
Cuando pase el temblor: las grietas que dejó el sismo en Quibdó, contadas por los sobrevivientes
Taliana tiene 12 años y vive en el barrio Zona Minera de Quibdó. Su casa quedó destrozada por el terremoto. Foto: Pablo David - CAMBIO.
CAMBIO llegó a Zona Minera, uno de los barrios más golpeados por el sismo de 7,4, para contar las historias de quienes perdieron casi todo. Hoy enfrentan casas inhabitables, el riesgo de nuevos deslizamientos y una pobreza que el terremoto no creó, pero dejó al descubierto.
Por: Lina Cuitiva
"En la casa somos once. Cuando empezó el terremoto nos agarramos todos de la mano y nos paramos en la puerta. Creímos que nos íbamos a morir", recuerda Angie Julieth Palacios. Con cada sacudón, las paredes se abrían, los muebles cedían y una vida entera parecía desmoronarse ante sus ojos. "Todo lo que teníamos se estaba cayendo".
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Angie Julieth vive en el barrio popular Zona Minera de Quibdó, una de las ciudades más afectadas por el sismo catastrófico que acabó con la vida de más de 280 personas en Colombia. Cuenta que el terremoto sorprendió a su familia mientras estaban dormidos, pero los gritos de su mamá fueron suficientes para que hermanas, tíos, primos y varios niños alcanzaran a reaccionar y resguardarse en el antejardín de su casa, un espacio de unos dos metros techado con lámina metálica que sirvió refugio improvisado para esas once personas que, durante unos segundos, sintieron que no tenían dónde esconderse.

Han pasado unos días desde el terremoto, pero ella y su numerosa familia siguen afuera de su casa, en el mismo antejardín que aquella mañana les sirvió de refugio y que ahora se ha convertido en su lugar de vida porque no tienen adónde más ir. Seis adultos se sientan unos frente a otros sobre baldes de pintura puestos boca abajo y conversan sobre las ayudas que esperan: “Si no han terminado con los damnificados de San Vicente, imagínese ahora”, dice sin terminar la frase una mujer de unos 40 años, en referencia al incendio ocurrido en la ciudad en julio pasado, que dejó dos personas muertas y 39 viviendas afectadas.
—"Hay que hacer un mundo nuevo", bromea uno de los familiares. La frase provoca risas y una mujer responde con su característico acento chocoano: "¿Y eso cómo se hace? Yo sí estoy interesada en saberlo".
Con una hospitalidad que sorprende en quien lo perdió casi todo, Angie Julieth invita al equipo de CAMBIO a pasar a lo que quedó de su casa, una vivienda pequeña de una planta. ‘¿Quieren ver cómo quedó? Sigan con confianza, no tengan miedo’.
No sabemos cómo se veía antes, pero ahora, en lo que quedó de sala hay varias bolsas, grandes y apeñuscadas, guardan ropa, hay un televisor roto, canastillas de plástico con lo poco que se pudo salvar de la vajilla, la loza y algunos juguetes infantiles. Al fondo, tras pasar por un pasillo estrecho, está la única habitación de la casa, que ocupa casi la mitad de la vivienda y donde se ve el mayor daño: las vigas están agrietadas, parte del techo se vino abajo y las varillas de acero quedaron expuestas después de que cediera uno de los muros internos. En la pared opuesta faltan varios bloques de ladrillo.
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De la cocina sale una escalera de concreto que conduce a un subpiso que la familia utilizaba como patio. Los escalones parecen haberse desprendido y ya nadie se atreve a usarlos. En la casa de Angie Julieth temen que las réplicas sísmicas o el agua que se puede filtrar con los aguaceros típicos de una de las regiones más lluviosas del planeta, terminen por llevarse lo que el terremoto dejó en pie.
Una primera brigada de expertos estructurales ya pasó por esa casa y, después de revisar los daños, les dio una instrucción clara: debían evacuar de inmediato porque la vivienda no es segura. Pero la familia no se ha ido, han dormido todas estas noches acurrucados en el suelo de esa sala. No porque desconozcan el riesgo, sino porque no tienen donde irse. No hay presupuesto para tomar un arriendo y tampoco es fácil encontrar una vivienda que acoja a once personas.

