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Exposición de Mónica Savdié
Exposición retrospectiva de Mónica Savdié en el Archivo General de la Nación. Foto: Carlos Mauricio Vega.
Cultura

Mónica Savdié y el hilo perdido de la violencia

La exposición retrospectiva de Mónica Savdié en el Archivo General de la Nación nos recuerda que la memoria es una materia elusiva y deletérea, al que el arte le sirve de soporte más que la historia.

Por: Carlos Mauricio Vega

Al igual que muchos escritores y artistas cuya obra ha trascendido a pesar de ellos mismos, Mónica Savdié no es pintora ni escultora ni grabadora de formación. A medida que su oficio de diseñadora industrial fue abandonándola, se abrió paso en ella la necesidad de dejar una memoria política del país que le tocó, hasta derivar en un mecanismo artístico sencillo pero eficiente.

Responde así ella a un postulado que dejó el poeta Jorge Gaitán Durán hace setenta años, al fundar la revista Mito en plena dictadura: el problema del artista no es la perfección estética sino la conciencia. Como lo recoge su biógrafo Mauricio Ramírez Gómez en su libro “Un mar que se ignora”, el creador no puede permanecer indiferente a los sucesos históricos de su tiempo.

Por eso la obra de Savdié se resiste a una clasificación, No es grabado, pero incluye técnicas litográficas; no es escultura pero a veces incluye volumen; es performática pero la totalidad de la obra excede el performance. Es conceptual, pero a veces es literal. Se exhibe en museos y claustros pero sale a las calles. Savdié ha creado una serie de dispositivos simbólicos, unas fórmulas que combinan de manera simple -pero no obvia lo visual- y lo textual para detonar una idea en el cerebro del espectador. Estos dispositivos van desde usar la carta optométrica para medir la agudeza visual, y en este caso espiritual, hasta tender una franja roja al través de la plaza de Bolívar, para metaforizar el río de sangre que atraviesa el país desde hace 32, o 64, o 128 guerras, sin verlas. O 500 mil muertos, sin verlos. desde hace 250 años. Y digo 250 porque incluyo la revolución comunera, que como explica Fernando Guillén en su libro “El poder político en Colombia” enfrentó a comerciantes y hacendados el germen de la posterior rivalidad liberal conservadora. Dos siglos y medio de enfrentamientos ante cuyas raíces permanecemos ciegos. Somos un pueblo sin memoria para recordar las causales pero memorioso para reproducir los odios de generación en degeneración.

De iluminar esa ceguera y preservar esa memoria, en lo que se refiere a los últimos años, se ocupa Savdié. Nacida en un entorno privilegiado, descendiente de inmigrantes rumanos, rusos y egipcios llegados al país con las olas de las diversas diásporas, Savdié amplió su percepción del mundo paulatinamente, explorando el periodismo, la escritura y luego la expresión artística, hasta encontrar, hacia el año 2000, un vehículo para hacer visible su particular memoria sobre violencia y desigualdad social: el examen visual al que todos nos hemos visto sometidos para medir nuestra miopía (política), y que nos enfrenta a una letra E gigantesca (E, como existir, tituló alguna vez el maestro Hernando Valencia Goelkel un artículo de Semana), proyectada o colgada en la penumbra de algún consultorio de optometría. La gráfica de visión fue inventada en 1862 por el médico holandés Herman Snellen, utilizando sólo diez letras.

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Mónica Savdié. Foto: Carlos Mauricio Vega.

En este caso Savdié mide nuestra agudeza de conciencia. Pone a prueba nuestra sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Esta optómetra del alma dispone un texto sin pausas ni puntuación, encriptado en la tipografía serifada versal-versalita estandarizada para estas pruebas, a ver qué vemos. A primera vista el texto se percibe como un galimatías, como una sopa de letras que paulatinamente hay que descifrar hasta que las abstrusas secuencias explotan en el cerebro del espectador con una doble pirotecnia de texto y de mensaje moral: cómo hemos podido convivir tanto tiempo de espaldas a una realidad tan atroz y descalificadora A través de viejos fragmentos de notas de prensa, tomados de medios de comunicación convencionales, aparecen ante nosotros, como escolios a un texto implícito, las puntas del iceberg de nuestra vergonzosa realidad: violencia política, de género, ambiental. Atrocidades de todo tipo desfilan ante nuestros ojos, ante nuestra miopía repentinamente iluminada por estos anteojos que no son políticos sino históricos.

Son testimonios que no por fragmentarios o subjetivos resultan menos verdaderos o dolorosos o con menor peso que las 10 mil páginas de la Comisión de la Verdad. Los 211 testimonios, que comenzaron con el tema de las masacres, se subdividieron posteriormente en otros subtemas como minas antipersonales, falsos positivos y ejecuciones o asesinatos en persona protegida. Con el tiempo Savdié invitó a artistas como Maripaz Ariza, Danny Esquenazi, Guillermo Londoño, Fernando Muñoz Botero, Keshava Liévano y diversificó su obra a canciones como Imagine de John Lennon y el Himno a la alegría de Schiller. A lo largo de los 20 años que abarcó 20/20, se registra un cierto desequilibrio que tiende a señalar más las atrocidades de paramilitares y actores afectos al Estado que los desmanes no menos graves de los movimientos insurgentes y las bandas armadas. Savdié alega que ha abordado esa problemática en su obra poética “La partida”, que narra el secuestro de uno de sus familiares por parte de las Farc a mediados de la década de los 90.

