El peligro de creerle a TikTok más que a su médico

Crédito: Freepik

8 Octubre 2023

El peligro de creerle a TikTok más que a su médico

Las redes sociales, una herramienta útil para la democracia, pasaron a ser, sobre todo después de la pandemia, la cara B de la información y un refugio para quienes no encuentran lo que buscan en la ciencia pura y dura. ¿Qué opinan los médicos y científicos?

Por: Pía Wohlgemuth N.

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En octubre de 2020, el físico italiano Giorgio Parisi, entonces director de la Accademia Dei Lincei —una prestigiosa academia de ciencia—, publicó un artículo en el que decía que si no se tomaban medidas urgentes ante la inminencia de la mortandad que ocasionaría la pandemia de covid-19, Italia estaría contando 500 muertes diarias. De inmediato, recibió múltiples correos en los que lo insultaban y criticaban por meterse en esos asuntos. Aunque las predicciones se cumplieron, se enfrentó a una realidad que tomaría fuerza durante la pandemia y continuaría después: la pérdida de confianza de los ciudadanos en la ciencia.

Parisi, quien cuenta esta experiencia en una columna publicada en The Guardian, de Inglaterra, recibió el premio Nobel de Física en 2021 con Klaus Hasselmann y Syukuro Manabe, por su trabajo en el descubrimiento de patrones ocultos en materiales desordenados. Aún así, muchos ven su voz como la de la élite, de la cual hay que desconfiar. Lo que le pasó a él, les pasó a muchos otros durante la pandemia de covid-19 y les ha pasado en adelante.

Las redes sociales, con su capacidad de democratizar la información y promover el espíritu crítico en la ciudadanía, han llevado, al mismo tiempo, a poner en aprietos a los científicos. En ellas, la imagen y el video son más importantes que los documentos y los análisis lentos, complejos, reposados, de los que viven personas como Parisi. Él piensa, adicionalmente, que las personas desconfían de la ciencia, al considerarla responsable de los problemas de la humanidad. El pesimismo sobre el futuro a corto y largo plazo está posiblemente conectado con la desconfianza en los científicos, que han estado también detrás de grandes alegrías de la humanidad.

Un grupo de investigadores en Bogotá, que está trabajando en un proyecto de la Agencia de Ciencia y Tecnología del Distrito sobre la desinformación y la vacuna de covid-19, ha dado cuenta de algunos de los aspectos mencionados por Parisi. El proyecto, titulado Infodemiología, se enfoca en etnografía comunitaria y digital: hablar con grupos de personas y analizar redes sociales, sobre todo X, ya que durante la pandemia, Facebook e Instagram moderaron más el contenido que era considerado falso o incomprobable.

Algunos de los hallazgos hasta el momento muestran que la saturación por la información que publicaban los medios tradicionales cansó a las personas, que empezaron a recurrir, para recomendaciones médicas, a sus amigos y familiares cercanos. También, que todos aquellos que pensaban diferente eran cuestionados y excluidos. A quienes no querían vacunarse porque sentían que no había suficiente información científica al respecto, los dejaban de lado y así, ellos les mentían a sus amigos y familiares para poder seguir con su vida normal.

Una miembro del equipo del estudio, Diana Zamira Romero, comunicadora social y magíster en Salud Pública, explica que, por ejemplo, en los estudios principales de la vacuna nunca se habló de que podía tener efectos en el ciclo menstrual. Cuando las mujeres alzaron la voz, los científicos pudieron determinar que, en efecto, la vacuna podía impactarlas. Diego García Ramírez, director del Programa de Periodismo y Opinión Pública de la Universidad del Rosario, dice, en contraste, que quienes dudan de la ciencia la falta de pruebas se ve como una evidencia de que hay una afectación en ciertos casos.

En general, la ciencia es dinámica y difícilmente puede referirse a verdades absolutas; siempre está cambiando, y más en un contexto como el de la covid-19. Parisi dice en su columna que la ciudadanía también tiene derecho a saber de los errores, dudas y vacilaciones del ejercicio científico.

"A menudo no hay rastro, en el discurso científico público, del trabajo del proceso científico y de las dudas que lo acompañan", escribe el físico. Eso pasó en la pandemia. Todo iba muy rápido, se necesitaban soluciones urgentes, y había constante evolución de la información que, para las personas que no creen en la ciencia o que tenían dudas, era una fuente perfecta de desconfianza. Es posible que por eso hallaran un refugio, de alguna forma, en perfiles de redes sociales, en canales de YouTube, en tiktokers e influenciadores que tenían un contenido alternativo, crítico y vociferante que no estaba en los medios tradicionales.

