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Entender y no entender la batalla cultural de Abelardo de la Espriella
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Entender y no entender la batalla cultural de Abelardo de la Espriella

Créditos: Redes sociales

Abelardo de la Espriella libra una batalla que va más allá de las urnas, sostiene la escritora Amalia Tapiero. Imponer su visión de la religión, la soberanía, la familia y los derechos como sentido común es el objetivo; su respuesta es dejar de entender, y volver a preguntar qué significan esas palabras con las que se pretende definir el país que "hay que recuperar".

Por: Amalia Tapiero Barreto

“Mi Gobierno librará una batalla cultural para recuperar el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el respeto por la ley, el amor por la patria, la creencia en Dios y la responsabilidad individual”: esa fue la promesa de Abelardo de la Espriella el pasado 7 de agosto. 

Esta apunta a recuperar supuestos consensos nacionales que nunca nos han unido a todos realmente: el fervor por el capitalismo salvaje; una única visión de la familia como núcleo de la sociedad; el “mérito” como coartada de las relaciones de poder y los privilegios de clase; la disciplina como obediencia irrestricta a una doctrina; el respeto por la ley convertido en amenaza punitiva; el exacerbado amor patriota y el militarismo del “¡Firmes por la patria!”; la dependencia de las grandes potencias; la fe fanática, manoseada para movilizar pasiones masivas, y, por último, la responsabilidad individual que niega toda posibilidad asociativa, comunitaria o gremial.

Frente a ese discurso, cabe detenerse a entender. O, mejor, a no entender. No entender fue el título que la intelectual argentina Beatriz Sarlo eligió para su autobiografía. Así llamaba al motor de su vocación crítica, a ese desconcierto original ante el enigma del arte, la literatura y la vida: “No entender fue mi experiencia primera y definitiva. Comencé no entendiendo y casi enseguida acepté que ese era el punto de pasaje a todo lo que valía la pena”. 

En lo que respecta a la batalla cultural de Abelardo, aplicaríamos ese no entender, entre otros, a la libertad, cuando, en su nombre, se niega la existencia del prójimo, o a la soberanía que, orgullosamente, declara nuevas formas de dependencia. Tampoco entendemos la palabra mujer si borra, tacha o reescribe nuestras épicas conquistas, ni la naturaleza, cuando su conservación se presenta como una forma de impedir el progreso. No entender esos y los otros términos del discurso de Abelardo. No entender nuestra historia de vejámenes y luchas. No entender nuestra memoria y tergiversar los recuerdos. No entender aquello que alguna vez creímos que nos pertenecía. No entendernos, al fin y al cabo.

Aquí aparece el problema: que no entendamos lo mismo, aun con las mismas palabras, al intentar comunicarnos; que el sentido de las palabras libertad, soberanía, mujer, familia, naturaleza, amor, democracia, Dios, historia o memoria varíe según quién las pronuncia, y que aquello que era obvio vuelva a ponerse en duda. Así estamos, al borde de disputar los valores que históricamente heredamos, los símbolos que nos identifican y las formas de vida que consideramos plausibles, destruyéndolos y reconstruyéndolos a nuestro antojo.

Todo esto es más peligroso si no entendemos aquello que Abelardo de la Espriella llama batalla cultural. Así, ante la falta de explicaciones, intentemos entender un poco.

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¿De dónde viene el término batalla cultural?

La batalla cultural fue concebida —curiosamente, desde una corriente contraria a la de Abelardo— como la disputa por el control de nuestras mentes. Así la comprendió el filósofo marxista italiano Antonio Gramsci al acuñar conceptos como sentido común o hegemonía. Él entendió mejor que nadie que la cultura es crucial para sostener o derribar un orden social.

La batalla cultural fue concebida —curiosamente, desde una corriente contraria a la de Abelardo— como la disputa por el control de nuestras mentes. Así la comprendió el filósofo marxista italiano Antonio Gramsci al acuñar conceptos como sentido común o hegemonía.

Gramsci se preguntó por qué las clases dominadas terminan defendiendo tantas veces las ideas de quienes las dominan. Su respuesta apuntaba a algo más sutil que la coerción o el dinero: el poder también se ejerce logrando que una visión particular del mundo se perciba como la realidad misma. Eso es el sentido común: la cotidianidad —nunca espontánea ni neutral, aunque se experimente así— con la que una sociedad decide qué es normal y qué no.