Dicen que la diferencia entre historia y arte, como disciplinas referidas a la memoria, reside en la validación de miradas académicas sistematizadas versus miradas poéticas o estéticas más libres. En el caso de la obra de Savdié se conforma un corpus de memoria selectiva, arbitraria, subjetiva, que comprime el tiempo a la manera del recuerdo, esa materia elusiva que García Márquez describió como las cosas que no pasaron como pasaron sino como las recordamos. Las frases del Examen de Visión 20/20 de Savdié pretenden sedimentarse en la memoria a medida que los acontecimientos que les dieron origen van diluyéndose en el mar del tiempo.

Esa fórmula sencilla pero eficiente ha hecho que cientos de personas a lo largo y ancho del país, público corriente ajeno al abstruso mundillo artístico, en universidades, colegios, plazas públicas conecten con los fragmentos de memoria recogidos por los exámenes de visión.

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Mónica Savdié en el monumento a Policarpa Salavarrieta, en la Avenida Jiménez con calle 18, Bogotá. Foto: Keshava Liévano.

Una vez cerrado el ciclo de 20 años de 20/20 en 2020, terminada la pandemia, la artista obtuvo un tiempo de exposición en el Museo Nacional, donde su obra apareció dispersa por todo el edificio, invadiéndolo todo en lo que ahora llaman diálogo con otras piezas históricas. Luego buscó nuevas formas de expresión y encontró en el estallido social de 2021 una vía de renovación. Comenzó a participar en las marchas encarnando un personaje inspirado en Marianne, la mujer del gorro frigio que retratada por Delacroix conducía una multitud durante la revolución francesa. Creó un traje de Colombia, pero con los colores de la bandera invertidos, como estuvo de moda en esa época a modo de protesta, rematado por un par botas amarillas en memoria de los desaparecidos en el caso de los falsos positivos, y desfiló frente a las marchas en lugares emblemáticos como el desaparecido Monumento a los Héroes.

Poco después al traje de Colombia le salió una capa roja que significaba la desproporción entre la sangre y el oro de la bandera. La capa se convirtió en cola, y paulatinamente se le fueron añadiendo metros y metros a medida que donaciones de tela roja efectuadas por fábricas textiles y por personas afectas a la obra se fueron sumando, hasta que fue necesario transportarla enrollada en un eje metálico. Fue entonces cuando nació Río de Sangre, que a las 5 y media de la mañana del 18 de mayo de 2022, un año después del estallido social cruzó la plaza de Bolívar en absoluta soledad, halado por su creadora. Río de Sangre condujo a Savdié a un terreno nuevo, el de personaje de su propia obra, y fue fijado en fotografías y videos y representado en otros espacios como la plazoleta de la Pola en Bogotá y el monumento de los Columbarios del Cementerio Central, de Beatriz González.

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El hilo de sangre de Mónica Savdié atravesó la Plaza de Bolívar en Bogotá. Foto: Carlos mauricio Vega.

Ya es una imagen recurrente la de la artista halando la pesada tela con su traje tricolor por las calles, como metáfora de la pesada memoria que arrastramos.

Pronto Savdié encontró una analogía entre su río y el hilo de sangre que recorre las calles de Macondo hasta los pies de Úrsula cuando José Arcadio Buendía se suicida en la casa donde se había encerrado con su esposa prohibida. El hilo de sangre de la violencia unió las dos obras, 20/20 y El río de tela. Obsesionada con ese nuevo tema creó una gráfica de gran formato no exenta de ingenuidad que representa ese episodio de la novela. Uno puede disentir sobre la calidad del dibujo que representa a un Macondo más andino que caribe y de líneas casi infantiles, pero el caso es que con su proverbial terquedad Savdié hizo que ese dibujo encadenara sus diversas visiones entre arte, política y violencia. Fue en ese momento cuando el Centro de Memoria Histórica y su directora María Gaitán la invitó a montar la exposición que reseñamos, visible a modo de retrospectiva de todo su proceso, en una de las salas que el Centro comparte en el edificio del Archivo Histórico de la Nación, donde se puede visitar hasta octubre de este año. Allí están las botas amarillas, las fotos aéreas del río de sangre en la plaza, y una muestra de una veintena de carteles del examen de visión, en formato de pendón, el cual le ha sido muy criticado por burdo, pero que ella defiende diciendo que es la esencia de la calle, el lugar donde deben estar. Para ser consecuente con ello, es posible que en los primeros días de agosto el Río de sangre vuelva a protagonizar una última salida, de la mano de su creadora, que llevará su tela roja de 130 metros desde el edificio del Archivo Histórico hasta el Palacio de Nariño, como un augurio que ojalá no se cumpla.

Y si quieren rematar la visita buscando referentes artísticos al mismo tema, a pocas cuadras de distancia del Archivo Nacional, en el último piso del MAMU del Banco de la República, los curadores de su colección permanente de esta institución han articulado una muestra de arte colombiano sobre violencia de todas las épocas, desde los retratos de reyertas callejeras de Ramón Torres Méndez hasta el cuadro La Violencia de Fernando Botero y los más contemporáneos medios de escultura, video arte y grafiti sobre este tema que nos atraviesa de manera visceral.

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