
Amarilo ocre
Grupos ambientalistas de Chía denuncian que el proyecto residencial Hacienda Samaria, sobre un terreno que antes estaba destinado a la agricultura de bajo impacto, amenaza con la supervivencia de uno de los pocos humedales que le quedan a la sabana de Bogotá.
Por: María Fitzgerald
Existen muchas formas de matar un humedal: sembrar especies invasoras que lo vayan secando gradualmente; poblarlo de animales que no sean nativos del humedal, para que enfermen a los otros animales; contaminar el agua con químicos. Pero la opción más común es rellenarlo con escombros para eliminarlo por completo.
Matar un humedal es sencillo, pues es en extremo delicado. Lo difícil es mantenerlo, porque requiere de la conservación balanceada de su entorno. En reciprocidad, el humedal se encarga de regular los suelos, prevenir inundaciones y mitigar el cambio climático. Es un cuerpo de agua que sostiene el equilibrio de los ecosistemas y ayuda, entre otras cosas, a prevenir los desastres que produce, por ejemplo, oleadas invernales como las que vive la sabana de Bogotá por estos días.
Pese a su importancia, los humedales de la sabana están enfermando, no tanto por la invasión de especies animales y vegetales, sino por la urbanización desaforada, que prácticamente se los está tragando.
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