Esta es una batalla tan bien ganada que ya ni siquiera se percibe como tal. Excediendo el mero gobierno, la hegemonía consigue que no se viva como una imposición, sino como el curso natural de las cosas. Por eso cuesta tanto combatirla. No se presenta como una ideología —algo rebatible y contra lo que se puede votar—, sino como “lo que todo el mundo sabe”.

Pero ninguna hegemonía es completa ni eterna. Coexiste, quiéralo o no, con fuerzas que la desafían desde dentro y desde fuera: lo contrahegemónico. A veces causan impacto; otras, el sistema las neutraliza y las convierte en mercancía inofensiva. Por eso, la batalla cultural carece de un final feliz: lejos de ser un territorio conquistado de una vez por todas, es un proceso abierto e inacabado. En esta lid, Gramsci otorgó protagonismo a los intelectuales, quienes organizan una visión del mundo, le dan forma y la disputan en público.

Por eso, la batalla cultural carece de un final feliz: lejos de ser un territorio conquistado de una vez por todas, es un proceso abierto e inacabado. En esta lid, Gramsci otorgó protagonismo a los intelectuales, quienes organizan una visión del mundo, le dan forma y la disputan en público.

De ahí que la batalla cultural no se libre solo en el Congreso o en las urnas, sino también en la academia, en los medios, en la calle, en el arte y en el entretenimiento. Es decir, allí donde se decide, a diario y jamás de antemano, qué significan las palabras. Su sentido se construye y, tras cambios en la correlación de fuerzas, se reescribe. 

Esto lo entendieron muy bien los ideólogos de derecha de nuestra era. El francés Alain de Benoist fue pionero en apropiarse de Gramsci mediante su autoproclamado “gramscismo de derecha”. Medio siglo después, esa apropiación reaparece entre los libertarios latinoamericanos con el argentino Agustín Laje, cuyo libro La batalla cultural (2022) guía, desde ese concepto, a una nueva generación. Los términos permanecen, pero cambian el proyecto político que los enuncia y la visión del mundo que se defiende.

Laje retoma la idea gramsciana de que el poder no se sostiene solo por la fuerza, sino también por un consenso cultural y político. Según él, la izquierda habría comprendido antes que la derecha la importancia de disputar el sentido común desde la educación, el arte, el periodismo y el entretenimiento. Tras la caída de la URSS, sostiene, esa disputa se habría desplazado de la lucha de clases al terreno identitario, con el feminismo, las discusiones sobre género, el ecologismo y el indigenismo entre sus principales frentes.

Como en Colombia, la batalla cultural de las nuevas derechas latinoamericanas ya sirvió para ganar elecciones, y ahora va por cómo definimos lo que nos rodea. Y en esa disputa no siempre importa la solidez de las fuentes. En El libro negro de la nueva izquierda (2016), para cuestionar el feminismo, el propio Laje recurre a una publicación del medio satírico Actualidad Panamericana, según la cual un supuesto grupo de mujeres había recogido firmas para prohibir el mariachi por sus letras patriarcales. Aunque sea cómico, esto también confirma la lógica de esta batalla: en la construcción de un nuevo sentido común, una ficción puede terminar siendo evidencia si confirma aquello que se quiere demostrar.

La batalla cultural de Abelardo de la Espriella

Esta batalla comienza precisamente en esa resignificación de palabras que pronunció el nuevo presidente, con el fin de lograr que una determinada manera de entenderlas parezca sentido común y no una posición política. Y ahí está el meollo del asunto. Porque recuperar los términos listados en su promesa (democracia, familia, etc.) implica decidir, sobre todo, qué significado tendrán una vez rescatados. Analicemos algunas claves adicionales.

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El 7 de agosto, en el Batallón Pichincha, resonó la vieja consigna del expresidente Rafael Núñez (“Regeneración o catástrofe”), con la que justificó el tránsito de los Estados Unidos de Colombia —y del modelo federal del periodo del Olimpo Radical— a la naciente República de Colombia, organizada según el centralismo de la Constitución de 1886. Con esta y el proyecto regenerador, se cimentaron 44 años de hegemonía conservadora, marcados por un Estado confesional; la censura de la prensa; la persecución de opositores; la concentración de la tierra y de los contratos públicos en unos pocos apellidos, y una creciente dependencia de las potencias extranjeras.

