
Nadie vota por mí: cuando la autonomía de las mujeres vuelve a ponerse en discusión
Durante siglos, las mujeres tuvieron que luchar para ser reconocidas como ciudadanas con voz y voto propios. Hoy, cuando resurgen ideas que vuelven a poner en duda esa autonomía, Viridiana Molinares Hassanrecorre esa historia para recordar por qué nadie puede decidir políticamente en nombre de una mujer.
No dice lo que vio, pero dice que no lo puede decir; de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir, para que se entienda que el callar no es no haber qué decir, sino no caber en las voces lo mucho que hay que decir.
Sor Juana Inés de la Cruz en Contra la ignorancia de las mujeres
Hoy, mientras en Estados Unidos el movimiento tradwife (esposas tradicionales) multiplica el interés por modelos de feminidad asociados a la vida doméstica y resurgen propuestas que cuestionan consensos básicos sobre la igualdad política entre hombres y mujeres, vuelve a aparecer una vieja tentación: sustituir la voluntad individual por la autoridad familiar. La idea de reemplazar el voto de las mujeres por un ‘voto por hogar’ es un regreso al pasado. Durante siglos las mujeres fueron consideradas parte de una familia, de un linaje o de un patrimonio, pero no ciudadanas en sentido pleno. Por eso, antes de preguntarnos hacia dónde van estos movimientos, vale la pena preguntarnos de dónde venimos.
La idea de reemplazar el voto de las mujeres por un ‘voto por hogar’ es un regreso al pasado
La historia de las mujeres es una historia del poder
Partamos de esta pregunta: ¿Puede una democracia sobrevivir cuando el voto deja de ser la voz de una mujer para convertirse en la voz de una familia?
¿Puede una democracia sobrevivir cuando el voto deja de ser la voz de una mujer para convertirse en la voz de una familia?
Los diversos volúmenes de Historia de las mujeres en Occidente, dirigidos por Georges Duby y Michelle Perrot, muestran que las mujeres nunca estuvieron completamente ausentes del poder. Hubo reinas que gobernaron territorios, emperadoras que influyeron en el destino de imperios, filósofas, escritoras, cortesanas y místicas que participaron en espacios de poder. Sin embargo, junto a estas mujeres excepcionales coexistió una realidad mucho más amplia: millones de mujeres estaban sometidas a la tutela de los hombres o como se llamaba a la “tutela del sexo” por parte de padres, esposos e hijos, excluidas de derechos políticos y privadas del reconocimiento jurídico necesario para intervenir como iguales en los asuntos públicos.
Así que la paradoja es tan evidente como reveladora: mujeres con poder siempre existieron; mujeres reconocidas como ciudadanas, no.
La paradoja es tan evidente como reveladora: mujeres con poder siempre existieron; mujeres reconocidas como ciudadanas, no
Por esto, la historia de las mujeres es una historia de las relaciones de poder construidas a partir del género, en la que, antes de conquistar el derecho al voto, las mujeres tuvieron que disputar algo todavía más complejo: el reconocimiento de nuestra existencia, voz y autonomía.
Cuando el género organizó el poder
Esa contradicción entre mujeres poderosas y mujeres excluidas de la ciudadanía plantea otra pregunta: ¿por qué las mujeres en conjunto permanecieron durante siglos alejadas de los derechos políticos? La respuesta no se encuentra únicamente en las leyes o en las costumbres, sino también en una forma específica de organizar el poder.
La historiadora Joan Wallach Scott propuso que, en lugar de considerar la diferencia de género entre hombres y mujeres como consecuencia inevitable de la naturaleza, tenía que analizarse como una construcción histórica que sirvió para distribuir autoridad, privilegios y espacios de decisión.
En la modernidad, por ejemplo, se proclamaron principios revolucionarios como la igualdad, la libertad y la soberanía popular. Sin embargo, estos nacieron acompañados de una limitación fundamental: el sujeto político al que se reconocían plenamente era masculino.