Para llegar al barrio, a unos 15 minutos del centro de Quibdó, hay que recorrer una vía llena de huecos y charcos y subir una ladera por la que las motos entran y salen a todas horas. Son el principal medio de conexión de una comunidad que durante años ha tenido que abrirse camino y resolver por su cuenta buena parte de sus necesidades.
Según vecinos del sector, el acueducto y la energía eléctrica fueron llegando de la mano de los propios habitantes, a medida que levantaban sus casas y ampliaban el área construida. Primero fueron las paredes, luego los servicios y después las calles angostas. Pero esa misma lógica de construir sobre la marcha pudo convertirse en una de sus mayores vulnerabilidades: muchas viviendas fueron levantadas sin criterios técnicos, con materiales y estructuras precarias, sobre un terreno que no ofrecía las mejores condiciones.
"Ese día perdí el trabajo de toda una vida"
En otra cuadra del sector está Bertonis Rentería, un ingeniero civil y topógrafo de unos 50 años que llegó para evaluar los daños en la casa de su propio hermano, el profesor de bachillerato Giovanni, que antes del sismo del 10 de agosto vivía en una vivienda espaciosa de tres pisos con su esposa y sus cuatro hijos.
El ingeniero Rentería encontró señales de que el terreno se está moviendo. Según explica, el terremoto desprendió parte de la corona de la montaña donde se ubica Zona Minera y desplazó la masa de tierra sobre la que están construidas las viviendas.
“El terreno está cediendo. Con las réplicas y todo eso, es peor”, dice.
Esta vez, el diagnóstico de Rentería no era para un desconocido. Era la casa de su hermano la que estaba frente a él. Como ingeniero, sabía lo que tenía que decir; como hermano, probablemente era lo último que quería escuchar: “La casa hay que demolerla”, dice sin matizar.

El ingeniero señala además otro problema que atraviesa este barrio humilde: muchas familias construyeron sus viviendas con los conocimientos que les permiten levantar una pared, pero sin estudios ni asesoría profesional que determinen, por ejemplo, la profundidad que debe tener una cimentación o las condiciones que debe cumplir un terreno resistente.
La casa de Giovanni quedó marcada por grietas grandes y pequeñas que recorren las paredes. Desde la fachada, el daño podría parecer menor; pero basta cruzar la puerta de entrada para descubrir otra escena. Las divisiones internas están fracturadas, algunas completamente destruidas, hay escombros por todo el suelo y en varias paredes quedaron agujeros que permiten ver directamente hacia la casa de al lado.
Afuera, la humedad de Quibdó roza el 92 por ciento. Adentro, pareciera un ambiente más seco por el polvo de los muros que se vinieron abajo.
“Ese día perdí el trabajo de toda una vida”, dice el docente. Su hijo Weiner contó que su familia llevaba casi 15 años viviendo esa casa que el sismo destrozó en segundos.


Una situación similar se vive en la casa de Jennifer Ibargüen. Los expertos estructurales que la visitaron también le dijeron que su vivienda “se iba para demolición”, luego de ver las grietas en forma de X que quedaron en los únicos muros en pie. La estructura quedó a punto de caer a una quebrada.
Giovanni y su vecino Marcelo le mostraron a CAMBIO algo que los aterroriza incluso más que el sismo: una enorme grieta, mucho más grande que las de las casas, que apareció detrás de sus lotes después del movimiento telúrico del lunes pasado. La abertura atraviesa buena parte de la ladera sobre la que está construido el barrio y, según lo que han observado, se extiende varios metros montaña arriba. El temor es que las lluvias terminen de saturar el terreno y provoquen un deslizamiento con consecuencias fatales.
En este sector de la capital chocoana se calcula que unas 50 casas quedaron inhabitables.
“La prioridad es lo material”
Han pasado algunos días desde el terremoto y la ayuda de la Gobernación o de la Alcaldía todavía no ha llegado al barrio, según cuentan sus habitantes. Por ahora, el auxilio lo han encontrado entre ellos mismos. Unos les abren las puertas de sus casas a quienes se quedaron sin techo; otros ayudan con los trasteos a las familias que tienen que salir de las viviendas averiadas. Algunas mujeres, además, encienden el fogón para preparar sancochos comunitarios.
“Buenas, ¿está la señora Clemencia?”, pregunta desde la calle y en voz alta una mujer joven que recorre el barrio acompañada de cuatro adolescentes. Todas llevan bolsas plásticas translúcidas que dejan ver un par de kilos de granos, algunas latas de atún y una botella de aceite. Van de casa en casa entregando mercados que los propios vecinos del barrio estrato 1 organizaron para repartir entre quienes más los necesitan.
—“Mire, señora, es para usted. Así nos toca: ayudarnos entre todos”.