Con esta y el proyecto regenerador, se cimentaron 44 años de hegemonía conservadora, marcados por un Estado confesional; la censura de la prensa; la persecución de opositores; la concentración de la tierra y de los contratos públicos en unos pocos apellidos, y una creciente dependencia de las potencias extranjeras.

Respecto de esto último, una de las peores catástrofes fue la pérdida de Panamá. Pero ni siquiera eso impidió que Colombia estrechara vínculos con Estados Unidos. Incluso la presidencia de Marco Fidel Suárez (1918-1921) adoptó la doctrina respice polum (“mirar hacia la estrella polar” en latín), que convirtió al país del norte en un referente para nuestra política exterior. Y después, cerca del final de la hegemonía conservadora, en 1928, los fusiles del Estado respondieron a la huelga contra la empresa estadounidense United Fruit Company.

Así, detrás de la bonanza cafetera y bananera que Abelardo añora, hubo salarios paupérrimos, desigualdad y una economía sometida al extranjero; ante el reclamo social, la respuesta oficial rara vez fue el diálogo. No es, pues, un pasado nostálgico: “No se puede catalogar de edad de oro a un régimen sostenido sobre el despojo, la persecución a los pobres y la sangre de sus disidentes; pretender replicarlo no conduce al progreso, sino a una grave regresión democrática”, afirmó hace poco el doctor en Estudios Políticos Andrés Miguel Sampayo. Y, sin embargo, esas parecieran ser las bases de la batalla cultural del presidente.

“No se puede catalogar de edad de oro a un régimen sostenido sobre el despojo, la persecución a los pobres y la sangre de sus disidentes; pretender replicarlo no conduce al progreso, sino a una grave regresión democrática”, afirmó hace poco el doctor en Estudios Políticos Andrés Miguel Sampayo. Y, sin embargo, esas parecieran ser las bases de la batalla cultural del presidente.

Esta reivindicación de la Regeneración dista del relato exaltado por el anterior mandatario: el del coronel Aureliano Buendía —personaje ficticio de Cien años de soledad que promovió 32 levantamientos armados y los perdió todos, y en honor al cual empezó a autoproclamarse “último Aureliano”— y el del Gral. José María Melo, quien en 1854, con el apoyo popular, encabezó un golpe contra el orden oligárquico. Dos presidentes y genealogías enfrentadas: dos maneras de entender Colombia y qué país merece ser recuperado.

No olvidemos que la batalla cultural nunca cesa. Pero lo novedoso es la agresividad con la que las nuevas derechas la plantean, como la referencia a la Regeneración. A este propósito, cabe preguntarse por el rol específico del Estado laico, la naturaleza, la mujer, las diversidades y otras realidades y símbolos en el pugilato de la patria milagro.

Dios: el símbolo que moviliza pasiones

Una de las claves de esta batalla cultural son las referencias explícitas al cristianismo y al sionismo. Así lo demostró la posesión presidencial. Aunque la nuestra es una nación pluriétnica y multicultural cuya Constitución reconoce el laicismo y la libertad de cultos, se prestó el escenario para que un rabino vitoreara a Israel, y para que un cura y un pastor dieran misa. Además, tras su victoria, De la Espriella adoptó un lenguaje abiertamente mesiánico, imitando el gesto de Bolsonaro y Trump: “Dios y el pueblo decidieron ungirme como el presidente de todos los colombianos”. Las semejanzas con el Estado confesional de la Constitución de la Regeneración son notorias. Abelardo no cesa de lanzar guiños a Cristo Rey y al retorno de los judíos a Israel, suscribiendo una lectura del nuevo orden mundial basada en el sionismo cristiano.

Aunque la nuestra es una nación pluriétnica y multicultural cuya Constitución reconoce el laicismo y la libertad de cultos, se prestó el escenario para que un rabino vitoreara a Israel, y para que un cura y un pastor dieran misa. Además, tras su victoria, De la Espriella adoptó un lenguaje abiertamente mesiánico, imitando el gesto de Bolsonaro y Trump: “Dios y el pueblo decidieron ungirme como el presidente de todos los colombianos”.

