
Tras el pulso con Uribe: ¿el ‘Tigre’ conciliará o rugirá?
El expresidente Álvaro Uribe, el presidente electo Abelardo de la Espriella y el presidente Gustavo Petro. Fotos. CAMBIO - COLPRENSA
Por ahora, el presidente electo Abelardo de la Espriella felicitó al nuevo presidente del Senado, el uribista Honorio Henríquez, y dejó una frase que marcará el tono de su relación con el Congreso: “No soy un político tradicional. Estoy aquí para hacer la gran política”.
Por: Armando Neira
En las primeras de cambio, el presidente electo Abelardo de la Espriella asumió la derrota en la instalación del Congreso —la elección del uribista Honorio Henríquez, en detrimento de su candidato y amigo personal Alfredo Deluque— con un mensaje que encierra una dosis de sinceridad: “No soy un político tradicional”, dijo. Aunque agregó: “Estoy aquí para hacer la gran política”.
Es posible, entonces, que De la Espriella esté experimentando algo parecido al síndrome de hubris, esa soberbia extrema que afecta a algunos líderes cuando pierden contacto con la realidad, embriagados por una confianza desmedida en su propio juicio.
Es natural. El abogado penalista nunca se había presentado a un cargo de elección popular. Lo hizo en solitario y no solo ganó, sino que en el camino derrotó a los dos políticos más influyentes de lo corrido del siglo en Colombia —el derechista Álvaro Uribe y el izquierdista Gustavo Petro— con la votación más alta de la historia del país.
Con semejante logro, cualquiera podría confundirse. Y si, además, sus asesores más cercanos —como Carlos Alonso Lucio— le repiten que su triunfo que le otorgó la Casa de Nariño es la prueba de que él encarna la “Patria Milagro” y que mantiene intacta una comunión directa con el pueblo, resulta comprensible que hubiera sentido que los congresistas debían inclinarse ante sus designios.
Pero no es así. La política en Colombia funciona con un sistema de pesos y contrapesos que ha impedido que hasta líderes como Uribe o Petro se hayan salido completamente de su cauce.
El pulso en el Senado
En este episodio, además, las coincidencias ideológicas no bastaron para preservar la armonía entre el expresidente Uribe y el mandatario electo. Una relación que se tensó al final de la campaña cuando afines a De la Espriella hicieron varios videos en los que mostraban a Uribe como un blando y que compartía mesa con el expresidente Juan Manuel Santos y el candidato Iván Cepeda para maquinar contra De la Espriella.
Las grietas terminaron de ensancharse por la disputa por la presidencia del Congreso: mientras Uribe promovía al senador Henríquez, de su partido, el Centro Democrático, De la Espriella respaldaba a Deluque, de La U.

A Uribe lo respaldaba la tradición: hay un acuerdo tácito de que el presidente del Senado surja de la principal fuerza de gobierno y el CD no solo madrugó a declararse partido de gobierno, sino que con 17 senadores es una fuerza más robusta que el Partido de la U cuenta que solo cuenta con nueve senadores.
Se trata de una metáfora que va más allá de un ejemplo de inocente laboriosidad sino de una demostración de fuerza porque los que saben tienen claro lo que resulta de una pelea entre un enjambre de insectos y un felino.
Según contó el expresidente, en una conversación posterior a las elecciones del 21 de junio, De la Espriella le prometió dos cosas: que no intervendría en el Congreso y que no crearía un partido propio.
Las palabras eran distintas a los hechos. Personas de su círculo más cercano ya solicitaron al Consejo Nacional Electoral (CNE) el reconocimiento de la personería jurídica de su movimiento, Defensores de la Patria. Aunque no superó el umbral del 3 por ciento en las elecciones al Senado —requisito exigido por la ley—, el presidente electo considera que su caso es excepcional por los casi 13 millones de votos que obtuvo en las presidenciales. Y de la imponer a su candidato para la presidencia del Legislativo se hacía a la luz del día.
“Me toca defender este partido, sobre todo cuando estamos en algo de muy buena fe”, advirtió Uribe. De la Espriella siguió en lo suyo y confío en las cuentas de su ministro del Interior designado Rodrigo Lara, quien a juicio del analista Andrés Segura debe reponerse cuanto antes del golpe porque tanto para el nuevo mandatario como para quienes serán sus colegas de gabinete quedó debilitado.
El resultado no podía ser más sorpresivo. Henríquez se impuso con 56 votos frente a 45 de Deluque, el candidato respaldado por el presidente electo.
Se trata de una página inédita: por primera vez en muchos años, un gobierno entrante no logra llevar a la presidencia del Senado al aspirante de su preferencia en el primer año de mandato, el más clave del cuatrienio para el trámite de la agenda legislativa.

