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El enemigo que no se dejó cultivar
Gerhard Armauer Hansen, Juan de Dios Carrasquilla y Federico Lleras Acosta
Ciencia

El enemigo que no se dejó cultivar

La historia de la lepra también tiene un capítulo colombiano. El doctor Pedro Romero cuenta los detalles.

Por: Pedro Romero

A finales del siglo XIX la lepra abundaba en el norte de Europa, en Noruega, y en la esquina caribe de Latino América, en Colombia. El país nórdico tenía numerosos leprosarios y el más famoso de ellos era el hospital San Jorge en la ciudad portuaria de Bergen. Y en Colombia se multiplicaban los lazaretos, incluyendo el de Agua de Dios, en el departamento de Cundinamarca y el de Contratación, en el departamento de Santander.

Por esa época, el mundo occidental trepidaba al son de una auténtica revolución médica. Hacia 1890, cuando el médico paisa Juan de Dios Carrasquilla empezó a pensar en métodos para tratar la lepra, se habían identificado los agentes causales de casi todas las grandes enfermedades infecciosas y parecía que la bacteriología estuviera resolviendo todos los misterios.

Curiosamente, la primera enfermedad en encontrar su agente infeccioso había sido precisamente la lepra. Al tiempo que el azote de los europeos de la edad media iba desapareciendo paulatinamente sin el permiso del establecimiento médico, las teorías sobre la naturaleza del “mal de San Lázaro”, ese mendigo cubierto de llagas según el evangelio de Lucas, se dividían en dos grandes bandos: castigo divino o mal hereditario. Fue en 1873 cuando Gerhard Armauer Hansen, el octavo de 16 hermanos de una familia de comerciantes de Bergen, de poco más de 30 años, concluyó que los bastones en el interior de las células de innumerables nódulos leprosos examinados bajo su microscopio en el hospital San Jorge eran los agentes causales de la lepra. Muchos pusieron en duda la aseveración de Hansen: el primero su maestro Danielssen de la Universidad de Cristiania (la actual Oslo), la autoridad máxima en lepra de la época. Danielssen era un ferviente defensor de la teoría hereditaria de la “elefantiasis de los griegos”.

Hansen le madrugó a todos, incluidos Koch con su demostración del origen bacteriano del carbunco en 1876, Neisser y el gonococo en 1879, Koch de nuevo con la tuberculosis en 1882 y el cólera en 1883, y Loeffler y la difteria en 1884.

Hoy sabemos que el médico responsable del hospital San Jorge tuvo la mala suerte de apostarle su carrera científica al bacilo causante de la “enfermedad de los impuros”, conocido con el nombre de Mycobacterium leprae, una vieja bacteria resiliente y mañosa sobremanera que se negaba tercamente, y aún se niega hoy en pleno siglo XXI, a crecer en un recipiente de laboratorio. Un fósil viviente que se ha dado el lujo de perder más de la mitad de sus genes y que crece lentamente, si se compara su tiempo de duplicación de 12 a 14 días con los 20 minutos que le bastan a Escherichia coli, una de las bacteria más populares en nuestros intestinos. Para consternación de Hansen, todos los intentos por demostrar que sus bacilos existían más allá de sus solitarias veladas al frente del microscopio de luz del hospital San Jorge fueron en vano.

