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Cultura

De poetas, poetastros y padrastros: ‘Poeta chileno’, la nueva novela de Alejandro Zambra

Alejandro Zambra.

‘Poeta chileno’, de Alejandro Zambra, es una novela escrita por un poeta que logra desatarse de su yo poético para narrar de manera cáustica el mundo de la poesía y los críticos literarios.

Por: Luis Fernando Afanador

Hay autores que primero quisieron ser poetas y terminaron convertidos en muy buenos novelistas, como William Faulkner, Gabriel García Márquez, Roberto Bolaño y Alejandro Zambra. Los dos primeros terminaron escribiendo una prosa poética, algo lírica y barroca, plagada de imágenes. Los dos últimos, por el contrario, se caracterizan por una prosa contenida, no menos poética si entendemos que la poesía puede ser contenida. Y también porque en sus novelas aparece el tema de la poesía y aparecen los poetas como personajes. Aunque, a diferencia de Bolaño, los poetas de Zambra son más aspirantes a poetas que poetas y son menos épicos, menos aventureros, menos “detectives salvajes”. Llevan una vida bastante prosaica y por lo tanto cercana a la poesía. De eso trata a grandes rasgos su novela Poeta chileno: de la belleza prosaica.

Una novela que incluye poesía y poetas que desprecian las novelas y también poetastros y padrastros. Gonzalo Rojas, un homónimo del verdadero y gran poeta chileno —una parodia, desde luego, acá abundan las parodias-, es un poetastro que se reencuentra con Carla, una polola —en chileno, novia— de juventud, quien tiene un hijo de 12 años, Vicente, a quien Gonzalo tratará de conquistar.
Tarea nada fácil, Vicente es un niño traumatizado por la separación de sus padres: solo se alimenta con comida para gatos y anda obsesionado con su gata, Oscuridad. Y por querido y amoroso que llegue a ser un padrastro, la lucha es desigual contra el padre biológico, por irresponsable y mediocre que este sea, y León, el padre de Vicente lo es con creces: “Se creen generosos porque ponen cien lucas mensuales, pero nunca hicieron una tarea con sus hijos, que de todas maneras los quieren, los incluyen en todos los dibujos. Aunque no lleguen. Porque a veces no llegan. Los padres biológicos, los padres separados, los padres, puertas afuera, son todos la misma mierda. A veces no llegan y no pasa nada. Les ha sido dada esa garantía. Pueden desaparecer y siguen siendo esperados, perdonados, bienvenidos y cualquier demora, cualquier reclamo, cualquier cosa se arregla con un paquete de cabritas o unos sibilinos ojos de peluche”.

Gonzalo, un padrastro —qué fea palabra, parece un insulto— tratará de formar con Vicente y con Carla no una familia sino una familiastra, ¿qué otra cosa puede hacer un simple padrastro? Entretanto, seguirá intentando escribir un poema, al menos un poema que le pise los talones a los de su admirado Gonzalo Millán, o se aproxime a alguno de Emily Dickinson, una poeta que no entiende y que sin embargo guarda en su cuartito porque le transmite el misterio de la poesía. Un poema que algún día estremezca a Carla, a quien no le gusta la poesía; por qué no podría lograrlo si, al fin y al cabo, ella es chilena y a los chilenos les da orgullo la poesía, sacan pecho así no la entiendan, se sienten que son un país de poetas, con dos premios Nobel, algo así como ser bicampeones mundiales de fútbol. Pertenecen a la generación de los noventa, no tienen mucho de dónde aferrarse, apenas liberados de “la dictadura de la infancia”, se enfrentan a los tiempos de la recién recuperada y tambaleante democracia. Diría Dickens, del cual hay una paráfrasis en el primer párrafo de Poeta chileno: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”.

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