
Entre el terror y la esperanza: el turismo cafetero del Quindío después del terremoto
Quindío: entre el terror y la esperanza tras el terremoto. Créditos: Alcaldía de Armenia/ tiktok @alejo09211
En el pueblo llegan mercados, tejas e ingenieros. En el campo, el silencio. Un mes después del terremoto que sacudió al Quindío, campesinos, guías turísticos y hoteleros del Eje Cafetero cuentan cómo el miedo ahuyentó a los visitantes y los dejó solos frente a la tarea de reconstruir.
La finca de Doña Laura, ubicada en la vereda La Soledad, en el municipio de Quimbaya, ha sido propiedad de su familia por un siglo y medio. Allí, a tres minutos de la cabecera municipal, ha vivido durante 67 años.
Con los ahorros de toda una vida, construyó tres apartamentos para alojar a los visitantes. Se dedicó por décadas a la siembra de café y cacao, pero su tierra guardaba otra riqueza: quedaba en un punto estratégico, rodeada de los parques más turísticos del Paisaje Cultural Cafetero.
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"Yo soy campesina, así que la economía no nos dio para construir algo muy grande y muy cómodo. Son tres apartamentos pequeños, rurales, pero bonitos y perfectamente limpios", dice, y agrega que, desde que empezó a recibir turistas, la mayoría colombianos que viven por fuera, llega al fin de mes más tranquila y solvente. Cobra 50 mil pesos por noche, más 18 mil pesos de desayuno.

El terremoto del 10 de agosto, igual que le pasó con el que destruyó a Armenia en 1999, le voló el techo de su casa y zarandeó con estruendo las paredes de bareque. Los apartamentos en los que hospeda a sus visitantes cedieron diez centímetros. No se fueron al suelo fue porque un corredor que habían construido hace pocos días los sostuvo.
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Doña Laura dice, como quien lanza al aire una plegaria que no va a tener respuesta: "En el pueblo, que está pegado, dan ayudas, mercados, hay un albergue en el que uno se sienta y le dan comida. Reparten tejas, hay ingenieros revisando las casas. En el campo no, en el campo eso no pasa". Como no tiene respuesta, qué es lo que se va a poner a hacer —mientras sigue durmiendo con su mamá en uno de los apartamentos sin techo— para ganarse la vida, reconstruir sus locaciones y volver a recibir visitantes.
En un tono casi inaudible, como si quisiera llorar o cerrar los ojos y olvidarse de todo, doña Laura dice: "La afectación no es solo económica. Moralmente estoy muy bajita". Y luego se acuerda, para no ser injusta, que aunque ninguna entidad oficial ha llegado hasta su vereda, un político que conocía a su esposo sí fue hasta allá para entregarle un mercado.

En el patio de su casa, en donde tiene arrumadas sus pertenencias personales, rotos, también reposan los métodos con que preparaba el café que vendía, hasta que pasó el temblor, en una tienda al borde de la carretera. Desde que la tierra se estremeció, a su finca no llega el agua —no tratada— que normalmente le dispensa el Comité Cafetero. Como si Dios quisiera comprobarle que no mira hacia su vereda.
Doña Laura es una de las 6902 caficultoras que han reportado daño total o parcial de sus viviendas por el terremoto en los departamentos de Valle del Cauca, Risaralda, Caldas, Quindío y Chocó. Su finca, El Rubi, es una de las 5.628 fincas cafeteras que hay en el Quindío según el último reporte de la Región Administrativa de Planeación (RAP) del Eje Cafetero. El departamento del Quindío, con más de dos millones de visitantes cada año según su secretaria de Turismo, Industria y Comercio, es uno de los pilares turísticos del país. En la Semana Santa de este año, el departamento reportó ingresos por más de 76 mil millones de pesos.
“Si vas caminando y suena un ruido, te tiemblan las piernas”, William Colmenares, guía de turismo en bicicleta
—Como tengo un porcentaje de asperger y de déficit de atención, siento el miedo de forma muy extraña —dice William Colmenares, guía turístico radicado en Salento.
Por eso, en la mañana del 10 de agosto, antes de desalojar la sede de Bike Salento Travels, se puso a inspeccionar si esta tenía daños estructurales en sus columnas y vigas. Media hora después del sismo de 7,4 grados de magnitud, plenamente consciente de que había ocurrido un terremoto, recibió al primer cliente que había reservado una excursión en bicicleta. Al rato llegó el segundo y, minutos después, otra pareja. “Estamos más seguros en bicicleta que en el pueblo”, le dijeron.

