
Las denuncias contra dos periodistas de Caracol TV por presunto acoso sexual parecen haber detonado en el periodismo colombiano una explosión contenida durante mucho tiempo entre las periodistas más jóvenes: la necesidad de romper el silencio.
En medio de esa renovada urgencia me llegó el testimonio de una colega que se decidió a contarme su experiencia en la Casa Editorial El Tiempo. Quizás porque sabe que fui editora en ese periódico —donde trabajé durante 25 años—, que conozco esa redacción y que entendería sin que tuviera que explicarme demasiado sobre la estructura y las jerarquías internas.
Escribir esto no es fácil para mí, y no por falta de convicción, sino porque El Tiempo fue mi casa durante un cuarto de siglo y los editores que la periodista menciona fueron mis compañeros de trabajo. Ella me pidió no publicar su nombre porque teme que la denuncia le cierre otras puertas, y yo decidí reservar también los nombres de los editores porque será la periodista la que los revele en una eventual denuncia formal.
Según el relato de la joven reportera, llegó a la redacción de El Tiempo hace cuatro años como practicante, cuando tenía 23 años, y fue vinculada luego como periodista por su buen desempeño. En particular, ella relata su experiencia con un editor —que le lleva en edad casi 30 años— que tenía el poder para incluirla o excluirla de especiales periodísticos, que suelen ser muy estimulantes profesionalmente.
Todo comenzó, cuenta la joven periodista, con mensajes que el editor en cuestión le enviaba por WhatsApp.
“En algunas ocasiones me escribía ‘estás muy bonita hoy’, o ‘se te ve súper bien esa blusa’”.
La reportera sostiene que aproximadamente durante un año, mientras ocurrían el coqueteo e invitaciones a salir —que ella no aceptó—, fue tenida en cuenta por ese editor para los trabajos especiales, pero después de este tiempo comenzaron las hostilidades.
“Yo tenía muy marcada la línea, trabajo es trabajo, y no me iba a dejar convencer de un viejo… Él empezó a dejar de tenerme en cuenta en los especiales porque yo no le respondía cuando me decía algo… ¿Qué pasa?, cuando tú les pones una línea, sientes cómo te dejan de tener en cuenta para muchas cosas, si no les prestas atención empiezas a ver cómo tu crecimiento profesional no es el que esperabas. Y yo empecé a sentir eso”.
En su relato, la periodista señala que en algún momento de la historia hubo un reintento del editor para “conquistarla” con el anzuelo de un nuevo especial en el que podría incluirla. “Él iba y volvía a ver si de pronto en algún momento yo accedía…, me habló de hacer un especial y me estuvo escribiendo, me dijo que fuéramos a tomarnos un café y hablábamos. Yo le dije que no podía”.
Afirma que tras soportar por un tiempo el aislamiento periodístico al que fue sometida por ese editor y el “acoso laboral” de otros editores de menor jerarquía, ella renunció a la redacción. Fue el costo que pagó.
Al menos ella quedó convencida de que no era el mérito profesional lo que contaba para ascender periodísticamente en El Tiempo. Y que, en algunos casos, en esa redacción una promoción podía estar ligada a ceder ante el coqueteo de un jefe. Incluso, que resistirse a las insinuaciones podría condenarla al ostracismo.
“¿Por qué no denunció todo esto ante la dirección del periódico o ante Recursos Humanos?”, le pregunté a la joven colega. Su explicación es una nueva constatación de la cultura del silencio que parece imponerse en las redacciones.
“Eso es algo que allá se sabe hace mucho tiempo, y nadie nunca ha hecho nada. Que yo lo dijera no iba a hacer que pasara algo, pero en cambio sí iba a hacer que me aislaran más de lo que ya me estaban aislando”, afirma ella.
“Cuando dices que lo que ocurría en la redacción se sabía hacía mucho tiempo, ¿a qué te refieres?”, le pregunté.
“Escuché historias de varios editores acosando niñas sexual y laboralmente”, fue su respuesta.
Ella y otras periodistas jóvenes aprendieron pronto que es mejor no denunciar para mantener el trabajo, o renunciar cuando ya no se aguantaban las hostilidades que llegaban tras resistirse a los intentos de seducción de sus superiores. Suele ocurrir que los acosadores, cuando no logran sus objetivos, pasan del asedio sexual al acoso laboral.
Otros dos periodistas que trabajaron en la redacción de El Tiempo y que, en sus casos, aseguran haber sido víctimas de “acoso laboral” de parte de dos editores, hablaron conmigo para esta columna y ratificaron que “de los casos de acoso sexual y laboral todos saben en la redacción, pero nadie quiere hablar del tema”.
Incluso, estos dos colegas mencionaron una denuncia presentada ante la FLIP en 2025 con los testimonios de 15 reporteros sobre el “acoso laboral” de uno de los editores, cuyo caso, según dijeron, fue “desatendido reiteradamente por la dirección de El _Tiempo_”, a pesar de que varios redactores habían expuesto sus situaciones ante Recursos Humanos. El retiro de ese editor se habría dado solo cuando la FLIP le comunicó al periódico que haría pública la situación.
La mayor paradoja es que todo esto habría ocurrido en una casa periodística que durante muchos años ha sido referente en el país por encabezar una cruzada contra la violencia que padecen las mujeres: la campaña ‘No es hora de callar’, que justamente tiene como imagen a una colega que sufrió violencia sexual, la periodista Jineth Bedoya.
Esta columnista contactó por WhatsApp al director de El Tiempo, Andrés Mompotes, para conocer su versión sobre las denuncias de los colegas, pero hasta el cierre de esta columna no había respondido.
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