31 Agosto 2022

¿Puede ser el Ejército un motor de crecimiento económico?

Crédito: Yamith Mariño

Qué tan viable es la propuesta de Gustavo Petro de promover una industrialización con ayuda militar.

Por: Javier Mejía Cubillos*

La capacidad para ejercer violencia de forma efectiva es uno de los principales determinantes del éxito evolutivo en el reino animal. Es a través de la violencia que muchos animales adquieren los recursos y las oportunidades reproductivas que les permiten a ellos y a sus descendientes sobrevivir. Los seres humanos no somos ajenos a esto. La historia de la humanidad es, en buena medida, la historia de los ganadores en el ejercicio de la violencia. 

En ese sentido, el ejército (entendido como la entidad abstracta que la sociedad usa para ejercer violencia) ha sido un motor esencial en la historia del progreso tecnológico. Desde el paleolítico superior, hace unos 30.000 años, tenemos evidencia arqueológica de avances tecnológicos desarrollados para la guerra. Incluso algunos de los primeros registros escritos en el mundo hablan de innovaciones militares. Por ejemplo, documentos diplomáticos hacen claro que hacia el siglo XVII a.C., en el este del Mediterráneo, la adopción de armas de bronce y carros de guerra estuvo asociada a la competencia por controlar militarmente el territorio entre los imperios en expansión: los hititas y el Nuevo Reino egipcio, específicamente. Estas innovaciones militares, eventualmente, alimentaron el crecimiento económico en esta región, generando sociedades con estándares de vida que no habían sido vistos antes en el mundo.

La innovación militar no se ha detenido desde entonces y su impacto en la actividad económica tampoco. De hecho, es difícil no reconocer al mundo moderno como un heredero directo de los esfuerzos por tener ejércitos más capaces. La tecnología industrial que transformó la faz de la tierra –soportada en el acero, el concreto, el vidrio, y los combustibles fósiles– surgió, en gran medida, de la competitividad militar. Por ejemplo, la carrera armamentista de las potencias europeas durante el siglo XIX trajo consigo la expansión de los ferrocarriles, los barcos de vapor, y la popularización de toda una serie de pequeñas innovaciones usadas antes en contextos muy limitados, como el alambre de púas, por ejemplo. Incluso algunos de los episodios icónicos de industrialización tardía, como los de Japón y la Unión Soviética, en la primera parte del siglo XX, son tradicionalmente asociados a la expansión de su aparato militar.

La apuesta del presidente por la industralización con ayuda militar

A partir de esta asociación entre esfuerzo militar y progreso tecnológico en contextos de industrialización, el nuevo presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha sugerido que las Fuerzas Armadas deben hacer parte de sus aspiraciones por industrializar al país. Durante la ceremonia de presentación de la nueva cúpula militar, el presidente habló sobre su visión para las Fuerzas Armadas. En ella, la paz se expandirá por el territorio colombiano y el rol del Ejército, la Armada, y la Fuerza Aérea ha de ser el de consolidar esa paz a través de la promoción del desarrollo industrial, particularmente, en las zonas más remotas del país.

Esta propuesta, aunque bien intencionada, está basada en una reflexión equivocada de las enseñanzas que la historia ofrece sobre el potencial del Ejército para generar progreso tecnológico.

En primer lugar, en todos y cada uno de los casos mencionados aquí, la motivación detrás de la innovación tecnológica nunca fue diferente a lograr una ventaja militar. Es decir, el progreso tecnológico generado por los ejércitos siempre fue en búsqueda de hacer a la tropa más efectiva en la guerra. Por ejemplo, la industria fotográfica japonesa fue intensamente promovida por la inversión militar a comienzos del siglo XX. Esto se hizo por la necesidad de crear artefactos ópticos para el ejército (e.g. telémetros, periscopios, etcétera) en un contexto de creciente tensión con las potencias europeas en el Pacífico. Mejor dicho, el ejército logró estas innovaciones porque buscaba ser capaz de hacerle más daño a sus enemigos, no porque deseaba fotografiar cerezos durante la primavera.

