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Carlos Alonso Lucio.
Poder

Carlos Alonso Lucio: de la guerrilla del M-19 al círculo del poder del gobierno del Tigre

Carlos Alonso Lucio. Foto: Colprensa.

De alzarse en armas contra el Estado a pastor cristiano conservador, pasando por la cárcel, el exilio, el Congreso, el secuestro y la asesoría a los paramilitares: este es el perfil de uno de los hombres que hoy le habla al oído al presidente electo Abelardo de la Espriella.

Por: Armando Neira

Las bombas caían sobre las montañas de Yarumales mientras dos guerrilleros permanecían inmóviles detrás de una improvisada posición de combate. Era diciembre de 1984 y el Ejército intentaba romper las líneas del M-19 en el norte del Cauca. En aquel escenario, donde cualquier ruido podía significar la muerte, uno de los combatientes observó con curiosidad al joven que acababa de llegar para compartir la guardia.

Estaba tranquilo. Sacó un encendedor metálico, aparentemente bañado en oro, que guardaba en su bolsillo junto a una cajetilla de Marlboro. Encendió un cigarrillo casi con placidez, como si no estuviera en medio de una guerra.

—¿Usted de dónde viene? —preguntó el otro guerrillero.

La respuesta lo desconcertó.

—De París.

Durante más de cuatro décadas, José Cuesta Novoa, hoy concejal de Bogotá, nunca olvidó aquella conversación. Tampoco el nombre del muchacho que fumaba Marlboro mientras montaban guardia para proteger a la comandancia: Carlos Alonso Lucio.

“Era distinto a todos los demás”, recuerda Cuesta. “Se le notaba el origen social. Hablaba diferente. Uno sentía que no pertenecía al mismo mundo del resto de nosotros”.

Ninguno de los dos imaginaba entonces que aquel joven terminaría recorriendo casi todos los extremos posibles de la vida pública: guerrillero, negociador de paz, congresista, protagonista de mediáticos debates contra la corrupción, defensor de un presidente procesado, condenado por la Corte Suprema de Justicia, prófugo, solicitante de asilo político, secuestrado por los paramilitares, pastor cristiano, empresario agropecuario y, cuatro décadas después, principal estratega político del hombre que acaba de ganar la Presidencia de la República, Abelardo de la Espriella.

El amigo del presidente

Su influencia sobre el presidente De la Espriella no nació durante la reciente campaña presidencial. Es el resultado de una amistad de casi un cuarto de siglo, alimentada por largas conversaciones sobre política, historia y filosofía. Esa cercanía explica por qué Lucio fue mucho más que un asesor electoral: fue el arquitecto intelectual del programa de gobierno que llevó a De la Espriella hasta la Casa de Nariño.

 

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Carlos Alonso Lucio en sus tiempos de joven congresista. Foto: Colprensa.

Lucio nació en Cali el 2 de septiembre de 1964, pero creció en un entorno muy distinto al de la mayoría de quienes integraban las organizaciones insurgentes que marcaron las décadas de los ochenta y los noventa. Provenía de una familia religiosa y tradicional, y estudió en el Liceo Francés.

Amante de la lengua francesa, la filosofía y la literatura, nada parecía conducirlo hacia los azarosos caminos de la clandestinidad. “No tenía el perfil típico del guerrillero. Uno veía inmediatamente que era un muchacho formado, culto, con otra experiencia de vida. Cuando me dijo que venía de París pensé que estaba bromeando”, recuerda Cuesta.

Pero no era así. Había regresado de Francia apenas unas semanas antes de incorporarse plenamente a la organización armada.

Con apenas 15 años había tejido vínculos con el Movimiento 19 de abril. Primero cumplió pequeñas tareas de enlace entre militantes detenidos en las cárceles de Bucaramanga y Bogotá. Más adelante fue asumiendo responsabilidades cada vez mayores dentro de la estructura política de la organización.

La revolución que no fue

Décadas después explicaría que la palabra 'guerrilla' tenía entonces un significado completamente distinto al que adquiriría con el paso del tiempo. Para su generación –ha dicho en distintas entrevistas– la revolución representaba una posibilidad de transformación democrática y justicia social. Aún no estaba asociada al narcotráfico, al secuestro masivo ni a la degradación de la guerra que terminaría marcando el conflicto colombiano.