Esa dinámica religiosa se cuela en la cultura popular y revela otra operación propia de la batalla cultural: tropicalizar referentes extranjeros. Por eso, los funcionarios del nuevo Ministerio de las Culturas echaron sal sobre los escritorios y desecharon artesanías “diabólicas” del Carnaval de Riosucio; por eso, la cantante Maía reinterpretó la canción laica “Hallelujah”, de Leonard Cohen, con simbología cristiana en la posesión, y por eso, Abelardo cerró su primer discurso, frente a los militares, con “Nessun dorma”, aria de Turandot inmortalizada por Pavarotti. De ahí que este construyera un remedo de Casa Blanca en drywall, en Barranquilla, sospechando de los supuestos rituales chamánicos que Petro habría efectuado dentro del Palacio de Nariño, y de ahí que decidiera ejercer desde el Palacio de San Carlos —la antigua Cancillería, un edificio en honor a un santo— si fuera a Bogotá.

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Pero ese sionismo cristiano, que se consolida en Colombia, y la importación de referentes no se quedan en el plano simbólico. También repercuten en las políticas de Estado y en la política exterior, de la mano del canciller Ómar Bula. Ya se ha planteado una alianza más estrecha con Estados Unidos e Israel, con Tania Gilinski —hija del patriarca Isaac Gilinski, de la poderosísima familia propietaria del Banco GNB Sudameris, Nutresa y Semana, entre otros— como nueva embajadora en Jerusalén, una ubicación que, de por sí, constituye una afrenta. Esto vuelve a poner de manifiesto cómo los grandes conglomerados económicos intervienen en la política nacional y, desde una posición subordinada, abren las puertas al capital extranjero. Así, un siglo después, Bula resucita el respice polum de Suárez, solo que ahora guiado por un polo que abarca los Altos del Golán reconocidos como territorio israelí.

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Esto vuelve a poner de manifiesto cómo los grandes conglomerados económicos intervienen en la política nacional y, desde una posición subordinada, abren las puertas al capital extranjero.

La exalcaldesa de Bogotá, Claudia López, lo resumió con crudeza: “Abelardo de la Espriella ganó las elecciones por un margen muy estrecho, con un apoyo muy decidido de iglesias evangélicas, de sectores empresariales y religiosos pro-Netanyahu e Israel, a los que les debe la presidencia, con una intervención extranjera grotesca y por demás ilegal en las elecciones. También de sectores trumpistas. ¿Y qué ha hecho? Pues lo que hace todo político tradicional: pagarle a quienes le dieron la presidencia”.

Si seguimos esa hipótesis, el cruce entre geopolítica y religión se da en ese pago de favores que adopta la forma de una nueva hegemonía, de un nuevo sentido común, que avala determinadas alianzas y nociones de soberanía. Se naturalizan, así, la cruzada antimigrantes de Estados Unidos —que cobró la vida de un colombiano inocente y sobre la cual el entonces presidente electo ni siquiera se pronunció— y el genocidio de Israel en Gaza, fundamentado en el sionismo y en una supuesta autodefensa. Para Colombia, esto hace digerible lo que, de otro modo, nunca lo sería: que Israel nos venda armas para continuar la guerra y que nosotros les vendamos carbón para que Palestina arda —hechos ya celebrados por buena parte de la prensa—, y que tropas estadounidenses recorran libremente nuestro territorio sin la aprobación del Congreso, en lo que, en la práctica, parece cada vez más una colonización.

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Y falta ver qué ocurrirá cuando entre en juego la venta de recursos naturales y tierras a extranjeros. La experiencia argentina ofrece un antecedente que vale la pena estudiar, así como las resistencias que allí se han fraguado. Por ejemplo, la academia y organizaciones como el Observatorio de Tierras, liderado por el historiador y docente Pablo Volkind.

Naturaleza: de bien común a activo financiero

La misma retórica religiosa, fundamento de la batalla cultural, se extiende hasta la noción de naturaleza. Cuando el país enfrentó un terremoto tras el comienzo de su mandato, la respuesta de Abelardo fue, otra vez, teológica antes que práctica o política: “Lo que Dios hace, queridos compatriotas, solo Dios lo sabe. Decidió presentarnos esta prueba tan difícil y, en su sabiduría, lo hizo precisamente el día en que comencé mi mandato”. Una catástrofe leída como designio divino y no como lo que también es: un problema de respuesta estatal.

