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El presidente electo Abelardo de la Espriella.
Poder

La batalla cultural de Abelardo de la Espriella: la madre de todas las batallas

El presidente electo Abelardo de la Espriella.

Como Donald Trump en Estados Unidos, Vox en España o Giorgia Meloni en Italia, el presidente electo pretende librar una batalla por los valores alrededor de Dios, la familia, la nación y la identidad. Los nombramientos de su gabinete ofrecen las primeras pistas de esa estrategia.

Por: Armando Neira

En el siglo pasado, Álvaro Salom Becerra retrató en Un tal Bernabé Bernal una Bogotá profundamente conservadora. En una de las escenas de la novela, Ambrosio González confiesa que teme a los liberales porque están encabezados por “los cuatro jinetes del Apocalipsis”. La frase resume el clima de una época en la que la política, la religión y la moral formaban un mismo universo.

Era la misma ciudad que Gabriel García Márquez describió como remota, fría y melancólica, envuelta en una llovizna interminable, habitada por hombres vestidos de negro y marcada por el incesante repicar de las campanas de sus iglesias.

Esa imagen literaria ha vuelto a instalarse en el debate político colombiano. Para muchos críticos del presidente electo, Abelardo de la Espriella, su propuesta de librar una “batalla cultural” busca recuperar una visión del país en la que la familia tradicional, la identidad nacional y los valores cristianos vuelvan a ocupar el centro de la vida pública.

La expresión no es un recurso retórico. El propio De la Espriella la ha convertido en uno de los ejes de su proyecto político. A diferencia de otros gobiernos, que llegan al poder con un paquete de reformas económicas o institucionales, el presidente electo plantea una ambición más profunda: transformar el marco cultural desde el cual los colombianos entienden la educación, la familia, la historia, la autoridad y la nación.

Los primeros nombramientos de su gabinete parecen responder a esa lógica. Viviane Morales asumirá el Ministerio de Educación. Durante años, la exfiscal defendió una concepción de la familia fundada en la unión entre un hombre y una mujer y promovió un referendo para restringir la adopción de menores por parejas del mismo sexo y personas solteras. Aunque esa iniciativa nunca prosperó, convirtió a Morales en una de las voces más visibles del conservadurismo cristiano en Colombia.

Al Ministerio de Cultura llegará Paola Holguín, una de las dirigentes más representativas del uribismo, crítica de varios componentes del sistema de justicia transicional surgido del Acuerdo de Paz con las FARC y defensora de una visión de la cultura estrechamente ligada a la identidad nacional y a los valores tradicionales.

Una batalla tras otra

Como ministro de Relaciones Exteriores fue designado Omar Bula Escobar, quien en distintas intervenciones públicas ha cuestionado el papel de los organismos multilaterales y ha expresado fuertes críticas contra la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, a la que asocia con el llamado “globalismo”. En repetidas ocasiones también ha manifestado su admiración por Donald Trump, a quien considera un referente de la defensa de Occidente.

 

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“Estoy convencido de que la batalla más importante que libra una nación es la batalla por las ideas. Por eso necesitamos voces serenas, preparadas y con la capacidad de convertir las convicciones en argumentos, defender nuestros valores con inteligencia y construir consensos sin renunciar a los principios”, dijo el presidente electo Abelardo de la Espriella al designar al escritor Enrique Serrano López como su consejero.

 

Pero quizás el nombramiento más revelador sea el de Enrique Serrano López. Escritor, filósofo, profesor universitario y exdirector del Archivo General de la Nación durante el Gobierno de Iván Duque, Serrano no llega a la Casa de Nariño para diseñar una política pública sectorial. Su tarea será mucho más amplia: orientar la discusión intelectual sobre la denominada “batalla cultural”, un concepto que atraviesa temas tan diversos como la memoria histórica, la educación, la identidad nacional, la familia y la cultura.

Al anunciar su designación, De la Espriella dejó claro el alcance de esa misión. “Estoy convencido de que la batalla más importante que libra una nación es la batalla por las ideas. Por eso necesitamos voces serenas, preparadas y con la capacidad de convertir las convicciones en argumentos, defender nuestros valores con inteligencia y construir consensos sin renunciar a los principios”.

No se trata de una apuesta exclusivamente colombiana. En la última década, la llamada batalla cultural se ha convertido en uno de los principales ejes de la nueva derecha internacional. Más que una propuesta económica o un programa de gobierno, constituye una disputa por los valores que deben orientar a la sociedad.

Donald Trump convirtió el movimiento MAGA en una reacción contra el multiculturalismo, las políticas de diversidad, la ampliación de los derechos de las personas transgénero y lo que denomina el “adoctrinamiento” en escuelas y universidades. Su discurso propone recuperar una idea idealizada de Estados Unidos basada en el patriotismo, la religión y la autoridad.