 

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Carlos Alonso Lucio y la exfiscal general Viviane Morales. Foto: Colprensa

Aunque su ingreso despertó suspicacias por su origen social, Lucio ascendió rápidamente dentro del M-19. Quienes conocen bien la historia de este movimiento señalan que contaba con el respaldo de su tío Ramiro Lucio Escobar, uno de los comandantes, quien era muy cercano a Carlos Pizarro Leongómez desde sus años de estudiantes en la Universidad Javeriana.

Es posible. Pero también es cierto que el joven rebelde tenía una extraordinaria facilidad para hablar en público, capacidad de análisis político y una notable disciplina intelectual: una mezcla de factores que comenzaron a llamar la atención de la dirigencia.

No era un cuadro militar en el sentido tradicional. Su fortaleza estaba en la argumentación política. Mientras otros se destacaban por la estrategia armada, él emergía como uno de los cuadros políticos más prometedores del movimiento.

Ese reconocimiento quedó en evidencia durante los diálogos de paz promovidos por el gobierno de Belisario Betancur. Lucio fue incorporado a la Comisión Nacional de Diálogo, una de las instancias encargadas de construir puentes entre la organización insurgente y el Estado, cuyo representante al otro lado de la mesa era el ministro de Gobierno Jaime Castro.

Para Cuesta, aquel nombramiento confirmó algo que había comenzado a percibir desde la primera guardia compartida en Yarumales, en medio de las ráfagas de viento helado y la incertidumbre de un ataque. “Era evidente que tenía la confianza de la comandancia. En muy poco tiempo pasó de ser un muchacho recién llegado de París a convertirse en uno de los voceros del movimiento en un momento decisivo para las negociaciones con el Estado”.

El camino al Congreso

Cuando el M-19 dejó las armas y decidió disputar el poder por la vía democrática, Lucio apenas superaba los 25 años. Había sobrevivido a una de las etapas más violentas del conflicto, había visto morir a varios de sus compañeros y había sido testigo del derrumbe de buena parte de las certezas ideológicas con las que ingresó a la guerrilla siendo adolescente.

Entonces cambió el fusil por el micrófono y la tribuna política. Su facilidad para argumentar, debatir y confrontar lo convirtió rápidamente en una de las figuras más visibles del escenario político.

 

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Con la exfiscal general Viviane Morales se casaron, se separaron, se reconciliaron.  “Por amor”, dice él.

En 1994 fue elegido representante a la Cámara. Luego, senador de la república entre 1998 y 2002. Su llegada al Congreso coincidió con una época de enorme agitación política. 

Colombia apenas comenzaba a estrenar la Constitución de 1991 y el país enfrentaba una de las mayores crisis institucionales de su historia: el escándalo del proceso 8.000, la investigación judicial por el ingreso de al menos 6 millones de dólares para financiar la campaña presidencial de Ernesto Samper Pizano, provenientes de los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, jefes del cartel de Cali.

No fue un congresista silencioso. Tampoco un disciplinado hombre de partido. Prefería incomodar. Junto a Íngrid Betancourt, María Paulina Espinosa y Guillermo Martínez Guerra conformó un grupo que la prensa bautizó como 'Los Cuatro Mosqueteros', conocidos por presentarse como adalides en la lucha contra la corrupción.

Y aunque eran tiempos turbulentos en los que medio país pedía la salida de Samper mientras la otra mitad lo sostenía, él brillaba con su voz en la defensa de un presidente acusado de haber recibido plata de los narcos. 

Lucio sostenía que toda persona tenía derecho a una defensa jurídica rigurosa y rechazaba la idea de convertir los procesos judiciales en escenarios de linchamiento político. Aunque luego se arrepentiría: “Nos equivocamos absolviéndolo”, diría.

La espada de Los Mosqueteros

Sin embargo, 'Los Mosqueteros' causaban admiración por su valentía al denunciar casos como la compra de cientos de fusiles Galil, en el que estaban involucrados personajes poderosos y oscuros. Lucio disfrutaba esos escenarios. Con una oratoria envolvente, una enorme capacidad para improvisar y un estilo confrontacional, se distinguía de la mayoría de congresistas.

Quienes trabajaron con él recuerdan que podía hablar durante horas sin consultar una sola nota. Era un lector compulsivo que saltaba con naturalidad de Santo Tomás a Marx, de Goethe a Chesterton, de los evangelios a la filosofía política contemporánea.

