa entre uribismo y abelardismo, insistió en que la relación de su partido con el nuevo Gobierno se regirá por un criterio estrictamente político: respaldo a lo que sirva a los colombianos y distancia frente a lo que considere inconveniente. Aun así, dejó claro que no piensa bajar la guardia en la defensa del expresidente Uribe ni en la disputa por el liderazgo de la derecha.
Un terremoto que sacudió la derecha
Naturalmente, sus palabras generaron un terremoto que sacudió al propio Centro Democrático. Buena parte de la dirigencia consideró que no valía la pena abrirle un frente de guerra a un Gobierno con el que comparten casi toda la agenda, y del que además necesitarán votos en el Congreso para sacar adelante sus proyectos.
El senador Juan Espinal, por ejemplo, pidió enfocar la conversación en los problemas reales del país y dejar a un lado las peleas internas de la derecha. Hernán Cadavid, en la misma línea, subrayó que la única batalla que le interesa al partido es contra la inseguridad, el crimen y la pobreza, dejando claro eso sí que seguirán siendo gobiernistas sin perder su propia identidad.
El representante Jaime Arizabaleta, el senador Andrés Forero y el representante Daniel Briceño se sumaron al coro: el enemigo, dijeron, no es el nuevo gobierno sino los problemas estructurales del país.
Incluso el director de la colectividad, Gabriel Vallejo, trató de apagar el incendio calificando el episodio como una provocación que no valía la pena, y advirtiendo que la soberbia nunca ha sido buena consejera en política. La consigna que terminó imponiéndose puertas adentro del uribismo fue clara: no conviene pelearse con un gobierno afín, al menos mientras se termina de definir el mapa de poder en el nuevo Congreso y se empieza la discusión de la agenda legislativa.

Del lado del presidente electo, las palabras de Nieto se leyeron como una señal de alarma: el riesgo de que un pleito de liderazgo terminara filtrándose al funcionamiento mismo del futuro gobierno. Quien dio la cara fue Carlos Suárez, abogado y amigo cercano de De la Espriella, además de uno de los estrategas digitales más influyentes de toda la campaña.
Suárez, cabeza visible de la comunidad digital de El Tigre —símbolo que se volvió emblema de la candidatura ganadora— salió en su cuenta de X a bajarle el tono a la pelea. Dijo sentirse convertido en el chivo expiatorio de una controversia que, a su juicio, ya no era un asunto personal sino algo que le restaba dignidad a la investidura presidencial.
El camino de la reconciliación
Ese gesto no fue improvisado. Llegó justo cuando el círculo del presidente electo empezaba a hacer cuentas sobre lo costoso que resultaría mantener abierto un pleito con el partido que, más allá de las diferencias de mando, es uno de los principales soportes del nuevo gobierno en el Congreso.
La disputa amenazaba con saltar de las declaraciones a las votaciones, un escenario que De la Espriella no se puede permitir apenas arrancando su período.
Suárez explicó que su formación como abogado siempre lo ha llevado a defender la investidura presidencial, sin importar quién esté sentado en el Palacio de Nariño, y recordó que actuó bajo ese mismo criterio durante los gobiernos de Uribe. Ese principio, dijo, no cambia por el hecho de que ahora sea uno de sus amigos más cercanos quien ocupe el cargo.
Bajo esa lógica, planteó que ni la figura presidencial ni la del expresidente deberían terminar siendo blanco de choques que solo profundizan la división dentro de un mismo sector político. Más que defender una posición personal, lo que buscaba era instalar la idea de que ya era momento de bajar la guardia.

El país —argumentó— necesita concentrarse en reconstruir la institucionalidad y la economía tras el gobierno saliente, razón por la que decidió, por su cuenta, cerrar la controversia pública que sostenía con Uribe desde hacía semanas. Fue, en la práctica, la primera bandera blanca que se izó desde el entorno más cercano al presidente electo.
Uribe, por su parte, no respondió de inmediato. Se esperaba que lo hiciera en una charla con José Obdulio Gaviria en el pódcast Los Cuchos, el espacio digital donde el expresidente suele marcar línea. Hay quienes creen que prefiere no echarle más leña a un pleito que puede terminar desgastando a un gobierno con el que comparte ideología, y otros que piensan que el uribismo todavía no está listo para soltar la pelea por el liderazgo de ese electorado.
De la Espriella: ni ruptura, ni silencio
Quien sí habló, aunque de manera indirecta, fue el propio De la Espriella. En una alocución la noche del 26 de julio, el presidente electo se refirió a las fricciones con el Centro Democrático sin nombrarlas de forma explícita, comparando a quienes lo atacan desde distintos flancos con “pulgas insignificantes” y recordando que ese tipo de ataques —dijo— los ha recibido de todos los sectores desde la campaña, así que no le resultan nada nuevo.
El mensaje fue leído como una respuesta calculada: ni una ruptura abierta con el uribismo, ni tampoco un silencio total frente a las tensiones que se venían acumulando.
En realidad, el choque entre las dos corrientes va mucho más allá del episodio Nieto Loaiza. La repartición de las mesas directivas del Congreso ya había mostrado que compartir ideología no elimina la pelea por el poder. El ejemplo más claro fue la elección en la Presidencia del Senado, donde el uribista Honorio Henríquez se impuso sobre Alfredo Deluque, del Partido de la U, el candidato que tenía el respaldo del presidente electo.
Ese resultado se puede leer de dos maneras: por un lado, confirma que el uribismo todavía tiene margen de maniobra dentro del Congreso; por otro, deja claro que el Centro Democrático no piensa convertirse en furgón de cola legislativo del nuevo Gobierno, así compartan buena parte del programa. La propia intervención de Uribe en ese episodio terminó de reforzar esa lectura.

