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Gabriel García Márquez.
Cultura

‘En agosto nos vemos’: el poder de las mujeres

En el otoño de su vida y sabido de que la bestia de la desmemoria lo acosaba, como una peste congénita de sus ancestros maternos, Gabriel García Márquez se propuso culminar una trilogía de novelas breves donde el amor instauraba su destino en los hombros de los ancianos y en el poder secreto de las mujeres. Alcanzó a escribir dos de ellas: 'Memoria de mis putas tristes' y 'En agosto nos vemos', que acaba de salir de la penumbra de los archivos de Texas para el altar de la literatura universal. Su confidencia en privado era que deseaba que la humanidad pudiera ser feliz inventando el amor y anticipándose al azar de la felicidad.

Por Gustavo Tatis Guerra (*)
Especial para CAMBIO

Solo un hombre y creador como Gabriel García Márquez, que se crio entre mujeres, bajo el poder mágico de su abuela materna Tranquilina Iguarán, junto a una legión de tías y mujeres al servicio de la casa de Aracataca, podía escribir una novela sobre el poder de las mujeres revelado en su obra póstuma, la brevísima novela En agosto nos vemos (Random House, 2024), que celebra los 97 años de su natalicio y conmemora los 10 años de su partida. Desde que publicó su primer cuento en 1947, La tercera resignación, García Márquez inició el desciframiento de la vida íntima y secreta de las mujeres y los hombres del Caribe en contrapunto con las vidas y herencias culturales de occidente y oriente. En los años 50 del siglo XX vivió y convivió con prostitutas en el edificio El Rascacielos de Barranquilla, hoy convertido en hotel museo temático de la ciudad, vivió experiencias que luego transmutó en sus cuentos y novelas en el burdel de la Negra Eufemia, en el burdel El Niño de Oro de Cartagena, las prostitutas la Nigromanta y Catalina la Grande, en Sucre, Sucre, mujeres que se convertirían en la futura Pilar Ternera de Cien años de soledad o en la Eufemia del cuento La noche de los alcaravanes, o Rosa Cabarcas y Casilda Armenta, en Memoria de mis putas tristes. Hay en este desciframiento un contrapunto entre Úrsula Iguarán*, la matrona que delinea el poder de su casa y de su pueblo, en Cien años de soledad, *Luisa Santiaga Márquez, la madre del escritor, que también tuvo un poder en la casa y en toda la esfera familiar, el poder embrujador de su maestra del Colegio Montessori Rosa Ferguson, quien le enseñó a leer y escribir y le recitó de memoria los poemas del Siglo de Oro español, para sembrarle sin intuirlo el misterio y el encanto por la poesía. El otro poder femenino al margen del estigma social y familiar, el de Petra Cotes, o el poder siniestro de la abuela desalmada que convirtió a su nieta Eréndira en una esclava sexual para que pagara la casa que por un descuido suyo se le quemó. Hay otros poderes terribles y perversos en toda su obra como el de la Mamá Grande que controlaba cielo, agua y tierra, con un poder sobrenatural y desmesurado como el del patriarca de El otoño del patriarca. O el poder de la mesura en Mercedes Barcha, la esposa y musa del escritor, que manejó tiempos y espacios para que el marido se encerrara dieciocho meses a escribir Cien años de soledad, su novela clásica. O el poder de su agente literario, Carmen Balcells, a quien el escritor confió su protección de su obra desde que la conoció. El poder enigmático de Remedios la Bella, la condena de la belleza, la soledad tras la santidad alejada de los hombres, cuya cercanía provocaba cataclismos y muertes. La otra condena es la tragedia de Ángela Vicario que la castigó la sociedad machista y patriarca de su tiempo por no llegar virgen al matrimonio, verdad secreta que dejó dos víctimas: no solo el amante destajado como un cerdo a cuchillazos, sino también ella misma sometida al estigma social y al ostracismo por el prejuicio social, medio siglo después de la tragedia en Sucre, Sucre. Todas ellas no se parecen en nada a Ana Magdalena Bach, la protagonista de En agosto nos vemos, que no tiene que esperar como Fermina Daza que muera su esposo para irse a vivir con el enamorado secreto de toda la vida. Aquí la paradoja es que Ana Magdalena, de 46 años, madre de dos hijos, es además de esposa feliz de un matrimonio que no revela aparentes grietas de conflictos en 27 años, una mujer culta, intelectual, amante de la música y la literatura, que no culminó sus estudios de Artes y Letras, pero que tiene una gran sensibilidad y una prodigiosa sabiduría de vida. En ningún momento el escritor sugiere que Ana Magdalena esté decidiendo un destino para destruir su relación conyugal, por el contrario, a medida que explora en sus grandes tensiones interiores en armonía con la gracia de la música y la literatura, más se acerca a los intersticios de la vida con su marido, y sublima con música y literatura esos viajes que emprende cada 16 de agosto en que lleva ramos de gladiolos a la tumba de su madre en un cementerio de una isla del Caribe, en un pueblo retirado del casco urbano, entre palmeras reales, lagos con garzas azules, cerdos y niños desnudos. La alusión a los clásicos de la música y la literatura en la novela podrían suscitar un concierto de En agosto nos vemos o una exposición de los autores sugeridos que tanto amaba el escritor: Drácula de Bram Stoker, El extranjero de Albert Camus, El viejo y el mar de Hemingway, El lazarillo de Tormes, Antología de cuentos fantásticos de Borges y Bioy Casares, Crónicas marcianas de Ray Bradbury, Daniel Defoe, El día de los trífidos de John Wyndham, Claro de Luna de Debussy, Dvorak, Mozart, Schubert, Béla Bartók, Chaikovski, Aaron Copland, Celia Cruz, entre otros. Sin duda, es más que un homenaje a Luz de agosto de William Faulkner, y al músico Bach, de quien rescata el nombre de su segunda esposa. Ana Magdalena Bach.

García Márquez sublima con música y literatura esos viajes que emprende cada 16 de agosto en que lleva ramos de gladiolos a la tumba de su madre en un cementerio de una isla del Caribe, en un pueblo retirado del casco urbano, entre palmeras reales, lagos con garzas azules, cerdos y niños desnudos.

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