
De la Espriella y su idea de romper relaciones con Cuba: estrategia política con un alto costo diplomático
El presidente electo Abelardo de la Espriella
El mandatario electo anunció que cerrará la Embajada de Colombia en La Habana. La decisión deja en la incertidumbre a 2.000 estudiantes de medicina, en su mayoría de los estratos 1 y 2, entre ellos excombatientes de las Farc e hijos de excombatientes. Además, plantea el interrogante de si al nuevo gobierno le conviene cortar los contactos con Cuba o, por el contrario, mantener abiertos los canales de comunicación.
Por: Armando Neira
A partir del viernes 7 de agosto, con la posesión de Abelardo de la Espriella, la política exterior colombiana podría experimentar uno de sus mayores giros de las últimas décadas. El presidente electo anunció que su Gobierno no mantendrá relaciones con regímenes que califica como tiranías y planteó el cierre de varias embajadas colombianas en el exterior.
Entre esos posibles cambios está la relación con Cuba, un país que durante décadas ha ocupado un lugar particular en la política exterior colombiana: aliado para algunos gobiernos en procesos de negociación con grupos armados, motivo de controversia para otros por su modelo político y sus vínculos históricos con sectores de la izquierda latinoamericana.
La relación entre Bogotá y La Habana nunca ha sido lineal. Ha oscilado entre la ruptura diplomática, la cooperación y la confrontación, dependiendo de la orientación política del gobierno colombiano de turno.
Durante la administración de Julio César Turbay Ayala (1978-1982) se produjo una ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba, en medio de acusaciones sobre el apoyo de La Habana a organizaciones insurgentes. Años después, los canales diplomáticos volvieron a abrirse y la isla recuperó un papel relevante como interlocutor en asuntos relacionados con el conflicto armado colombiano.
Uno de los momentos más significativos ocurrió durante el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002), cuando Cuba participó como facilitador en los acercamientos de paz con las Farc dentro del proceso que se adelantaba en el Caguán. La Habana también mantuvo canales de comunicación con Colombia en asuntos de cooperación y diplomacia regional.

Durante el Gobierno de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) pese a las profundas diferencias ideológicas con el régimen cubano, se mantuvo una relación pragmática. Cuba fue aceptada como escenario para contactos relacionados con el ELN y se conservaron algunos mecanismos de cooperación bilateral.
El punto más alto de cooperación llegó durante el Gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018), cuando La Habana fue sede y país garante de las negociaciones entre el Estado colombiano y las Farc que culminaron con el acuerdo de paz firmado en 2016.
Una relación que va y viene
La llegada de Iván Duque a la Presidencia volvió a tensionar la relación bilateral. El punto de quiebre fue el atentado del Ejército de Liberación Nacional, ELN, en enero de 2019 contra la Escuela de Cadetes de Policía General Santander, en Bogotá, que dejó 22 cadetes muertos, además del autor material del ataque, y decenas de heridos.
Tras el atentado, el Gobierno del Centro Democrático exigió a Cuba la entrega de los negociadores del ELN que permanecían en La Habana luego de la suspensión de los diálogos de paz. La negativa del Gobierno castrista, amparada en los protocolos firmados durante las negociaciones, profundizó la crisis diplomática entre los dos países.
Durante esa administración, Colombia respaldó además la decisión de Estados Unidos de incluir nuevamente a Cuba en la lista de países señalados de apoyar el terrorismo, una medida que generó críticas de varios gobiernos latinoamericanos en momentos en los que la región estaba marcada por los vientos de izquierda.

Con Gustavo Petro ocurrió un nuevo giro. El presidente del Pacto Histórico restableció una relación cercana con La Habana y defendió el papel de Cuba como actor diplomático en los procesos de paz. En enero de 2026, sus declaraciones en las que comparó las condiciones de vida en Cuba y Miami generaron una fuerte controversia, especialmente porque coincidieron con una de las crisis económicas y sociales más profundas de la isla, marcada por apagones, escasez de alimentos y dificultades en el acceso a medicamentos.
La eventual ruptura planteada por De la Espriella representaría, por lo tanto, un nuevo capítulo en una relación que ha oscilado durante décadas entre la cooperación y la confrontación.
Los colombianos estudiantes
Más allá del debate político, una de las principales consecuencias prácticas de una ruptura diplomática estaría relacionada con los colombianos que viven, trabajan o estudian en la isla.
Cuba alberga actualmente a un grupo importante de estudiantes colombianos de medicina, varios de ellos vinculados a un programa de becas ofrecido por el gobierno cubano en el marco de los acuerdos derivados del proceso de paz.
En 2017, La Habana anunció un programa de 2.000 becas completas de medicina para colombianos, distribuidas durante cinco años. La iniciativa contemplaba estudios, alojamiento, alimentación y transporte, y estaba dirigida tanto a excombatientes de las Farc como a víctimas del conflicto armado y sus familias.
Una ruptura de relaciones no necesariamente implicaría el abandono inmediato de esos estudiantes, pero sí abriría interrogantes sobre la protección consular, los trámites administrativos y la continuidad de algunos mecanismos de cooperación.
¿Qué pasaría con la embajada?
El eventual cierre de la embajada colombiana en La Habana podría tener diferentes alcances. Una opción sería el retiro total de la misión diplomática; otra, mantener abierto el consulado para garantizar la atención a los ciudadanos colombianos mientras se reduce el nivel de representación política.