Ese capítulo dejó una enseñanza: la tensión de fondo no es doctrinaria. Lo que realmente está en juego es quién conduce políticamente a la derecha durante los próximos cuatro años, con la vista puesta también en 2030.
El Centro Democrático sigue siendo, de lejos, la organización con más estructura territorial, más bancada y más tradición electoral de ese espectro. El abelardismo, en cambio, tiene el activo que pesa más que cualquier otro: el poder presidencial. Hacer convivir esas dos formas de legitimidad será uno de los grandes retos del cuatrienio que arranca.
Nuevas voces, viejas tensiones
A esa competencia externa se le suma un fenómeno interno que está moviendo el tablero del uribismo: la aparición de liderazgos cada vez más autónomos frente a la cúpula tradicional del partido. El caso más visible es el del representante Briceño, cuyos cuestionamientos a la estrategia de la derrotada candidata Paloma Valencia incomodaron a varios sectores de la colectividad y alimentaron la sensación de que las nuevas generaciones ya no están dispuestas a callar y seguir la línea sin más.
Ese proceso de renovación le plantea al Centro Democrático un reto que va más allá de mantener la unidad frente al nuevo gobierno: tendrá que aprender a manejar las tensiones entre la vieja guardia, los congresistas emergentes y los distintos proyectos personales que buscan figurar en esta nueva etapa.
De esa capacidad para conciliar diferencias dependerá que la bancada —fortalecida en número, pero sometida a presiones nunca antes vistas— logre mantenerse cohesionada.
El pleito entre uribismo y abelardismo tampoco nació con la campaña presidencial; viene de atrás, y eso ayuda a explicar por qué la desconfianza sigue viva pese a las coincidencias ideológicas. Uribe ha dicho en varios espacios —entre ellos Los Cuchos— sentirse incómodo por los ataques que él y su familia han recibido desde cuentas que identifica con el entorno digital del hoy presidente electo.
El desencuentro también incluye directamente a Carlos Suárez. Uribe ha cuestionado su influencia política y ha vuelto sobre un episodio de 2009: en el uribismo persiste la convicción de que Suárez integraba entonces el equipo jurídico del exjefe paramilitar Salvatore Mancuso, en pleno proceso de Justicia y Paz.
El enemigo de mi enemigo es...
Ese antecedente resucitó durante la campaña presidencial y volvió a convertirse en motivo de fricción entre los dos bandos, bajo la sospecha —desde el uribismo— de que Suárez habría colaborado para que Iván Cepeda y Piedad Córdoba consiguieran, a través de los paramilitares, testimonios que comprometieran a Uribe.
Más allá de esos antecedentes, la pregunta que empieza a rondar entre dirigentes y analistas es otra: ¿logrará la derecha gobernar unida después de haberse disputado el mismo electorado durante meses de campaña? Todavía no hay una respuesta definitiva. Los primeros gestos apuntan a una convivencia práctica, empujada más por la necesidad que por la afinidad. Pero debajo de esa tregua aparente siguen intactas las disputas por el liderazgo, la representación y el control del proyecto político que va a manejar el poder los próximos cuatro años.
Esa convivencia pragmática tendrá su primer examen serio muy pronto. El 12 de agosto, apenas cinco días después de la posesión presidencial, el Congreso en pleno se reunirá para elegir al nuevo contralor general de la República, que reemplazará a Carlos Hernán Rodríguez para el período 2026-2030.
Senado y Cámara escogerán en votación secreta entre una lista de diez elegibles, en una sesión que ya se perfila como la primera gran votación de fondo del nuevo Legislativo.
Para el uribismo y el abelardismo, esa elección no es un trámite administrativo cualquiera: será la primera oportunidad, después de la pelea por la Presidencia del Senado, para medir de nuevo quién tiene más músculo real dentro del Congreso.
Un resultado que refleje coordinación entre ambas bancadas alimentaría la tesis de la tregua; un tropiezo o una nueva derrota cruzada, en cambio, reabriría la discusión sobre quién manda de verdad en la derecha legislativa.
Y esa no será la última cita. Con la vista puesta más allá del cuatrienio que arranca, uribismo y abelardismo también empezarán a medirse en el terreno territorial, de cara a las elecciones de alcaldías y gobernaciones de 2027.
Esa contienda, en la que ambos sectores tendrán que decidir si compiten entre sí o construyen alianzas regionales, promete convertirse en el siguiente gran termómetro de una relación en la que hoy se izan banderas blancas, pero que sigue atravesada por la disputa de fondo por el control de la derecha en el país.
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