“Aunque la alianza de la derecha no se ha roto, el Gobierno se inaugura con una derrota. Si Abelardo pensó que podía apropiarse en solitario de una jefatura única, se equivocó. Se ha instalado en la Casa de Nariño un sutil cogobierno”, afirmó el experimentado exsenador Humberto de la Calle.
Pero además de ver a dos vertientes de la derecha enfrentadas, lo más llamativo fue que el uribismo ganó con los votos del Pacto Histórico, la colectividad de izquierda que lidera el presidente Petro y que durante años ha sido la némesis política de Uribe. De la Espriella parecía convencido de que encarnaba a la nueva derecha y de que podía pasar por encima del expresidente. El Senado le recordó que esa jefatura está lejos de estar resuelta.
¿Rugirá o buscará consenso?
Ahora habrá que ver qué camino toma el 'Tigre'. Desde la campaña, De la Espriella ha insistido en que no dependerá del Congreso con la tesis de su matrimonio con lo que llaman el pueblo. De hecho, insisten que tiene listos, para este 7 de agosto, cerca de 90 decretos para firmar: algunos sobre seguridad y lucha contra el narcotráfico; otros sobre economía, salud y reforma del Estado.
Sugerir que buena parte del Gobierno se hará por decreto y sin contar con el Congreso es una apuesta arriesgada. Puede empujar al Ejecutivo a una lógica poco sostenible: todo lo que se haga por esa vía quedará expuesto a ser revertido si el oficialismo pierde las próximas elecciones, dice Sandra Borda: “Habrá que esperar que la división de poderes no le incomode tanto como terminó incomodando a Petro”.
Para Juan Fernando Cristo, quien conoce en profundidad cómo se mueven los hilos del poder tanto en el Ejecutivo como en el Legislativo, lo ocurrido envía un mensaje institucional importante: en Colombia se está consolidando un equilibrio entre las ramas del poder y una mayor autonomía entre ellas, algo positivo para la democracia y la protección de las libertades.

En el plano político, la conclusión es otra: la disputa por la jefatura de la derecha será intensa entre el Centro Democrático y Defensores de la Patria, más allá de sus coincidencias ideológicas.
La analista María Jimena Escandón sostiene que la lección principal de lo ocurrido este 20 de julio es que Ejecutivo y Congreso deben volver a dialogar. “Venimos de un diálogo prácticamente nulo, con consecuencias negativas para la productividad legislativa y para el desarrollo del país”.
Según Escandón, el nuevo Gobierno y el nuevo Congreso tienen la oportunidad de construir una bancada cohesionada y capaz de tramitar una agenda programática. “Hay mucho trabajo por delante y un diálogo entrecortado es el peor escenario. La derecha tendrá que acomodarse y encontrar espacio tanto para el presidente De la Espriella como para el expresidente Uribe y su partido. Quedó claro que el Centro Democrático no se va a dejar borrar de la discusión ni del electorado”.
El analista Gabriel Cifuentes cree que lo sucedido no debe leerse como una derrota definitiva para el presidente electo. “Más que una derrota, es un golpe de realidad”, afirma. “Una verdadera derrota habría sido que la presidencia quedara en manos de la oposición”.
Sí fue, en cambio, una demostración de fuerza de Uribe. Con experiencia y disciplina de bancada, el expresidente dejó claro que sigue siendo un actor con capacidad de ordenar mayorías y enviar mensajes de poder.
El Gobierno, que prometió cambiar las prácticas de relacionamiento con el Legislativo —una promesa loable—, tendrá que entender dos cosas: primero, que el Congreso no es una notaría de la voluntad presidencial; y segundo, que las mayorías se administran con consensos, no con imposiciones.
Una pelea que apenas comienza
Toda la discusión política giraba en torno a este tema. Aunque hay voces que matizan al reflexionar que tanto el Pacto Histórico como el Centro Democrático amanecieron este martes tan distantes ideológicamente como el día anterior. Y que lo ocurrido fue, en buena medida, una maniobra típica de instalación del Congreso para repartir mesas directivas, comisiones y secretarías, sin que eso implique afinidad política.
Así las cosas, la verdadera pelea vendrá después, cuando empiecen los proyectos de ley, las reformas constitucionales y los debates de control político. Y allí el episodio del 20 de julio puede pesar más de lo que hoy parece, no por la posición del Pacto Histórico —naturalmente opositora—, sino por la tensión que queda entre De la Espriella y Uribe, dos líderes que compiten por encabezar la derecha.
El Senado fue categórico en su decisión al comunicarle al nuevo presidente una verdad incómoda para cualquier mandatario: en Colombia, incluso quien llega con una victoria histórica encuentra instituciones lo suficientemente fuertes como para recordarle que también tiene límites.
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