Daniel Solarte-Bothe, médico de la Universidad Javeriana y residente de psiquiatría del Hospital San Ignacio, ve una desconfianza hacia su disciplina desde la pandemia. Reconoce que muchos médicos no se han involucrado en redes sociales, no se han tomado esos espacios, no han entendido que “la vida avanza a pesar de nosotros”. Es decir, mientras que las redes sociales crecen inmensamente —solo en Colombia TikTok tiene 12,4 millones de usuarios e Instagram suma entre 14 y 18 millones— la medicina se sigue comunicando de la forma más tradicional, aunque algunos médicos ya tienen espacios populares en redes.

“Si yo me meto a TikTok ahorita y busco ‘salud mental’, encuentro infinidad de testimonios, tanto de pacientes como de personas que dicen saber de salud mental, y eso se vuelve peligroso, porque llegan pacientes que no quieren aceptar diagnósticos, tratamientos y recomendaciones, porque han visto videos en donde les dicen lo contrario”, piensa.

Solarte-Bothe reconoce el derecho de los pacientes a cuestionar, a preguntar, pero ve también un riesgo en desconfiar, a veces injustificadamente, del conocimiento médico. A eso le suma la dificultad especial de la psiquiatría, que usualmente carga con mala fama. La forma de hacerlo, cree, está en manos de los jóvenes profesionales. “Tenemos que cambiar la mentalidad del tratamiento psiquiátrico, entender la experiencia de los pacientes con la enfermedad mental, porque históricamente se ha hablado de que el paciente necesita un tratamiento si tiene una enfermedad psiquiátrica, pero debemos buscar integrarlos a ellos en la toma de decisiones”. Recuerda bien a la mamá de una paciente menor de edad que quería llevarla a una terapia de ángeles, respaldada en videos de internet, en vez de aceptar el tratamiento psiquiátrico.

Marcela Fama, vicepresidenta de la Asociación Latinoamericana de Pediatría, señala que no toda persona que suba información a redes sociales está diciendo la verdad. Aunque parece evidente, no siempre lo es. Por eso, llama a que las personas sigan a médicos y expertos reales. “Nada reemplaza una consulta” con un especialista, dice. Cuando hay una relación de confianza y empatía con los pacientes, estos preguntan por la información que ven en la red y así, la especialista puede aclarar cualquier tipo de duda. Comparte la perspectiva de Solarte-Bothe con respecto a la importancia de aprovechar las redes sociales: “No podemos quedarnos atrás”.

Por su lado, la cirujana plástica Lina Triana ve con tristeza que en las redes sociales se viralice información que muchas veces no es cierta. En el caso de su disciplina, es común ver fotos e imágenes de procedimientos sin ningún tipo de base o sustento científico, pero que pueden llegar a ser riesgosas. A veces nota que falsos profesionales les cambian en redes sociales los nombres a ciertos procedimientos quirúrgicos para hacerlos sonar novedosos.

“No es fácil enfrentar la situación, las redes pueden con todo, son un medio masivo donde lo sensacional se vuelve viral fácilmente y eso es lo que buscan muchos, a toda costa: ganar popularidad con verdades a medias o falsedades”, opina. Aún así, concuerda con la idea de que las redes son una muy buena ventana para comunicar y educar a los pacientes, pero con responsabilidad. 

Por su lado, la doctora en ciencias farmacéuticas Lucy Gabriela Delgado lo aterriza, incluso, a la realidad política de Colombia. Para ella, es importante que el Gobierno impulse y también respalde la ciencia, porque el no hacerlo y dejar que los ministerios encargados de los temas científicos vivan envueltos en escándalos, no ayuda para nada.

De hecho, una de las cosas que encontró el grupo de indofemiología es que, durante la pandemia, era muy común la asociación directa entre vacunación y problemas de corrupción o plata. La desconfianza era y es grande, porque algunos ciudadanos realmente no confían, lo que podría extrapolarse a lo que dice el nobel italiano.

Giorgio Parisi se pregunta cómo se puede recuperar la fe y la confianza de las personas en la ciencia. Reconoce que quienes han estado del lado de la academia también han cometido errores, incluyendo la muy pequeña fracción que ha buscado lucrarse con la ciencia. “Si los científicos son vistos como parte de la élite, tal vez los primeros pasos para restaurar la confianza es una dosis de modestia, para mostrar que somos solo humanos como aquellos que desconfían en nosotros”, piensa. 

 

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