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Se trata de la misma reasignación de responsabilidades que despeja el camino para tratar la naturaleza como un negocio. Ahí aparecen los ambientalistas de salón, que defienden los bonos de carbono y el supuesto fracking sostenible bajo la excusa de que así se practica la explotación de hidrocarburos en Estados Unidos; lo que importa, al final, es la riqueza, la explotación y la experiencia del norte, no la naturaleza como bien común. No en vano, según La Silla Vacía, el nuevo director del IDEAM pretende fortalecer el mercado voluntario de carbono para la conservación y la generación de recursos en ecosistemas como la Amazonía.

Familia, mujer y diversidades sexuales: la sumisión como orden natural

Influenciadores de ultraderecha como Vincent Ramos, Oswaldo Ortiz o Santiago Giraldo (entrenado por Laje), que normalizan discursos de odio, fueron invitados por Abelardo a su posesión. La primera dama, Ana Lucía Pineda, encarna a las trad wives locales y reivindica la sumisión femenina al hombre como cabeza de hogar, en un país donde el 46,4 % de los hogares —casi 8,8 millones— están liderados por mujeres. Y la manósfera, con sus discursos antifeministas y de masculinidad hegemónica, pone en duda conquistas como los derechos sexuales y reproductivos, la igualdad de género, el matrimonio igualitario y el aborto.

Todo esto ocurre, además, en un entorno digital que no es neutral. Las redes sociales son un espacio de disputa cultural controlado por una oligarquía tecnológica del norte global, que decide qué vemos, qué se repite y qué termina por parecernos normal. La circulación constante de estos discursos, amplificada por algoritmos diseñados para retener nuestra atención, puede convertir posiciones marginales en conversaciones cotidianas y hacer que una determinada visión del mundo parezca sentido común.

Las redes sociales son un espacio de disputa cultural controlado por una oligarquía tecnológica del norte global, que decide qué vemos, qué se repite y qué termina por parecernos normal.

Con todo esto se allana el terreno para que, desde las instituciones, los nuevos funcionarios impulsen reformas regresivas que recortan derechos fruto de la movilización popular. Un ejemplo básico y revelador es que en el ICBF se reemplace en los documentos oficiales la expresión “niños y niñas” (sustantivos que describen a las personas) por “niñez” (sustantivo que describe una etapa), como si borrar las palabras también pudiera borrar la existencia y, con ella, la posibilidad de nombrar violencias particulares contra grupos específicos como los menores en general o, en particular, las niñas. En esa misma línea, aparece la cuota cristiana representada por Viviane Morales, ministra de Educación, quien ha sostenido explícitamente que la izquierda ha “ideologizado” a los menores de edad y ha pedido, sin evidencias concretas de su acusación, “sacar a Marx y meter a Dios” en las aulas.

¿Cómo afrontar la batalla cultural?

Esto que escribo, apenas un esbozo de lo que se viene, demuestra que invertir el discurso de Gramsci también invierte su función. Si para el italiano la cultura permite a una sociedad reconocerse y disputar su destino, para la nueva derecha parece ser, sobre todo, un asunto de eficiencia y administración. Precisamente porque reconoce su potencial crítico, busca despojar a la cultura de su capacidad de interpelar el orden establecido, hasta convertirla en un producto más del mercado. No en vano, Paola Holguín llegó al Ministerio de las Culturas con la premisa de “gerenciar la cultura con orden y rigor”.

Aún quedan preguntas, como qué podemos esperar de una política tributaria dirigida por el linaje de Laureano Gómez o de la memoria del conflicto en manos de un negacionista. Porque detrás de estas decisiones también se disputa quién merece derechos, qué Estado estamos dispuestos a sostener y a quién termina beneficiando su reducción.

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Pero lo fundamental es entender que la cultura y la intelectualidad forman parte del escenario donde debemos dar la pelea. Lo supo María Fernanda Cabal cuando, tras la muerte de García Márquez, escribió que pronto él estaría en el infierno junto a Fidel Castro; lo saben también las escuelas de Florida y Texas que lo retiraron de sus bibliotecas. No es casualidad: como enseñó Gramsci, allí se disputa el sentido común. En esta batalla cultural, nos corresponde conservar justamente la curiosidad que nace de no entender el absurdo que vivimos y buscar explicaciones desde el arte, la academia, la ciencia y el pensamiento crítico. Al final, a partir de ellos imaginamos y disputamos el bien común y las conquistas populares.

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