A ORGANIZÁ ESA VAGANCIA
6 Marzo 2022

Ana Bejarano Ricaurte

A ORGANIZÁ ESA VAGANCIA

El Congreso de la República es una de las instituciones más inoperantes de la democracia colombiana. Claro que expide leyes, pero en su mayoría son un canto a la bandera santanderista de este país obsesionado con las normas. Casi siempre pañitos de agua tibia que en nada alivian la fiebre descontrolada de inequidad social, violencia y otros males que aquejan a Colombia. No desperdicia el nombramiento de altos funcionarios del Estado, porque ocurre en medio de una repartija burocrática, clientelista y muchas veces delictual, en donde la clase política hace fiesta. 

Pero el control político que le corresponde ejercer agoniza en la Constitución del 91, pues no ha triunfado ni una sola vez. Los debates parlamentarios son una vergüenza, en los que nadie escucha a nadie y los honorables congresistas se apoderan del atril para leer o parafrasear oraciones vacías. Con contadas excepciones, no se trata de un vigoroso enfrentamiento de ideas o de visiones de país, sino de un desorden lleno de gente que entra y sale; como un coctel o estación de Transmilenio. 

Es una de las instituciones públicas en donde reinan las peores formas de acoso y abuso sexual. Tal vez por eso fue una de las sedes más prestantes de la llamada Comunidad del Anillo, donde se feriaban favores sexuales de jóvenes policías a cambio de ascensos. Entre 2014 y 2015, presencié una cantidad grotesca de comentarios, tocamientos y solicitudes repugnantes a las mujeres jóvenes que trabajábamos en esos pasillos. Una vez una jefa de prensa preguntó en las barras de los asesores si alguien tenía un chicle y se volteó desde una curul un representante a la cámara y le dijo: “te comparto, pero cógelo con tu boca”. Acto seguido, se lo puso entre los dientes, en pleno Salón Elíptico. Sus colegas rieron agraciados con el gesto. Y esto era apenas un juego inocente en comparación con otras violencias basadas en género que se engendran en este lugar.       

El ausentismo es rampante, muchos trámites administrativos transcurren en una cuestionable oscuridad y florecen incontables prácticas no escritas que hacen de esta corporación una de las más despreciadas por los colombianos. Ningún régimen que aspire a ser realmente democrático puede tener a su Parlamento en semejante ruina. Un lugar en donde se reproducen tantos y tan dañinos males sociales no debe ser el símbolo de un pueblo, ni cumplir con sus funciones constitucionales a cabalidad. 

Muchos candidatos hablan de qué leyes impulsarían de llegar al Congreso, pero ¿cómo transformar la institución? Tal vez necesitamos que produzca menos normas si con ello funciona un poco mejor y de manera más transparente.

Y como aguja en pajar, hay una candidata a la Cámara de Representantes por Bogotá, que no solo habla de estos temas sino que se ha dedicado a combatirlos: Cathy Juvinao. Catherine es una periodista, activista social y estratega política que, a pesar de haber llegado hace 17 años a Bogotá, no ha perdido sus maneras costeñas. Dice que entró a la política porque fue voluntaria en la Ola Verde de Antanas Mockus, aunque lo menciona con timidez porque repudia el manoseo que practica el centro político de la figura del exrector de la Universidad Nacional. Juvinao ha servido como jefa de comunicaciones de funcionarios de muy diversas tendencias: de Juan Pablo Bocarejo —secretario de movilidad de Peñalosa— a Carlos Caicedo, gobernador del Magdalena. Hasta opinaba en La luciérnaga. 

En su trabajo de incidencia pública se ha dedicado a evidenciar y combatir el ausentismo en el Congreso, la oscuridad en sus trámites, incluso el acoso sexual. Su proyecto de Trabajen Vagos no es solo discurso, sino acciones judiciales y administrativas concretas para acabar la holgazanería y corrupción en el Parlamento. Y algo que le suele pasar, sin importar el sombrero que se ponga: despierta la ira de gente muy poderosa. Ha enfrentando seguimientos ilegales, amenazas contra su vida y la de su familia e incluso le han escudriñado su vida amorosa. 

Financió su campaña con préstamos de bancos, colectas familiares y aportes pequeños de amigos. Cuenta que cuando salió a pedir plata enfrentó dos solicitudes concretas de favores sexuales a cambio del apoyo. Cathy no tiene sede, ni vallas. Pero no parece preocupada, porque también habla el lenguaje de las redes sociales y del activismo pop, que tan vacío pedestal ocupa en la discusión pública.   

Las probadas credenciales de quienes se lanzan a la política muchas veces terminan siendo cheques sin fondos. Es un sistema experto en producir decepciones masivas, cuya maquinaria absorbe a los candidatos esperanzadores, los tritura y escupe políticos tradicionales. 

Tal vez la verdadera gesta no es renovar el Congreso sino transformarlo. Parece imposible, pero es cada vez más urgente. Por eso la sociedad civil debe impulsar y no quitarles los ojos de encima a quienes se comprometan a hacerlo. Exigirles que cumplan con acciones concretas, si llegan a ocupar una silla en el Capitolio. A ver si ese himno de TikTok, convertido en jingle, cumple la promesa y “llega Cathy bien zocromática a organizá esa vagancia”.

Más columnas en Los Danieles

Contenido destacado

Recomendados en CAMBIO