—Fue un comienzo de día muy atípico en el que me fui a rodar con un belga, un holandés y un italiano mientras sabía que medio país estaba destruido —cuenta Colmenares.
Escalador, pionero del enduro en bicicleta en Colombia, ingeniero automotriz, William llegó a Salento huyendo de problemas de seguridad y con el objetivo de impulsar el turismo comunitario. Colgado a su bicicleta, además del enfoque de aventura, descensos y adrenalina con que se hizo un nombre en Salento, desde hace años su oferta turística incluye experiencias gastronómicas locales, la historia del café y visitas a las fincas y reservas naturales de la zona. En 10 de las 17 veredas de Salento tiene vecinos con proyectos de turismo comunitario a los que lleva extranjeros que, en todos los idiomas, piden café de Colombia.
En una buena semana, William guía hasta a 20 visitantes que llegan al pueblo colonial preguntando por las cascadas que nacen en el Alto del Paramillo del Quindío, el valle del Cocora y los descensos pronunciados entre los bosques de pino del municipio. El terremoto, claro, les cambió las reglas.
—¿Se cayeron todas las reservas? —le pregunto.
—Sí. Estamos quietos. La gente tiene mucho miedo. Pasa que vos vas caminando, oyes cualquier ruido y te empiezan a temblar las piernas. En el pueblo pasa como en Another Brick in the Wall, la canción de Pink Floyd. Nadie sabe nada, nadie sabe qué hacer, pero seguimos caminando hacia el hueco. La gente quiere que todo siga funcionando, pero no hay recursos para que eso pase.

“Es muy complicado planear algo, cuando no hay viajeros que quieran venir”, William, guía de alta y media montaña
Luis es guía de media y alta montaña. Lleva visitantes al Parque Nacional Natural Los Nevados, el Valle de Cocora, reservas privadas en Salento y sus alrededores, entre otros destinos que incluyen el Pacífico y el volcán Cerro Machín, en el departamento del Tolima. También vive en Salento y, al igual que doña Laura y William, dice estar experimentando un vacío muy grande derivado de la incertidumbre de qué va a pasar con su trabajo.
—El día después del terremoto, el pueblo se vació, pues la mayoría de turistas huyeron. Y a mí empezaron a llamarme de todas las agencias con las que trabajo para cancelar los tours —dice sin autocompasión pero sí con pesadumbre.