Taliana tiene 11 años y una voz dulce, pero no puede esconder su mirada triste. Habla de las dificultades que han venido después del terremoto y empieza a lagrimear. Su casa quedó gravemente averiada y ahora comparte el espacio con familiares que han llegado de distintos lugares. Duermen como pueden. “Estamos pasando mucho trabajo”, dice.
Pero Taliana también sabe que pudo haber sido peor. Su familia sobrevivió y eso, para ella, es motivo de agradecimiento. “Por la fe estamos vivos —dice—, pero sí necesitamos la ayuda de todas las personas, de todos los países".
Cuando se le pregunta a Angie Julieth qué es lo que más necesita después de sobrevivir al terremoto, responde con una frase que podría sonar fría, pero que en este contexto cobra mucho sentido: “La prioridad es lo material”. Tras comprobar que los once miembros de su familia están bien de salud, la preocupación cambia de lugar. Son las cosas que perdieron —la casa, los muebles, la ropa, los colchones y los objetos que durante años fueron construyendo su vida— las que ahora representan la posibilidad de recuperar algo de tranquilidad y de rutina.
“La prioridad para nosotros ahorita es lo material para medio arreglar la casita y tener donde echar un sueño dignamente. Requerimos materiales; lo de la comida lo hemos podido solventar, pero necesitamos dónde dormir”.
Angie Julieth dice que las ayudas les serían más útiles a ella y a su familia serían bultos de cemento, arena, varillas, láminas para tejas, entre otros materiales de construcción.
La petición también deja entrever algo más: no quiere irse de su casa. Aunque la brigada técnica les advirtió que la vivienda es inhabitable y que deben evacuarla, ella habla de conseguir materiales para repararla, como si todavía pudiera salvarse. Para ella esa casa representa años de esfuerzo y unidad de su familia.

El caso de Angie Julieth resume una paradoja que se repite en Zona Minera: para quienes ya vivían con poco, perder la casa no solo significa quedarse sin techo, sino perder la posibilidad misma de recuperarse. No basta con decirles que evacúen si no tienen otro lugar al cual ir, ni con entregarles alimentos si lo que necesitan es casi volver a empezar sus vidas.
Quibdó ya cargaba antes del terremoto con profundas desigualdades y con barrios que crecieron, en buena medida, al margen de una planeación urbana capaz de acompañar su expansión. El sismo no creó esas carencias, pero sí las hizo más visibles y las volvió más urgentes. Lo que ocurra en Zona Minera después de la emergencia dependerá de que la ayuda no se limite a atender los daños inmediatos, sino que permita que estas familias no tengan que volver a levantar sus casas con las mismas condiciones que las hicieron vulnerables.
Mientras tanto, en el antejardín de Angie Julieth, siguen los once. Sobrevivieron al terremoto. Ahora tendrán que sobrevivir a lo que dejó.



La gobernación de Chocó dispuso de un centro de acopio para un banco de materiales de construcción en las Bodegas del Pacífico, en Quibdó, después del puente de Cabi.
La administración departamental le pidió a empresarios, comerciantes y organizaciones donar productos como bultos de cemento, varillas de acero, malla electrosoldada, alambre, sanitarios, ladrillos, perfiles, baldosas cerámicas entre otros elementos escenciales para las labores de reconstrucción del departamento. Línea telefónica de contacto : 317 2967615.
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