
Despenalizar consumo y eliminar licencias: ¿quimera o realidad?
Petro planteó la posibilidad de modificar el enfoque institucional respecto del cannabis y sugirió acabar con la burocracia detrás de los permisos que autorizan su cultivo. ¿Está Colombia preparada? CAMBIO conversó con expertos que explicaron qué tan posible es su propuesta.
Por: Juan Vásquez
La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) califica al cannabis como “la droga más utilizada en todo el mundo” y estima que, durante 2019, el 4 por ciento de la población mundial (cerca de 200 millones de personas) lo consumió por lo menos una vez. En Colombia la tendencia se replica. La Encuesta Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas de ese mismo año, realizada por Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), reveló que es la sustancia psicoactiva prohibida más utilizada, que el 8,3 por ciento de los encuestados lo había probado por lo menos en una ocasión y que a los 18 años es cuando la mayoría de las personas inician su consumo.
Los números dejan claro que el cannabis cada día es menos un tabú. Basta caminar por cualquier parque de las principales ciudades del país para identificar su característico olor. Su consumo, que anteriormente se asociaba con el crimen y la drogadicción, se ha ido normalizando gradualmente y en algunos círculos se equipara con el tabaco y el alcohol. Es innegable que las generaciones más jóvenes no lo ven con el temor y sospecha de sus padres, y así se confirma en miles de películas, series y canciones que hablan de su consumo con total naturalidad. Malta, México, Uruguay, Canadá, Sudáfrica, Holanda, Jamaica y buena parte de Estados Unidos ya despenalizaron y reglamentaron su consumo recreativo y en otros países el debate se está dando. Colombia es uno de ellos.
Como ya es costumbre nacional, sobre el tema se ha cortado mucha tela y poco se ha hecho. La discusión al respecto se popularizó sobre todo después de la aprobación del proyecto de ley que reguló el uso del cannabis con fines terapéuticos en 2016. En ese momento, quizá por la animosidad que generó la consecución de ese “primer paso”, se creyó que lo que venía después era la despenalización total de su consumo. Seis años más tarde el panorama es otro. La industria del cannabis medicinal está estancada, los millones de dólares que se prometieron en ganancias no se han materializado y no se ha avanzado para que el consumo recreativo sea una realidad.
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