Precisamente por eso, la lucha de las mujeres por la ciudadanía no comenzó reclamando el voto. Antes fue necesario cuestionar la idea de que la razón, la autonomía y la capacidad para participar en los asuntos públicos eran atributos exclusivamente de los hombres. Cuando esa premisa empezó a ser desafiada, surgieron algunas de las voces más influyentes de la historia política de las mujeres. Entre ellas se destacaron Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft.
De la exclusión a la rebelión
La escritora y activista francesa Olympe de Gouges identificó una de las grandes contradicciones de la modernidad: si los hombres habían proclamado los derechos universales, ¿cómo podían excluir de ellos a la mitad de la humanidad? Se reveló contra esto con la redacción de la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, publicada en 1791, documento que se constituyó en una denuncia de la distancia que separaba esos ideales democráticos de la realidad política de las mujeres. Veamos las diferencias que introdujo:
| Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. 1789 | Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. Olympe de Gouges, 1791 |
| Art. II- La finalidad de cualquier asociación política es la protección de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. | Art. II. El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e inalienables de la mujer y el hombre; estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión. |
Lo que distingue a Olympe de Gouges es no pedía privilegios ni excepciones: reclamaba coherencia e inclusión. Si la libertad era un derecho humano, debía ser también un derecho de las mujeres. Si la soberanía residía en el pueblo, las mujeres debían formar parte de ese pueblo político. Su propuesta resultó tan incómoda para el orden de su tiempo que fue acusada de difundir ideas contrarias a la República y ejecutada en la guillotina, en 1793, a la edad de 45 años.
Al mismo tiempo, desde Inglaterra, Mary Wollstonecraft abordó el problema desde otra perspectiva. En su libro Vindicación de los derechos de la mujer, publicado en 1792, sostuvo que las diferencias observadas entre hombres y mujeres no eran consecuencia de la naturaleza, sino de la desigualdad en el acceso a la educación. Su argumento resultó revolucionario porque trasladó la discusión desde la protección hacia la autonomía: Las mujeres no necesitaban “tutela del sexo”: necesitaban oportunidades.
De acuerdo con Celia Amorós, mientras Olympe de Gouges denunciaba la exclusión política, Wollstonecraft se concentró en desmontar uno de los argumentos utilizados para justificarla: la supuesta inferioridad intelectual de las mujeres.
El precio de desafiar el orden
Estas ideas que cuestionaban la “tutela del sexo” no surgieron en un terreno neutral. Siglos antes, las mujeres que se apartaron de los papeles asignados social y políticamente enfrentaron formas diversas de castigo y persecución.
El problema no era únicamente la exclusión. Para perdurar durante siglos, ese orden necesitó algo más: el miedo.
La cacería de brujas constituye uno de los ejemplos más dramáticos de esa lógica. Como muestra Alonso Trinidad en su libro Caza de brujas, las persecuciones que atravesaron Europa y posteriormente América no pueden entenderse únicamente como episodios de fanatismo religioso o superstición colectiva. También expresaron relaciones de poder vinculadas al género e, incluso, a factores económicos. Las acusaciones se dirigieron de manera predominante contra mujeres que ocupaban posiciones incómodas para el orden social de su tiempo: curanderas, viudas, mujeres solas, conocedoras de saberes populares o simplemente personas que se apartaban de los modelos de conducta considerados adecuados. Bajo la figura de la bruja se construyó un enemigo que justificaba el exterminio.
La cacería de brujas envió un mensaje político que resonó durante generaciones: desafiar ciertos límites podía tener consecuencias devastadoras.
Veamos: los registros históricos muestran que la publicación, en 1487, de libro Malleus Maleficarum (El martillo de las brujas), escrito por los inquisidores dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger para identificar y castigar a “brujas”, contribuyó a avivar una persecución que se prolongó durante siglos. Se estima que entre 1450 y 1750 unas 100.000 personas fueron juzgadas por brujería y entre 40.000 y 60.000 ejecutadas. De ellas, entre el 75 y el 85 por ciento eran mujeres.
