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País

La vida imposible de los embera

William, uno de los líderes de la actual toma indígena embera chamí del Parque Nacional.

El Parque Nacional, en Bogotá se está convirtiendo, no ya en un lugar de paso, sino en el hogar obligado de más de 1.500 indígenas embera que no quieren quedarse pero tampoco se pueden ir. Bajo condiciones higiénicas invivibles, esperan desde hace siete meses a que el distrito o el gobierno nacional les dé una salida a su incertidumbre.

Por: María Fitzgerald

Decenas de familias indígenas embera katíos están a punto de cumplir 300 días asentados en el Parque Nacional, de Bogotá, en condiciones absolutamente insostenibles. Los refugios, construidos con maderos viejos y bolsas de basura, no alcanzan a resguardar de la lluvia, ni de las heladas noches capitalinas; y para alimentarse, los indígenas improvisan hogueras en las que preparan sopas y coladas con los pocos alimentos que pueden recolectar.

Han pasado siete meses desde que construyeron el primer cambuche y esta es la hora en que ni el Distrito ni el Gobierno nacional les dan una respuesta a sus ruegos: condiciones dignas para vivir en la capital, o garantías para regresar a sus territorios, de donde fueron expulsados por la violencia.

El campamento se ha convertido en una zona en disputa. Cada tanto, sucede algo: un campamento inundado, una mujer y su hijo pequeño atropellados por un conductor, un enfrentamiento con el Esmad que alborota los ánimos y deja al menos 30 heridos, y después todo retorna a su cauce: la indiferencia, que vuelve a asentarse después del remolino. Parece que la consigna fuera la misma de 2002, cuando un grupo de indígenas se tomó la sede de la Cruz Roja, en el norte de Bogotá, y allí permaneció durante tres años, antes de que la Fiscalía allanara el edificio y los expulsara a la fuerza, sin que las autoridades les hubieran dado solución a su problema: el desplazamiento forzado.

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