En España, el partido Vox ha construido buena parte de su identidad política alrededor de una narrativa semejante. Sus dirigentes denuncian el “globalismo” como el canciller designado Bula Escobar—, cuestionan la Agenda 2030 de Naciones Unidas, combaten las políticas de género, rechazan las leyes de memoria democrática y reivindican una España unificada bajo los valores de la tradición, la soberanía nacional y las raíces judeocristianas.

No es casual que De la Espriella firmara la Carta de Madrid, el manifiesto promovido por la Fundación Disenso, cercana a Vox, ni que mantenga vínculos con el Foro de Madrid, una plataforma que articula a dirigentes conservadores e iberoamericanos que comparten esa visión del mundo.

Lo que une a estos movimientos no es una identidad ideológica perfecta, sino una convicción común: la izquierda habría ganado durante décadas la batalla de las ideas en las universidades, los medios de comunicación, la cultura y la educación. Su respuesta consiste en disputar esos mismos espacios. En otras palabras, antes que conquistar nuevas instituciones, buscan redefinir el sentido común de la sociedad.

La disputa por la memoria

La batalla cultural que propone Abelardo de la Espriella no se limita a la discusión sobre la familia, la religión o la educación sexual. Uno de sus frentes más sensibles será, probablemente, la memoria histórica.

En ese terreno ya existen señales. Durante la campaña, el hoy presidente electo sostuvo que defender la identidad nacional implica también preservar una determinada lectura del pasado colombiano. Esa discusión trasciende el ámbito académico: define cómo un país explica su historia, honra a sus víctimas y forma a las nuevas generaciones.

 

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La hoy designada ministra de Cultura, la senadora Paola Holguín, en una imagen de 2022, durante la presentación en la plenaria del Senado del informe final y las recomendaciones para la no repetición del conflicto armado en Colombia de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad encabezada por su presidente, el padre Francisco de Roux. Foto: Col prensa - Camila Díaz. 

 

Las tensiones no son nuevas. En Colombia, el relato sobre el conflicto armado ha sido objeto de una disputa permanente entre quienes defienden el trabajo de instituciones como la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad y el Centro Nacional de Memoria Histórica, y quienes consideran que esos organismos privilegiaron una interpretación ideológica de la violencia.

Una de las voces que puso la alerta frente al proyecto cultural del nuevo Gobierno es Lucía González, excomisionada de la Comisión de la Verdad. En un artículo publicado por CAMBIO, advirtió que la llamada “contrarrevolución cultural” busca presentarse como una defensa de la cultura y del orden social frente a lo que sus promotores consideran una imposición ideológica de la izquierda. 

Quienes respaldan la propuesta del presidente electo sostienen exactamente lo contrario. En su opinión, ese discurso parte de la idea de que los valores tradicionales han sido erosionados y deben ser recuperados. Consideran que durante años las instituciones culturales y educativas fueron permeadas por una visión progresista que terminó excluyendo otras formas de interpretar la historia, la familia o la nación. Desde esa perspectiva, la batalla cultural no busca restringir el debate, sino ampliarlo.

Esa es, precisamente, la tesis que defienden sectores cercanos a Salvación Nacional. Enrique Gómez Martínez, una de las principales figuras de ese movimiento que respalda a De la Espriella, rechaza que se lo ubique en la extrema derecha. Considera que esa clasificación constituye una forma de descalificación política y sostiene que su partido pretende reivindicar principios como la defensa de la vida desde la concepción, la protección de la familia y una reforma institucional que limite lo que considera un excesivo protagonismo de las altas cortes en asuntos propios del Congreso.

Detrás de esas diferencias aparece una discusión más profunda: ¿quién tiene la autoridad para construir el relato de un país? La pregunta no es nueva. Colombia la ha enfrentado una y otra vez. Cuando Iván Duque nombró al historiador Darío Acevedo como director del Centro Nacional de Memoria Histórica, en 2019, se abrió una intensa controversia.

Antes de asumir el cargo, Acevedo afirmó que, aunque la Ley de Víctimas calificaba lo ocurrido como un conflicto armado interno, esa definición jurídica no podía convertirse en una “verdad oficial”. También cuestionó algunas de las cifras sobre desplazamiento forzado, lo que generó fuertes críticas de organizaciones de víctimas, académicos y defensores de derechos humanos. La polémica evidenció hasta qué punto la memoria se había convertido en un escenario de confrontación política.

Nada indica que esa discusión vaya a disminuir durante el próximo gobierno. Por el contrario, todo sugiere que ocupará un lugar central en el debate público. 

Una tendencia global

Colombia tampoco constituye una excepción. En distintos países han surgido gobiernos o movimientos políticos que consideran que la disputa decisiva no se libra únicamente en el Congreso o en las elecciones, sino en las escuelas, las universidades, los medios de comunicación, las plataformas digitales, la producción cultural y los tribunales.