Se estima que entre 1450 y 1750 unas 100.000 personas fueron juzgadas por brujería y entre 40.000 y 60.000 ejecutadas. De ellas, entre el 75 y el 85 por ciento eran mujeres
La escritora guadalupeña Maryse Condé, ganadora del Premio Nobel Alternativo de Literatura en 2018, en su novela Yo, Tituba, la bruja negra de Salem narra la vida de una esclava negra, curandera, nacida posiblemente en Barbados, criada del reverendo Samuel Parris, y una de las más de doscientas personas acusadas de brujería en Salem, Massachusetts, Estados Unidos, en 1692.
La novela no se limita a reconstruir un acontecimiento histórico; también cuestiona quién tiene derecho a contar la historia y desde qué lugar se construye la memoria.
Maryse Condé rescata literariamente a Tituba y le devuelve una voz que los documentos oficiales le negaron mediante un gesto literario y político de enorme trascendencia: mientras los registros históricos la conducen a la desaparición, ya que nada se sabe de su destino final, la autora decide hacerla sobrevivir para recuperar aquello que tantas veces se les arrebató a las mujeres: el derecho a existir y a permanecer.
Este es un aparte del final de esta historia, es la voz de Tituba: “Esta es la historia de mi vida. Amarga. Sumamente amarga. Pero mi verdadera historia no tendrá fin, y dará comienzo donde termina. Christopher se equivocó, o quizá solo trataba de hacerme daño cuando afirmó que en el futuro no habría ninguna canción para Tituba”.
El derecho a pensar
Si las persecuciones por brujería mostraron el castigo reservado a las mujeres que desafiaban el orden establecido, la figura de la mexicana sor Juana Inés de la Cruz, quien se refirió a sí misma como “Yo, la peor de todas”, revela otra dimensión de esa misma disputa: el derecho a pensar.
Desde el convento, lugar que eligió como espacio de relativa autonomía, en una época en la que las opciones de las mujeres eran convento o matrimonio, cuestionó una cultura que reservaba el saber para los hombres y esperaba de las mujeres obediencia, modestia y silencio. Lo hizo no solo a través de su obra literaria, sino también mediante una defensa persistente de la capacidad intelectual de las mujeres.
En 1691, escribió la Respuesta a sor Filotea de la Cruz, dirigida al obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz. El obispo le había enviado previamente una carta bajo el seudónimo de sor Filotea, en la que cuestionaba su actividad intelectual y la criticaba por haber escrito la Carta atenagórica, un texto donde reflexionaba sobre el amor de Jesús y el libre albedrío. En su respuesta, sor Juana Inés escribió, por ejemplo, que callar no equivale a no tener nada que decir, sino a no poder decirlo.
Sin embargo, lejos de protegerla, este escrito fue utilizado en su contra. La brillantez intelectual con la que respondió a las autoridades eclesiásticas provocó el rechazo de sectores influyentes de la Iglesia, que terminaron aislándola de los libros y de los espacios de conversación académica que habían alimentado su obra. Ese aislamiento contribuyó al deterioro de su salud y marcó los últimos años de su vida.
Junto a lo anterior, y en toda su obra, otra de sus ideas revolucionarias para su época fue que negar la educación a las mujeres implicaba privar a la sociedad de una parte fundamental de su inteligencia. En una de las obras de teatro que escribió, Los empeños de una casa, presenta a mujeres que piensan, deciden, argumentan y actúan por sí mismas. Sor Juana defendió, hace más de tres siglos, la idea de que las mujeres no son simples objetos de la voluntad masculina, sino sujetos capaces de intervenir en su propio destino.