Hansen necesitaba cumplir los postulados de Koch para demostrar más allá de toda duda que la lepra era causada por esos bastones. Seis años más tarde de aquella epifanía bacteriológica temprana, Gerhard Armauer no dudó en realizar su experimento más osado. Tomó una preparación de nódulo leproso con abundantes bacilos y la inyectó en la conjuntiva de una mujer interna en uno de los leprosarios de Bergen durante los últimos 17 años. El experimento por supuesto fracasó demostrando de paso cuan difícil era transmitir el bacilo. Hansen fue denunciado por el sacerdote del leprosario y juzgado en un tribunal del puerto. Las autoridades médicas noruegas le defendieron, incluyendo su mentor y adversario intelectual, Danielssen, mientras la población se dividió en varios bandos entre indiferentes, críticos y admiradores del adusto médico. En 1880 fue hallado culpable de mala práctica médica por el tribunal y destituido de su función hospitalaria, aunque le fue permitido continuar como responsable nacional para el control de la lepra en Noruega. No obstante, la idea de que el bacilo perezoso e incultivable era el causante del “mal de San Lázaro” fue paulatinamente aceptada por el establecimiento científico y con el tiempo se le denominó también la “enfermedad de Hansen”.

En medio de los avances vertiginosos en bacteriología y la consolidación de Koch como el líder científico de la época, la escuela de Berlín se convirtió en un verdadero magneto para la crema y nata de la investigación. Hasta el Instituto de Higiene dirigido por Koch llegó el bacteriólogo japonés Shisaburo Kitasato, con una capacidad legendaria para cultivar microorganismos y experimentar con ellos en animales como cobayos, ratones, conejos y hasta caballos. Y allí se encontró con Emil Behring, un médico militar que había impresionado a Koch por su intuición, intrigado por la resistencia que desarrollaban los animales de experimentación a una reinfección por bacterias que habían sido sometidas a sus procedimientos de desinfección química. Este dúo de sueño anunció en un artículo fundacional en 1890 los resultados espectaculares de que era posible proteger animales de infecciones letales por difteria, o por tétanos, con sueros preparados en cobayos inoculados con las respectivas toxinas. Behring ganaría el primer Premio Nobel en Fisiología o Medicina en 1901 y el emperador Guillermo II de Prusia le concedería el título nobiliario “von”, por lo que pasó a llamarse Emil von Behring.

Juan de Dios Carrasquilla en Bogotá, quien seguía estos avances de cerca y había viajado por Europa, no lo dudó un instante. ¿Si Behring y Kitasato podían preparar sueros en roedores contra la difteria y el tétanus, por qué no producir un suero contra la lepra y ofrecer una opción terapéutica a tantos pacientes bajo su cuidado? Inoculó caballos y cabras con sueros de leprosos. Inoculó los sueros resultantes directamente a pacientes del “mal blanco”, internos de los lazaretos, sin ensayos controlados ni forma de distinguir una mejoría real de una remisión espontánea o del propio efecto placebo. A diferencia de Hansen, Carrasquilla no buscaba dañar: creía sinceramente estar ofreciendo un tratamiento a hombres y mujeres bajo su cuidado, y con los años se contaría entre los pocos médicos de su tiempo que se opusieron al aislamiento forzado de los enfermos. El bondadoso médico Carrasquilla criticó ese destierro forzado como “cruel” e “injusto”.

Pero la buena intención no sustituye al control experimental. Y como sucede a menudo con experimentos en humanos sin grupo de comparación, la suerte del principiante alimentó la continuación de las aventuras intelectuales sin tener en cuenta su mérito o su sustento racional. Hacia 1895, Carrasquilla presentó ante la Academia de Medicina en Bogotá resultados tan alentadores que creó la sensación inmediata. El gobierno de Miguel Antonio Caro financió en 1896 un Instituto Carrasquilla en la quinta de Segovia (hoy Parque de los Mártires) donde Juan de Dios pudo continuar sus experimentos y constatar lo inconsistente que eran los resultados posteriores a los éxitos iniciales. Las noticias llegaron a las capitales europeas. Investigadores de varias capitales europeas, y hasta del Japón, solicitaron muestras de los sueros. En pocos años el sol Carrasquilla brilló y se extinguió opacado por los resultados negativos.

Como Gerhard Armauer Hansen en Bergen, Carrasquilla en Bogotá se estrelló contra el Mycobacterium leprae, imposible de cultivar y evasivo a los esfuerzos por caracterizarlo con métodos precisos.