Esto es importante porque la narrativa del presidente Petro pretende desconectar el rol innovador del Ejército de su naturaleza violenta y represiva. Y aunque es perfectamente factible usar los mismos recursos para la guerra en otro tipo de actividades, es razonable pensar que su efectividad será diferente. En otras palabras, ¿por qué habría de ser mejor generador de innovaciones no bélicas un ejército, cuya experticia es la guerra, que otras organizaciones, como los centros de investigación o las universidades, cuya experticia sí es la innovación no bélica?

El segundo problema de la visión del presidente es que los episodios que lo inspiran suceden en contextos tecnológicos bastante diferentes a los actuales. La tecnología industrial del acero, el concreto, el vidrio y los combustibles fósiles ha dado paso a la tecnología digital de las telecomunicaciones, internet, y la inteligencia artificial. Entonces, es cierto que los esfuerzos militares de Japón a comienzos del siglo XX fueron cruciales para que ese país se convirtiera en una potencia industrial. Colombia podría seguir ese sendero. Construir tanques, buques, y aviones quizá pueda hacer a Colombia una potencia industrial. Sin embargo, la frontera tecnológica se ha movido y las inversiones en ejércitos convencionales se han mostrado poco efectivas generando innovaciones en tecnologías de la era digital.  Basta ver cómo el gigantesco gasto militar que fue bastante útil para poner en la frontera tecnológica a la Unión Soviética a mediados del siglo XX no fue más que un lastre para la transición a tecnologías no industriales para finales de ese siglo.

De hecho, el gran referente actual del poder del ejército para generar innovación y crecimiento económico es uno que no promueve un sector industrial más capaz, sino uno que genera un sector servicios más robusto. Estoy hablando del ejército israelí, que ha sido el motor del clúster tecnológico de Tel-Aviv, quizá el polo de innovación más dinámico del mundo fuera del Silicon Valley. La razón es sencilla: las ventajas militares modernas no están en el acero sino en el conocimiento.

Finalmente, la visión del presidente parece describir al ejército como una organización con capacidades extraordinarias que puede sustituir al sector privado. No obstante, la inmensa mayoría de casos exitosos de innovación militar en la historia reciente han involucrado alianzas entre el Estado, la academia y la empresa privada. Volviendo al ejemplo de la industria fotográfica japonesa, una pieza esencial de su éxito fue el rol de la empresa Nippon Kogaku (actual Nikon) y de académicos como Hantarō Nagaoka, profesor de física en la Universidad Imperial de Tokio. Es decir, las innovaciones no suceden espontáneamente de las órdenes de los militares, estas resultan de procesos sistemáticos que requieren recursos, prácticas, e incentivos en los cuales la academia y el sector privado son esenciales.

Así las cosas, es poco probable que la visión industrializadora del Ejército propuesta por el presidente sea efectiva. No obstante, hay algo del espíritu del discurso del presidente que considero completamente cierto y bastante importante. Me refiero a la idea de que el Ejército, como figura de la presencia estatal, es esencial en la consolidación de una sociedad estable con una economía próspera. En esa medida, la idea de llevar al Estado, a través de las Fuerzas Armadas, a los lugares más remotos del país para ofrecer bienes públicos es de las acciones gubernamentales que mayor impacto podrían tener en el crecimiento económico. 

Esto, no obstante, es una idea que responde a un diagnóstico ampliamente aceptado por la academia respecto a la pobre capacidad del Estado colombiano, y que ha inspirado la política pública colombiana por varias décadas ya. Así las cosas, el reto que enfrenta el Gobierno es, entonces, comunicar a la opinión pública cómo su política militar difiere de la de sus antecesores, los cuáles argumentaban que la presencia militar era la forma de estabilizar y hacer próspera a la periferia colombiana.

*PhD en Economía de la Universidad de los Andes, profesor e investigador posdoctoral de la Universidad Stanford.