Actualmente, la presencia diplomática colombiana en Cuba es reducida y está concentrada en La Habana. Además del embajador, incluye a dos funcionarios encargados de asuntos culturales, comerciales y consulares.
La experiencia internacional muestra que incluso cuando dos países suspenden sus relaciones políticas, suelen conservar mecanismos mínimos de comunicación para atender asuntos humanitarios, migratorios o comerciales. ¿Qué decisión tomará el presidente De la Espriella?
La decisión del nuevo Gobierno colombiano se produciría además en un momento particularmente complejo para Cuba. La isla atraviesa una profunda crisis económica, con problemas de abastecimiento, déficit energético, apagones prolongados de hasta 50 horas y el desespero de muchos ciudadanos que quieren migrar hacia otros países.
El futuro del modelo cubano
Este deterioro económico ha intensificado el debate internacional sobre el futuro del modelo cubano. Para sus críticos, la crisis es consecuencia del fracaso del sistema político y económico vigente durante más de seis décadas. Para el Gobierno de La Habana, en cambio, buena parte de las dificultades actuales están relacionadas con las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos y con la política de presión mantenida por Washington.
Así, por ejemplo, el escritor cubano Leonardo Padura ha descrito la situación de su país como una crisis estructural que ha golpeado profundamente a la sociedad cubana. En sus análisis ha señalado tanto el impacto de las sanciones externas como los problemas internos acumulados por el sistema político y económico de la isla.
Ese debate también atraviesa la política estadounidense hacia Cuba. La administración de Donald Trump endureció las medidas contra el gobierno de Miguel Díaz-Canel y contra funcionarios e instituciones vinculadas al aparato estatal cubano, en el intento de presionar un cambio político en la isla.

La Habana rechazó esas medidas y las calificó como parte de una estrategia de intervención estadounidense. El Gobierno cubano sostiene que las sanciones afectan principalmente a la población y no generan los cambios democráticos que Washington dice buscar.
¿Una decisión simbólica?
Para Abelardo de la Espriella, romper relaciones con Cuba tendría un alto valor político y simbólico. Representaría una ruptura con la línea seguida por gobiernos colombianos de distintas orientaciones ideológicas que, aunque con diferencias profundas frente a La Habana, mantuvieron abierto el canal diplomático. Sin embargo, la pregunta central es si esa decisión produciría beneficios concretos para Colombia.
El cierre de una embajada puede enviar un mensaje político, pero también implica perder una herramienta diplomática. Cuba ha servido durante años como escenario de negociación y comunicación con distintos actores armados, y su papel como país garante de procesos de paz le otorgó una relevancia particular dentro de la historia reciente colombiana.
Además, una ruptura obligaría a resolver asuntos prácticos: la atención de los ciudadanos colombianos en la isla, la situación de los estudiantes de medicina, la cooperación existente y los canales de comunicación necesarios en momentos de crisis.
El nuevo Gobierno tendrá que decidir si el costo diplomático de cerrar esa puerta es compensado por los beneficios políticos que espera obtener. La experiencia de las últimas décadas muestra que Colombia ha mantenido relaciones con Cuba no porque haya existido afinidad ideológica entre sus gobiernos, sino porque La Habana ha representado un canal de contacto que diferentes administraciones han considerado útil.
La verdadera prueba para el Gobierno de Abelardo de la Espriella no estará solamente en anunciar el rompimiento, sino en demostrar que esa decisión fortalece los intereses nacionales y no convierte una diferencia política en una pérdida estratégica para Colombia.
El futuro de Cuba será uno de los hechos que marcarán el futuro de la región. De eso es consciente el presidente Trump y lo sabe Díaz Canel. ¿Para De la Espriella —y Colombia— es mejor mantenerse al margen de la conversación o quedarse allí y asumir un papel protagónico?
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