
Los genios y el chismoso. Jaime Bayly y sus verdades de a puño
¿Es la novela de Bayly una crónica disfrazada? ¿Es una novela histórica? ¿O es simplemente una vulgar colección de chismes? En realidad “Los Genios” logra un perfil de Vargas Llosa y García Márquez, escrito con la técnica del periodismo literario y la ambición de un poeta. El morbo apenas funge como anzuelo en este gran fresco de época. Pero al final hay un pequeño desliz, una falta menor, que desvela la distancia entre el periodismo y la fabulación.
Por Carlos Mauricio Vega
Especial para Cambio
En su última novela, que navega por las oscuras confluencias de la crónica novelada y la historia, Jaima Bayly inaugura un género imposible: el de periodismo de ficción.
Se supone que el periodismo, todo el periodismo, debe ser veraz. Pero el periodismo es apenas un lenguaje. Un barniz. Uno de muchos medios para el vano afán de capturar la realidad. En el largo plazo el periodismo deja sólo el recuerdo difuso de un testigo, el reportero, cuya memoria se confunde entre diversas realidades y se difumina en la niebla del tiempo, como el recuerdo mismo. O como un sueño.
Esta descripción, que tendría que ver más con el estilo literario de un Patrick Modiano que con la criticada obra de ese curtido periodista que es Jaime Bayly, puede aplicarse a la colección de recuerdos, datos cruzados, invenciones factibles y de factos no verificables que compone ese opúsculo de 238 páginas: Los genios.
Vilipendiada por los críticos y despreciada por los editores del main stream, la novela de Bayly finalmente encontró una pequeña editorial barcelonesa -en el Perú no iban a publicar semejante libelo contra su estrella nacional- y poco a poco ha ido permeando las capas del mercadeo librero hasta convertirse, si no en un libro de culto, al menos en uno “de nicho”.
Ese nicho está compuesto por fanáticos que sufren una insaciable sed de detalles sobre las bambalinas del boom: los que leen la vida de García Márquez* y sus comparsas como una novela; los que encuentran en Vivir para contarla a la mejor de sus ficciones; aquellos a quienes no les basta *la historia oficial de Gerald Martin sobre GGM y quisieran que El viaje a la semilla, la biografía escrita por Dasso Saldívar y desautorizada por Gabo, no se terminara jamás. En consecuencia somos los mejores clientes, seguramente vergonzantes o clandestinos, de las fabulaciones enfebrecidas del transgresor y desfachatado Bayly.
Porque Bayly se mete con los monstruos sagrados, con los intocables del altar, y los trata como trebejos de ajedrez. Como se dice en la Costa, no deja los santos quietos. Los pone a moverse a voluntad, siguiendo una estrategia de efecto periodístico pero con metodología literaria. Lo hace de manera temeraria y atrevida, con el descaro de quien no tiene nada qué perder.
A partir del incongruente puñetazo de Vargas Llosa a su compinche García Márquez en México en 1976, Bayly teje mucho más que un chisme de sábanas entre famosos. Con la excusa de que va a contar qué fue “aquello tan feo que Gabito le hizo a Patricia Llosa”, Bayly dibuja un gran fresco de época y un perfil profundo de ambos personajes. El contexto político, literario y personal de las vidas de los dos premios Nóbel durante las dos décadas de la construcción de sus respectivos mitos, queda a un solo golpe de vista para quien sepa ver más allá del morbo. Ahí están Fidel Castro poniendo preso a Heberto Padilla, Julio Cortázar y Plinio Apuleyo Mendoza peleándose por ello, y Elena Poniatowska y Francisco Igartúa como testigos de excepción en las horas posteriores al histórico trompazo. Y detrás, Carmen Balcells como una fuerza volcánica, manejando con puño de seda su kinder de genios. Y sus mujeres: Mercedes Barcha, la Gaba, tolerando y manejando delicadamente a su monstruo; Patricia Llosa, queriendo divorciarse de su genio, energúmeno, trompadachín y mujeriego, que años después noquearía a su propio hijo, Álvaro, a los 25 años, por abandonar los estudios y querer meterse a periodista. Oficio donde, fatalmente, conocería a Bayly.
La diferencia entre la prosaica realidad del cadete Vargas Llosa y la novela de sus trasuntos Fernández y el Jaguar está en la manera como Vargas maneja los tiempos de la tragedia del Leoncio Prado para relatar, como si de Hamlet se tratara, el asesinato de uno de los perros, el Esclavo. Esa genialidad rompió la literatura latinoamericana y abrió el camino al llamado boom y desarrolló el realismo mágico que Alejo Carpentier había inaugurado unos años antes con El reino de este mundo.
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