 

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“Era distinto a todos los demás. Se le notaba el origen social. Hablaba diferente. Uno sentía que no pertenecía al mismo mundo del resto de nosotros”, dice José Cuesta, quien estuvo con él en el M-19.

“Carlos Alonso siempre pensaba en grande y con exceso de oratoria”, recuerdan varios de los militantes del M-19 consultados por CAMBIO, que hoy se encuentran en orillas ideológicas distintas. Unos votaron por De la Espriella y otros por Iván Cepeda, candidato derrotado del Pacto Histórico. Lucio compartió batallas con Otty Patiño y Álvaro Jiménez, hoy responsables de la política de paz total del gobierno saliente, y con Ever Bustamante, quien trabajó en la administración del presidente Uribe. Y, claro, con el presidente Gustavo Petro.

Tras la desmovilización del M-19, se abrieron distintos caminos. Cuesta recuerda que Lucio lo invitó a participar en un ambicioso proyecto editorial. Prometía construir la revista más influyente del país. Reunió periodistas, alquiló oficinas, contrató personal, diseñó una moderna sala de redacción y presentó el proyecto con la ilusión de marcar una nueva página en la historia del periodismo colombiano.

Nunca despegó. Los salarios jamás llegaron. Al cabo de unas semanas, el equipo comenzó a marcharse uno tras otro. Cuesta suele resumir aquella experiencia con una comparación literaria: “Si tuviera que definirlo con un personaje de la literatura, sería Fausto. Siempre soñando con empresas gigantescas”.

Las investigaciones por un contrato presuntamente simulado –utilizado para obtener créditos durante su campaña a la Alcaldía de Bogotá– terminaron convirtiéndose en un problema judicial. La Corte Suprema de Justicia concluyó que existían méritos suficientes para procesarlo por falsa denuncia. Antes de quedar a disposición de la justicia, Lucio salió del país.

Cuba le cierra la puerta

Su destino fue Cuba. Esperaba obtener asilo político. No ocurrió. Las autoridades cubanas estudiaron el expediente y concluyeron que los delitos que se le atribuían no tenían naturaleza política.

La isla que durante décadas había acogido a numerosos dirigentes de izquierda le cerraba las puertas precisamente a un antiguo cuadro político del M-19. Regresó a Colombia para enfrentar el proceso. En agosto de 2000, la Corte Suprema lo condenó a 30 meses de prisión por falsa denuncia.

Su carrera política, que hasta entonces parecía ascendente, dio un giro total. El aplaudido congresista terminó recluido en la cárcel La Picota.

 

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Carlos Alonso Lucio sostenía que defendía a Ernesto Samper porque toda persona tenía derecho a una defensa jurídica rigurosa y rechazaba la idea de convertir los procesos judiciales en escenarios de linchamiento político. Aunque luego se arrepentiría: “Nos equivocamos absolviéndolo”, diría.

Muchos creyeron que aquella sería la última página de su historia pública. Sin embargo, el episodio más dramático de su vida todavía no había ocurrido. En julio de 2000, antes de su condena, fue interceptado por hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), cuando iba, según su relato, en búsqueda de la guerrilla del ELN para que dejara de secuestrar.  

En ese momento, cada bando actuaba con extrema violencia. Según el Observatorio de Memoria del Conflicto, las AUC eran responsables de aproximadamente 4.000 masacres y 260.000 muertos. El ELN volaba el oleoducto un día y al siguiente asaltaba un pueblo dejando un reguero de sangre. Era casi imposible que alguien que cayera en su poder, lograra salir con vida.

Durante varios días permaneció secuestrado por las AUC. Sus captores, bajo las órdenes de Carlos Castaño, querían acceder a la información almacenada en su computador. Para conseguir la clave casi lo matan.

Años después, Lucio recordaría aquellas jornadas como una de las experiencias más extremas de su existencia. Cuando finalmente fue liberado, el propio Castaño lo entregó al defensor del Pueblo con el compromiso de que fuera puesto a disposición de la justicia. Y Lucio, en otro giro inesperado, se propuso impulsar una salida política para los paras.