En Italia, Giorgia Meloni ha hecho de la defensa de la familia, la identidad nacional y las raíces cristianas uno de los pilares de su proyecto político. En Hungría, Viktor Orbán sostiene desde hace años que Europa debe proteger su civilización cristiana frente a la inmigración y al liberalismo cultural. En Brasil, Jair Bolsonaro convirtió el lema 'Dios, patria y familia' en una bandera política. En Argentina, Javier Milei trasladó la confrontación al terreno del llamado “marxismo cultural”, mientras que en Alemania Alternativa para Alemania (AfD) ha hecho de la identidad nacional y del rechazo a la inmigración uno de sus principales ejes discursivos.

 

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Mientras el movimiento Defensores por la Patria, del presidente electo Abelardo de la Espriella, promueve la idea de derribar el Monumento a la Resistencia, levantado en Cali, al considerarlo como una “oda al terrorismo”, artistas, víctimas y defensores del patrimonio advierten que una decisión de ese tipo abriría una nueva y profunda herida en el país. 

 

Cada uno de esos movimientos responde a contextos históricos distintos y propone soluciones diferentes. Sin embargo, comparten una convicción: la política ya no consiste solamente en administrar el Estado, sino en disputar los valores desde los cuales una sociedad interpreta la realidad.

Es justamente en esa corriente internacional donde parece inscribirse Abelardo de la Espriella. Ante la pregunta de si es factible que el presidente electo imponga ese relato, el analista Juan Carlos Flórez responde que eso es imposible, porque hoy no existe ninguna sociedad en el mundo que no esté profundamente dividida.

“Adonde uno vaya, basta con pronunciar palabras como familia o naturaleza, por mencionar términos que antes no tenían una mayor connotación polémica, para que inmediatamente resurja la división. Entonces, creo que simplemente va a ocurrir una especie de reflejo al otro lado del espejo. Si el actual presidente, durante cuatro años, propagó por todos los medios a su disposición sus creencias y las interpretaciones de esas creencias sobre cada concepto, eso mismo va a ocurrir ahora”.

“Y en eso vuelvo a subrayarlo: no hay mayor novedad. Es lo que ocurre hoy en todo el mundo. Pensemos en el país con el que Colombia está más vinculada en los ámbitos educativo, informativo y económico: Estados Unidos. Tras muchos años de predominio, en las universidades y en los grandes medios de comunicación, de las ideas liberales y ultraliberales, vino luego la contracara. Si antes teníamos una versión, ahora tendremos la otra.”

Ante el interrogante de si no cree que al final de su gobierno De la Espriella haya logrado su propósito, Flórez responde: “No. Es justamente ese juego entre una versión y su reverso. Adonde uno viaje en el mundo encontrará, por lo menos, dos visiones predominantes. Si va a Brasil, durante los años de Bolsonaro predominó una versión; después vino la otra. Si va a Argentina, durante los años del peronismo hubo una versión; luego llegó Milei y apareció la contraparte. Si va a Chile, estuvieron los cuatro años del presidente Boric y ahora la disputa es con la otra corriente”.

Para este analista hoy nadie logra imponer una sola versión en ningún lugar del mundo. Esas visiones se confrontan, generan tensiones en las sociedades y llegaron para quedarse. Son expresiones de lados distintos de una misma realidad. “Y Colombia, como suele ocurrir, llega tarde a ese fenómeno”, agrega.

El historiador y profesor de la Universidad Nacional, Fabio Zambrano, recuerda que cuando la política se hacía desde los partidos liberal y conservador, sus presidentes construían sus relatos desde su partido. “Ahora, cuando se han desmoronado los partidos políticos, los relatos se hacen desde las personas. Si ayer era el cambio y la vida, hoy es el de la patria milagrosa”, dice.

Más allá del Gobierno

La gran incógnita es si esa batalla cultural podrá traducirse en políticas públicas duraderas. Modificar leyes puede tomar meses. Transformar instituciones requiere algunos años. Cambiar la cultura de una sociedad suele demandar generaciones. Además, Colombia es un país profundamente plural. Conviven en él tradiciones religiosas diversas, movimientos feministas, organizaciones de derechos humanos, iglesias cristianas, universidades con visiones distintas, comunidades indígenas y afrodescendientes, así como una ciudadanía cada vez más activa en el debate público. Esa diversidad convierte cualquier intento de imponer una visión única del país en una tarea compleja.

Por eso, la verdadera batalla cultural no se decidirá exclusivamente en la Casa de Nariño. Se librará en las aulas donde se enseñe la historia; en los museos encargados de preservar la memoria; en las universidades donde se discutan las ideas; en los tribunales que definan el alcance de los derechos; en las iglesias, en los medios de comunicación; y en las redes sociales donde millones de colombianos construyen, cada día, su propia interpretación del país.

En el fondo, la discusión trasciende a un gobierno y a un presidente. Lo que está en juego no es solo un conjunto de políticas públicas, sino una pregunta mucho más profunda: qué valores deben orientar la vida colectiva de Colombia y quién tiene la legitimidad para definirlos.

La madre de todas las batallas no se resolverá con un decreto ni con una mayoría parlamentaria. Será una conversación larga, intensa a punto de empezar.

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