Llegar y estar en Colombia
En Colombia, otras mujeres también fueron protagonistas decisivas en esta historia de lucha por la autonomía. Mucho antes de ser reconocidas como electoras, las colombianas ya participaban en la transformación de un orden social fundamentado en la diferencia de sexo. Como muestra Myriam Bautista González en Rebeldes, osadas y transgresoras. Mujeres colombianas.
Entre estas mujeres encontramos a Soledad Acosta de Samper, conocida como ‘Solita’, escritora, editora y periodista, quien apeló a su condición de ciudadana para dirigir manifiestos con peticiones concretas a los gobernantes en defensa de los derechos de las mujeres. A su vez, María Cano Márquez llevó las reivindicaciones sociales a escenarios que durante mucho tiempo habían estado reservados para los hombres. Emilia Pardo Umaña, primera mujer contratada en la redacción de un periódico colombiano, convirtió el periodismo en una forma de intervención pública. Y Débora Arango desafió desde la pintura convenciones políticas, religiosas y morales que parecían incuestionables.
Por eso, cuando la reforma constitucional de 1954 reconoció el derecho al voto de las mujeres gracias al trabajo de sufragistas como Esmeralda Arboleda, Josefina Valencia y María Currea, no incorporó a mujeres ausentes de la vida pública. Lo que hizo fue reconocer jurídicamente una presencia que, desde hacía décadas, ya estaba transformando la sociedad colombiana.
El voto: la conquista de la ciudadanía plena
Por la historia de las mujeres como colectivo, el derecho a votar no debe entenderse únicamente como el derecho a elegir: alteró una forma histórica de comprender quién podía hablar en nombre de quién, e implicó reconocer el derecho de las mujeres a existir como sujetos racionales, autónomos e integrantes de la comunidad política.
Las mujeres dejamos de ser personas cuya representación política podía descansar en los hombres de su familia y pasamos a ser reconocidas como individuos con una voluntad política propia.
Las propuestas que pretenden devolver la representación política al ámbito doméstico, como ocurre con algunas expresiones del fenómeno tradwife, resultan difíciles de conciliar con los principios democráticos. Más que una alternativa novedosa, implican el retorno a una concepción que subordinaba la autonomía de las mujeres a la autoridad de los hombres.
Para terminar, resulta inevitable volver a la pregunta inicial: ¿puede una democracia sobrevivir cuando el voto deja de ser la voz de una mujer para convertirse en la voz de una familia? La respuesta está en recordar a las mujeres que lucharon en contra de la exclusión.
Por supuesto, una mujer puede elegir libremente dedicarse al cuidado del hogar o encontrar en la vida doméstica una fuente de realización. Esa posibilidad forma parte de las libertades conquistadas. Lo preocupante surge cuando esa elección individual se convierte en una propuesta política.
Conviene entonces recordar que: la democracia avanza cuando cada persona puede hablar por sí misma. Retrocede cuando alguien pretende hacerlo en su lugar. Porque la historia de las mujeres también ha sido la historia de una conquista sencilla y profunda: el reconocimiento de que nadie puede volver a votar en nombre de una mujer.
La democracia avanza cuando cada persona puede hablar por sí misma. Retrocede cuando alguien pretende hacerlo en su lugar. Porque la historia de las mujeres también ha sido la historia de una conquista sencilla y profunda: el reconocimiento de que nadie puede volver a votar en nombre de una mujer
Referencias
Amorós, Celia. Ética y feminismo.
Bautista González, Myriam. Rebeldes, osadas y transgresoras. Mujeres colombianas.
Condé, Maryse. Yo, Tituba, la bruja negra de Salem.
Duby, Georges y Perrot, Michelle (dirs.). Historia de las mujeres en Occidente.
Scott, Joan Wallach. Género e historia.
Sor Juana Inés de la Cruz. Contra la ignorancia de las mujeres.
Trinidad, Alonso. Caza de brujas.
Wollstonecraft, Mary. Vindicación de los derechos de la mujer.
Lea los comentarios


