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¿Es la ciencia de izquierda o de derecha?

A propósito de la discusión sobre el ‘diálogo entre saberes’ que propone Gustavo Petro para el Ministerio de Ciencia y Tecnología –y que tanto ha enardecido a los científicos–, Eduardo Sánchez, experto en informática, trae a colación las llamadas “guerras de la ciencia”, que enfrentaron a relativistas y científicos duros acerca de si la ciencia es o no una mera construcción social. ¿A qué conclusión llegaron?

Por: Eduardo Sánchez

El debate reciente sobre las políticas que debería impulsar el próximo ministro de Ciencia y Tecnología es un nuevo capítulo, con sabores locales, de un debate más amplio que existe desde hace un cierto tiempo en los medios académicos y científicos sobre el carácter relativista o no de la ciencia. Para entenderlo mejor, puede ser útil volver la vista atrás y estudiar otro capítulo que sacudió fuertemente estas comunidades: el caso (o affair) Sokal.

Para uno de los campos enfrentados, la ciencia es relativista: sus conclusiones no pueden ser objetivas y absolutas, puesto que son el resultado de una construcción social, parte de la cultura. En la segunda mitad del siglo XX, los defensores de esta posición eran grandes intelectuales, a menudo franceses, representantes eminentes de las llamadas ciencias blandas (sociólogos, historiadores, psicólogos y filósofos, tales que Jacques Derrida, Bruno Latour, Jacques Lacan, Michel Serres, Jean-François Lyotard, entre otros), para los cuales las leyes de la naturaleza son construcciones sociales. Es decir, las conclusiones de la ciencia no están libres de sesgos sexistas, militaristas, capitalistas, racistas o colonialistas, por ejemplo. Esta concepción de la ciencia, llamada posmoderna, se opone entonces a unos supuestos autoritarismo y elitismo que serían inherentes a la ciencia tradicional.

Para sustentar este relativismo, sus defensores se apoyaban a menudo en las teorías más modernas y complejas de la ciencia dura por excelencia: la física. En efecto, la relatividad del espacio y el tiempo de Einstein, así como la imposibilidad de describir al mismo tiempo la posición y la velocidad de una partícula a nivel cuántico, eran citados como pruebas del carácter no objetivo del conocimiento de la naturaleza. Y, en casos extremos, se llegaba inclusive a negar la realidad de la existencia de la naturaleza. Todo esto dicho con una comprensión bastante incompleta, por decir lo menos, de estas teorías, de las cuales se guardaba solo una fachada simplista en el fondo y confusa en la forma, dando lugar a discursos incomprensibles para el profano y ridículos para los físicos competentes en estas materias.

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