Federico Lleras Acosta, discípulo de los Jesuitas en el Colegio Mayor de San Bartolomé y médico veterinario formado en la Universidad Nacional bajo Claude Vericel—el veterinario francés que había introducido en Colombia los métodos de laboratorio de la escuela pasteuriana—, también se estrellaría a su turno contra el Mycobacterium leprae. Desde muy joven entendió que el futuro de la medicina estaba en el laboratorio. En 1906 lanzó un emprendimiento de laboratorio bacteriológico que prestaba servicios diagnósticos y desarrollaba investigación. Se ocupó de preparar vacunas, antisueros y métodos diagnósticos para problemas concretos del país. Por el año 1916, el psiquiatra e investigador Miguel Jiménez López le prestó una monografía de la Universidad de New Orleans que resumía los intentos internacionales de cultivar el bacilo de Hansen.

Aquella lectura se convirtió en una obsesión.

La monografía contaba cómo cuarenta años después del descubrimiento del bacilo por Hansen en Bergen, nadie había logrado cultivarlo fuera del organismo humano. Para un curtido bacteriólogo formado en la escuela de Koch esto era un auténtico desafío personal. Lleras Acosta se propuso encontrar la manera de cultivarlo para producir grandes cantidades del microorganismo, estudiar su fisiología, desarrollar una prueba diagnóstica, fabricar vacunas y producir antisueros terapéuticos. Todo un vasto programa de investigación y desarrollo. Él habría de conquistar el bicho esquivo, como otros de su linaje científico habían ya sometido a la difteria, la tuberculosis y la peste.

Tras veinte años de ingentes esfuerzos, anunció un 16 de junio de 1936 ante la misma Academia Nacional de Medicina donde cuarenta años antes Carrasquilla recapituló sus aparentes éxitos con seroterapia de lepra, el cultivo del bacilo de Hansen. No fue una declaración improvisada. Mostró estadísticas, fotografías microscópicas, informes anatomopatológicos, resultados de inoculaciones animales y hasta opiniones favorables de algunos especialistas. El auditorio quedó impresionado. Muchos le vieron como el “Pasteur colombiano”. El gobierno de Alfonso López Pumarejo le apoyaba decididamente y había creado en 1934 el Laboratorio Central de Investigaciones de la Lepra, dirigido por Lleras.

Laboratorios de distintos países intentaron repetir exactamente los procedimientos. No pudieron hacerlo y nadie consiguió cultivos reproducibles. Con el paso de los años quedó claro que las colonias cultivadas por Lleras correspondían probablemente a otras micobacterias ambientales. En 1938 viajó como delegado oficial colombiano a la IV Conferencia Internacional de Lepra en El Cairo. Su intención era defender personalmente sus resultados frente a la comunidad científica internacional. Nunca llegó. El barco hizo escala en Marsella donde falleció súbitamente el 18 de marzo de 1938, antes de embarcar hacia Egipto. En la sesión final de la conferencia, los delegados guardaron duelo por su muerte y aprobaron una resolución de homenaje. Sin embargo también dejaron constancia de que los supuestos cultivos del bacilo de Hansen aún no habían podido reproducirse de manera independiente.

El suero de Carrasquilla, los cultivos de Lleras Acosta, se han borrado de la memoria colectiva casi tan completamente como el propio 'mal de San Lázaro'. Queda el bacilo: incultivable en 1873, incultivable en 1938, incultivable todavía hoy. La medicina terminó por vencer a la lepra sin necesitar jamás domesticar por completo a su causante — una lección de humildad que Hansen, Carrasquilla y Lleras Acosta, cada uno a su manera y a su costo, ya habían empezado a aprender.

 

*Pedro Romero es profesor emérito de la Facultad de Biología y de Medicina de la Universidad de Lausana, Suiza, y actual director médico y científico de Novigenix AI, Lausana

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