“Cuatro años después de mi secuestro, los paramilitares, en una carta, reconocieron ese error y me pidieron perdón. En medio de esa nueva situación me propusieron que los asesorara en la negociación que estaban comenzando con el gobierno. Yo no fui un asesor clandestino”, se justificaba. 

Los caminos de la fe

Pero fue la cárcel la que marcó un punto de ruptura. Allí comenzó a gestarse una transformación que cambiaría para siempre su manera de entender la política, la fe y la vida.

Aquella metamorfosis terminaría alejándolo definitivamente del joven que encendía Marlboro con un vistoso encendedor en medio de la montaña, para llevarlo a un escenario completamente distinto: el púlpito de una iglesia evangélica. Encontró, diría, ese camino en la fe.

Su acercamiento al cristianismo evangélico fue mucho más que una conversión religiosa. Los intereses de antes fueron siendo reemplazados por lecturas bíblicas, reflexiones teológicas y una defensa cada vez más abierta de los valores conservadores.

Ingresó a la iglesia Casa Sobre la Roca, donde fue ordenado pastor, y emprendió una nueva etapa como predicador. Más adelante promovió debates sobre libertad religiosa, cultura y política, además de denunciar lo que consideraba actos de discriminación contra las iglesias cristianas en Colombia.

 

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José Manuel Restrepo, vicepresidente electo; y Abelardo de la Espriella, presidente electo. 

Lucio, sin embargo, nunca ha visto contradicción entre ambas etapas. En distintas entrevistas ha explicado que no reniega de su pasado, pero sostiene que la experiencia de la guerra le permitió comprender los límites de la violencia como instrumento político. A su juicio, la izquierda colombiana abandonó el proyecto democrático para caer en una lógica de confrontación permanente que terminó degradando sus propios ideales.

Esa reflexión explica, en buena medida, su ruptura con Gustavo Petro con quien en un momento compartieron sueños de tomarse el poder arropados con la bandera del M-19. Con el paso de los años tomaron caminos completamente opuestos.

Mientras Petro consolidó un liderazgo dentro de la izquierda, Lucio fue uno de los cerebros de la campaña que acaba de propinarle la mayor derrota electoral y llevar al poder a De la Espriella, de quien dice que representa “al pueblo” y ha logrado despertar “un movimiento popular” que hará historia.

El abrazo del Tigre

Lucio respira tranquilo con la victoria del llamado Tigre porque, según su visión, Petro pretendía llevar al país hacia un modelo de concentración del poder a través de la “milicianización de la política”.

Lucio y De la Espriella se conocen desde hace cerca de 25 años. La relación nació mucho antes de que el abogado barranquillero decidiera aspirar a la Presidencia. Durante ese tiempo compartieron largas conversaciones sobre historia, filosofía, derecho, religión y estrategia política.

Lucio suele describir al hoy presidente electo como un hombre de inteligencia excepcional, con una enorme capacidad de análisis y una lealtad poco frecuente en la política colombiana.

Cuando De la Espriella decidió lanzarse a la Presidencia, Lucio asegura que no tuvo dudas sobre el papel que debía desempeñar. Aceptó convertirse en el director programático de la campaña. No fue un cargo decorativo. Quienes participaron en el diseño del programa de gobierno coinciden en que Lucio fue uno de los principales arquitectos de la victoriosa campaña.

Su influencia no se limitó al contenido programático. También participó en la definición de mensajes, en la preparación de debates y en la construcción de la narrativa política que acompañó la campaña.

Ahora es una de las figuras con mayor peso dentro del proceso de empalme y se prevé que tendrá un papel protagónico en el nuevo gobierno. Los focos estarán sobre él, un escenario en el que se mueve con comodidad, como se aprecia en los videos que bautizó como Cívicos Live y que graba junto con la que llama el amor de su vida, la exfiscal general Viviane Morales. Con ella, como en muchas cosas de su vida, ha ido y ha vuelto. Se casaron, se separaron, se reconciliaron.  

Durante buen tiempo estuvo con un bajo perfil, pero ahora su nombre vuelve a la primera plana y, claro, muchos se sorprenden porque las controversias lo acompañan. “La prensa me ha satanizado, pero yo no soy ningún monstruo. No soy un estafador, no soy un delincuente, he sostenido tesis controversiales y he luchado por la paz”, ha dicho.

Después de este largo trasegar, se muestra sonriente porque viene, por fin, lo que él llama la Patria Milagro.

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