
Hablamos de Inteligencia Artificial y pensamos en desempleo, productividad o el análisis masivo de datos. Pero puede tener otra dimensión, mucho más doméstica y silenciosa: convertir a un ciudadano común en alguien capaz de resolver, en unas horas, un problema doméstico que le puede ocurrir a cualquiera.
Por: Luis Alberto Arango
“Tome dos vasos. Sirva agua de la llave en uno y agua del dispensador de la nevera en el otro. Déjelos reposar diez minutos. Pruébelos y dígame cuál sabe mal”.
Quienes siguen esta columna saben que suelo escribir sobre empresa, emprendimiento, tributación, empleo, organizaciones, liderazgo, desarrollo económico y actualidad. Y de vez en cuando, también, sobre experiencias personales que quizá le resulten llamativas al lector. Esta creo que puede ser una de ellas.
“Para entender cómo llegué a semejante escena hay que retroceder a 2020”
La instrucción de los dos vasos no me la dio un amigo ni un vecino. Me la dio un modelo de Inteligencia Artificial (IA) el viernes de la semana pasada, a las cinco y treinta de la tarde. En lugar de estar cerrando mi semana laboral o preparando la siguiente, me encontraba en mitad de la cocina, entregado a un singular experimento organoléptico.
Para entender cómo llegué a semejante escena hay que retroceder a 2020. En plena pandemia, con la casa llena y una nevera de dieciocho años dando sus últimos suspiros de eficiencia, dimos el salto a un electrodoméstico moderno. Entre sus atractivos estaba el dispensador de agua helada y filtrada. Para quienes en Bogotá estábamos acostumbrados al agua del grifo o del garrafón, ese chorro frío y cristalino fue un deleite diario. El mantenimiento era elemental: un filtro interno que se cambiaba cuando la máquina de hielo empezaba a fallar. Cuando el flujo de agua disminuía, esa era la señal. Ocurría cada cuatro a seis meses.
El idilio duró seis años. Hace un par de semanas, el agua empezó a saber raro. No era un matiz sutil: era un sabor metálico, como masticar una lata de conserva. Cambié el filtro y el sabor mejoró el resto del día, pero al siguiente regresó. Cambié el filtro otra vez, seguro de que había salido defectuoso. La historia se repitió.
“Cambié el filtro y el sabor mejoró el resto del día, pero al siguiente regresó”
En un edificio de más de tres décadas, la sospecha recaía sobre la red de tuberías y el óxido acumulado con los años. Pero antes de resignarme a llamar al servicio técnico —o a resignar el paladar— decidí someter el misterio a la Inteligencia Artificial. Fue así como Gemini asumió el papel de detective y asesor casero.
Le expliqué el contexto, el problema y la ayuda que necesitaba, y empezamos. El primer paso fue el clásico método de descarte: los dos vasos. Si ambos sabían mal, la culpa era del acueducto o del tanque del edificio; si solo fallaba el de la nevera, el enigma estaba encerrado en mi cocina. Ganó la segunda hipótesis. A partir de allí, con fotografías de las conexiones traseras, preguntas, respuestas y contrapreguntas, la IA me fue guiando en una autopsia visual y un plan de trabajo para solucionar el problema.
Encontramos rápido al culpable: el tubo plástico de un cuarto de pulgada —el original, instalado desde la pared en 2020— estaba recubierto por dentro de una costra opaca de óxido de hierro. El filtro nuevo limpiaba el agua, pero al pasar por esa manguera moribunda volvía a contaminarse camino al vaso.
“A menudo pensamos la inteligencia artificial desde el desempleo, la productividad corporativa o el análisis masivo de datos”
A las siete de la noche estaba en la ferretería comprando manguera de repuesto y dos filtros que antes no usaba: uno de sedimentos y otro de carbón activado. Limpié, con un cepillo para pitillos, las entradas y salidas de agua de la nevera y, para las nueve y treinta de la noche, el circuito exterior estaba renovado y funcionando con un esquema impecable: toma de pared, un prefiltro de sedimentos para atajar el óxido, la arena y la suciedad, y un filtro de carbón activado para atrapar el cloro y los contaminantes químicos residuales que afectan el sabor y el olor. Al final del ciclo quedó operando, como siempre, el filtro propio de la nevera. Una tipología de conexiones que no habría montado en tan poco tiempo por mi cuenta, por simple desconocimiento técnico. Lo que yo puse fue el gusto por los trabajos manuales; el conocimiento llegó del otro lado de la pantalla.
Lo más interesante no fue la solución técnica, sino la prudencia de la IA. Cuando le pregunté si debía desarmar el circuito interno del electrodoméstico para extender la limpieza, me puso un freno sensato: “Si no es técnico especializado, no toque las mangueras internas ni la electroválvula; reserve esa fase para la visita profesional”. La tecnología no me convirtió en un todoterreno imprudente, sino en un usuario informado y capaz.
A menudo pensamos la Inteligencia Artificial desde el desempleo, la productividad corporativa o el análisis masivo de datos. Olvidamos que uno de sus impactos más transformadores —y más humanos— puede ocurrir en la escala de lo cotidiano: empoderar a un ciudadano para resolver un problema doméstico en cuatro horas, aprender de paso algo de química del agua y ahorrarse un diagnóstico a ciegas.
El agua de mi casa volvió a saber exactamente como en 2020. Me queda, eso sí, una inquietud que le traslado a quien haya llegado hasta aquí: la próxima vez que se sirva un vaso frente al dispensador —el suyo o el de un amigo—, pregúntese cuándo fue la última vez que cambió la manguera plástica que hay detrás de la nevera. Es muy probable que se lleve una sorpresa de óxido. Y que la Inteligencia Artificial esté esperando en su teléfono para ayudarle a resolverla.
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