Antes de la pandemia, en el mejor momento de su empresa, William le daba trabajo a 15 guías freelance. Desde entonces, porque el flujo de visitantes no volvió a ser el mismo, “y porque la naturaleza de los nuevos turistas, atraídos en su mayoría por las producciones de Netflix grabadas en Salento que se hicieron famosas durante la pandemia también cambió”, disminuyó el número de guías a 7. Pero la cosa iba bien y, asociado a dos de las agencias de viajes más grandes del mundo, volvió a ver su calendario topado de reservas. Este agosto, en particular, estaba siendo un mes bondadoso y abundante y parecía que nada en el mundo iba a truncar la visita habitual de los rusos, ingleses, alemanes y sudafricanos que cruzan el Atlántico para pedir sus servicios.
Pero la tierra sacudió y, de todas las reservas anotadas en su calendario para los días por venir, solo una queda en pie.
—A los 7 guías que trabajan con nosotros les gusta mucho porque yo les pago, independientemente de si el trabajo dura 3 o 7 horas, 200.000 pesos por día, que es una ganancia muy buena. Para mí eso es lo más fascinante: 7 personas que esperan llevar el pan para sus familias con el trabajo y que lo estaban haciendo…
—¿Y ahora qué van a hacer? ¿Cuál es el primer plan de acción que se les ocurre?
—Mmmm… es una circunstancia tan atípica que la verdad no hemos vislumbrado cómo vamos a hacer. Es muy complicado planificar algo para los viajeros cuando no hay viajero que quiera venir. Necesitamos que otra vez nos busquen…
"El Quindío sigue vivo, hermoso, y recibiendo visitantes", Natalia Obregón, dueña de una hacienda cafetera El Percal
El comienzo de este año, por la incertidumbre política y de seguridad en el país, no fue el más auspicioso para el Hotel Campestre La Aldea, uno de los más importantes del municipio de Montenegro. Pero desde finales de junio, según nos dijo su director, Fabio Alexander Quintero, las visitas se dispararon y la temporada de agosto iba con el viento a favor. De hecho, el día del terremoto, el hotel tuvo hospedados a 85 estudiantes de México, Brasil, Ecuador y Alemania que vinieron por un intercambio con la Universidad Alexander Von Humboltd de Armenia. Al día siguiente, y por toda la semana posterior al sismo, se hospedaron 250 ciclistas.
—Fue hasta el lunes festivo siguiente cuando pudimos respirar y ver lo que había pasado —dice Quintero, que registra que el hotel tuvo daños menores en la mampostería y los techos, y algunas fisuras en las paredes. “Pero seguimos operacionales, nosotros no podemos parar de ofrecer nuestro destino, nuestro Quindío, y mucho menos Colombia. La gente tiene que saber que a pesar de las circunstancias, somos resilientes”.
Las reservas para el hotel, que esperaba una alta ocupación hasta el 30 de agosto, bajaron al 10 por ciento. Y como septiembre es un mes sin puentes, Quintero apunta que toda la intención está en volver con todas las fuerzas en octubre para aprovechar la semana de receso de los colegios.
Un mensaje parecido nos envió, por escrito, Natalia Obregón, dueña de una hacienda típica cafetera ubicada también en el municipio de Montenegro. “El terremoto nos golpeó y sería imposible desconocerlo. Muchas familias, empresas y establecimientos turísticos vivimos momentos difíciles y atravesamos diferentes procesos de recuperación y adecuación. Detrás de cada afectación existen historias, empleos, sueños y años de trabajo que merecen todo nuestro respeto. Pero también creemos que es muy importante mostrar la realidad completa del Quindío. [...] El Quindío sigue vivo, hermoso, y recibiendo visitantes.”
A sus voces se suma la de Faber Giraldo, jefe de comunicaciones del Parque del Café, el parque temático más importante del Eje Cafetero, que recibe hasta 6.000 personas en un solo día del fin de semana. El funcionario le dijo a CAMBIO que, aunque estuvieron nueve días cerrados y no pudieron operar en los últimos puentes de agosto, tan significativos para el turismo en la región, “volvimos a abrir el parque cuanto antes para lanzar un mensaje de esperanza al sector del turismo. En los 30 años de historia del Parque del Café ya pasamos por el terremoto del 99, una pandemia, y ahora esta nueva emergencia, que estamos atravesando con la frente en alto”.
volvimos a abrir el parque cuanto antes para lanzar un mensaje de esperanza al sector del turismo. En los 30 años de historia del Parque del Café ya pasamos por el terremoto del 99, una pandemia, y ahora esta nueva emergencia, que estamos atravesando con la frente en alto”.
Y también la de José Cimadevilla, director del Quindio Conventiok Bureau, que habló con CAMBIO desde Ciudad de México, a donde fue para asistir a la feria IBTM, una de los eventos líderes para promocionar la industria de reuniones, incentivos, conferencias y exposiciones. Cimadevilla dijo que un censo que han adelantado con varios actores del sector del turismo arrojó que el 80 por ciento de las instalaciones turísticas de Armenia y del Quindío están en capacidad de seguir operando.
—Junto a quince empresarios del Quindío estamos con la misión de darle un mensaje de resiliencia a las agencias internaciones para que sepan que, si no cancelan sus viajes, si nos visitan, si compran nuestros productos, el 20 por ciento de las instalaciones turísticas que tuvieron que cerrar por el temblor van a poder operar de nuevo.
Esto en respuesta a medidas como la del gobierno español que, en un comunicado, le recomendó a sus ciudadanos no viajar a Colombia. La peor recomendación para las 2800 instalaciones turísticas registradas en el Eje Cafetero.
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